Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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El padre Bosco paseaba por las afueras de Algar de las Peñas, observando a las bandadas de milanos que salpicaban el cielo. Poco a poco, se familiarizaba con la fauna de la zona. Siempre le había gustado la naturaleza, pero había pasado la mayor parte de su vida en entornos urbanos. No echaba de menos Madrid, pero sí a sus feligreses. La noche anterior había visto una película donde aparecía Laurence Olivier, y su imagen elegante y refinada le hizo pensar en Toni, un hombre alto y distinguido que acudía todos los domingos a su parroquia. Solía sentarse al final y no hablaba con nadie. Su cara siempre estaba ligeramente contraída y rehuía la mirada con una timidez infantil. No era una mueca de dolor, sino el gesto crispado del que solo encuentra paz y consuelo en la soledad. Su aspecto oscilaba entre la pulcritud y el desaliño. Con corbata y americana, los puños de la camisa sobresalían exageradamente, prolongando de forma grotesca sus brazos. Era el único detalle disonante en una estampa aristocrática, que evocaba a la nobleza inglesa. No sospechaba que era el tercer marqués de un linaje marcado por el infortunio y el suicido.

Un día decidió acercarse a él y, no sin mucho esfuerzo, logró que le contara su historia. Se sentaron en un bar situado a escasos metros de la parroquia, un establecimiento pequeño y sombrío decorado con fotografías de fútbol y boxeo.

-¿Cómo se llama? –preguntó el sacerdote.

          -Antonio, pero todo el mundo me llama Toni.

          -¿Vive por aquí?

          -No. Tenía un piso enfrente del Retiro, pero hace tiempo que me mudé a un pequeño apartamento pegado a la M-30. Mi antigua casa tenía techos altos y largos pasillos. Nunca me pareció un lugar acogedor. Me sentía como una mosca atrapada en una telaraña. Cuando me marché, solo me llevé dos cajas con libros.

          -¿Por qué se fue?

          Toni titubeó unos instantes, pero se sintió incapaz de improvisar una mentira. Le pareció más honesto contar la verdad, aunque fuera incómoda. No quiso utilizar la palabra maldita: esquizofrenia. Prefirió decir que sufría brotes psicóticos y que de vez en cuando le ingresaban en un sanatorio mental. Tenía mujer y dos hijos, pero prefería la soledad. Por eso se marchó de su casa, adoptando un estilo de vida que le mantenía a resguardo de las tensiones. El trato con los demás le producía angustia, incomodidad.

          -¿Por qué habla conmigo entonces? –preguntó el sacerdote.

          -Porque no me ha dejado otra opción. No sé decir «no» cuando alguien se muestra amable conmigo.

          -¿Y por qué viene a misa?

          -Me siento cómodo en las iglesias. No hay que hablar con los demás. Estás acompañado, pero nadie te molesta.

          -¿Cree en Dios?

          -No, pero la misa me parece muy relajante. Es como meterse en una burbuja.    

Toni se rascó la mejilla y estiró las mangas de la chaqueta, como si quisiera ocultar la camisa, que sobresalía de forma llamativa. El padre Bosco notó que comenzaba a sentirse incómodo e interrumpió la conversación. Prefería ir poco a poco hasta ganarse su confianza y comprobar si podía ayudarle de algún modo. Durante las semanas siguientes, se repitieron las breves charlas en el bar con fotografías de fútbol y boxeo. Toni le contó que su padre había sido ministro durante la dictadura de Primo de Rivera y que al proclamarse la República dejó la política. Eso no le libró de ser asesinado en agosto de 1936 por un grupo de milicianos. Después de la guerra, le nombraron mártir de la Cruzada, pero eso no evitó que su mujer, hundida en la depresión, se suicidara, incapaz de soportar la tragedia. Toni creció en casa de unos tíos que no le querían demasiado. Nunca olvidó su condición de huérfano, pues el desapego siempre fue muy evidente. Al llegar a la adolescencia, comenzó a manifestar síntomas de inestabilidad. No le gustaba salir de casa y pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su habitación, leyendo compulsivamente o dormitando. Por presiones familiares, estudió ingeniería naval, pero nunca ejerció la carrera. Sus padres le habían dejado rentas para vivir sin trabajar y un título nobiliario. Se casó con Merche, la hija de un renombrado médico, una joven frívola y vanidosa a la que le hacía ilusión convertirse en marquesa. Aunque era tímido y torpe, Toni era alto, atractivo y rico, y eso fue suficiente para que Merche restara importancia a su temperamento retraído. El matrimonio fue un desastre desde el principio. A ella le gustaba viajar, ir de compras, hacer vida social, y él no soportaba ninguna de esas actividades. Tuvieron dos hijos y su nacimiento solo agravó los problemas, pues Toni se negaba a asumir el papel de padre. Comenzó a desaparecer durante días. Su mujer no sabía dónde se metía. Durante una de sus escapadas, perdió el sentido de la orientación. Ensimismado y confuso, se sentó en una estación de metro y pasó allí varias horas. Su presencia no pasó desapercibida a las cámaras de seguridad. Cuando dos guardias le preguntaron si se encontraban bien, no fue capaz de articular palabra. Avisaron a una ambulancia y lo trasladaron a un hospital. Los médicos apreciaron que sufría un brote psicótico y se pusieron en contacto con su familia. Permaneció hospitalizado dos meses. Solo sería su primera estancia en un sanatorio mental. Nadie recordaba el número de ingresos que había sufrido desde entonces. A veces, forzosos; otras, voluntarios. Finalmente, decidió abandonar su hogar e instalarse en un pequeño apartamento. ¿Por qué escogió un bloque pegado a la M-30? Nadie lo sabía. Toni nunca daba explicaciones. Quizás apreció en un barrio obrero la calidez que nunca había apreciado en zonas más prósperas y lujosas, donde los vecinos se parapetan en sus viviendas y evitan cualquier contacto. En un barrio popular, las calles están vivas. No hace falta hablar con los vecinos. Es suficiente salir a un parque y oír las conversaciones, fluyendo como una brisa fresca y ligera.

