«Cada época deja a la siguiente un legado de fuerzas latentes, de formas por desarrollar y de preguntas incómodas. Y eso es precisamente lo que encierran de manera especial la obra de Friedrich, Hammershøi y Vallotton».
Florian Illies
De la pared del comedor de la casa de mis abuelos colgaba un cuadro que me fascinó durante toda mi infancia. Representaba una de esas escenas tan frecuentes en la pintura neerlandesa, en la que se veía una mujer de espaldas, tal vez leyendo, tal vez cosiendo, en una habitación ordenada y silenciosa, casi en penumbra, iluminada débilmente por un ventanal. Sobre el suelo y abandonados de cualquier forma, aparecían sus zuecos. Aquellos zuecos abrían inexplicablemente una especie de secreto pasaje en el tiempo que permitía trasladarse de un modo asombroso, casi tangible, hasta aquella habitación del siglo XVII. Hasta mucho después no supe que aquel cuadro era una copia de una tabla de Jacobus Vrel (1617-1662), un pintor de cuya biografía apenas se sabe nada, aunque sus obras hayan sido comparadas e incluso confundidas a veces con las de Vermeer.






