Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Pluralismo, cristianismo y Unión Europea
José María de Areilza Carvajal

Gracias a la falta de acuerdo sobre la Constitución europea en la cumbre de Bruselas de diciembre de 2003, se abre ahora ante los gobiernos nacionales un período amplio –al menos un año– para debatir su contenido sin prisas ni falsa urgencia. En un breve otoño era muy difícil [...]


 
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