Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Personajes en el diván
SANTOS ALONSO

El relato autobiográfico de aprendizaje y la indagación emocional y vital en la interioridad del personaje han sido recurrencias constantes en las novelas de Almudena Grandes. Así pues, y con la excepción de Tellamaré Viernes, sin duda la mejor y menos popular de la autora, que está narrada en [...]


 
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