ARTÍCULO

«Aún no hemos acabado con Hitler...»: Adolf Hitler y Mein Kampf

Múnich, Instituts für Zeitgeschichte München – Berlin, 2016
947 pp. y 1.019 pp. 59 €
 

En los años ochenta del siglo XX, varios historiadores alemanes seleccionaron la cita que da título a este ensayo como su lema. La frase les proporcionaba una suerte de desafío permanente para perseverar en sus estudios críticos del Tercer ReichGerhard Schreiber, Hitler-Interpretationen 1923-1983. Ergebnisse, Methoden und Probleme der Forschung, Darmstadt, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1984.. Resulta ciertamente útil recordar aquel desafío en relación con Mein Kampf (Mi lucha), calificado a menudo de «la Biblia del movimiento nazi», ya nos acerquemos al libro como una mera autobiografía de Hitler que cubre las primeras tres décadas y media de su vida, ya como una exposición de su doctrina del nacionalsocialismo, en la que aquél exigía la «eliminación» de los judíos y predicaba abiertamente una guerra de conquista a fin de crear un nuevo Lebensraum en el Este. Sea cual sea la opinión que podamos tener del papel del individuo en la historia, Hitler sigue suponiendo un reto. En opinión de John Lukacs, Hitler fue «la figura más extraordinaria en la historia del siglo XX»John Lukacs, The Hitler of History, Nueva York, Vintage Books, 1997, pp. xi y 262-268.. Ello se debió a las múltiples funciones que ocupó y desempeñó como ideólogo, como Führer, como líder político y militar en una misma persona, aunque su país y de su pueblo habrían de acabar pagando un altísimo precio por ello.

¿Cómo podemos explicar la extraordinaria carrera de este genuino «don nadie», a quien el escritor vienés Karl Kraus definió en su paradoja citada tan a menudo como «Por lo que respecta a Hitler, no me viene nada a la cabeza»? Hitler no fue un tirano externo impuesto a Alemania. Su partido político resultó ser el más fuerte en las elecciones, fue nombrado legalmente para ocupar el puesto de Canciller del Reich, y entre 1933 y 1940 se convirtió en el dirigente revolucionario probablemente más popular de la historia del mundo moderno. ¿Por qué? Porque Hitler pertenece a la época histórica democrática, no aristocrática. No es propiamente comparable a un César, a un Cromwell, a un Napoleón. Completamente diferente de ellos, fue capaz de infundir vigor a la mayoría de un gran pueblo −en vida de Hitler, el pueblo más cultivado del mundo− y de convencerlo de dejarse guiar bajo su liderazgo hasta conseguir logros asombrosos, al tiempo que les hizo creer que estos no representaban otra cosa que la recuperación de la justicia para Alemania. Los alemanes vieron en él a una antítesis del mal, mientras que el resto del mundo vería en él justamente lo contrario: la encarnación misma del mal. Y los alemanes lo siguieron con confianza en la conquista de la casi totalidad de Europa, logrando una hegemonía alemana que pronto se perdería como consecuencia de la hubris cuando el Führer se excedió en su ambición. Su Reich, que iba a haber durado mil años, llegó a su final después de menos de trece. Hitler tuvo, sin embargo, un enorme impacto y dejó en el siglo pasado una huella más indeleble que cualquier otro dictador, que un Lenin o un Stalin o un MaoJohn Lukacs, op. cit. p. 50.. Por este motivo, su lugar en la historia del mundo será objeto de las reflexiones de otras personas durante muchísimo tiempo. Y por ello no podemos ignorar Mein Kampf y por ello esta edición crítica debería poder mostrar, asimismo, su utilidad.

Si intentamos rastrear la vida de Hitler, aunque sea en la autobiografía fuertemente estilizada que contienen las páginas de Mein Kampf, ¿cuál es la imagen que saldrá a la luz? La de un oscuro bohemio vienés que tenía talento para dibujar y soñaba con ser arquitecto. Amaba la música, pero nunca aprendió a tocar un instrumento; era incapaz de mantener amistades íntimas. A pesar de haberse zafado del servicio militar en Austria, acabaría alistándose, sin embargo, en el ejército bávaro como voluntario, fue un valiente soldado en la Gran Guerra y luchó valerosamente hasta el final. Cuando concluyó la guerra se encontraba en un hospital, cegado por un gas venenoso. Este traumático episodio personal coincidió en su mente con dos traumas colectivos: la rendición de Alemania y el estallido de la revolución. La conjunción de las tres circunstancias contribuyó a crear lo que fue probablemente el punto de inflexión más importante en la vida de Hitler. Él mismo escribió en Mein Kampf que su milagrosa recuperación de la ceguera fue una señal de la Providencia que lo convirtió en un político. Esto tiene de nuevo el aspecto de ser una extrema autoestilización redactada en 1924-1925 y debe leerse con suma precaución. A Hitler le quedaba aún un largo camino por recorrer. Pero, visto incluso retrospectivamente, noviembre de 1918 debió de marcar para él una línea divisoria tanto intelectual como psicológica. Tras superar su ceguera temporal, el deseo más inmediato de Hitler no iba más allá de seguir siendo un soldado tanto tiempo como fuera posible, ya que no tenía otro lugar a donde ir. Los militares le permitían vivir bajo techo y le proporcionaban ropa, dinero para pequeños gastos y comidas gratuitas regulares.

Aún está por escribirse una convincente explicación de la personalidad de Hitler, puesto que sabemos qué hizo, pero seguimos sin saber 
por qué lo hizo

Aunque diagnosticado como un «psicópata histérico», parece ser que Hitler se curó y su personalidad cambió como consecuencia de una combinación de terapia de choque e hipnosis administrada por el Dr. Edmund Forster, el jefe de Psiquiatría en el hospital de Pasewalk. Este momento ha sido repetidamente esgrimido por psicohistoriadores como Rudolph Binion, que también subrayó el devastador impacto que tuvo la muerte de Klara, la madre de Hitler, en un Adolf de tan solo diecisiete añosRudolph Binion, Hitler Among the Germans, Nueva York, Elsevier, 1976.. Aún está por escribirse una convincente explicación de la personalidad de Hitler, puesto que sabemos qué hizo, pero seguimos sin saber por qué lo hizo.

Aun los más comedidos de entre los biógrafos de Hitler se ven obligados a admitir que en noviembre de 1918 se produjo un punto de inflexión en su vida y que, a partir de entonces, un Hitler diferente estaba a punto de entrar en la Historia. Así, después de cumplir treinta años, este hombre anteriormente tímido, al que se le había negado sistemáticamente toda posibilidad de ascenso en el ejército por su absoluta falta de autoridad y su incapacidad para dar órdenes, descubrió durante 1919 y 1920 que poseía unas dotes anteriormente desconocidas para desplegar una retórica vulgar que podía mantener extasiadas a grandes audiencias con sus palabras sobre diversos asuntos susceptibles de despertar sus emociones y que iban desde la pérdida de la guerra hasta el antisemitismo. En 1923 se sintió lo suficientemente confiado como para liderar el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP) en un golpe frustrado que concluyó con un juicio y con una condena de cinco años. Liberado prematuramente de prisión «por buena conducta» a finales de 1924, se llevó consigo un manuscrito incompleto, que sería conocido como Mein Kampf y que contenía en parte su autobiografía y en parte su «visión del mundo» (Weltanschauung). Tras la derrota de Alemania y el suicidio de Hitler en 1945, Mein Kampf pasó a estar considerado como «el libro más peligroso del mundo». Visto retrospectivamente, sin embargo, el libro será considerado como uno de los manifiestos más importantes del modernismo político, como defiende Roger Griffin, ya que había servido para proporcionar al movimiento nazi la carga de «revitalización» que lo llevaría, como sucedió con el fascismo de Mussolini en 1922, a la conquista del poder estatal necesario para acometer una de las revoluciones sociopolíticas e ideológicas más asombrosas y peligrosas del siglo XXRoger Griffin, Modernism and Fascism. The Sense of a Beginning under Mussolini and Hitler, Basingstoke y Nueva York, Palgrave, 2007, p. 264..

