Hoy quiero contar, pinceladas de brocha gorda, cómo hemos llegado hasta aquí, quiero decir, cómo es que un día, hace poco, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictó una sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo; matrimonio, por cierto, que, en adelante, muchas veces voy a llamar, por distintas razones, entre ellas la económica –el no (ab)uso de excesivas palabras–, «matrimonio igualitario», aunque sea consciente de que la expresión no sea nada precisa, tan imprecisa como el término «matrimonio homosexual» o, mucho peor aún, «matrimonio gay».
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Sobras
Francisco Solano

El trasvase a la novela de ciertos poetas, con una obra lírica consolidada, no suele ocasionar una expansión o complicación del género, sino más bien, por desgracia, un encorsetamiento de los modelos convencionales. En contra de una opinión muy consensuada, los poetas son menos imaginativos que los narradores y [...]


 
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