ARTÍCULO

El odio más antiguo

Seix Barral, Barcelona
Trad. de Esther Bendahan y Adolfo García Ortega
64 pp. 16 €
Tusquets, Barcelona
Trad. de Nuria Viver Berri
190 pp. 14 €
 

Es posible que el antisemitismo sea la ideología más longeva y más proteica del mundo. En la Edad Media y en la Edad Moderna tenía una base religiosa. Los cristianos despreciaban profundamente a los judíos como paganos o, aún peor, como los asesinos de Cristo. A finales del siglo xix y comienzos del xx, cuando floreció el nacionalismo extremista, el antisemitismo europeo pasó a ser biológico. Una sociedad sana necesita expulsar y extirpar a la genéticamente peligrosa raza judía. La exigencia de limpieza de sangre por parte de las instituciones españolas en la Edad Moderna proporcionó un vetusto puente hacia la nueva variedad racista de judeofobia. Fieles a la tradición inspirada por el ensayo Réflexions sur la question juive (1946), de Jean-Paul Sartre, intelectuales franceses y judíos del siglo xx continúan explorando los orígenes y la naturaleza del «odio más antiguo».
El último libro de Alain Finkielkraut es un provocador análisis de la judeofobia contemporánea. El controvertido filósofo ha alcanzado en Francia el estatus de una celebridad en los medios de comunicación. En noviembre de 2005 fue noticia por rebatir las opiniones de muchos izquierdistas que atribuían la oleada de disturbios en los destartalados suburbios franceses a factores sociales y económicos, principalmente la discriminación y el desempleo. Finkielkraut mantenía, en cambio, que los jóvenes desfavorecidos de origen asiático o sefardí norteafricano no se sublevaron y que «la mayoría [de los alborotadores] son negros y árabes con una identidad musulmana. [...] Estamos ante una revuelta étnico-religiosa»Finkielkraut citado en Le Monde, 29 de marzo de 2007.. Él mismo es hijo de inmigrantes: un padre judío polaco que sobrevivió milagrosamente a Auschwitz y una madre judía ucrania que, valiéndose de documentos de identificación falsos, pudo esconderse en Bélgica durante la guerra. Ambos padres perdieron prácticamente a todos sus parientes durante el Holocausto.
Finkielkraut defiende que en el curso de las últimas décadas el antisemitismo o la judeofobia ha vuelto a transformarse. El odio racista que sentía por los judíos la extrema derecha, que los veía como parásitos que infectaban a un pueblo cristiano o ario sano, está actualmente obsoleto. Segmentos de la izquierda consideran, en cambio, que los judíos –cuya abrumadora mayoría apoya en alguna medida a Israel– son portadores de un nacionalismo irreducible, arcaico y peligroso que oprime a los árabes palestinos. A sus ojos, Israel se ha convertido en uno de los obstáculos –si no en el obstáculo– más peligrosos para la paz en el mundo. De hecho, una encuesta de 2003 mostraba que un 59% de los europeos suscribiría este juicioWalter Laqueur, The Changing Face of Antisemitism: From Ancient Times to the Present Day, Nueva York, Oxford University Press, 2006, p. 149..
Para comprender la supuesta transformación del antisemitismo, resulta indispensable un cierto conocimiento de la historia sionista. El establecimiento del Estado de Israel en 1948, unos años antes del nacimiento de Finkielkraut, fue el resultado de tres grandes factores. En primer lugar, a comienzos del siglo xx, el movimiento sionista se dio cuenta –correctamente, por desgracia– de que los ju­díos seguirían siendo objeto de persecución aun en los países europeos más desarrollados y civilizados, como Alemania y Francia. En segundo lugar, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el incipiente conocimiento del Holocausto desató el apoyo para la fundación de un Estado judío no sólo entre la mayoría de los judíos, sino también entre muchos cristianos, especial, pero no solamente, protestantes que eran teológica y políticamente partidarios del proyecto sionista. En tercer lugar, las simpatías árabes –especialmente palestinas– por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial debilitaron su poder negociador a partir de 1945 entre los aliados victoriosos. Sin embargo, el establecimiento (o, con más precisión, el restablecimiento) de una nación judía en Oriente Próximo a mediados del