Las ambiciones políticas de Hitler, sin embargo, parecen haberse apaciguado un tanto después de su reclusión en la cárcel. Pero, paso a paso, pudo volver a construir su repertorio de temas para sus discursos, que fueron dando cabida gradualmente a las preocupaciones reales y ficticias de sus conciudadanos, y que iban desde los ataques sistemáticos contra el Tratado de Versalles, la ocupación extranjera o la inflación económica hasta el resurgimiento nacional de Alemania, que Hitler veía no sólo como un proceso político y económico, sino que lo concebía también como un acto de mejora de la salud, de eugenesia, de purificación racial tras deshacerse de los judíos, los portadores del principal bacilo de decadencia social y degradación física en la vida de la nación alemana. En este momento, Hitler se veía como un «tambor» que hacía resonar las preocupaciones y expectativas colectivas, y que él podía despertar por medio de su inagotable oratoria, ya que parecía estar en posesión del mayor secreto para un político populista de éxito: un talento fantástico para representar los sentimientos de otros.

El análisis textual de Mein Kampf mostrará que virtualmente todas las opiniones de Hitler sobre la solución de los problemas de la derrotada sociedad alemana, sus puntos de vista raciales y sus proyecciones sobre política exterior, que darían lugar posteriormente a una fabulosa expansión territorial que inició cuando cumplió cincuenta años, tuvieron su origen en Mein Kampf o en el principal órgano de la prensa nazi, Völkischer Beobachter. Hitler consolidó su partido y durante los años veinte se propuso convertirse en el Führer, el carismático líder político y el muy eficaz demagogo de masas que conseguiría llevar a su partido político a la victoria electoral.

A los cuarenta y cinco años, al frente del país europeo más poblado e industrializado, Hitler lanzó un programa de cambios legales y sociales radicales dentro de Alemania. Luchando al mismo tiempo para superar el trauma y la humillación de la guerra perdida, Hitler logró imponer un concepto brutal de regeneración genética cuyo componente fundamental era el antisemitismo, por medio del cual creó la imagen de un enemigo mortal combinado: el infrahumano judío-bolchevique que amenazaba desde el Este con destruir la civilización occidental. Instalado en el poder como el Führer y el Canciller del Reich alemán, pronto se hizo también con el título de comandante supremo de las fuerzas armadas, al que millones de alemanes juraron su absoluta obediencia, y estaba preparado para guiarlos como sonámbulos hasta que se cumpliera la profecía que había formulado en Mein Kampf y en sus primeros discursos: «Alemania será una potencia mundial o no habrá ninguna Alemania».

Siguieron una sucesión triunfal de Blitzkriege, que ocultaron el objetivo último de la «otra» guerra de Hitler, la guerra racial, que habría de traer una radical revolución racial basada en la superioridad del «hombre nórdico». Para alcanzar este objetivo, Hitler arrastró al pueblo alemán de «verdugos voluntarios»Daniel Jonah Goldhagen, Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto, trad. de Jordi Fibla, Madrid, Taurus, 1997. a una guerra de exterminio racial y casi consiguió destruir a la totalidad de la población judía de Europa. Así, la obsesión biológica de Hitler por mantener a la raza nórdica alemana preservada de la contaminación de sangre judía y de enfermedades venéreas como la sífilis, parece haber sido la preocupación mental absoluta de Hitler, eclipsando con frecuencia sus ocupaciones cotidianas como jefe militar. Con su proyecto de crear un Nuevo Orden basado en el dominio del mundo (Weltherrschaft) de la raza nórdico-germánica sobre el resto de la humanidad, Hitler se convirtió rápidamente a sus cincuenta años en el conquistador más siniestro del siglo. ¿Fue también el primer asesino de masas? Este título debe pertenecer seguramente a Stalin si nos atenemos a las cifras desnudas. Pero Hitler sigue conservando la dudosa primacía de ser el asesino más eficaz en ejecuciones directas.

Hitler en Buckeburg

Cuando, después de Stalingrado, se dio cuenta de que había dejado de ser posible que Alemania ganase la guerra, Hitler tradujo esto a su perversa actitud racial de que el pueblo alemán había demostrado ser más débil, indigno del genio de su Führer, y llegaría a afimar que «el pueblo oriental, más fuerte, habría de heredar el futuro»Percy Ernst Schramm, Hitler. The Man and Military Leader, Chicago, Academic Chicago Publishers, 1971, p. 30.. Sin embargo, el veredicto final sobre Hitler sigue resultándonos esquivo. El que formuló Churchill en 1939 sobre un Stalin semejante a una esfinge, que definió como un «acertijo envuelto en misterio dentro de un enigma», encajaría con la personalidad de Hitler mejor que con la de cualquiera de sus contemporáneos: «A impulsos de la razón, del temperamento o de los oscuros instintos alternativamente, Hitler fue más enigmático de lo que lo había sido ninguna otra persona en la historia alemana antes que él»Ibídem..

He titulado este ensayo con una cita tomada de un libro de un historiador alemán de la generación más joven: «Aún no hemos acabado con Hitler». Ojalá pudiera decir que la cita me parece demasiado sombría y que, cuarenta años después, ya ha dejado de ser cierta. Hitler ha pasado a amalgamarse tan profundamente con la relativamente muy breve época nazi, de menos de trece años de duración, que no sólo la historia alemana de este período, sino que también toda la historia europea podría seguir identificándose con Hitler. Todas las disputas históricas en Alemania a partir de 1945 se han desarrollado, implícita, si es que no siempre explícitamente, a la sombra de Hitler: las notorias oleadas de la Historikerstreit, el debate sobre el impertinentemente provocador libro de Daniel Goldhagen, el impacto de series de televisión como Holocausto (1978) y el que tuvo en su día la película El hundimiento (2004), o el mayor escándalo literario de la posguerra, relacionado con la venta de unos falsos diarios de Hitler en 1983, que constituye quizás el mayor fraude de la historia editorialVéase el fascinante relato de Robert Harris, Selling Hitler. The Story of the Hitler Diaries, Londres, Faber & Faber, 1986., así como el «juicio por la negación del Holocausto» a David Irving en 2000Richard J. Evans, Telling Lies About Hitler. The Holocaust, History, and the David Irving Trial, Londres, Verso, 2002. y el revuelo causado por la edición crítica de Mein Kampf en 2016, la obra aquí recensionada. Y esta no ha sido ciertamente la última vez que oiremos hablar de Hitler y de su perturbador legado.

La edición crítica de Mein Kampf

Mein Kampf de Hitler estaba integrado originalmente por dos volúmenes, publicados separadamente en 1925 y 1926. Hitler, aún en la cárcel, accedió en junio de 1924 a que los editores anunciaran el mes de julio siguiente como la fecha de publicación del libro, que llevaría un título increíblemente torpe: Cuatro y años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía. Y el siguiente subtítulo: Un ajuste de cuentas [Eine Abrechnung]. Como no pudo cumplirse el plazo de julio ni ninguno de los posteriores que se barajaron, al llegar noviembre los editores abandonaron definitivamente su campaña de anunciar el libro de Hitler. Finalmente, tras muchas presiones, la Franz Eher Verlag de Múnich publicó el 18 de julio de 1925 el primer volumen con un título mucho más eficaz, Mein Kampf, y con el mismo subtítulo, Un ajuste de cuentas. Inicialmente no se vendió bien, pero a partir de 1933 se convirtió en el libro más publicado en lengua alemana. En 1945 se habían vendido más de doce millones y medio de copias y se habían negociado traducciones a dieciséis idiomas.

En su propio prólogo a Mein Kampf, escrito en la prisión de Landsberg, Hitler comienza con una sorprendente declaración en la que minimiza la valía de su propia escritura, ya que no se sentía contento con la palabra escrita. Es la palabra hablada por medio de los grandes oradores −afirma− lo que hace grande a un movimiento político, no los grandes escritores. Esto es particularmente cierto en el caso de Hitler, cuyas dotes para la áspera oratoria se convirtieron en los cimientos de su éxito político. Hitler no se habría convertido en el Führer únicamente sobre la base de Mein Kampf: necesitaba ser un orador. Sin embargo, la doctrina debe organizarse y presentarse sistemáticamente, admite Hitler a regañadientes, y eso sólo puede lograrse por medio de la forma escrita.

El primer volumen de Mein Kampf es en gran medida autobiográfico. Hitler lo redactó en la segunda mitad de 1924 en la cárcel de Landsberg y lo mecanografió él mismo en una máquina de escribir que le proporcionó Helene Bechstein, la mujer de un rico fabricante de pianos que fue también una de las más contumaces admiradoras de Wolfi, al que visitaba en prisión con más frecuencia que el resto de sus aduladores. Un detallado análisis de la correspondencia de Rudolf Hess, especialmente con su futura mujer Ilse Pröhl, que editaría Mein Kampf junto con su marido en los años treinta, reveló que Hess, que también fue juzgado tras el golpe abortado de noviembre de 1923 y encarcelado junto con Hitler en la misma fortaleza de Landsberg y en la misma planta que él, no fue el mecanógrafo original, como suele suponerse.

