Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Cartas del director
DESDE EL ARCHIVO

Somos lo que comemos (¡puaaagh!)
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

Agazapado en el último reducto de cada uno de nosotros bulle algo inconfesable. Hoy, sin embargo, por alguna razón que tiene que ver con estas pastosas e insomnes noches del verano madrileño, he bajado mis defensas y procedo a revelarles uno de mis secretos: adoro la comida basura. [...]


 
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