ARTÍCULO

Arquetipos sociales

Planeta, Barcelona
268 pp. 20,50 €
 

La normalidad democrática y la sociedad del bienestar de los últimos años han sustituido dos de las tendencias literarias dominantes del período anterior (la de praxis, de acción en la historia y compromiso con el mundo, y la fantástica, que incrustaba lo extraordinario en la vida cotidiana) por una literatura realista de consumo, a menudo costumbrista, que antes se rechazaba por causas ideológicas y hoy se acepta como necesaria en la cultura del ciudadano.
La última novela de Javier Reverte, escritor curtido en muchos viajes literarios y en otras tantas aventuras narrativas, que ha obtenido un reconocido premio y con él la garantía de su difusión, pretende ser una muestra de literatura comprometida en la que lo marginal pretende funcionar como un detonante excepcional. Sin embargo, lo que en principio parece una denuncia social contemporánea es tan solo un cuadro costumbrista de la actualidad, y lo que exhibe como sorprendente en la vida de sus personajes es algo habitual en el tejido social de las ciudades de hoy. Lo normal, por tanto, es presentado como normal y se inserta con facilidad en la normalidad del lector.
Javier Reverte es un hábil narrador que sabe encajar los componentes de una trama –a la manera tradicional– para que la historia llegue sin trabas ni marañas argumentales al lector. También es suficientemente diestro para combinar en una obra los elementos diversos que, recogidos de la tradición, puedan funcionar al gusto de la mayoría. Así, elige una historia coetánea que logre impresionar por su dramatismo y la escribe en primera persona para que su efecto alcance un mayor grado de verosimilitud: Paquita Romero, extremeña inmigrante en Madrid, cuenta su miserable vida desde la infancia hasta el presente, cuando asesina al Coyote (capo rumano de medio pelo al que acusa de enganchar a su hijo en la heroína), es juzgada por ello y posteriormente absuelta.
La historia, que en sí podría haber sido un relato de testimonio social, resulta una pintura de evidentes raíces tradicionales, tanto en la configuración de la trama como en la caracterización de los personajes. El novelista toma de la tradición picaresca la forma de contar y, pasados por el tamiz realista y naturalista, el trazo de los ambientes marginales, el esquema moral del bien y el mal para que, por contraste, se vean resaltadas la bondad, el retrato de la miseria pertinaz como pozo del que apenas se sale para que el final feliz deje un alivio catártico al lector y la aglutinación de ingredientes sórdidos y morbosos (vicio y alcoholismo, dejación moral y sexo prostituido) se entremezclen con la buena fe y los sentimientos honestos.
La afluencia de la tradición y el empeño por encontrar la complicidad del lector se perciben aún más en la caracterización de los personajes. Todos carecen de una entidad individualizada y un tratamiento complejo. Barrio cero es, ante todo, un compendio de tipos cuyos rasgos fijos, reconocibles ayer y hoy, beben en los modelos románticos y, una vez más, naturalistas: el padre y el marido de la protagonista, alcohólicos y maltratadores con sus malos días contados; su madre, abnegada y presa en su propio silencio; su hijo, drogadicto en un túnel sin retorno a pesar de sus desvelos; su vecina y amiga, protectora y fiel; el comisario bueno que acaba siendo su cobijo y protección; la gente desaprensiva del hampa y de la droga sin nada que perder en su «Cerro Misericordia»; el cura hipócrita, atento sólo a sus propios intereses; las gentes del barrio y el ambiente popular de la taberna; las abogadas feministas y sus campañas contra la violencia doméstica; las ridículas periodistas del cotilleo en la televisión, etc.
Por otra parte, en el carácter de la protagonista no ha construido Javier Reverte un personaje con vida propia, sino arquetípico y representativo de un modo de ser más literario que real. En su figura recoge aspectos muy reconocibles en personajes de otros tiempos que atraían por su carácter melodramático. Y no nos referimos sólo a su analogía, que no oculta el autor, con la brechtiana Madre Coraje (en el barrio la llaman Mamá Romero), sino a su configuración como tipo literario popular. Paquita es una mujer hermosa y de noble corazón a la que la vida maltrata sin pausa hasta convertirla en un personaje de rompe y rasga semejante a las heroínas románticas y naturalistas. Una diferencia las separa: el desenlace sustituye aquí la fatalidad de sus antecesoras por un final dichoso.
Barrio cero es una novela meticulosamente estudiada y montada en sus piezas argumentales y narrativas que apenas permite una mínima interpretación a lo que está expreso. Lo escrito no es sólo lo que se dice, sino también lo que se quiere decir. Cuando esto ocurre, y más aún, cuando se reúnen personajes, episodios y ambientes que pretenden remover y turbar los sentimientos, en vez de aguzar los sentidos del texto, el fin es una literatura que busca el entretenimiento para mitigar el conflicto en el lector.
La intención de la obra y el propósito del autor de transmitir un mensaje sobre el papel social de la justicia (muy explícitos, por otra parte) quedan entonces en segundo plano. En la última página, tras ser absuelta siendo culpable, Paquita se pregunta: «Si pierde la ley porque la burlamos, ¿qué haremos sin ella?, ¿qué haremos cuando la necesitemos? ¿Cómo nos defenderemos los pobres?». Si, como creemos, Javier Reverte se propuso el tema de la justicia como motivo principal de esta novela, no lo ha conseguido. El tema, lo hemos visto, es otro muy diferente.

01/02/2011

 
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