Parece ser que el primer texto mecanografiado fue preparado por el propio Hitler o un mecanógrafo contratado fuera de la prisión después de que se concediera prematuramente a Hitler la libertad condicional «por buena conducta» en diciembre de 1924. La búsqueda del manuscrito original, ya fuera escrito a mano o mecanografiado, ha proseguido desde entonces. Se cree que, tras la publicación del primer volumen, Hitler dio instrucciones a los editores para que entregasen el manuscrito a Helene Bechstein, que pudo haber decidido destruirlo al final de la guerra. Más probable parece la posibilidad de que todos los papeles que guardara Hitler en sus archivos privados fuera de la Cancillería del Reich −como, por ejemplo, en su apartamento de Múnich en la Prinzregentenplatz núm. 16, o en su residencia alpina en Berghof− fueran sistemáticamente destruidos por Julius Schaub, su Chefadjudant, en los últimos días de abril de 1945. Varios días más tarde, trescientos bombarderos de la RAF atacaron Obersalzberg y redujeron a escombros prácticamente todos y cada uno de los edificios de la zona, incluida Berghof, la residencia de Hitler.

Hitler pasó el verano de 1926 en Berchtesgaden y Obersalzberg dictando el segundo volumen de Mein Kampf, valiéndose, como él mismo admitió, de editoriales procedentes del Völkischer Beobachter. Introdujo la mayoría de las correcciones en octubre, mientras estaba aún finalizando los últimos capítulos. Esta vez contó con un mecanógrafo a su servicio. La edición del texto corrió a cargo de estrechos colaboradores de Hitler procedentes del Völkischer Beobachter: Max Amann, Rudolf Hess y su futura mujer, Ilse Pröhl. Escribir un texto sobre los objetivos del movimiento nazi debió de hacer crecer su autoestima hasta el punto de encontrar tiempo para flirtear con una de las muchachas locales, Maria (Mitzi) Reiter. Tras la publicación, Hitler se apartó temporalmente de la política. Fue a Bayreuth para asistir por primera vez al Festival y para mezclarse con la elite: los Wagner, especialmente Winifred, los Bechstein y otras familias de renombre.

Inicialmente no se vendió bien, pero a partir de 1933 se convirtió en el libro más publicado en lengua alemana

El segundo volumen de Mein Kampf, subtitulado El movimiento nacionalsocialista, se publicó en Múnich el 11 de diciembre de 1926. Hitler reveló por primera vez sus propósitos a largo plazo, especialmente en el capítulo XIV, sobre Orientación oriental o Política oriental: «Congregar a nuestro pueblo y su fuerza para una marcha en esa carretera que conducirá a este pueblo fuera de su espacio vital [Lebensraum] restringido actual hacia nuevos suelos y territorios, y liberarlo también por ello de desaparecer de la Tierra o de servir a otros como una nación esclava». «Nosotros, los nacionalsocialistas, debemos llegar más allá», declara Hitler, pues «sin la extensión de su suelo una gran nación parece condenada a la destrucción [...]. Alemania será una potencia mundial o no habrá ninguna Alemania [...]. Detengamos el interminable movimiento alemán hacia el Sur y el Oeste y dirijamos nuestra mirada hacia las tierras en el Este. Hemos roto por fin la política colonial y comercial del período anterior a la guerra y nos desplazamos hacia la política territorial del futuro. Si hablamos de territorio en Europa en la actualidad, podemos tener en mente fundamentalmente sólo a Rusia y a sus Estados vasallos fronterizos».

Desde el punto de vista de Hitler, el imperio ruso fue una creación de un «núcleo germánico de sus principales estratos superiores [...] hoy considerados como casi totalmente exterminados [...] y sustituidos por los judíos. Imposible como es para el ruso sacudirse por sí solo el yugo del judío con sus propios recursos, resulta igualmente imposible para el judío mantener el poderoso imperio para siempre. Él mismo no es un elemento de organización, sino un fermento de descomposición [...]. Hemos sido elegidos por el Destino como testigos de una catástrofe, que será la más poderosa confirmación de la solidez de la teoría [racial] nacionalista».

Hitler también estableció su gran diseño para las alianzas políticas europeas de Alemania con Gran Bretaña e Italia. Pensaba que, dado que los intereses de ambas potencias eran compatibles, ninguna de ellas interferiría en la política de expansión de Alemania en el Este y le ayudarían a aislar a Francia. Según el «Programa» hipotético de Hitler, Alemania debía convertirse en una gran potencia en tres estadios fundamentales: 1) Unificación de todos los alemanes étnicos, comenzando con el Anschluss de Austria, y posterior consolidación del Gran Reich Alemán por medio del rearme en conjunción con tratados de alianza con Gran Bretaña e Italia. Esto traería consigo el aislamiento de Francia, «el enemigo mortal de Alemania» («Deutschlands Todfeind»); 2) Guerra con Francia y su eliminación como una gran potencia, acabando de este modo con el peligro de un segundo frente; preparación para la guerra con la Unión Soviética y para la adquisición de territorio en el Este; 3) Conquista de la Unión Soviética. Pero Alemania −concluía Hitler− no puede ofrecer resistencia a Francia mientras permanezca emponzoñada por el marxismo extendido por el judaísmo internacional.

En cuanto al estilo de Mein Kampf, el propio Hitler admitió a su consejero legal Hans Frank: «No soy un escritor. ¡Qué hermoso italiano escribe y habla Mussolini! Yo no puedo hacer lo mismo en alemán. Las ideas se me escapan mientras estoy escribiendo. Mein Kampf es una colección de editoriales procedentes del Völkischer Beobachter, y creo que incluso ahí no serían aceptados desde el punto de vista lingüístico. En cuanto al contenido, no me gustaría cambiarlo. Aunque puedan tener la apariencia de “fantasías detrás de los barrotes”, hay también en el sueño una cierta lógica. Sólo modificaría por completo el capítulo sobre la sífilis, porque está equivocado»Hans Frank, Im Angesichts des Galgens. Deutung Hitlers und seiner Zeit auf Grund eigener Erlbnisse und Erkenntnisse, Múnich, Friedrich Alfred Beck, 1953, p. 45; Adolf Hitler, Mein Kampf, Múnich, Franz Eher Verlag, 1939, p. 269.. A Joseph Goebbels, Mein Kampf le parecía un «intento honrado y valiente» por parte de Hitler, «sólo que su estilo era a veces insoportable». Sin un estudio serio del contenido de Mein Kampf, por tediosos, burdos, aburridos y pesados que puedan parecer muchos pasajes del libro, el papel de Hitler en la reciente historia alemana acabaría siendo muy superficial.

¿Cuántos son los lectores de Mein Kampf?

Podría comenzarse el comentario sobre Mein Kampf recitando una anécdota cínica, pero cándida: si hay algo que sobrevivió al derrumbamiento del Tercer Reich fue, irónicamente, su Biblia, el texto fundamental de su malvado profeta por medio de millones de ejemplares conservados en alemán, y varios miles más en numerosas ediciones en otros idiomas. ¿Por qué es Mein Kampf tan importante para entender el nazismo y al propio Hitler? Otros carismáticos líderes mundiales hicieron también sus pinitos ideológico-literarios: el presidente Mao dejó su Pequeño Libro Rojo y el presidente Saparmurat Nyýazow, el Turkmenbashi (Padre de la nación turkmna), su Ruhnama (el Libro del Alma), pero la posición histórica de Mein Kampf sigue siendo única. Eberhard Jäckel, uno de los más destacados historiadores alemanes sobre la Alemania de Hitler, expresó muy sucintamente la importancia de Mein Kampf cuando escribió que «raramente en la historia, si es que ha sucedido alguna vez, un gobernante ha revelado por escrito, incluso antes de alcanzar el poder, aquello que estaba a punto de llevar a cabo, tal como sí que había hecho Hitler»Eberhard Jäckel, Hitlers Weltanschauung, Stuttgart, Deutsche Verlags-Anstalt, 1981, p. 7. Jäckel es también coeditor de todas las notas de Hitler previas a la redacción de Mein Kampf: Hitler. Sämtliche Aufzeichnungen 1905-1924, Stuttgart, Deutsche Verlags-Anstalt, 1980..

