ARTÍCULO

Mil años de poesía española en perspectiva francesa

Edición dirigida por Nadine Ly
Bibliothèque de La Pléiade Gallimard, París
 


La «Bibliothèque de La Pléiade» es hoy probablemente la colección más prestigiosa de cuantas aspiran a ofrecer una representación potencialmente completa, no sólo de los grandes autores del propio idioma, sino, en traducciones especialmente cuidadas, de las obras esenciales de la literatura universal. Seguramente, en proporción a la importancia real de tales obras, son otras dos literaturas neolatinas, la italiana y la española (portugués, catalán y rumano están por hoy ausentes), las más pobremente representadas: 7 volúmenes para el italiano, y otros 7 (u 8, si incluimos al argentino Borges) para el español, frente a los 30 traducidos del inglés, 22 del ruso, y 18 del alemán. El honor de unas «Obras completas» recae, por hoy, sólo en García Lorca. La expectación ante este tomo bilingüe se incrementa si constatamos que, en otro contexto, viene a ser el tercero de los dedicados a cubrir, aproximadamente, mil años de poesía europea (los dos precedentes abarcan la poesía alemana y la italiana); implícitamente, todos ellos se sitúan al lado de la importante y madrugadora Anthologie de la poésie française (1949) de André Gide, que, naturalmente, dada la fecha de su aparición, va quedando muy desfasada.

Pero volviendo a nuestro tema, ¿cómo se ha llevado a cabo esta obra que, dado el contexto y el momento en que aparece, debía y podía aspirar a ser ejemplarmente representativa, cercana al canon ideal, casi emblemática? Desde el primer momento está claro que no se trata aquí de una selección personal, como la de Gide, de la que pueda responsabilizarse solamente a la directora o coordinadora del trabajo, Nadine Ly –avalada por haberse formado bajo el magisterio del gran Maurice Molho–, sino conjuntamente a ella y, al menos, a los diez colaboradores que, desde la portada, figuran explícitamente como tales.

La primera evidencia que se impone es la de la magnitud de la empresa, propicia a sacar provecho de mucho de lo que el hispanismo francés anterior ha acumulado, así como de la escrupulosidad detallada de las referencias, especialmente en el apartado final de «Notices et notes»: 299 páginas, donde a veces el comentario es más extenso que el texto seleccionado en la parte antológica (así, los hermanos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, reducidos en la antología a un solo soneto, merecen luego casi tres páginas de noticia y explicación).

Tanto el largo prefacio como la breve «Note sur la présente édition», ambos de Nadine Ly, vienen oportunamente a evocar el ámbito cultural e histórico en que han ido surgiendo los poemas, así como las intenciones y límites de la selección; todo ello con mesura y considerable esfuerzo de objetividad. En cuanto a los «Jalons chronologiques», redactados por Yves Aguila, es de notar que prevalecen con mucho las menciones históricas sobre las culturales, y, por lo que toca a lo contemporáneo, la pintura, la novela, el cine y el teatro están relativamente bien registrados, pero no así, sorprendentemente, la poesía: el último «libro» citado es, datándolo en 1937, Capital de la gloria, de Alberti (que en rigor no es un libro, sino la última parte del ciclo De un momento a otro, en Poesía, Madrid, Signo, 1938).

El silencio acerca de todo lo posterior, incluso para obras claves de J. R. Jiménez, Salinas, Guillén, Diego, Aleixandre o Cernuda, es incomprensible: claro que muchos de esos huecos se colman después, en las «Notices et notes», pero es evidente que también deberían figurar en esa cronología introductoria.

LA DISTRIBUCIÓN DEL ESPACIO

La primera dificultad, cuya solución requiere una cordura excepcional, es lo que podríamos llamar administración o distribución de los bloques textuales, tanto más necesariamente certera al ser el espacio disponible muy limitado. No debe engañarnos el dato inicial de 1.340 páginas de texto: las «Noticias y notas» ocupan 301, y el glosario, bibliografía e índices, otras 40, de modo que, con algunos blancos, el texto real disponible es de unas 990 páginas. Pero como la antología es bilingüe, el espacio neto real disponible se reduce a unas 495: se trata pues de encontrar cabida, en menos de 500 páginas, a una representación «suficiente» de la poesía española, desde las jarchas hasta los libros aparecidos ya entrada la década de los noventa.

Como referencia para resaltar lo arduo de la empresa, cabe recordar que el popular Las mil mejores poesías de J. Bergua, tiene en su 26.ª edición (1981), descontando el prólogo, más de 660, y Los cien mejores poetas... de Rafael Morales (Giner, 1967), 849; o la también muy conocida y reeditada de F. C. Sainz de Robles (en 1950, y descontando la larga introducción crítico-histórica), unas 1.950 páginas.

