El domingo 16 de febrero de 1936, entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde, se celebraron en España las terceras y últimas elecciones generales democráticas del quinquenio de existencia de la Segunda República, después de una campaña muy intensa y polarizada que pareció otorgarles el perfil de un plebiscito existencial. Su convocatoria, organización y supervisión estuvo en manos de un gobierno republicano centrista presidido desde mediados de diciembre de 1935 por Manuel Portela Valladares, veterano político liberal que actuaba como leal vicario del presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora. Ambos pretendían con esa operación promover desde el poder una opción política republicana moderada que ocupara el espacio del centro político (desguarnecido por la reciente crisis del Partido Radical de Alejandro Lerroux) y sirviera de amortiguador entre las fuerzas derechistas articuladas en torno al partido del catolicismo político dirigido por José María Gil-Robles, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), y las fuerzas aglutinadas en torno a la Izquierda Republicana liderada por Manuel Azaña con el concurso del movimiento socialista organizado por el PSOE y la UGT.
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