Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Una crónica generacional
SANTOS SANZ VILLANUEVA

A mediados de los años sesenta andaban por las aulas universitarias los miembros de la segunda promoción de postguerra, a la que se viene llamando generación del 68 en recuerdo de una fecha emblemática que causó convulsiones en Francia y Estados Unidos. En España no sucedió nada relevante en [...]


 
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