Es evidente que una representación mínimamente efectiva de cada poeta, en ese espacio, es ilusoria: cabe sólo una presencia por así decir «alusiva». Adoptado ese criterio hay considerables aciertos, en algunos libros de texto, o en lo que consiguió, con excepcional fortuna, Jorge Campos: aludir a toda la Poesía española (Taurus, 1959), desde una jarcha mozárabe hasta los entonces recién aparecidos Sahagún y Cabañero, en un pequeño volumen de 230 páginas.

CASOS DE PRESENCIA MÍNIMA

Los compiladores optan por esa mínima presencia alusiva en casos como el ya citado de los Argensola o (siguiendo la crónología), las jarchas, López de Ayala, Macías, Diego Hurtado de Mendoza, Imperial, Lope de Stúñiga, Gómez Manrique, Carvajal y Escrivá, o, ya en el Siglo de Oro, Castillejo, Boscán, Hurtado de Mendoza, Cetina, De la Torre, Ercilla, Figueroa, Aldana, Medrano, Caro, Villamediana, Jáuregui, Rioja, Soto de Rojas y Bocángel (cito aquí los que ocupan dos o tres páginas, con la traducción; es decir, poco menos o poco más de una, de texto original). Algo más, unas dos páginas de texto español, obtienen Timoneda, santa Teresa, Herrera o Carrillo Sotomayor.

Igual de restringida es la audiencia de los dos únicos poetas incluidos del siglo XVIII, Moratín y Meléndez Valdés. Y en la época romántica, poco más se reserva al Duque de Rivas (dos fragmentos), o a Zorrilla (tres octavas: una página escasa).

Y llegamos con esto al siglo XX, privilegiado, comparativamente hasta el exceso, en cuanto al espacio que ocupa. ¿Cuál es su estructuración? La misma Nadie Ly, en la nota introductoria, advierte que este siglo está «abundantemente representado, pero en proporciones desiguales»; en efecto, los primeros 40 años, hasta el final de la guerra civil, 283 páginas; luego, aproximadamente en 1940-1993 (es decir, más de 50 años), sólo 164 páginas. La representación mínima (menos de dos páginas de texto original), afecta a ValleInclán; Moreno Villa, Dámaso Alonso, y a más de la mitad de los poetas posteriores. ¿Podría esta extrema austeridad permitir una presencia suficiente, ya que no en la «cantidad» de texto, en la mención de los nombres?

Veremos pronto, al señalar las ausencias, que no es así, que hay «huecos» imposibles de justificar. Y que a ello contribuye que para algunos poetas mayores (no para todos) se extreme la generosidad. Puesto que el esquematismo de toda antología es insoslayable, esos espacios relativamente abundantes vienen a ser un dispendio realizado a expensas de los excluidos o mínimamente representados. En ese preciso sentido, las 62 páginas dedicadas a Lorca o las 58 de Góngora son, en efecto, un derroche; como lo son, en menor medida, 32 para Guillén o 30 para Aleixandre (tanto más si las confrontamos con las sólo 20 concedidas a Berceo, Garcilaso, fray Luis de León o Luis Cernuda).

LA AUSENCIAS

La consecuencia más grave de la escasez de espacio no es, con todo, reducir la presencia de poetas importantes a un solo poema; o incluso, como en Rivas y Zorrilla, a unos breves fragmentos, sino el llegar a la exclusión pura y simple, a la negación de existencia de nombres que, desde el momento en que aparecieron, han mantenido una vigencia.

Los más notables son: Hernando de Acuña, Juan de Arguijo, Andrés Fernández de Andrada (establecida ya sin duda la autoría de la Epístola moral), Diego de Silva y Mendoza, Conde de Salinas, y Esteban M. Villegas... La «opción personal», según ella misma advierte en la nota introductoria, de Nadine Ly, de reducir el siglo XVIII a «dos cortos textos» (8 págs. en total, traducción incluida), por más que intente justificarse aduciendo que el didactismo de la Ilustración privilegió «una de las funciones del lenguaje, su instrumentalidad... en detrimentro de su función poética...» (pág. XXIX), no parece finalmente acertada. Los fabulistas españoles no alcanzan, ciertamente, la sutil delicadeza musical de Lafontaine; no son grandes poetas, pero son poetas. No es posible prescindir de ellos. Jovellanos acentúa aún más el didactismo reflexivo, pero debe retenerse como la voz viva, también en sus versos, de una esperanza española frustrada. Más auténticos poetas eran Cadalso y Cienfuegos, y Leandro Fernández de Moratín escribió al menos una Elegía de las Musas que es poema clave en la transición del racionalismo dieciochesco al ya inminente Romanticismo. Parecido es el caso de Quintana, cierto que muy lejos de nuestra receptividad, pero que todavía en 1896 situaba Rubén Darío en «retratos ilustres», nada menos que al lado de Cervantes, Lope de Vega y Garcilaso. Puede gustar poco, pero no es nombre prescindible. Y ya en el XIX, por modesta que nos parezca hoy su calidad estética, no se puede simplemente comprender la evolución de la poesía española entre 1840 y 1900 sin contar con Campoamor y Núñez de Arce, y menos sin considerar la obra castellana de Rosalía de Castro.