Aunque sólo sea por esa razón, para el cumplimiento de la profecía, Mein Kampf de Hitler debería ser merecedor de toda nuestra atención. Sin Mein Kampf, otras fuentes y testimonios atribuidos a Hitler, como sus innumerables discursos, artículos y otros textos, habrían sido mucho menos relevantes. Estos testimonios personales vieron cómo se elevaban hasta el primer rango en cuanto fuentes históricas debido únicamente al libro de Hitler. ¿Por qué es Mein Kampf una fuente tan importante? No por su valor simbólico o monetario. Simplemente porque sigue siendo el testimonio múltiple más detallado de la vida, la ideología y la formación de la visión del mundo de Hitler, que acabaría dando lugar a la que es hasta la fecha la guerra más destructiva de la humanidad. Por un lado, sigue siendo una autobiografía personal única de la primera etapa de la vida de Hitler antes de que −como él mismo escribió− se convirtiera en un político. Hitler no volvería a tener nunca más la oportunidad de recordar de nuevo, por ejemplo, detalles de su infancia y su edad adulta.

En opinión de los editores, Mein Kampf fue leído con toda certeza incluso antes de 1933 en Alemania por un número de lectores muy superior al que se suponía originalmente. Después de que Hitler ascendiera al poder en enero de 1933, se convirtió en el «superventas no leído» obligatorio, con sus nada menos que ochocientas páginas. Pero, ¿cuántos alemanes leyeron Mein Kampf y por qué su peligroso contenido no pudo juzgarse de una manera crítica dentro de una nación que se encontraba entre las más cultas del mundo? A fin de contestar a esta difícil pregunta tenemos que exponer antes el mito asociado con el libro y que empezó a difundirse profusamente en cuanto concluyó la guerra, a saber, que muy pocos alemanes leyeron el libro porque se decía que era casi ilegible por su contenido extremista y su estilo mediocre. En consecuencia, si se siguiera esta línea de argumentación, ¿cómo pueden los alemanes ser tenidos por responsables de los crímenes perpetrados por la Alemania de Hitler si apenas tuvieron tiempo para leer «el libro más peligroso del mundo», por no hablar de poder entender su contenido?

Una adolescente le pide un autógrafo a Hitler en 1936

Esta visión simplista no resulta ya justificable gracias a la investigación llevada a cabo especialmente por uno de los editores de la reciente edición crítica, Othmar PlöckingerOthmar Plöckinger, Geschichte eines Buches. Adolf Hitlers “Mein Kampf” 1922-1945, Oldenbourg, Múnich, 2006.. Los editores han intentado verificar el mito muy extendido de que, a pesar del gran número de ejemplares impresos, fueron muy pocas las personas que leyeron realmente Mein Kampf. Las recientes investigaciones han llegado a la conclusión de que el número de lectores de Mein Kampf fue realmente más alto de lo que se había supuesto tras la derrota de Alemania. Si el porcentaje (23%) de la encuesta realizada por el equipo estadounidense se expresa por medio de cifras, estaríamos hablando de que quince millones de personas aproximadamente debieron de leer Mein Kampf. Se trata de una cifra considerable, pero no debería imponerse como una etiqueta de culpa colectiva a la nación alemana en su conjunto sin examinar antes su contenido.

En cuanto a la relevancia de este último, que supuestamente escapó a la atención de los quince millones de lectores alemanes, debería bastar con echar una ojeada a la página inicial del primer volumen para darse cuenta de que contiene, en pocas palabras, los elementos esenciales de la Weltanschauung de Hitler. Todo está ahí: la creencia en la superioridad racial de la raza alemana, la necesidad de que Austria pasara a ser absorbida por Alemania y la búsqueda de un nuevo Lebensraum a fin de poder alimentar a la hambrienta nación alemana. Sólo faltan los supuestos culpables y los responsables de todas las calamidades de los alemanes, el marxismo y el judaísmo, que aparecen varias páginas más adelanteAdolf Hitler, Mein Kampf, Múnich, Franz Eher Verlag, 1939, pp. 1 y 20.. ¿Han estado los alemanes tan ciegos y han sido tan presuntuosos como para pasar por alto la primera página de Mein Kampf? Hubo, por supuesto, autores dentro y fuera de Alemania que comprendieron el mensaje de Mein Kampf e intentaron hacer sonar las alarmas: Theodor Heuss, el futuro presidente de la República Federal, o la valerosa periodista austríaca Irene HarandTheodor Heuss, Hitlers Weg. Eine historisch-politische Studie über den Nationalsozialismus, Stuttgart, Berlín y Leipzig, Union Deutsche Verlagsgesellschaft, 1932; Irene Harand, Sein Kampf: Antwort an Hitler, Viena, Selbstverlag, 1935; véase también Robert Charles Kirkwood Ensor, Herr Hitler’s Self-Disclosure in “Mein Kampf”, Oxford, Clarendon Press, 1939.. Las críticas de Heuss en su polémica de 1932 al respecto del antisemitismo de Hitler pueden parecer hoy día suaves, pero es que el valiente liberal alemán difícilmente podría haber previsto los horrores de la Solución Final. No obstante, Heuss dio justo en el clavo cuando describió la búsqueda de adquisiciones territoriales en Europa Oriental como el fundamento mismo de la futura política exterior de Hitler.

Se calcula que hasta el 30 de enero de 1933, cuando Hitler se convirtió en canciller del Reich, no se habían vendido más de doscientas cincuenta mil copias de Mein Kampf. Con el éxito electoral del NSDAP, las ventas del libro aumentaron rápidamente. A finales de 1933 se habían vendido más de un millón y medio de copias. En 1945 la cifra había superado los doce millones y medio. La mayoría de los ejemplares se imprimieron durante los años de la guerra (1939-1945), unos siete millones aproximadamente, en comparación con los cinco millones y medio de copias aproximadamente impresas durante 1925-1938/1939. Tan solo en 1933 se vendieron más de un millón de ejemplares. Entre 1925 y 1945 se imprimieron casi doce millones y medio de ejemplares en más de mil ediciones. Para entonces, «el libro más peligroso del mundo» se había traducido al menos a diecisiete idiomas. La última edición constatada de Mein Kampf en Alemania apareció en el otoño de 1944. Por lo que respecta a los derechos de autor, Hitler tenía derecho a recibir el 10% de cada ejemplar vendido de la conocida como Edición Popular (Volksausgabe), que se vendía al precio de doce marcos. Según el testimonio de Max Amann, ya en la posguerra, los ingresos de Hitler alcanzaron la suma de quince millones de marcos, de los que cobró, al parecer, únicamente ocho millonesOthmar Plöckinger, op. cit., p. 184..

De estos millones de copias, una cantidad sorprendentemente alta sobrevivió a la guerra y a la iconoclastia de los monumentos culturales nazis, tal y como vino estipulado por la Orden núm. 4 de la Comisión de Control Aliada del 13 de mayo de 1945, según la cual habían de ser destruidas la «literatura y las obras de un carácter nacionalsocialista y militarista», con excepción de una pequeña proporción que se preservaría en bibliotecas apartadas del resto con un propósito científico. En consecuencia, en mayo de 1945, cuando los aliados confiscaron las propiedades de la Franz Eher Verlag, la editorial de Hitler, prohibieron automáticamente Mein Kampf en Alemania y Austria. Los aliados transfirieron enseguida los derechos de autor del libro de Hitler al Gobierno bávaro, que no sólo se negó a permitir que se publicase en Alemania, sino que intentó prohibir también su publicación en el extranjero, aunque sin mucho éxito. En al menos una docena de países se han impreso y vendido traducciones completas y sesgadas de Mein KampfFrancia, Grecia, Portugal, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, Brasil, México, Líbano, Japón, etc. Según una lista −en absoluto completa− contenida en Werner Maser, Adolf Hitler. Mein Kampf. Der Fahrplan eines Welteroberers, Esslingen, Bechtle, 6ª ed., 1981. En 1970 se publicó la primera edición inglesa con el título Hitler’s “Mein Kampf”.. En 1992 se imprimió una edición rusa del libro. Los ejemplares firmados por Hitler pueden alcanzar en las subastas precios de cinco cifras. En India, Turquía y el mundo árabe, las versiones de Mein Kampf se han convertido en superventas debido principalmente a su contenido antisemita. En septiembre de 2010, Mein Kampf apareció en la lista de los libros más vendidos en India; la editorial Jaico ha vendido más de cien mil copias desde 1998. En Turquía, Mein Kampf ha sido un superventas desde 2005; en los tres primeros meses de 2010 se vendieron más de cincuenta mil copias. En Internet se produjo un verdadero frenesí para hacerse con ejemplares de Mein Kampf. En la actualidad puede encontrarse fácilmente editado y en versión reducida en diversos bancos de datos; en iTunes puede descargarse en formato de libro electrónico por menos de un euro.

