Nació en un momento de la historia del arte en que apostar a todos los palos era una tentación irresistible. Gerardo Diego, el poeta que fue también un discreto pianista y un excelente crítico musical, lo recordaba mucho después, en el artículo «Primer nocturno» (1972), al hablar de sus juveniles paráfrasis poéticas de los Nocturnos de Chopin: en 1916, e incluso en una ciudad de provincias como Santander, cabía vivir en régimen de goces paralelos entre «romanticismo y realismo, leyenda y realidad. Entusiasmo con Chopin y también con Bach. Con Mozart y con Debussy y Ravel. Con Garcilaso y también con Huidobro. Sí, juventud fue la mía». Esa juventud omnívora fue un tesoro compartido porque un Diego treintañero y ya casi consagrado encontraba en las Canciones (1927) de Lorca otra alma gemela y también de apetencias plurales. Leyendo «La canción del mariquita» se había preguntado: «¿Esto es poesía, es pintura, es música?» Lo era todo y concluyó, sintiéndose un poco preceptor del escritor más joven, que «hay que exigirle mucho a Federico García Lorca porque posee mucho. En fertilidad, en transparencia, en dotes naturales, es el más privilegiado de nuestros jóvenes poetas. Y si la terrible facilidad –mala novia– no lo malogra, puede producir una obra de incomparable belleza».
Continuar leyendo

Apúntate al boletín de Revista de Libros
BLOGS
RDL en papel 185
 
Cartas del director
DESDE EL ARCHIVO

La piedra que no cesa
Ramón González Férriz

Ahora parece que era otro mundo, pero en realidad no era más que el principio del nuestro. Habían matado a Kennedy, la izquierda oscilaba entre el marxismo y los preparativos del 68, el reverendo Martin Luther King trataba de liberar a los perdedores de la libertad estadounidense e iba [...]


 
  Archivo RdL
 
  Apúntate a RdL
 
Patrocinadores RDL