Y ya en la transición hacia el Modernismo, sería indispensable contar al menos con Manuel Reina y Salvador Rueda. Son todas ellas ausencias no clamorosas, pero sí decepcionantes y empobrecedoras.

¿Qué decir de las exclusiones que enrarecen casi todo el siglo XX? Retengo dos grupos: uno, desde la etapa modernista hasta los coetáneos del «27»; otro, desde los inmediatamente posteriores hasta hoy.

En el primer grupo, citados alfabéticamente, Bacarisse, Bergamín, Carrere, E. de Champourcín, Domenchina, Díez-Canedo, A. Espina, Pedro Garfias, J. M.ª Hinojosa, Juan Larrea, E. Marquina, E. de Mesa, Concha Méndez, Tomás Morales, J. María Pemán, Pérez de Ayala, Del Río Sainz, A. del Valle, F. Vighi, F. Villaespesa y Fernando Villalón.

Para los poetas posteriores a la guerra civil, la lista de ausentes es todavía mayor, se inicia con Carlos Álvarez (ausente de la antología, pero que tiene sin embargo el honor de suministrar como lema dos versos suyos, en la pág. XLIX del Préface), y sigue con Álvarez Ortega, Aller, Aparicio, Atencia, Basanta, Benito de Lucas, Bernier, Bleiberg, Bousoño, Busmayor, Cabañero, Canelo, Cano, Caro Romero, Carvajal, Carriedo, Castillo, Cirlot, Costafreda, Crémer, Crespo, Cuenca, Delgado, L. M. Díez, Duque, Fernández Molina, Figuera Aymerich, Gala, Gamoneda, Gaos, García Baena, García Díez, E. García Fernández, García López, García Montero, García Narezo, García Nieto, I. M. Gil, Gil-Albert, Giner de los Ríos, González-Guerrero Gúdel, Guereña, R. Guillén, Herrera Petere, Hierro, A. Iglesias, D. J. Jiménez, Lacaci, Labordeta, López Anglada, López Casanova, López Gorgé, López Pacheco, Luesma, L. de Luis, Manilla, Manrique de Lara, Mantero, J. Marco, M., A. y J. M.ª Merino, Mestre, A. Millares, A. M.ª Moix, C. A. Molina, R. Molina, R. Morales, Muñoz Rojas, A. y C. Murciano, M. Pacheco, E. y M. Padorno, J. J. Padrón, J. L. Panero, A. Pardo, N. Parés, A. Pereira, M. Pinillos, F. Pino, F. Quiñones, J. Rejano, M. Roldán, Ruiz Peña, Sánchez Robayna, Serrano Plaja, C. Simón, Soto Vergés, Suárez Carreño, J. Talens, A. Trapiello, J. H. Tundidor, Valverde, Van Halen, Vázquez Montalbán, F. Vighi, F. Villalón y Concha Zardoya.

Sin duda, aunque he procurado ser a la vez exigente y amplio, yo mismo incurro ahora en omisiones indebidas, en especial para las voces aparecidas en los últimos quince o veinte años, pero la longitud del elenco revela lo muy lejos que queda esta antología de reflejar la riqueza y variedad de registros de la poesía española de este siglo.

LAS EXCLUSIONES MÁS GRAVES

La disidencia (en un nuevo recuento, ya más estricto, de las exclusiones menos justificables) obedece de nuevo a un razonamiento sencillo: con esos huecos no se puede explicar o seguir, con suficiente coherencia, la evolución de la poesía española.

Faltan, al menos, cinco poetas de principio de siglo, más o menos ligados al movimiento modernista: Villaespesa, Marquina, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa y Tomás Morales, y cuatro coetáneos de la aquí muy favorecida «generación del 27»: Espina, Domenchina, Villalón y Larrea (seguramente, para algunos, también José Bergamín).