siglo xx estaba llamado a provocar una fuerte resistencia árabe. Al igual que el sionismo, el nacionalismo árabe tuvo un desarrollo relativamente tardío, pero hizo acopio de fuerza en la pos­guerra. Los nacionalistas árabes y los fundamentalistas musulmanes veían por igual a los judíos como un pueblo que –al contrario que los cristianos– era demográficamente débil y físicamente vulnerable. La capacidad de la diminuta Israel para sobrevivir en medio de Estados vecinos hostiles –todos los cuales unieron fuerzas para atacarlo en su nacimiento en 1948– fue y continúa siendo un tremendo mazazo al orgullo y la confianza en sí mismos de los árabes.
Siguiendo al teórico político estadounidense Michael Walzer, Finkielkraut razona en contra de la simplificación del conflicto israelo-palestino. Afirma que el conflicto israelo-palestino no es una única guerra sino cuatro: en primer lugar, la guerra de desgaste palestina para eliminar el Estado judío; en segundo lugar, la guerra para crear un Estado palestino junto a Israel; en tercer lugar, la guerra de Israel para defenderse, y, en cuarto lugar, la guerra israelí para expandirse en los territorios palestinos conquistados desde 1967Michael Walzer, «The Four Wars of Israel/Palestine», Dissent (otoño de 2002), pp. 26-33. Traducción española en Michael Walzer, Reflexiones sobre la guerra, trad. de Carme Castells y Claudia Casanova, Barcelona, Paidós, 2004.. En otras palabras, la lucha israelo-palestina no puede reducirse, como suele hacerse, a los arquetipos de la víctima palestina y el victimario israelí, el árabe oprimido y el opresor judío. La condición actual de víctimas de los palestinos les ha permitido granjearse las simpatías occidentales y las ayudas europeas, y han sido los mayores receptores per cápita de ayuda internacional, casi trescientos dólares por persona en 2004. Según Finkielkraut, una buena parte de la opinión progresista occidental no ha comprendido que los palestinos no son simplemente el Otro de los israelíes, sino que son también su enemigo que desea destruirlos. Puede que el autor tenga razón sobre las intenciones palestinas (y árabes), pero no reconoce su propio fracaso reduccionista a la hora de elaborar criterios para distinguir el antisemitismo de lo que muchos –los judíos incluidos– considerarían una crítica sensata de las acciones del gobierno israelí.
Los eslóganes Israel = Alemania nazi y Sharon = Hitler, que intentan deslegitimar el Estado de Israel en recientes manifestaciones antibélicas, así como los ataques físicos a judíos y a sus instituciones en muchas partes de Europa representan un cambio notable desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En aquella época, en palabras del escritor Georges Bernanos –un antiguo seguidor de Edouard Drumont, el mayor antisemita francés del siglo xix–, «Hitler había deshonrado al antisemitismo» (p. 5). El nazismo se consideraba como el mal mayor de todos los regímenes totalitarios y el Holocausto acabó por convertirse en el símbolo reconocido universalmente de la capacidad del hombre para cometer atrocidades. Muchos plantearon preguntas sobre cómo escribir filosofía o poesía después de la Shoah (por ejemplo, el epígrafe «La poesía después de Auschwitz» aparecía en la portada del número 118 [octubre de 2006] de Revista de Libros), pero pocos plantearon el mismo tipo de interrogantes tras el genocidio armenio, el Gulag o los asesinatos en masa en Ruanda y Camboya. Finkielkraut señala que el «asalto metódico y sin precedentes contra el Otro» (p. 12) por parte de los alemanes provocó que Estados Unidos, que tiene una imagen de sí mismo –en contradicción con su propio tratamiento de los africanos y los americanos nativos– que es consustancial a la democracia y la liber­tad, construyera un gran Museo del ­Holocausto. La universalidad de la ­Shoah permitió que los estadounidenses, que –al contrario que los europeos– nunca participaron en el exterminio de ju­díos europeos, erigieran un monumento en Washington D.C. que se convertiría en el segundo museo más visitado de su capital. Tanto los estadounidenses como los europeos prometieron que «Nunca más» per­mi­ti­rían un genocidio. Los europeos se mostraron especialmente orgullosos de haberse convertido, en la expresión de Albert Camus, en «jueces-penitentes» que condenaban con plena conciencia su propia conducta pasada.
