ARTÍCULO

El humo era el mundo

Mondadori, Barcelona
Trad. de Javier Calvo
598 pp. 25,90 €
 

¡Qué fuerza tienen los escritores americanos! Su fuerza proviene, en primer lugar, de su virtuosismo verbal y formal. Entro en Árbol de humo de Denis Johnson, y al instante me siento envuelto en una cortina de palabras que me conducen hacia delante. No hay en parte alguna marcas de «estilo» como esas a las que somos tan afectos los escritores latinos. La sensación es de impersonalidad y eficacia estilística. Y, sin embargo, nada falta, nada sobra en este mundo que se yergue de pronto ante los ojos del lector: las formas, los colores, el sentido del tiempo, la sensación del espacio, la temperatura, la ironía, el sonido de las voces de los que hablan. Las escenas se suceden ante el lector con una suerte de falta de intención o falta de plan que se parece mucho a la forma en que las cosas se suceden en la vida real. Sé que este libro trata de la guerra de Vietnam. Exploro los capítulos o secciones en que se divide el libro, con el número del año en que tiene lugar la acción en vez de número o título (para lo cual tengo que meter los dedos en el libro y pasar páginas de aquí y allá, ya que no hay índice ni al principio ni al final), y advierto que la acción dura desde 1963 hasta 1983. Y sigo leyendo. El placer de leer a Denis Johnson es tan grande que uno puede abandonarse a su ritmo en un estado casi de ensoñación hipnótica.
Hay tres líneas de acción: una tiene que ver con dos soldados que provienen de una familia rural de la América profunda, Jim y Bill Houston. La otra tiene que ver con un oficial vietnamita de aviación llamado Nguyen Minh, su tío Hao y un amigo de juventud de Hao llamado Trung Than que se marchó al norte tras la división del país y ahora quiere ser agente doble para los americanos. La tercera, con un joven agente del FBI, Skip Sands, primero enviado a Filipinas y más tarde a Vietnam. «El coronel», el tío de Sands, un héroe de la Segunda Guerra Mundial que ahora está también en el FBI, constituye el centro de la acción. Él es quizá la razón de que este libro magistral no sea finalmente una obra maestra. El problema estriba en la dificultad de crear personajes fascinantes, como Kurtz (la comparación no es casual, porque la historia de Johnson tiene un paralelismo deliberado con la de Conrad) o como el «mago» de John Fowles. Porque el coronel nunca parece mucho más que un ex veterano afecto a los cócteles al atardecer, algo parlanchín y con la cabeza llena de humo. No acabamos de entender por qué Sands le admira tanto. Su proyecto de «guerra psicológica» llamado «Árbol de Humo» parece una majadería absoluta: llenar con alucinógenos los túneles que, al parecer, recorren el subsuelo del país, para que los soldados rebeldes que los utilizan se vuelvan locos. Es la táctica de guerra que uno se esperaría del Coyote y el Correcaminos. Bajo las órdenes del coronel, Skip Sands se ve envuelto en proyectos de «guerra psicológica» de lo más extraño. Por ejemplo, estudiar las leyendas y cuentos de hadas locales a fin de conocer el mundo imaginario del enemigo. Skip Sands se pasa la mayor parte de la acción completamente aislado en una mansión colonial francesa abandonada. Hay muchos otros personajes: soldados, vietnamitas, prostitutas, un sacerdote filipino, un asesino a sueldo alemán, una enfermera americana que tiene una relación sentimental con Skip Sands. Y todas las vidas que se cruzan y entrecruzan son absurdas, terriblemente absurdas, y todas las cosas que pasan son sinsentidos. Árbol de humo es una obra artística muy extraña porque tiene eso que el escritor norteamericano Alex Shakar llama paradessence, «esencia paradójica»: fascina tanto por su precisión como por su vaguedad. Denis Johnson posee esa magia del detalle que es el genio de los grandes novelistas anglosajones. ¿Cómo sabe tantas cosas?, nos preguntamos una y otra vez. ¿Cómo puede conocer esos detalles