No puede infravalorarse el impacto de Mein Kampf en el mundo en su conjunto. En Estados Unidos aparecieron varias traducciones paralelas de Mein Kampf en los años treinta. Hasta 1942 se vendieron alrededor de doscientas cincuenta mil copias. La traducción más acabada sigue siendo la de Ralph Manheim, publicada y distribuida hasta el día de hoy por Houghton & Mifflin. La primera edición española abreviada de Mi lucha la publicó la editorial Araluce en 1935 en Barcelona. La primera traducción inglesa de una edición abreviada, con el título de My Struggle, la publicó la editorial Hurst & Blackett con autorización de la Franz Eher Verlag. Hasta 1939 los editores vendieron noventa mil copias. En el mismo año, Hurst & Blackett publicó, sin autorización, una traducción completa, aunque con el título original de Mein Kampf, de la que se vendieron entre ciento cincuenta mil y doscientos mil ejemplares. Fue este volumen el que hizo que, en marzo de 1940, George Orwell, al ver la fotografía de Hitler con camisa parda, se sintiera obligado a comentar: «Es una cara patética, como de perro, el rostro de un hombre padeciendo males intolerables […]. Él es el mártir, la víctima, Prometeo encadenado a la roca, el héroe que se autosacrifica y lucha en solitario contra adversidades imposibles. Si fuera a matar un ratón, sabría cómo hacer para que pareciera un dragón. Se tiene la sensación, como sucede con Napoleón, de que está luchando contra el destino, al que no puede vencer, y que, sin embargo, lo merece de algún modo»George Orwell, New English Weekly, 21 de marzo de 1940..

¿Cómo puede comentarse «profesionalmente» Mein Kampf?

No existe otra fuente tan completa aparte de Mein Kampf en la que Hitler se atreviera a anunciar su «programa» o «plan de viaje» (Fahrplan, según Werner MaserWerner Maser, op. cit.). Por primera vez, después de noventa años desde que se publicara inicialmente, y setenta años después de la muerte de Hitler, el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich ha publicado la versión íntegra de Mein Kampf con un exhaustivo comentario crítico. En la cubierta se anuncia ya lo que significa una edición crítica en el contexto alemán: más de tres mil quinientas «notas profesionales» que aparecen yuxtapuestas al propio texto de Hitler. Los editores ofrecen reflexiones con detallados materiales complementarios basados en las más recientes investigaciones, comprobando, por tanto, el texto del Führer y explicando diversos conceptos ideológicos. Los editores han intentado situar las expresiones de Hitler en su propio contexto histórico, revelando las fuentes de su autor y corrigiendo errores e interpretaciones parciales. Además, tratan también de contraponer las ideas de Hitler en el momento de escribir Mein Kampf con sus acciones cuando empezó a ponerlas en práctica como dictador entre 1933 y 1945. La edición crítica carece, por tanto, de una sobrecubierta en color con el retrato de Hitler. Está encuadernada en un color gris neutral y se halla despojada adornos de todo tipo.

¿Ayudan estas tres mil quinientas notas a comprender mejor a Hitler? ¿Necesitamos tantas notas al pie con comentarios exhaustivos para demostrar que Hitler era un mentiroso y un monstruo? ¿En dos volúmenes y casi dos mil páginas? ¿Con un peso de casi seis kilos? ¿Era necesario incluir hasta quince comentarios por página para acompañar el texto original de Hitler, haciendo con ello que esta edición crítica de Mein Kampf resulte casi ilegible? Además, si se considera Mein Kampf como un proyecto de facto para el posterior asesinato masivo de seres humanos, ¿deberían aplicarse los sofisticados instrumentos de la crítica histórica a este aborrecible tratado?

Habría sido demasiado fácil enumerar los errores y falsedades de Hitler y tomarlos como el objetivo último de una edición crítica de Mein Kampf. Konrad Heiden (Zúrich, 1936), uno de los primeros biógrafos de Hitler, escribió que su objetivo no era demostrar que Hitler era un mentiroso. Lo que queremos saber es cómo adquirió esas ideas Hitler y cómo se valió de ellas. Dado el intervalo de setenta años transcurrido desde la muerte de Hitler y la prestigiosa reputación del Instituto muniqués, los editores pensaron que no cabía otra posibilidad que utilizar un enfoque exhaustivo, que no dejara un solo detalle sin escrutar, por pequeño que fuera, y confiando el proyecto a un equipo profesional de primera línea y provisto de los mejores instrumentos de la investigación crítica alemana. Sus integrantes fueron plenamente conscientes de cuál era su cometido y al final de las ochenta páginas de introducción resumieron las categorías y los principios de sus comentarios en diez grupos. A continuación se esbozan algunos de los más importantes.

¿Ayudan estas tres mil quinientas notas a comprender mejor a Hitler? ¿Necesitamos tantas notas al pie para demostrar que Hitler era un mentiroso y un monstruo? 

En primer lugar, se propusieron comprobar y corregir los datos biográficos de Hitler, ya que era bien conocida su tendencia a suprimirlos por completo o a modificarlos de manera flagrante. Hitler describió en varios borradores anteriores su infancia en la Alta Austria o sus años de adolescencia en Viena, ¡y todo ello sin nombrar a un solo amigo o conocido! Cuando, por segunda vez, no consiguió superar los exámenes de ingreso en la Academia de las Artes en octubre de 1908, Hitler decidió bruscamente dejar el apartamento que compartía con su único amigo de Linz, August (Gustl) Kubizek, un estudiante de música, sin dejar siquiera una nota explicativa. Entró entonces a formar parte del ejército de personas sin casa y sin trabajo que deambulaban en la capital austríaca. Su última dirección en Viena es el albergue que se encontraba en la Meldemanngasse, donde vivió entre 1910 y 1913. Pudo sufragarlo gracias a los ingresos regulares que le proporcionaba la venta de postales pintadas con acuarela que confiaba a diversos compañeros judíos. Su otra fuente de ingresos era el dinero de la herencia de sus padres, la pensión de su madre que tuvo que compartir a regañadientes con sus hermanas y el dinero que le prestaba su tía Johanna, que vivía en Spittal.

La huida de Hitler de Viena a Múnich en mayo de 1913 no estuvo causada únicamente por el hecho de que desde 1909 estaba evitando tener que hacer el servicio militar en su país. Resulta plausible que quería y estaba planeando dejar Viena ya en la primavera de 1912 −como escribe confusamente en Mein Kampf−, pero decidió esperar hasta abril de 1913 porque entonces tenía derecho, al cumplir veinticuatro años, a poder disponer de todo su patrimonio. Ninguno de los detalles económicos relativos a la herencia que recibió el joven Hitler de sus padres y familiares encuentra una sola mención en Mein Kampf. Tras haberse descrito a sí mismo en el libro como un refugiado político con una predisposición panalemana, Hitler no podía hacer mención de circunstancias tan profanas como sus dudas de si abandonar o no Viena, por no hablar de sus disputas y regateos con sus hermanas por el dinero que les pertenecía legalmente a ellas. Todo en el relato de Hitler está relacionado con él personalmente. Él se sitúa en el centro de todo: cuánto sufría por culpa del frío y por la falta de dinero, etc., lo cual no es cierto.

Al igual que en el caso de Viena seis años antes, Hitler no menciona el hecho de que tenía un compañero de habitación en Múnich cuyo nombre no quiere revelar. En Viena fue su ya mencionado amigo de Linz (probablemente el único), August Kubizek. Hitler viajó a Múnich con Rudolf Häusler, un amigo de la residencia de estudiantes con el que compartiría una habitación en Múnich en la Schleissheimerstrasse núm. 34. Hitler se escribiría con su casero, el sastre Joseph Popp, en sus años de soldado durante la Gran Guerra.

En el breve repaso de sus años de colegio, Hitler pinta un cuadro muy negativo de pérdida de tiempo entre profesores incompetentes, con tan solo una excepción, la del Dr. Leopold Pötsch, su profesor de historia en la Realschule de Linz, que se distinguía por una ideología ultranacionalista que favorecía la Gran Alemania gobernada por Prusia en vez de la Pequeña Alemania bajo control austríaco. Hitler admite que Pötsch, que solía emocionar a sus alumnos hasta las lágrimas, hizo que la historia fuese su asignatura más amada en el colegio. Hitler se siente ofendido por lo que llama la «eslavización». Su crítica infundada de la «chequicización» se halla evidentemente conectada con su heredero al trono, el archiduque Franz Ferdinand, basándose aparentemente en el hecho de que su mujer, la condesa Sophie Chotek von Chotkow und Wognin, pertenecía a la aristocracia bohemia.