Finkielkraut escribe que, mirando hacia atrás, el desprestigio de la judeofobia fue sólo una «tregua» (p. 5). Desde la década de 1930 hasta finales del siglo xx, el antifascismo y el internacionalismo habían sido el terreno del anti-antisemitismo. El odio de los judíos estaba monopolizado en gran medida por los nacionalistas étnicos que eran antagonistas del Otro. En las últimas décadas, sin embargo, el antisemitismo se ha trasladado al bando de los «humanitarios» y los internacionalistas cuyo papel autoproclamado es defender al Otro. Los judíos ya no son denunciados por «su vocación cosmopolita, al contrario, se le exalta y, con una vehemencia afligida, se les reprocha traicionarla [...]. No se acusa a estos nómadas empedernidos de conspirar por el desarraigo de Europa, se deplora que estos recién llegados a la autoctonía hayan regresado al estado donde estaban los eu­ropeos antes de que el remordimiento royera su ego y no les apremiase a poner los principios universales por encima de las soberanías territoriales» (pp. 25-26). Así, el historiador Tony Judt ofrece una valoración de las políticas judías en esta línea y defiende que el Estado-nación de Israel es un anacronismo en el cosmopolita y multicultural siglo XXITony Judt, «Israel: The Alternative», The New York Review of Books, vol. 50, núm. 16 (23 de octubre de 2003), pp. 8-10.. Aunque no cita a Judt, Finkielkraut cree que esta crítica de Israel constituye una nueva forma de antisemitismo que resulta incluso más perniciosa, ya que se expresa sinceramente en nombre de los derechos humanos. La nueva judeofobia «humanitaria» le recuerda a Finkielkraut la antigua condena cris­tiana o, más en concreto, paulina de los judíos por su exclusivismo y egotismo colectivo. El análisis que hace Finkielkraut del antisemitis­mo «humanitario» recuerda también a la postura de Sartre, quien defendió que segmentos de la izquierda (a los que llamaba «demócratas») no de­sea­ban, por supuesto, exterminar ju­díos, sino que simplemente que­rían que los judíos abandonasen su identidad judía.
Walter Laqueur, un destacado y enormemente productivo historiador que abandonó Alemania en 1930 y se instaló inicialmente en Israel y posteriormente en Estados Unidos, intenta matizar el argumento de Finkielkraut en relación con el desplazamiento del antisemitismo de la derecha a la izquierda. Al contrario que Finkielkraut, Laqueur aborda –a pesar de que no las resuelva– las dificultades de diferenciar el antisemitismo del antisionismo y se muestra crítico con la ocupación israelí de Cisjordania y Gaza a partir de 1967. Laqueur cree que sería una exageración mantener que la judeofobia contemporánea es exclusiva o de naturaleza predominantemente izquierdista, pero señala que «la extrema izquierda» se siente tentada de adoptar tanto la retórica antisionista como antisemita debido al deseo de formar una alianza con los radicales musulmanes antiestadounidenses y antiisraelíes. El autor observa que gran parte de los medios de comunicación se concentra obsesivamente en el abuso y la humillación que Israel inflige a los palestinos, al tiempo que ignora una conducta mucho peor por parte de Rusia en Chechenia o de China en Tíbet. Los conflictos internos desde la Segunda Guerra Mundial han asesinado a veinticinco millones de personas, y a ocho mil o una pequeña fracción del uno por ciento en el conflicto israelo-palestino. Sin embargo, las Naciones Unidas y otros organismos internacionales han condenado más a menudo a Israel que a todos los demás países juntosLaqueur, op. cit., p. 8..
