ARTÍCULO

El sabio que se expresa mediante gestos

Trotta, Barcelona
Trad. de Albert Galvany
252 pp. 20 €
 

Recientemente los gobiernos chino y español han firmado un convenio para abrir en Madrid el primer Instituto Confucio de nuestro país, un organismo que tendrá como objetivo difundir el idioma y la cultura china en España, donde la demanda de estos conocimientos ha aumentado muchísimo en los últimos años. Lo sorprendente de este hecho no es la creación del centro en sí, que ya era hora, si tenemos en cuenta el protagonismo de China en el panorama mundial y la importancia que se ha concedido a su cultura en el resto de Europa y en Estados Unidos desde hace ya décadas; lo realmente chocante del asunto es el título que se ha dado a esta suerte de Instituto Cervantes chino, pues de todos es sabida la animadversión que el gobierno de Mao tuvo por el pensamiento confuciano: todavía parecen resonar los eslóganes «¡Acabemos con la tienda de Confucio!» que gritaban los estudiantes durante la Revolución.
Sin duda, el deseo de darse a conocer al mundo en nombre de Confucio es un síntoma de que estamos asistiendo –creo que no es exagerado decirlo– a una coyuntura histórica de China en la que el confucianismo está de nuevo a punto de convertirse en ideología oficial. El libro de Jean Levi aparece, pues, en un momento muy significativo. Releer y reinterpretar hoy a este clásico tan releído e interpretado a lo largo de los siglos es absolutamente pertinente y no hay duda de que su pensamiento, que ha ejercido en todo Asia Oriental una influencia de hondísimo calado, sigue hoy manteniéndose vivo y actual.Asistimos al desarrollo de un nuevo confucianismo, vinculado al auge económico de China y de los llamados «dragones asiáticos», que ha revisado la hasta ahora intocable teoría de Max Weber de que el pensamiento de Confucio representaba un freno al desarrollo del capitalismo y, en aras de la modernidad, se ha apropiado de él o, según Jean Levi, de una versión bastante distorsionada de lo que el maestro pudo transmitir a sus discípulos, que, a su vez, e inevitablemente, traicionaron y desnaturalizaron la doctrina original.
Jean Levi, prestigioso sinólogo, director del Centre National de la Recherche Scientifique, traductor de textos clásicos del chino al francés y también novelista (su novela El sueño de Confucio, de 1989, fue publicado en castellano por Alianza en 1991), trabajó en un principio sobre temas relacionados con el pensamiento taoísta y confiesa en el prefacio a esta edición haber descubierto a Confucio, un autor por el que nunca se había interesado, de forma casi tangencial. Declara haber tenido una especie de iluminación al darse cuenta de que su forma de aproximarse al filósofo era errónea, pues buscaba la sabiduría del maestro en sus palabras y, sin embargo, no es a través de ellas, sino de gestos ínfimos, de anécdotas y de hechos cotidianos aparentemente triviales donde reside su esencia y su saber.Y es que Confucio, a pesar de haber marcado el destino moral e intelectual de Oriente y de haber dejado allí una huella de una profundidad sin parangón, es un autor ágrafo, cuyo pensamiento ha llegado a nosotros a través de otros; como Sócrates, dejó al mundo el ejemplo de su personalidad modesta y moderada y de él no se conservan más que una colección de aforismos y máximas recopiladas por sus discípulos, las Analectas (Lun yu), a las que se suma una biografía novelada y bañada en sombras escrita tres siglos después de su muerte y, supuestamente, los comentarios a varios textos clásicos entre los que se encuentra el Libro de las Mutaciones (Yi jing). Por eso resulta imprescindible leer entre líneas y fijarse en los signos que nos han llegado, evitando también el lenguaje filosófico que, según Levi, distorsiona el verdadero sentido de su pensamiento. Es esta una forma de elaborar el discurso científico que al lector occidental puede resultarle paradójica, pero que enlaza perfectamente con la antigua sabiduría de Asia Oriental, donde se pone de relieve la importancia que la intuición tiene como método de conocimiento. Insiste Levi en este método que permite, además, acercar el confucianismo al taoísmo, dos formas de pensamiento que en ocasiones, y de manera errónea, se presentan como opuestas.
