Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Había una vez un circo
VICENTE ARAGUAS

Posiblemente sin El desencanto, excelente película que con los años sigue dejándose ver (porque en ella hay pasión distanciada, poder evocativo, pathos, y sobre todo una buena «interpretación» de la familia Panero), otro hubiera sido el devenir de los hijos de Leopoldo Panero. Siempre todos al borde de un [...]


 
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