Laqueur observa que, en el mundo islámico, Israel, sionismo, judaísmo y judíos son términos intercambiables, provocando que la distinción entre antisemitismo y antisionismo resulte bien virtualmente algo sin sentido, bien simplemente una estratagema de relaciones públicas para consumo occidental. Los estudios del antisemitismo han sido abrumadoramente eurocéntricos, concentrándose en los orígenes del Holocausto y su ejecución en Europa. Este énfasis en el viejo continente ha dado lugar al olvido de la vibrante y creciente judeofobia musulmana. Laqueur escribe provocadoramente que el antisionismo árabe y musulmán contemporáneo imita el antisionismo estalinista de última época, sobre el que los analistas generalmente se muestran de acuerdo en que era una judeofobia levemente velada. De hecho, al final de su vida, Stalin inventó «la trama de los médicos», que actualizaba la leyenda medieval del envenenamiento judío de los gentiles. El líder soviético acusó a los médicos judíos en la Unión Sovética de causar las muertes de funcionarios comunistas, arrestó a cientos de ellos e hizo incluso que ejecutaran a varios. Los círculos árabes radicales y musulmanes fundamentalistas han acusado igualmente a los judíos de propagar el sida y otras enfermedades infecciosas.
Laqueur afirma que la negación del Holocausto ha sido desde hace mucho tiempo un elemento esencial de la política oficial árabe. Como declaró el líder egipcio pan-árabe, Gamal Abdul Nasser: «Ninguna persona, ni siquiera la más simple, se toma en serio la patraña de los seis millones de judíos que fueron asesinados»Citado en el revelador libro de Robert Satloff, Among the Righteous: Lost Stories from the Holocaust’s Long Reach into Arab Lands, Nueva York, Public Affairs, 2006, p. 141.. En la actualidad, el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad ha llamado repetidamente a la destrucción de Israel y ha promovido afanosamente la negación del Holocausto por el mundo tanto cristiano como musulmán. Los protocolos de los sabios de Sión, la notoria falsificación de comienzos del siglo xxque defiende que los judíos están conspirando para hacerse con el control del planeta, y Mein Kampf de ­Hitler se encuentran sistemáticamente entre los libros más vendidos en los paí­ses árabes, incluidos los que han firmado un tratado de paz con Israel. Tras la Segunda Guerra Mundial, tanto el clero protestante como el católico abandonaron su secular judeofobia, pero actualmente el islam radical y sus predicadores –al igual que los sacerdotes militantes católicos en la Edad Media– se han convertido en una instancia fundamental en los ataques contra los judíos.
Jean Daniel, fundador y director de Le Nouvel Observateur y uno de los más distinguidos periodistas europeos, difiere radicalmente de Laqueur y Finkielkraut. A su manera erudita y a menudo brillante, Daniel defiende que el tema central no es el renacimiento del antisemitismo sino más bien que los judíos hayan construido una «prisión» para sí mismos. La concepción del Antiguo Testamento de «el pueblo elegido» constituye la base de la «cárcel judía», que se ha visto reforzada por la fi­nalización del proyecto sionista de re-crear un hogar en Palestina. Daniel da a entender que el antisemitismo árabe e izquierdista es simplemente un antisionismo exacerbado, no una forma nueva y relevante de ju­deo­fobia.
Daniel se muestra excepcionalmente perceptivo al resaltar las contradicciones entre las exigencias éticas del judaísmo y la defensa del Estado de Israel que, como el resto de los Estados en guerra, actúa inmoralmente. Parafraseando al filósofo austro-judío Martin Buber, Daniel escribe: «La obsesión [sionista] de la normalización [de la condición judía] arrastra consigo el riesgo de sucumbir a la idolatría de la nación». Reconoce «el cruel capricho de un dios que otorga a su pueblo una tierra cuya defensa implica sin duda una fidelidad a la Alianza pero una traición a la Elección y a los Diez Mandamientos». La solución de Daniel a la «cuestión judía» sigue la estela de Sartre, a quien ensalza como el «filósofo de la libertad» que condenó justamente «la reducción de un hombre a sus determinaciones. Por el contrario, él pretendía juzgar al hombre desde la manera en que las superaba» (p. 38).
