Centrismo. Es decididamente un término debilucho y poco excitante y con frecuencia inspira escarnio, como una suerte de pálido purgatorio para quienes temen actuar con audacia o proponer ideas políticas creativas. O incluso algo peor: lejos de ser una filosofía coherente, es un popurrí de consideraciones, quejas y ansiedades relativas a otras filosofías. El centro es ese lugar donde prefieren aterrizar aquellos que no pueden comprometerse del todo con algo. Y el centrista es ese amigo formal que pide pudin de vainilla por miedo a que algo distinto pueda ofender a su delicado paladar.

Estas quejas comunes contienen más de una pizca de verdad, pero el centrismo no es necesariamente gris o incoherente. Propiamente entendido, el centrismo es un sistema filosófico consistente que pretende guiar a los sistemas políticos y culturales a través del cambio sin los paroxismos de la revolución y la violencia. El centrista, en este sentido, cree que ese progreso político y cultural se logra mejor con cautela, templanza y compromiso, no con extremismo, radicalismo o violencia.
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Una premonición
Vicente Araguas

Acaba Loureiro (Santa Mariña de Sillobre-Fene, Coruña, 1965) su novela con estas palabras «(Una premonición)», fórmula futurista para algo que representa redenciones nunca logradas pero con la belleza de ciertas derrotas. Y no parece casual que Loureiro cite la Batalla de Moscú. Que acabó en retirada. Y [...]

 
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