Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Cartas del director
DESDE EL ARCHIVO

Fronteras de la experimentación
SANTOS SANZ VILLANUEVA

Las formas literarias «modernistas» (en sentido amplio) están abocadas por su misma condición a elites de entusiastas. Ni son ni quizás convenga que sean nunca lectura mayoritaria y, desde luego, no conseguirán ampliar mucho su círculo de influencia en el estado actual de la literatura, dominado por modelos realistas [...]


 
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