Danielda a entender que la identidad judía es de alguna manera más una «prisión» que la de otras confesiones. Su postura de que los individuos rompan con su grupo es laudable pero debería extenderse lógicamente a todos, incluidos los cristianos y los musulmanes. A pesar de sus inclinaciones izquierdistas y sus intenciones universalistas, Daniel es extrañamente «judeocéntrico» y omite un estudio serio de los árabes y palestinos, que en su texto son en gran medida víctimas «valerosas», «intensamente dignas» e «inocentes». Omite toda mención de Haj Amin al-Husseini, el Gran Mufti de Jerusalén que buscó refugio en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial y que presionó personalmente a Hitler –como si ello fuera necesario– para que matara a tantos judíos como fuera posible. Este dirigente palestino (y tío de Yasser Arafat) ayudó incluso a reclutar musulmanes bosnios para servir en las Waffen SS. Aunque nacido en 1920 en Argelia en una familia sefardí, Daniel se muestra sorprendentemente simplista en relación con el antisemitismo árabe y musulmán que tiene profundas raíces presionistas que se remontan al propio Corán. A pesar (¿o debido a?) sus propios orígenes norteafricanos, omite toda mención de los miles de judíos, en un número igual al de los refugiados palestinos en 1948, expulsados de un gran número de países árabes durante los años fundacionales del Estado de Israel. Estos judíos –irónicamente, al igual que los alemanes obligados a abandonar Europa del Este inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial– se integraron rápidamente en sus nuevos países y –al contrario que sus homólogos palestinos– nunca constituyeron un problema perenne por su condición de refugiados.
Daniel se sitúa él mismo en la tradición de los grandes disidentes ju­díos, especialmente Baruch Spinoza. Sugiere que ha sufrido el mismo tipo de ostracismo dentro de la comunidad judía que el filósofo judío-holandés del siglo xvii, excomulgado por los judíos. Pero la posición de los disidentes judíos en el si­glo xx, muchos de los cuales –como Daniel– han encontrado un hogar confortable en la izquierda, tiene poco en común con aquellos que rompieron con una religión revelada en la Edad Moderna. Errores significativos y una traducción defectuosa debilitan los argumentos del autor: Daniel señala que Albert Einstein y Sigmund Freud se opusieron violentamente al sionismo antes de la llegada del nazismo; sin embargo, sus grandes biógrafos muestran que ambos mostraron su simpatía y una actitud positiva hacia la mayoría de los aspectos del proyecto sionista mucho antes de 1933. Simone Weil (1909-1943) –la escritora anarcosindicalista, participante en la Guerra Civil española, y judía convertida al catolicismo– aparece confundida constantemente con Simone Veil (1927-), la política de centro-derecha y la más famosa superviviente del Holocausto en Francia. La omisión de comillas en las citas añade confusión al texto.
Aunque divergentes en perspectiva y en métodos, tanto separada como conjuntamente, estas tres exploraciones de la condición judía rea­firman una visión cíclica y no progresiva de la historia. El «odio más antiguo» –el antisemitismo– ha demostrado tener una resistencia extraordinaria. A pesar de su antiimperialismo y su hostilidad tanto hacia el «eurocentrismo» como el «judeocentrismo», Daniel apunta apropiadamente: «Habría que carecer de cualquier sentido épico o, como decía Malraux, de cualquier “antena cósmica”, para no sentirse afectado por el misterio judío, al menos tanto como por el milagro griego». Daniel es muy consciente de que el milagro griego es historia y que la difícil condición judía sigue siendo asombrosamente contemporánea.

 

Traducción de Luis Gago

01/09/2007

 
COMENTARIOS

Gabriel Moreno Plaza 22/07/14 17:52
El holocausto palestino es semejante al holocausto judio.
Son crímenes repugnantes, por mucho que se pretenda encubrirlos con juegos retóricos, políticos e históricos. Nos muestran el altísimo grado de perversión moral a que puede llegar el ser humano de todas las razas, religiones y latitudes . Hoy no hay menos maldad en el mundo que en el pasado, próximo o lejano. Ahora también tenemos horribles holocaustos...

Paula 19/09/14 15:07
Me parece cruel, inconsciente y ridículo comparar el holocausto nazi con el negocio de la causa palestina. Comparar el suculento negocio que los dirigentes de palestina tienen desde hace 18 años gracias al odio a los judíos de ese mísero pueblo y el victimismo carasterístico del árabe a la solución final del nazismo contra el pueblo judío. Deberían juzgarte Gabriel Moreno Plaza, ese post tuyo no es libertad de expresión.

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