Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Elogio del inútil
ÁNGEL RODRÍGUEZ ABAD

La imagen mítica de París como faro de vida y creación ha sido una constante para buena parte de los escritores hispanoamericanos desde Rubén Darío para acá. El novelista chileno Alberto Blest Gana, seguidor apasionado de Balzac, publicó en 1904 Los trasplantados, que dibuja el mundillo de los metecos [...]


 
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