Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Artes marciales
ELOY TIZÓN

Para el lector occidental, en el japonés Yukio Mishima (1925-1970) conviven un artista hipersensible tocado por la gracia romántica con un ardiente defensor de la fuerza bruta y la exaltación de los valores castrenses más rancios. Mishima, en efecto, emparedó su tembloroso interior de poeta adolescente en una retórica [...]


 
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