En el libro se hace una revisión de la vida del maestro «Kung», pensador chino que vivió en algún momento entre los siglos VI y V a.C., de sus enseñanzas y de la repercusión de su pensamiento, a través de algunas de sus máximas más comentadas, que Levi reinterpreta bajo un nuevo prisma, subrayando la humanidad y consiguiente carácter contradictorio de este personaje que vadea continuamente el insalvable obstáculo de respetar las tradiciones más antiguas de China sin renunciar a sus ideales. Las afirmaciones de Confucio, que se considera a sí mismo un «viejo escriba» sin haber escrito nunca nada, no pueden entenderse sin abrazar sus opuestos: el verdadero conocimiento no puede prescindir del sacrificio, del ritualismo mágico y de la adivinación; la vida práctica exige del estudio del Libro de las Mutaciones (Yi jing), y el desprecio por la violencia y por la guerra no impide la alabanza de las virtudes guerreras. Levi recupera pequeñas anécdotas que han pasado inadvertidas a los estudiosos y las convierte en escenas teatrales, pone voz a Confucio y a sus discípulos de una forma muy parecida a la utilizada por Diderot con los personajes de los cuadros en sus Salones. Por ejemplo, el pasaje de la muerte del perro de Confucio le sirve para descubrir la fibra ecológica del maestro, su agudo sentido de la naturaleza, convertida en fuente de profundo goce estético, objeto de meditación y medio para la educación. En el cielo, en el río o en las montañas está implícita la norma de lo que más le interesa: la relación entre los humanos:ren, la virtud humana, a la que dedicó su vida sirviéndose de sus excelentes cualidades de docente. Fue un maestro errante, y su pensamiento se construyó a medida que en su camino fue tropezando con todo tipo de azares y de personajes y conformando una suerte de danza, de hilván armonioso entre las personas.Así, de la misma manera que condujo su cuadriga, símbolo del dominio, la coordinación y la armonía, por los caminos de China, cultivó el arte estratégico de «convertir el conformismo social en melodía interpersonal».
La doctrina confuciana no es una religión, sino una praxis, un saber cuyo objeto es ser útil en todos los aspectos de la vida de cada hombre, y se basa en la importancia de la educación, del conocimiento, de la reflexión sobre uno mismo, así como en la idea de redescubrir y aplicar el buen ejemplo dado por los reyes de la Antigüedad y los antepasados, de donde deben tomar su inspiración las normas de conducta. La moral confuciana se resume en el cultivo de dos virtudes: la lealtad (la exigencia hacia uno mismo) y el tacto (ponerse en el lugar de otro); no se detiene en argumentos acerca del origen del universo, sino que parte de una idea previa de armonía universal que reinaba en épocas doradas de la Antigüedad. El sabio no sólo conoce el orden cósmico, sino que además se integra en él vitalmente; no hay separación de la teoría y la práctica y tiende a considerarse que los opuestos no son excluyentes, sino complementarios. El pensamiento confuciano, visto desde la perspectiva de Levi, se esfuerza en una síntesis entre la eficacia práctica y el ritualismo, que conforman un universo de lógica improbable pero perfectamente posible.
Confucio afirma en una de sus máximas más conocidas no querer hablar para transmitir su enseñanza: «¡Quisiera no hablar más! [...] ¿Acaso habla el cielo? Y, sin embargo, las estaciones siguen su curso». En las Analectas llega incluso a subvertirse la palabra, a verse privada de su función esencial como medio de comunicación, conformando textos muy emotivos, que son como poemas o como gritos, algo que difícilmente podemos captar en las traducciones hechas a lenguas occidentales, en las que, como señala el autor en el precioso capítulo titulado «Las perlas acústicas de la emoción», se produce una completa desnaturalización del sentido y de la emotividad de las palabras originales de Confucio, así como de su acusado sentido del humor, en el que Levi hace hincapié y que difícilmente percibimos en las traducciones al uso.
Confucio convierte la acción en palabra gracias a una transmutación ritual. Sería necesario para nosotros también ser capaces de leer, y, por tanto contemplar, los ideogramas que han transmitido sus palabras: trazos, gestos que evocan el movimiento del bambú bajo el cielo; el bambú, que es además, para los confucianos, la imagen del hombre cultivado y honesto que soporta adversidades y se mantiene íntegro y virtuoso ante lo adverso. Una bella metáfora equipara el espíritu de China a esta planta que, con su tronco flexible y resistente, soporta con estoicismo el peso de todas las tormentas y el paso de todos los cataclismos, manteniéndose siempre verde y fresca. Es impensable una China sin Confucio. China y el confucianismo son dos realidades inseparables que se definen mutuamente y éste ha tenido siempre la capacidad, como el bambú, de resurgir de entre las cenizas y de erigirse una y otra vez en la base de la sociedad china, sobreviviendo y revitalizándose tras las tormentas que sobre él arrojaron, desde que fuera adoptada como ideología oficial bajo los Han, las invasiones de pueblos extranjeros, el cristianismo, el islam y el régimen comunista de Mao. Para recuperarlo, Jean Levi nos propone prestar atención a Xunzi, discípulo de Confucio, que aclara cómo el verdadero sabio fija en su corazón lo que oye, pero no lo expresa con palabras, sino con gestos.

01/08/2006

 
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