ARTÍCULO

Ángeles en el camino

Destino, Barcelona
420 pp. 24 €
 

En su primera novela, De oca en oca (2000), Cristina Cerezales narró la historia de una mujer que indagaba en los recuerdos de su infancia para comprender su presente y encontrar una identidad con la que proyectarse en el futuro. Podría pensarse que su segunda novela,la recién publicada Por el camino de las grullas, viene a corroborar aquella antigua sentencia de que los novelistas tienden a escribir siempre la misma historia o, por lo menos, a elaborar variaciones sobre ella. La diferencia fundamental entre las dos obras reside en que en la segunda son varios los personajes obsesionados con el pasado y en busca de una identidad propia.
Así las cosas, Por el camino de las grullas podría definirse como una novela coral, pero este género sugiere polifonía y un grado de conflicto entre los personajes que aquí no se da. Puestos a buscar el género más apto para definirla, cabría hablar de una novela de grupo o comunal. Al fin y al cabo, todos los personajes se han visto acosados por las secuelas de un trauma que les impide avanzar, y sus gestos individuales están permeados por el flujo de lo común, que en esta novela tiene nombre propio: el camino de Santiago. Si a esto añadimos que la obra está escrita en el presente por un clásico narrador con acceso a la conciencia de todos los personajes, y que transcurre durante una Semana Santa de nuestro tiempo, quedan apuntados los pilares que la sostienen.
El tópico del peregrinaje se reelabora y cobra vida gracias a que cada uno de los caminantes le atribuye un valor diferente. Mientras para algunos se trata de un viaje iniciático, otros buscan en él una vía de redención, y también están aquellos que anhelan conciliarse o superar un pasado familiar siniestro. Eso sí, todos comparten la creencia de que el camino de Santiago es pharmacon, un contraveneno capaz de conjurar sus ansias. Y ahí entra ese narrador omnisciente, capaz de entenderlos a todos y que resulta de una importancia tal que, sin las recuperaciones de información que aporta, no sa­bríamos casi nada de estos peregrinos.
Esta combinación de tópico y focalización ayuda a comprender las virtudes y las carencias de la novela. Entre las segundas, tal vez la más gravosa sea que apenas hay conflictos en el transcurso de la acción. Esta ausencia termina por cebarse en el pulso de la historia, que en algunos momentos sufre pérdidas graves de tensión narrativa. Llegado un punto da la impresión de que el narrador es consciente de ello, y de que intenta corregirlas valiéndose de recursos gráficos ajenos a la trama, como la inclusión de algunas palabras en mayúsculas cuando la novela está alcanzando su fin.
Del mismo modo, la levedad de la peripecia que sirve para abrir y cerrar la historia, y que se centra en Marianela, una joven que se embarca en el camino para huir de su madre, una matriarca poderosa y castrante, pasa factura. Sobre todo en los otros personajes, cuyas historias quedan sin cerrar. Entre éstos se encuentra un joven rastafari llamado Colino, una médico homeópata desengañada, una pareja de emigrados en crisis, Mihail e Irina, y un pintor cotizado, Marcel. La narración entrelaza los pasados de todos ellos con los avatares del camino: la búsqueda diaria de hospedaje, las incomodidades de andar durante horas bajo el sol y la lluvia, aguantando el viento y durmiendo en algunas ocasiones a la fresca. El relato brilla más cuando son los propios personajes quienes se confiesan a los compañeros de camino, y sus pasados vibran con mayor humanidad que en los discursos del narrador. Aquí se encuentran los mejores momentos de la novela.
Entre los aciertos aparece el simbolismo de la grulla. Dice el diccionario que «es ave de paso en España, de alto vuelo, y que suele mantenerse sobre un pie cuando está en tierra». Así resultan buena parte de los personajes: caminantes pasajeros, concienzudos, y algo cojos. Y para que no quepa ninguna duda sobre su importancia, un japonés misterioso será el encargado de que los protagonistas aprendan a hacer grullas de papel. La papiroflexia, tal y como la plantea, les enseñará a tener paciencia y a prestar atención. Del mismo modo, otro hallazgo conmovedor e inteligente, que lleva por nombre Celestine y es una burra, les mostrará que el don de propiciar encuentros cuando son necesarios o, como dice la novela, crear «la magia de la comunicación», no es exclusivamente humano.
Por el camino de las grullas, al final, podría asemejarse a un friso de ángeles. No, desde luego, a los de los coros celestiales, empleados constantemente en la adoración divina, y tampoco al Angelus novus de Walter Benjamin, ese ángel agorero que avanza de espaldas al futuro contemplando con horror un pasado ruinoso y profundamente convencido de que el porvenir ha de ser todavía peor. Los de Cristina Cerezales tal vez avancen por el camino de Santiago sin poder olvidar ese mismo pasado ruinoso, pero andan con la mirada puesta en el futuro y llenos de ansias parecidas a las de San Agustín.
En este sentido, la novela es una reflexión sobre nuestra necesidad de analizar los síntomas del sufrimiento, diagnosticar sus causas y prescribir un fármaco para que desaparezcan los males. A falta de fe religiosa que lo explique todo, estos peregrinos seculares conservan una fe en el ritual del camino y encauzan sus necesidades afirmando simplemente su espiritualidad. El capital de la novela es más histórico que literario y consiste en mostrarnos las paradojas de la secularización posmoderna. Cosas de la new age. California, mientras algunos personajes tienen gratificantes encuentros sexuales y otros fuman porros, está entre noso­tros. En el camino de Santiago.

 

01/02/2007

 
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