ARTÍCULO

Antología en femenino

 

La obra de Angelina Gatell (Barcelona, 1926) ha conocido una larga interrupción, causante de algún asombro. Su primer poemario, Poema del soldado, data de 1955; el segundo, Esa oscura palabra, de 1963; y el tercero, Las claudicaciones, de 1969. Luego se abre un prolongado silencio de treinta y dos años –casi coincidente en el tiempo con el que protagonizó su coetáneo José Hierro–, hasta que en 2001 publica su antología Los espacios vacíos y desde el olvido, que incluye, además de una generosa muestra de sus primeros libros, un poemario iné­di­to, Los espacios vacíos, y una amplia selección de sonetos también inéditos, que luego se incorpora­rían a Noticia del tiempo, aparecido en 2004. Aunque durante esas tres décadas Gatell ha seguido escribiendo, como demuestran sus numerosos libros para niños, ningún poemario suyo ha visto la luz. Probablemente no haya una sola causa para este silencio, sino varias, tanto literarias como personales. Pero cabe preguntarse si el declive de la poesía social –que tan rotundamente había señoreado la poesía española en las décadas siguientes a la Guerra Civil, y que, mediados los sesenta, se batía ya en retirada, por propio agotamiento, pero también por el empuje de los jóvenes novísimos y, en general, de las corrientes estetizantes y neosurreales– no tuvo algo que ver con esta sostenida afasia.
Angelina Gatell reivindica ahora, con Mujer que soy. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta –en el mismo sello, Bartleby, que ha promovido su recuperación y aco­gido sus últimos títulos–, esa poesía dictada por una época oscura, pero vibrante de fraternidad, contestataria, narrativa y testimonial. Y lo hace desde la perspectiva de la mujer, una perspectiva doblemente oprimida: por el tiempo de dolor que le tocó vivir, como a todos los españoles, pero también por sus sometimientos específicos: al mandato del hombre, a sus servidumbres naturales y a los estrechos confines de su función social. Mujer que soy constituye un tardío pero necesario complemento de la antología canónica de la poesía social, así titulada, Poesía social, publicada en 1965, y de la que fue responsable Leopoldo de Luis. Víctima antes que agente de la misoginia de la época –y que perdura, por desgracia, en muchos de nuestros antólogos actuales–, De Luis sólo incluye a cuatro mujeres entre sus treinta seleccionados: Ángela Figuera Aymerich, Gloria Fuertes, María Beneyto y María Elvira Lacaci, aunque menciona a Angelina Gatell en una lista de otros poetas que podrían figurar en ella, pero a los que excluye por lo breve, todavía, de su obra. Abundan temas característicos del realismo español de posguerra en los poemas de las mujeres seleccionadas en Mujer que soy: España, tierra doliente y entrañable; Dios, consuelo espiritual y presencia salvífica (un motivo, como el anterior, proveniente del ideario de la generación del 98); la sordidez del franquismo –en el que, como decía Vázquez Montalbán, a todo el mundo parecían olerle los pies– y la lucha contra la dictadura; y la condición femenina, en su doble vertiente de amante y madre.
La condición de mujer constituye el otro pilar en que se apoya el trabajo de Angelina Gatell. Las antologías de poesía escrita por mujeres no carecen de tradición en España, aunque alguna resulta más útil por revelar la consideración en que se la tenía –incluso entre las propias mujeres– que por cumplir su propósito difusor. Por ejemplo, en Cien años de poesía femenina española e hispanoamericana (1840-1940), de María Antonia Vidal, aparecida en 1943, se leen afirmaciones como ésta: «También la comparación con la producción poética masculina huelga y, seguramente, no sería demasiado ventajosa para la mujer. Es indudable que todavía ninguna escritora, es posible que nunca ninguna escritora, llegue a la altura y profundidad, a la vez, de un gran escritor». Unas palabras coherentes con las opiniones sostenidas por algunas próceres del régimen, como Pilar Primo de Rivera, que por esas mismas fechas afirmaba: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho». La primera antología que da cuenta, con rigor y amplitud, del ascenso de la poesía femenina tras la Guerra Civil es Poesía femenina española viviente, de Carmen Conde, publicada en 1954. Conde perseverará en su actividad antologadora con Poesía femenina española, cuya edición de 1971 contará con la colaboración de Angelina Gatell. En los años