Por lo que respecta a su familia inmediata, Hitler los menciona sólo esporádicamente. Escribe que respetaba a su padre, pero amaba profundamente a su madre. Sin embargo, sus padres parecen no haber tenido un nombre. Y lo mismo sucede con el resto de la familia, los hermanos vivos de Adolf. De un total de siete, cuatro de los cuales murieron tempranamente, tres vivían en el momento de escribir Mein Kampf: su hermanastro Alois (1882-1956), que se fue de casa a los catorce años tras una pelea con su inflexible padre Alois Hitler, nacido Schicklgruber (1837-1903); y, sobre todo, no menciona a sus hermanas Angela (1883-1949) y Paula (1896-1960). Las evitó desde que, tras heredar una sustancial suma de dinero (equivalente al salario anual de un profesor de secundaria) de su tía Johanna, una hermana de su madre Klara (1860-1907), se negó a compartirlo con ellas, que se quedaron en Linz y luego se trasladaron a Viena. Sus permisos o bajas por convalecencia durante la guerra de resultas de sus heridas los pasó exclusivamente en Alemania. El profundo cariño de Hitler por su madre Klara fue confirmado de forma independiente por el médico de la familia, Eduard Bloch, un judío del sur de Bohemia que trató el cáncer de Klara y asistió a su funeral en Urfahr, un suburbio de Linz. De su relación personal con la familia de Hitler dan fe varias postales que expresan una profunda gratitud, que Hitler envió al Dr. Bloch desde Viena y que la Gestapo intentó más tarde adquirir y destruir. Comprensiblemente, Hitler no menciona el nombre del médico ni en el libro ni en ningún otro lugar, ni tampoco hay referencia alguna a sus socios comerciales judíos que le ayudaron a vender en Viena sus postales pintadas con acuarela.

Hitler, durante sus vacaciones en Baviera

Además de su niñez y su primera edad adulta en Viena, el primer volumen de Mein Kampf cubre los cinco años que Hitler pasó con los militares alemanes-bávaros y sus impresiones de guerra, seguidas de los años de caos político y del relato de los orígenes del movimiento nacionalsocialista que él mismo contribuyó a moldear. Hitler afirma que en Viena, cuando tenía veinte años, se volvió tan sagaz políticamente que identificó las dos amenazas mortales de la sociedad, esto es, el marxismo y el judaísmo. En consecuencia, durante este período, escribe con una suprema confianza en sí mismo, «tomaron forma dentro de mí una imagen del mundo y una visión del mundo que se convirtieron en los cimientos de granito de todos mis actos. Así que tuve muy poco que añadir a lo que ya había creado entonces y no hube de modificar nada»Adolf Hitler, Mein Kampf, Múnich, Franz Eher Verlag, 1939, pp. 20-21.. Esto vuelve a ser, una vez más, la autoestilización de Hitler de 1924-1925, ya que su pasión por la política no se despertó hasta su traumática experiencia en Pasewalk en noviembre de 1918 y su exposición personal a la política en vivo a renglón seguido bajo las condiciones de una prolongada guerra civil en Baviera. Como han defendido convincentemente Brigitte Hamann y otros autores, no existen pruebas contundentes de que Hitler se volviera un feroz antisemita en Viena o durante la guerraBrigitte Hamann, Hitlers Wien. Lehrjahre eines Diktators, Múnich, Piper, 1996. Véanse también Bernhard Horstmann, Hitler in Pasewalk. Die Hypnose und ihre Folgen, Düsseldorf, Droste, 2004; Thomas Weber, Hitler’s First War. Adolf Hitler, the Men of the List Regiment, and the First World War, Oxford, Oxford University Press, 2010; Thomas Weber, Wie Adolf Hitler zum Nazi wurde. Vom unpolitischen Soldaten zum Autor von “Mein Kampf”, Berlín, Propyläen, 2016; Othmar Plöckinger, Unter Soldaten und Agitatoren. Hitlers prägende Jahre im deutschen Militär 1918-1920, Paderborn, Ferdinand Schöningh Verlag, 2013.. No fue hasta finales del verano y el otoño de 1919 cuando aplicó sus dotes como orador y propagandista descubiertas tardíamente en el campo de prisioneros de Lechfeld y puso a prueba su retórica antisemita.

El segundo volumen de Mein Kampf trata del partido nazi (NSDAP) y de su Weltanschauung. Esta ideología era una mezcla de un nacionalismo alemán Völkisch específico, con eslóganes anticapitalistas (léase antijudíos) y anticomunistas, que pronto se fundirían en un profundo antisemitismo antibolchevique bajo la influencia de los expertos rusos de su entorno, Max Erwin von Scheubner-Richter y Alfred Rosenberg, ambos nacidos como súbditos rusos, que creían en una conspiración sionista que tenía como objetivo el dominio del mundo. En la jerga de Hitler, esto aparece descrito como la «bolchevización mundial judía» (jüdische Weltbolschewisierung) y sirve de común denominador para el mal y el desastre absolutos que amenazaban a Alemania. Categorías como partidos políticos, propaganda, Federación Alemana, sindicatos, etc., se hallan constantemente expuestos a esta artificial fuerza disuasoria judía.

Al ocuparse de las futuras alianzas políticas y militares alemanas, Hitler favorece a Italia y Gran Bretaña. Mientras que a la primera podía ganársela renunciando Alemania a sus reivindicaciones del germanófono sur del Tirol, con Gran Bretaña podría llegarse a un pacto. A cambio de permitir a Alemania dominar Europa y seguir expandiéndose hacia el Este, Gran Bretaña conservaría su imperio de ultramar con el apoyo alemán, asegurando con ello la primacía de la raza aria blanca. Finalmente, en el capítulo XIV −como ya se ha mencionado−, Hitler defiende vigorosamente la reorientación de la política exterior alemana a fin de recuperar el estatus perdido de potencia mundial. Hitler desea detener la expansión en colonias hacia el oeste y hacia el sur a favor de una ofensiva hacia el Este para crear un nuevo Lebensraum en Europa Oriental para la creciente población alemana, que −como intenta convencer a sus lectores− ya no puede seguir manteniéndose por sí misma debido a la reducción del suelo agrícola.

En segundo lugar, aparte de la información biográfica, los editores han indagado en la lista de lecturas del propio Hitler, libros sobre temas económicos, sobre la raza y sobre la cuestión judía. Sin embargo, dado que Hitler tenía una tendencia a no revelar sus fuentes, a menudo resulta difícil rebatir sus datos. Mein Kampf no es una obra académica. Hitler, por tanto, no se sentía obligado a incluir una nota a pie de página para corroborar cada hecho. Sin embargo, entre las pocas excepciones a esta regla, se encuentran las siguientes fuentes, de las que Hitler sí que se apresuró a dejar constancia: El fundamento nacional y social del Estado alemán, de Gottfried Feder (1923) y sus conferencias capitalistas sobre el tema de Romper la esclavitud por interés (Zinsknechtschaft).

Aunque no las nombra, Hitler debió de valerse también de las obras de Alfred Rosenberg sobre la raza y la cuestión judía para su propio capítulo XI del primer volumen, titulado «Nación y raza». En el mismo capítulo, Hitler menciona los fraudulentos Protocolos de los Ancianos de Sión, cuya pretensión de que estaban trabajando en pos de un dominio judío del mundo encajaba a la perfección con el concepto de conspiración sionista mundial. Aunque extractos de los Protocolos introducidos por emigrados rusos de derechas (con los que Hitler estuvo en contacto por medio de sus asesores ruso-bálticos, los citados Rosenberg y Scheubner-RichterMichael Kellogg, The Russian Roots of Nazism. White Émigrés and the Making of National Socialism, 1917-1945, Cambridge, Cambridge University Press, 2005.) empezaron a circular ya en julio de 1919, a comienzos de 1920 se publicó una traducción completa con el título Los secretos de los Sabios de Sión (Die Geheimnisse der Weisen von Zion, con edición de Gottfried zur Beek). Hitler se refirió a los Protocolos en sus discursos en 1921. Para Mein Kampf utilizó presumiblemente la versión de 1923 editada por su amigo Alfred Rosenberg, Die Protokolle der Weisen von Zion und die jüdische Weltpolitik (Los Protocolos de los Sabios de Sión y la política mundial judía).