La misma voluntad de discrepancia no personalizada, sino, dentro de lo posible, objetiva, me mueve a señalar la incongruencia de varias de las exclusiones referentes a la época estrictamente contemporánea. Me valgo para ello del resultado de una especie de encuesta que yo mismo hice recientemente (Leer, n.º 80, 1996), en la que, sumando las páginas dedicadas a cada poeta en las antologías de carácter totalizador, durante los 50 años que van de 1944 a 1993, se obtenía como nombres más destacados (cito sólo los 35 primeros), a Hierro, Celaya, De Nora, De Otero, Bousoño, Valverde, Crémer, Valente, Morales, Rodríguez, García Nieto, De Luis, Figuera, Rosales, Gaos, González, L. Panero, Garcíasol, Vivanco, Hidalgo, Ridruejo, Labordeta, Gil de Biedma, Sahagún, Caballero Bonald, Fuertes, Brines, Crespo, Grande, Gimferrer, Goytisolo, Colinas, Carnero, Villena, Molina y García Baena. Pues bien; en la selección de La Pléiade están simplemente ausentes, entre los 10 primeros, 5: (Hierro, Bousoño, Valverde, Crémer y Morales); si nos extendemos a 20 nombres, siguen faltando exactamente la mitad (con los ya dichos, García Nieto, De Luis, Figuera, Gaos y Garcíasol); en contraste, si llegamos hasta los 30, las exclusiones son sólo dos más (Labordeta y Crespo).

Dado que en este grupo empiezan a abundar los más jóvenes, ¿podría detectarse una mayor atención o preferencia hacia las últimas generaciones? La presencia por así decir compacta, cerrando la antología (y a veces con textos relativamente abundantes), de Brines, Rodríguez, Grande, Sahagún, Martínez Sarrión, J. M.ª Álvarez, Giménez Frontín, Ullán, Azúa, Gimferrer, Colinas, Carnero, L. M.ª Panero, Siles, Villena y B. Andreu, podría hacerlo pensar; sin embargo, aun aquí, las ausencias de nombres coetáneos y no inferiores en notoriedad (Cuenca, Gamoneda, García Montero, Carvajal, Sánchez Robayna, C. A. Molina, o J. L. Panero, entre otros), deja en suspenso esa hipótesis.

MÁS QUE PARCIALIDAD, DESCOORDINACIÓN

En lo que ya es historia (y para cuyo juicio es precisa, en efecto, cierta conciencia histórica, y no únicamente estética), hemos visto que hay graves deficiencias. En lo contemporáneo creo que el desorden es mayor. Sin duda es legítimo conceder una presencia generosa a poetas como Valente, Brines, Gimferrer o Villena, pero no lo es, hacerlo a la vez que se ignora, como sencillamente «inexistentes», a Hierro, Bousoño, Valverde, Crémer o Morales. Y lo más extraño es que no se ve la motivación o coherencia de las preferencias ni de las exclusiones. La impresión que de todo ello se desprende es que no parece haber parcialidades o prejuicios muy determinados en el origen de los evidentes desequilibrios de la obra, sino una especie de incoherencia causada por la insuficiente coordinación. Ha faltado una labor última de acoplamiento y ensamblaje. Si se me permite, aduzco para comprobarlo un detalle que directamente me concierne (no sé muy bien si con perjuicio o a beneficio; por eso mismo le atribuyo cierto carácter probatorio). Ocurre que, aparte de las páginas 890-893, en que se reproduce un poema mío relativamente extenso, aparece antes (págs. 828-831), como «anónimo», otro más breve que, según se explica en las notas (pág. 1.245) procede del Romancero de la résistance espagnole, de Dario Puccini, en su versión francesa (Maspero, 1967). Puccini no sólo data el poema en 1946, sino que da como fuente Pueblo cautivo, editado clandestinamente, en efecto, ese año.

Ahora bien: en la bibliografía que se supone aprovechada por los compiladores aparece (pág. 1.308) Poesía española contemporánea (1982), de F. Rubio y J. L. Falcó, donde explícitamente se aclara que el «anónimo» (del que también se reproduce un texto) es obra mía. Los trece años transcurridos no han sido suficientes para tenerlo en cuenta. Es un detalle mínimo, pero significativo.

Parecida desigualdad podemos advertir en las «Noticias y notas»; en general, como ya dije, minuciosas y certeras, pero con lagunas inexplicables: se citan artículos de revista, o tesis todavía inéditas, mientras se ignoran libros importantes y ya no tan recientes, incluso de tipo general o amplio, como los estudios de Siebenmann (1965 y 1973), Víctor G.ª de la Concha (1973), o Eleanor Wright (1986).

