ARTÍCULO

BRUCE CHATWIN. Anatomía de la inquietud

 

A Bruce Chatwin se le comprende bien como un resultado de la cultura británica, capaz de producir esos inquietos aventureros y exploradores que, desde Cook hasta Hillary, se llamaron Livingstone, Stanley, Speke, Grant, Burton o Lawrence, o esos viajeros curiosos como Sterne, Borrow, Stevenson o Brenan, que dejaron anotados sus vagabundeos y sus exilios en páginas tan hermosas como certeras. Además, Chatwin fue un viajero de ahora mismo, del último cuarto del siglo XX , y a su amplia y sólida formación literaria se debe añadir el equipaje de unas seguridades científicas, en lo biológico y en lo etnográfico, de que sus predecesores carecían. Esta cultura científica le permitió, al profundizar en asuntos casi secretos para la mayoría, conseguir una condición similar a la de los exploradores clásicos, en un tiempo en que parecía que el tipo no podía darse, por falta de campo para su labor.

Pero llamarle explorador, o viajero, sería reducir demasiado su naturaleza, cuando además él quiso imaginarse nómada, y no sólo desde una postura estética, sino sobre todo vital. Al fin y al cabo, los viajeros y los exploradores tienen puntos fijos de salida –que suelen ser también los de retorno– y de llegada. Pero para los nómadas, sin metas fijas ni definitivas, todos los puntos del viaje son provisionales. La reivindicación del nomadismo que hizo Chatwin en su obra, además de encerrar una propuesta simbólica, se vinculaba a una especie de religión materialista, la nostalgia de una grandeza perdida, la de aquella edad de oro, el tiempo de los mitos originarios, en que la humanidad se movía por un sentido de integración con el propio planeta y, en definitiva, con el inmenso cosmos. Evocando mediante los relatos de sus viajes el relato de esa grandeza, con un estilo de narración que manejó con pulso magistral y con una evidente voluntad de movimiento, Chatwin convirtió sus relatos en una materialización casi mágica de los propios viajes que describió.

Poner de actualidad la figura de Bruce Chatwin y llamar la atención sobre su obra es, sin duda, la principal virtud de este libro. Otra cosa es su contenido, aunque hay que advertir que ni la selección de los textos ni su estructura han sido responsabilidad del escritor. Y es que éste es un libro de editor. No voy a recordar ahora la importancia del editor, factor decisivo, no sólo material, en la gestación de muchos libros y aspectos de lo literario, al menos desde que William Caxton ordenó las novelas de Thomas Malory, fundacionales de buena parte del imaginario europeo. Pero a mi juicio, los editores de Anatomía de la inquietud no están a la altura de tantos antecesores ejemplares. El propio título del libro es pretencioso, si se considera el contenido real, diecisiete textos más bien breves, de diferente orientación y asunto, ordenados en cinco capítulos que establecen ciertas abruptas separaciones. En un prefacio, los editores declaran su intención de que el libro sea una especie de «guía de Chatwin». Desde esa perspectiva, y a la vista de los resultados, la guía resulta demasiado esquemática y pobretona, y resulta difícil pensar que en las famosas «libretas de apuntes» de Chatwin, entre sus papeles inéditos o sus artículos y relatos dispersos en publicaciones periódicas, no hubiese textos menos conocidos que muchos de los que componen este libro.

Por otro lado, inexplicablemente, no en todos los casos señalan los editores los libros del autor donde aparecieron los textos que se recogen en éste. Para empezar, la mayor parte de lo incluido en el capítulo dedicado al «Horreur du domicile» ha aparecido ya en Los trazos de lacanción, aunque sometido a esa depuración con que el escritor intenta afinar el lenguaje destinado a plasmarse en un libro. Pasa otro tanto con «Los atractivos de Francia» y «Beduinos». En el primer caso se apunta, con mayor amplitud pero con menos gracia y misterio que en Los trazos..., el personaje del ebanista africano que quiere aprender en la metrópoli a realizar burós de la Francia rococó; el segundo resulta una suerte de relato fantástico que había aparecido en Los trazos... en una versión mucho más expresiva y vigorosa. Lo mismo se puede decir de «Los anarquistas de la Patagonia», donde se cuenta la historia de Antonio Soto tal como se publicó en En la Patagonia. Tampoco los relatos «Leche» y «El patrimonio de Maximilian Tod» añaden demasiado a la obra ya conocida y madura de Chatwin. El primero, sobre la iniciación sexual de un joven norteamericano por la sabiduría de una prostituta negra, resulta en exceso simplista, pese a –o por culpa de– su simbolismo; el principal mérito del segundo, una historia bastante confusa de un coleccionista obsesivo, es que fue, al parecer, un antecedente de la novela Utz.

Sin embargo, a la vista de las semblanzas de Robert Louis Stevenson –«El camino de las islas»–, o de las de Axel Munthe, el barón de Adelswärd-Fersen y Curzio Malaparte –«Entre las ruinas», título que los editores confiesan con todo desparpajo haber mutilado–, o de la de Karl Lorenz –«Variaciones sobre una idea fija»–, todas ellas presentadas indirectamente, a través de reseñas de libros hechas en su día por Chatwin, se echan de menos textos similares, si es que existen. Pues en ellos –como en «Me marché a Timbuctú»– resplandece su peculiar estilo, tan dotado para integrar de manera irónica y desenfadada, y con tanta rapidez como concisión, los elementos significativos del personaje o de su ámbito. Otros textos permiten también que Bruce Chatwin no haya quedado del todo sepultado por un prurito, acaso académico, de presentar variantes de aspectos que el escritor había ya dado por conclusos. Es el caso de la «Carta a Tom Mashler» –donde se expone el esquema de un manuscrito sobre el nomadismo que Chatwin, según dicen, acabó destruyendo– que, con los demás reunidos bajo el título La alternativa nómada, gira en torno a la idea del nomadismo como un desasosiego sustantivo en lo humano, ampliando o completando ideas que ya dejó Chatwin apuntadas en otras obras. Por último, hay que celebrar la presencia en el libro de «La moralidad de las cosas», un discurso en que Chatwin –que durante bastantes años de su vida, antes de hacerse nómada, estuvo al servicio del tráfico de objetos de arte– presenta la apropiación y el coleccionismo de cosas bellas como el reverso, y seguramente la rémora principal e inevitable, de una desazón primordial, una tendencia al movimiento y al cambio que está, según él, en el destino mismo de nuestra especie.

01/04/1997

 
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