En 1992, Lech Wałęsa, el primer jefe de gobierno democráticamente electo de la Polonia poscomunista, fue durante criticado en el congreso nacional de Solidaridad, el sindicato que él había encabezado durante la década de los ochenta. Curiosamente, los sindicalistas no le criticaron por haber llevado a cabo un plan de privatizaciones (el Plan Balcerowicz) que hizo que la inflación creciese hasta el 175% y el paro al 13%, y que el PIB cayera al 17%. No, le criticaron por ser un «espía de los comunistas», que querían acabar con la comunidad nacional católica polaca, esto es, de estar al servicio de un tipo de régimen que ellos mismos habían contribuido a derrocar en toda Europa del Este apenas unos meses antes. Esta anécdota ilustra a la perfección el ambiente intelectual de Polonia durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI: un país atrapado en los fantasmas del pasado. Como había escrito Cyprian Kamil Norwid en 1867: «Los buenos polacos profesan un patriotismo cósmico, un patriotismo de chucrut adobado con leyendas de bandoleros».
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