Por último, entre las antologías citadas aparecen algunas muy sectoriales, por el tema o el ámbito (poesía taurina, erótica, gaditana, alicantina; incluso, sorprendentemente, antologías de poesía gallega o catalana –pág. 1.309–), mientras se omiten títulos realmente importantes, como la Poesía española medieval de M. Alvar (1969), la Antología consultada (1952), o incluso, en francés: aparece La poésie espagnole contemporaine (Seghers, 1977), de J. L. Guereña, que acoge sólo a los poetas nacidos después de 1925, pero no se cita la Anthologie bilingue de la poésie espagnole contemporaine (Marabout, 1969), del mismo autor, que refleja todo el siglo al nivel de su tiempo, desde Unamuno y Machado a Rodríguez y Félix Grande.

CUALIDADES

En un libro de estas características, cuantas observaciones se hagan sólo pueden formularse a título de ejemplo, y el hacerlo principalmente en los casos de divergencia resulta finalmente injusto. Los reproches o constataciones de deficiencias deben entenderse sobre el fondo de un reconocimiento sincero de los méritos. Doy sólo un par de ejemplos concretos: uno, de precisión en la búsqueda erudita; otro, de rechazo de la tentación nacionalista. El primero consiste en haber rescatado, para la actualización de san Juan de la Cruz, varias de las traducciones, ¡de 1641!, del padre Cyprien de la Nativité, rigurosamente ceñidas al original, y merecedoras del asombro de Valéry como obra sustantiva («il n'y a rien de plus sûr, de plus libre, de plus naturel, et donc de plus savant, en poésie française»).

El «rechazo de la tentación»: al comentar el soneto de Quevedo A Roma, sepultada en sus ruinas se supone que la «fuente», sea un epigrama latino del poeta y humanista polaco N. S. Szarzynski, omitiendo el recuerdo de Du Bellay («Nouvau venu qui cherches Rome en Rome...»). La cosa no está clara, pues el epigrama, aunque circulara antes manuscrito, no se editó hasta 1608, mientras el soneto de Du Bellay aparece en libro ya en 1558. Recientemente (1994), J. O. Crosby; al editar la poesía de Quevedo, reproduce el soneto de Du Bellay, sin mencionar siquiera a Szarzynski. Imitación deudora de un gran poeta a otro también admirable, o lugar común aprovechado por ambos, la discreción de los antólogos al respecto, siendo franceses, es de una ejemplar elegancia.

CONCLUSIÓN

Nos encontramos, sin duda, ante un importante hito del hispanismo francés, que ha sido posible en cuanto aprovecha muchos trabajos anteriores (para san Juan de la Cruz, acabamos de verlo, una maravillosa traducción de la primera mitad del siglo XVII ).

El resultado, pese a todas las reservas de detalle, y hasta de desequilibrio estructural, que se le puedan hacer, es impresionante. Es un gran monumento, pero un monumento truncado, que aparece bajo una iluminación desigual, a veces muy intensa, y otras veces oscura hasta el negro total de la exclusión. No «sobra» nada, o casi nada (en cuanto la elección de los jóvenes es, más que una consagración, una apuesta por su futuro), pero faltan aspectos y valores importantes, y hasta en algún caso (la Epístola moral, Quintana, Rosalía de Castro, varios contemporáneos), esenciales.

Como perspectiva general, el que Lorca y Góngora vengan a ser los dos poetas más «grandes» de la literatura española es cosa naturalmente discutible, pero muy significativa de esa visión «desde fuera», que es uno de los atractivos del libro. Durante varios decenios el hispanismo francés ha crecido paralelo a la toma de conciencia contra la dictadura, a la lucha por la libertad: así ocurre (cito de nuevo sólo como ejemplos) con la gran antología de Darmangeat (Seghers, 1961), o en los Chants pour l'Espagne (Messidor; 1966), ambos citados en la bibliografía. Hoy prevalece el enfoque ligado a la renovación (o reacción) de los «novísimos» y de la llamada «posmodernidad»: esa tónica se refleja en esta antología. ¿Va un tanto retrasada esa postura, si es que empieza a imponerse ya una nueva «poesía de la experiencia»? Es posible, y entonces tendremos aquí (incluso en la sobrevaloración de Lorca y Góngora) un significativo «documento de época». Quizás esa servidumbre al tiempo en que se vive sea inevitable, incluso cuando, como en este caso, se quiere construir contando (cierto que de modo muy desigual) con lo acumulado por varias generaciones.

01/11/1997

 
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