ochenta y, sobre todo, en los noventa se produce una verdadera eclosión de compendios y selecciones, de entre los que cabe destacar la monumental Poetisas españolas. Antología general, en cuatro volúmenes, de Luzmaría Jiménez Faro, al amparo de la editorial Torremozas, y dos títulos singulares, acaso los más influyentes de todos los aparecidos en nuestro país: Las diosas blancas. Antología de la joven poesía española escrita por mujeres, a cargo de Ramón Buenaventura, en 1985, y Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española, de Noni Benegas y Jesús Munárriz, en 1997, ambas publicadas por la editorial Hiperión. En Mujer que soy –título para el que Gatell se ha servido de un fragmento de un poema de María Beneyto: «Mujer que soy, mujer profundamente / maldecida por Dios desde el vivir primero»– se recogen once autoras, pertenecientes a tres grupos generacionales, aunque el predominante sea el del medio siglo, al que se adscriben María Beneyto, Julia Uceda, Acacia Uceta, Aurora de Albornoz, María Elvira Lacaci, Cristina Lacasa y la propia Angelina Gatell. En la generación del 27 cabe situar a Ángela Figuera Aymerich y Carmen Conde, y en el grupo del 36, a Concha Zardoya y Gloria Fuertes. Mujer que soy se inicia con una larga introducción, en la que Gatell pretende «restablecer la memoria, tantas veces perdida, sobre la presencia femenina en el mundo de la cultura [y, singularmente, en el de la poesía] a lo largo y ancho de los siglos». Su recorrido parte de las poe­tisas andalusíes y, luego, cancioneriles, y concluye con las escritoras de los años cincuenta –entre las que figuran, además de las antologadas, autoras tan notables, y tan activas aún, como Clara Janés o María Victoria Atencia–, con una especial atención a cuatro poetisas del Romanticismo: Maria Josep Massanés, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado y Rosalía de Castro. Las escritoras elegidas desfilan después, con una breve nota biobibliográfica y una amplia muestra de su producción, salvo en el caso de Gloria Fuertes, cuyos cinco poemas son los únicos que, según indica Gatell, ha permitido incluir la Fundación Gloria Fuertes, gestora de los derechos de su obra. Ángela Figuera Aymerich, una gran olvidada, destaca por la potencia de su voz y su energía reivindicativa. Carmen Conde –la segunda mujer en ingresar en la Real Academia Española, en 1978, tras una remota María Isidra de Guzmán– es elegíaca y simbolista, desembarazada, cultivadora de lo religioso. Gloria Fuertes, autora de una obra soberbia, se ofrece dinámica, crujiente e imprevisible: «¿Qué importancia tiene todo esto / mientras haya en mi barrio una mesa sin patas, / un niño sin zapatos o un contable tosiendo, / un banquete de cáscaras, / un concierto de perros, / una ópera de sarna?». María Beneyto, una de las más profusamente representadas, demuestra su buen pulso en «Calle de Bailía, número uno». Julia Uceda, reciente Premio Nacional de Poesía,regala la expresión más agitadora y zigzagueante, aunque nunca artificiosa: «Hablo con seres / casi imposibles por su lejanía». Acacia Uceta es seca, meditativa, filosófica, casi metafísica, aunque su soneto «Jornalero» sea pésimo. Aurora de Albornoz, inserta en la tradición de la esencialidad, recurre, empero, a registros diversos, que combinan lo audaz («En Montrouge: con César») y lo posmoderno («Madrid: muere de hambre una anciana»). La poesía de Angelina Gatell, cuya autoinclusión cabe justificar por el carácter temático del libro, resulta intensa y, a la vez, sosegada, muy dúctil expresivamente, y animada por una conciencia moral de aromas clásicos: «Más que sembrar, hemos dejado / henchido el surco de tristeza. / Más que morir, hemos vivido / con tanta oscura muerte a cuestas». María Elvira Lacaci es enteca y directa, con súbitas exhalaciones existenciales, como en «La posteridad»: «Ser pan de todos, sí, / de los que conmigo muerden la agonía. / Y ya no aspiro a más. / Sólo a pudrirme –cuando llegue la hora– / junto a mis letras húmedas y doloridas». Por último, Cristina Lacasa nos regala una poe­sía metafórica y sensual, de imágenes atrevidas y ocasionales encrespamientos barrocos. Sólo Concha Zardoya se me antoja prescindible, por lo obvio y acartonado de su voz («¡los besos más fúlgidos! / [...] ¡su sueño postrimero!»), aunque logre buenos momentos, como en el remate del soneto «Valle de los Caídos». 

01/10/2007

 
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