de la vida corriente de esos países remotos? Su recreación constante de lugares, costumbres, bebidas, jerga local de soldados, de espías, de oficiales, su evocación de las circunstancias de la guerra, de los barracones, de las batallas, son realmente asombrosas. (Y, sin embargo, en una entrevista para el San Francisco Reader, Denis Johnson afirma que no se puede llegar a la verdad sólo con los hechos, que para llegar a la verdad hay que inventar un poco.) Su virtuosismo verbal es tan grande (y, lo que es más importante, tan escondido), que la lectura se hace rápida, feliz, deseosa. Pero hay algo que crece y nos inquieta: nada de lo que cuenta parece tener sentido. Nadie entiende lo que pasa. Nadie sabe lo que hace. Los servicios de inteligencia no averiguan nada, no saben nada, se mueven por intuiciones o por prejuicios. El nombre de un sacerdote aparece dos veces en sendos informes, y alguien ordena que lo liquiden. En medio de una guerra sangrienta, parece incomprensible que haga falta utilizar un asesino a sueldo para eliminar a un supuesto espía. Lo que parece querer decirnos Johnson es que, en realidad, la guerra de Vietnam nunca existió y que la «vida» tal como la entendemos no es más que una ficción literaria. Denis Johnson nos muestra la vida y la guerra como un absurdo absoluto que se mueve hacia adelante movido por quién sabe qué fuerza impersonal. El soldado Jim Houston nunca ha sido tan feliz como en los prostíbulos para soldados de Vietnam. Cuando regresa a Estados Unidos entra en una existencia de borracheras, trabajos agotadores, drogas y peleas, y se pasa el tiempo en la cárcel. Su vida de soldado en Vietnam es mejor que su vida en Arizona.
Denis Johnson ganó el National Book Award de 2007 con Árbol de humo. Quizá su libro más conocido siga siendo su colección de relatos El hijo de Jesús (DeBolsillo), una colección de vidas sórdidas bajo los grandes cielos de Estados Unidos. El nombre del mundo (Mondadori) es una novela situada en el medio universitario estadounidense (la protagonista es una mujer misteriosa que tiene, al parecer, un millar de personalidades distintas y contradictorias), muy recomendable aunque sea su obra menos característica. Aún no está traducida una novela asombrosa, Already Dead, una especie de novela gótica moderna donde la prosa de Johnson entra en largos vuelos de lirismo nocturno. Es el lirismo moderno de Johnson, tenso, metálico, que nos asombra por su mezcla de laconismo y poder evocador.
Pero lo más moderno y original de Denis Johnson es que escribe novelas con una historia que nunca llega a hacerse trama y que cuenta vidas que nunca llegan a hacerse fábulas. Porque intenta representar la vida como es: como una serie de acontecimientos inconexos que carecen de simetría, que carecen de carácter simbólico. Hay una gran búsqueda al final del libro que, como era de esperar, termina en la nada. No hay nada que encontrar. No hay misterio. No hay enigma. No hay estructura en el mundo. No hay estructura en la vida. No sé hasta qué punto esto es intencionado. Si lo es, sería una virtud. Si no lo fuera, sería una carencia y un defecto.
La fuerza de los escritores americanos proviene, primero, de su gran virtuosismo verbal y, segundo, de la insolencia con que se apoderan del mundo, bien porque son «hombres de acción», bien por el conocimiento que exhiben de lugares, profesiones y situaciones límites y extraordinarias. Sin embargo, a menudo en esta literatura nos sorprende, al terminar novelas tan brillantes como Árbol de humo, una sensación de superficialidad humana y emocional. Como si la brillantez de las conversaciones no sirviera más que para ocultar la verdad humana de los personajes. Como si la acción continua que encandila nuestros ojos y nuestros oídos tuviera el efecto hipnótico de arrastrarnos en la lectura pero nos dejara, finalmente, ansiosos y vacíos.

 

01/09/2009

 
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