Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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La literatura y la ley de Gresham
Valentí Puig

La literatura pasa periódicamente por largas temporadas de rebajas en las que, como dice la ley de Gresham sobre la circulación monetaria, la moneda mala desplaza a la buena. Cada generación literaria pretende imponer su canon, su patrón-oro, pero ineludiblemente va a producirse en uno o u otro momento [...]


 
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