Las raíces ideológicas e históricas del antisemitismo de Hitler se extienden asimismo a un número mayor de autores sobre el tema de la raza y la cuestión judía, cuyos nombres vuelven a ser silenciados por Hitler: Manual de la cuestión judía (Handbuch der Judenfrage, 1878), de Theodor Fritsch; Fundamentos del siglo XIX (Foundations of the Nineteenth Century, 1899), de Houston Stewart Chamberlain; Si yo fuera el Káiser... (Wenn ich Kaiser wär..., 1912), de Heinrich Claß, que exigía la expansión hacia el Este y la colonización de los eslavos siguiendo el ejemplo de los caballeros teutones de la Edad Media; o el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (Essai sur l’inégalité des races humaines, 1855), de Joseph Arthur de Gobineau. No puede dejar de mencionarse tampoco el impacto de los virulentos panfletos antisemitas del tutor intelectual de Hitler, Dietrich Eckart (1868-1923). Los expertos, sin embargo, están de acuerdo en que el efecto que tuvieron en Hitler es incomparable con el de los Protocolos, quizá con una única excepción: El judío internacional (The International Jew, 1920), de Henry Ford, cuya traducción alemana, Der internationale Jude. Ein Weltproblem, apareció en 1922, y que convirtió a Ford en el principal icono antisemita de Hitler, lo cual reconoció colgando un retrato suyo en la pared de su despacho para que todos pudieran verlo.

En Mein Kampf no se encuentra ninguna referencia explícita a la genocida «solución final» para los judíos alemanes y europeos

En tercer lugar, una tarea muy importante para los editores consistía en explicar el significado de pseudotérminos específicos que Hitler utilizó profusamente en Mein Kampf, como, por ejemplo, Volksgemeinschaft [grupo étnico alemán, en contraposición a la clase étnicamente neutral], Rassenschande [contacto sexual entre personas de razas diferentes], etc. Además de identificar errores fácticos concretos en la presentación de Hitler, los editores tenían que corregir presentaciones falsas o tendenciosas. Finalmente, los editores han examinado cuidadosamente dónde las palabras de Hitler hallaron o no una correspondencia en la acción directa. Por ejemplo, en julio de 1933 se aprobaron diversas leyes que dieron lugar a la llamada legislación racial de Núremberg de 1935: la Ley de Revocación de la Naturalización de Judíos y Gitanos, a los que se privó de la nacionalidad alemana; y la Ley de Prevención de Hijos con Defectos Hereditarios, que permitió la esterilización forzosa de gitanos, de discapacitados físicos y psíquicos y de otras personas consideradas «inferiores» o «inhábiles». Otro tema en consonancia con las ideas originales de Hitler era, como ya se ha apuntado, su gran proyecto geopolítico de conquistar el Este, su Ostpolitik, basada en la ilusión de adquirir un nuevo Lebensraum. La fórmula de Hitler en Mein Kampf permitía no más de tres opciones en relación con la población mayoritaria existente en el Este: expulsión, esclavización o exterminio. La política nazi puso en práctica estos objetivos al pie de la letra a partir de junio de 1941.

En Mein Kampf no se encuentra ninguna referencia explícita a la genocida «solución final» para los judíos alemanes y europeos practicada por la Alemania de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Hacia el final del segundo volumen Hitler condena metafóricamente a entre doce y quince mil judíos alemanes por haber saboteado el empeño bélico alemán −sostiene− y haber provocado que el país perdiera la guerra. Si se hubiera gaseado a estos «arruinadores de la nación hebreos» al principio de la guerra, afirma Hitler, podrían haberse salvado las vidas de un millón de alemanes decentesAdolf Hitler, Mein Kampf, Múnich, Franz Eher Verlag, 1939, p. 772.. En cuanto a Alemania, Hitler solicitó en 1924-1925 que los judíos fueran privados de sus propiedades y sus derechos civiles, y obligados a emigrar bajo el término general de «eliminación» (Entfernung). Esta fue su postura sobre la cuestión judía, que tomó ya en septiembre de 1919 en la carta a menudo citada que envió a su compañero soldado Adolf GemlichErnst Deuerlein, «Hitlers Eintritt in die Politik und die Reichswehr», Vierteljahrshefte für Zeitgeschichte, vol. 7 (1959), Heft 2, pp. 177-227..

Con más de tres mil quinientas notas y tal cúmulo de reflexiones sobre todos aquellos aspectos que ha de recoger una edición crítica de Mein Kampf de Hitler noventa años después de su primera publicación, debería resultar muy difícil buscar la más leve imperfección en esta obra extraordinariamente profesional. Sin embargo, hay una omisión relevante que no debería haberse permitido. Cabía suponer que una edición crítica de estas dimensiones masivas daría cabida a todo aquello que formaba parte de las ediciones originales de Mein Kampf, incluida la propia dedicatoria de Hitler −que figura de manera prominente al comienzo del libro− a los dieciséis simpatizantes nazis que fueron tiroteados durante el Putsch de la cervecería en noviembre de 1923. Los editores, sin embargo, han decidido no publicar sus nombres. ¿Por qué? La lista con los dieciséis nombres es una fuente histórica. Debería haberse incluido, y no censurado. ¿En qué otro lugar del libro podría encontrarse el nombre de la muy compleja personalidad del Dr. Max Erwin von Scheubner-Richter (1884-1923), el principal asesor sobre Europa del Este, Oriente Próximo y Rusia, cuya pérdida fue calificada por el propio Hitler de «irreemplazable», y al que los historiadores han «descubierto» recientemente como uno de los testigos claves del genocidio armenio en el tiempo que ejerció de vicecónsul alemán en Erzerum en 1915? Otro importante seguidor de primera hora de Hitler fue el virulento escritor antisemita Dietrich Eckart, ya citado más arriba, que no participó en el Putsch, pero que murió poco después y al que Hitler dedicó el segundo volumen de Mein Kampf. En este caso, los editores han actuado correctamente y han mantenido la dedicatoria de Hitler a Eckart sin censurarChristian Hartmann, Thomas Vordermayer, Othmar Plöckinger y Roman Töppel, Hitler’s Mein Kampf. Eine kritische Edition, Múnich, Instituts für Zeitgeschichte München – Berlin, 2016, p. 1.739.. La historia como un constructo humano no debe confundirse con la verdad, tal y como nos recuerda la sabia cita de Oscar Wilde: «La verdad es raramente pura y nunca simple».

Reacciones a la edición crítica de 2016

A la vista de la prohibición global vigente de publicar Mein Kampf durante setenta años, y que expiró el 31 de diciembre de 2015, el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich, que ya había publicado en 1961 el conocido como Segundo Libro de Hitler de 1928Gerhard L. Weinberg y Hans Rothfels (eds.), Hitlers Zweites Buch aus dem Jahre 1928, Stuttgart, Deutsche Verlags-Anstalt, 1961; publicado en inglés como Hitler’s Secret Book, Nueva York, Grove Press, 1961. El texto fue encontrado en los Archivos Nacionales de Washington por Gerhard L. Weinberg como un manuscrito independiente de los archivos capturados en Alemania y no relacionado con Mein Kampf., propuso en varias ocasiones publicar una edición anotada de Mein Kampf, pero el Gobierno bávaro se negó siempre a conceder la autorización. Anticipándose a la fecha límite en que el libro de Hitler volvería a ser publicable, el director del Instituto, Andreas Wirsching, decidió con tres años de antelación adelantarse al previsible aluvión editorial con la preparación de una edición crítica exhaustiva de Mein Kampf, el libro que debería ser la fuente fundamental para estudiar la doble catástrofe de Alemania, esto es, la derrota militar total y las consecuencias del genocidio racial. Se trataría, además, de un libro que en su forma crítica y exhaustivamente profesional completaría las lagunas que había dejado el descriptivo Mein Kampf de 1966 de Werner Maser (véase la nota 23). Wirsching también advirtió entonces contra dos extremos contrapuestos. Uno consistía en mantener el tema como si siguiera siendo un tabú, impidiendo con ello que la gente pudiera tener acceso a Mein Kampf, como hizo, de hecho, el Gobierno de Baviera durante setenta largos años. En el otro extremo se situaría la costumbre de mencionar excesivamente el nombre de Hitler y Mein Kampf en forma satírica, por ejemplo, lo que supuestamente crea una atmósfera de minimización [Verharmlösung] de la amenazaAndreas Wirsching, «Hitler, “Mein Kampf”. Eine kritische Edition des Instituts für Zeitgeschichte», Aus Politik und Zeitgeschichte, vol. 65, núm. 43-45 (19 de octubre de 2015), p. 15.. Aquí discrepo quizá de Wirsching, ya que considero que este género resulta muy beneficioso para la salud de la sociedad alemana, como sucede en los casos de El gran dictador de Chaplin, de las lecturas de Mein Kampf a cargo del ya fallecido cabaretista Helmut Qualtinger o del cabaretista contemporáneo de origen turco Serdar Somuncu, o del libro satírico de Timur Vermes, Er ist wieder da (Ha vuelto).

Habitación de Hilter en la prisión de Landsberg

Hubo una época en que las autoridades de Múnich estaban aún convencidas de que cerrando con llave un manuscrito sus peligrosas ideas seguirían encarceladas. Desde el 1 de enero de 2016, sin embargo, se ha abierto la caja de Pandora y cualquiera puede reeditar Mein Kampf en la forma original o de una manera sesgada o parcial. El Gobierno bávaro quería que el Instituto de Historia Contemporánea estuviera preparado para afrontar esta enorme tarea y prometió apoyo económico durante un período de tres años, pero retiró en dos ocasiones su respaldo oficial debido a las presiones que recibió, procedentes especialmente de Israel. Tras el acuerdo llegó el desacuerdo, al tiempo que el equipo original de investigadores dirigido por Christopher Hartmann proseguía con su importante trabajo a pesar de la amenaza de la retirada de fondos. La comunidad judía de Múnich estaba gravemente preocupada por la noticia de la libre circulación de Mein Kampf. Charlotte Knobloch, en nombre la Comunidad Cultural Israelita de Múnich y la Alta Baviera, habló del «peligro de catalizar sentimientos de extrema derecha». Uri Chanoch, un superviviente del Holocausto, protagonizó una agresiva campaña en contra de la reedición, reclamando que fuera la presión internacional la que lo impidiera. Durante la visita de Horst Seehofer, el primer ministro bávaro, llegaron protestas más airadas procedentes de Israel, por lo que decidió retirar su subvención económica estatal de quinientos mil euros al proyecto. La decisión, a su vez, desató las protestas entre los académicos y el parlamento bávaro, que había aprobado anteriormente la concesión de fondos para la preparación del libro. En esta ocasión, algunas voces judías, como la de Salomon Korn, en representación de una influyente comunidad de Fráncfort, no pudieron reprimir su asombro: «Ya deberíamos haber tenido una edición crítica de Mein Kampf hace mucho tiempo», declaró. Arrinconado en una incómoda posición, el gabinete de Seehofer se vio obligado a reconsiderar su decisión por segunda vez. Acordó mantener la concesión del dinero, pero negó su sello de aprobación. Quienes se oponían a la reedición, especialmente los que vivían en Israel, no se aplacaron, lo que se tradujo en más protestas. Las opiniones siguieron divididas tras la publicación de la edición crítica de Mein Kampf en enero de 2016. La primera edición limitada se circunscribió a cuatro mil ejemplares, presumiblemente para impedir que el libro apareciese en la lista de los libros más vendidos. La segunda edición posterior, con cincuenta mil ejemplares, permitió que la edición crítica de Mein Kampf entrara a formar parte en abril de este año de las listas de los libros más vendidos después de que se vendieran rápidamente más de cuarenta y siete mil quinientos ejemplares.

Mientras que el ministro de Educación bávaro, Ludwig Spaenle, no podía decidirse, Josef Kraus, el presidente de la Asociación Alemana de Profesores (Deutscher Lehrerverband), declaró que a ellos sí que les gustaría utilizar la edición crítica en los colegios, porque pensaba que como alternativa a la prohibición de Mein Kampf o a guardar silencio ayudaría a inmunizar a los alumnos contra los extremistas de derechaEntrevista con Josef Kraus en la emisora Deutsche Welle el 21 de diciembre de 2015..

¿Cuál fue la reacción en Estados Unidos? Peter Ross Range, en un artículo publicado en The New York Times el 7 de julio de 2014, un año y medio antes de que concluyera la prohibición, se mostró favorable a una abierta confrontación con el principal evangelio del nazismo. Aunque la perspectiva de que las palabras de Hitler vuelvan a circular libremente en Alemania, y en numerosas traducciones en el extranjero, pueda chocar a la gente, Ross Range cree que no debería ser así. ¿Por qué? Porque, sostiene, la inoculación de la generación más joven contra el bacilo nazi se logra mejor mediante una abierta confrontación con las palabras de Hitler que manteniendo su vilipendiado tratado en la sombra de la ilegalidad. Mientras que el director de la Liga Antidifamación, junto con la mayoría de lectores, abogaba por la publicación de Mein Kampf en una edición crítica comentada y anotada, Ronald Lauder, el presidente del Congreso Mundial Judío, escribió al director de The New York Times afirmando que Mein Kampf servía «de inspiración y de cuaderno de estrategias para el mayor asesino de masas que haya conocido nunca el mundo» y, por tanto, no debe volver a publicarse. Dada la historia de Alemania, continuaba, «volver a publicarlo allí en una época de creciente antisemitismo sería una farsa». Como elemento disuasorio se refería a las versiones en formato de libro electrónico de Mein Kampf, que en la primavera de 2014 se alzó a lo más alto de las listas de superventas. «¿Qué pensarían los supervivientes del Holocausto y sus familiares −concluye su carta de protesta− si visitaran una librería alemana y vieran en las estanterías el libro de Hitler?» Lauder estaba refiriéndose evidentemente al Mein Kampf original, no a la edición crítica que iba a publicar el Instituto de Múnich. Aún está por verse cuál de las dos opiniones enfrentadas, ambas legítimas y justificables, acabará prevaleciendo finalmente. Desde mi punto de vista, quienes deseen hacerse neonazis y aceptar Mein Kampf como su Biblia no pueden ser rescatados por la edición crítica. El mundo interpretado por Adolf Hitler es inmune a los contrafácticos y a los comentarios críticos. Confiemos en que esas personas permanezcan aisladas y bajo supervisión.

La edición crítica contiene una exhaustiva bibliografía, que es probablemente la más completa que se ha elaborado nunca sobre el tema; y un número limitado de ilustraciones, fotografías y planes de lugares como la prisión de Landsberg y Berchtesgaden, en el Obersalzberg, donde Hitler escribió Mein Kampf. Los índices se dividen en tres partes: nombres, lugares y temas generales.

Milan L. Hauner nació en Gotha (Alemania), pero se crio y estudió en Praga. Tras la invasion soviética se trasladó a Inglaterra, donde estudió y trabajó en Cambridge, Oxford y Londres. En 1980 se trasladó a Estados Unidos y ha sido profesor en la Universidad de Wisconsin en Madison. Ha investigado en diversas universidades de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos y ha publicado y editado diez libros y más de un centenar de artículos académicos sobre la moderna historia de India, Asia Central, Checoslovaquia, Alemania y Rusia. En 2007 apareció su edición de las memorias de guerra del presidente checoslovaco Edvard Beneš.

Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito
especialmente para Revista de Libros

23/11/2016

 
COMENTARIOS

Manuel Álvarez 23/11/16 18:58
Muy buen artículo.

Francisco Martínez 25/11/16 18:03
Pese a la polémica, hacer una edición crítica ha sido lo más acertado.

José Antonio Millán 21/12/16 12:48
Muy interesante reseña. Como editor, uno de sus aspectos me llama la atención especialmente. Leo que "En 1945 se habían vendido más de doce millones y medio de copias". Sin embargo, y quizás por exceso de telegrafismo, no alcanzo a descifrar este párrafo: "Si el porcentaje (23%) de la encuesta realizada por el equipo estadounidense se expresa por medio de cifras, estaríamos hablando de que quince millones de personas aproximadamente debieron de leer Mein Kampf".

¿Cuál era el "equipo estadounidense", que aparece aquí por primera vez? La encuesta mencionada, ¿preguntaba por tenencia de ejemplares, por lectura parcial, completa, o exactamente por qué?

Agradecería una aclaración. Muchas gracias

Milan Hauner 24/12/16 16:58
Fue Otto Strasser, un partidario de primera hora de Hitler y más tarde su acerbo enemigo, quien describió "Mein Kampf" como "el libro más comprado y menos leído" (Plockinger, 2006, p. 361). La referencia a la encuesta estadounidense después de la guerra se ha copiado de un amplio estudio de Klaus Wiegrefe en la página 13 de la revista DER SPIEGEL y que puede encontrarse on line: http://www.spiegel.de/international/germany/new-annotated-mein-kampf-offers-insight-into-hitler-a-1072032.html.

No tengo idea de QUIÉNES eran los alemanes seleccionados para el muestreo, o quiénes respondieron a las preguntas formuladas por un equipo estadounidense en la zona ocupada de Alemania. Yo soy también bastante escéptico sobre los resultados de este tipo de encuestas. Espero que esto satisfaga la curiosidad del Sr. Millán.

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