Después de varios meses, el padre Bosco y Toni se comunicaban aceptablemente. Sus conversaciones eran breves, pues Toni se agobiaba si se alargaban más de media hora. La ansiedad le obligaba a cambiar de sitio constantemente. Su mente no podía fijar la atención demasiado tiempo en nada. Muy culto y gran lector, leía varios libros a la vez, pasando de uno a otro con intervalos de diez minutos. Su autor preferido era Montaigne y se enorgullecía de haber conocido a Ortega y Gasset durante sus años universitarios.

Un domingo no apareció en la parroquia y al siguiente, tampoco. Al tercero, el padre Bosco se preocupó sinceramente y lamentó desconocer la dirección de Toni. Aunque se la había pedido en varias ocasiones, siempre había desviado la conversación hacia otros lugares, pues quizás no quería compartir con nadie ese pequeño rincón del mundo donde se sentía relativamente feliz. Al cuarto domingo, apareció en la parroquia una mujer de unos sesenta años. Elegante, no muy alta y algo altiva, se dirigió al padre Bosco para comunicarle que Toni había muerto.

-Soy Merche, su viuda. Mi marido tenía un tumor cerebral, pero no se lo dijo a nadie y se negó a tratarse. Murió solo en su casa. Lo encontramos a los dos días, caído en el baño. Ya sabe que le gustaba vivir aislado y casi nunca cogía el teléfono. Me habló alguna vez de usted. Quizás le interesarían algunos de sus libros. Son demasiados. Ni mis hijos ni yo tenemos sitio para todos. Había acumulado miles. Su piso parecía un almacén. No sé cómo ha soportado el peso. Es una locura. Hace años que no nos permitía subir a su apartamento, alegando pretextos absurdos. Nos reuníamos en la calle y paseábamos. Es un barrio horrible, pero él parecía feliz, pese al ruido infernal de los coches y el olor del río.

El padre Bosco dijo que sí le interesaban los libros. El destino de la mayoría sería el centro parroquial, pero le gustaría quedarse con alguno a modo de recuerdo.

El sacerdote y la viuda quedaron un sábado por la mañana y se acercaron al barrio de Toni. Su apartamento se hallaba en la quinta y última planta de un bloque modesto y sin ascensor.

-No se asuste –advirtió Merche-. Es un cuchitril. No llega a los cuarenta metros y solo tiene un baño sin espacio para un bidé o una bañera. No sé por qué escogió vivir así.

La viuda no ocultaba su desdén por el barrio. Subió las escaleras resoplando y quejándose por la incomodidad de un trayecto que repetían a diario las familias del bloque, incapaces de costearse la instalación de un ascensor o de dobles ventanas que los aislaran del ruido. Al llegar a la puerta, hurgó en el bolso y sacó unas llaves. No había cerrojo. Solo fue necesario un pequeño giro para salvar el resbalón y acceder al caos que esperaba al otro lado. El apartamento era realmente pequeño. Solo había una habitación, una especie de salón con una cocina pegada a una pared ahumada. Una colchoneta de playa con unas sábanas sucias hacía las funciones de cama y una cortinilla de baño con unas enormes flores azules, ocultaba parcialmente un balcón diminuto, donde se apreciaba la presencia de una maleta con un escudo nobiliario. El sol y la lluvia habían deteriorado el cuero hasta convertirlo en una masa pegajosa y enmohecida. Una puerta entreabierta permitía atisbar un baño, con algunas baldosas desprendidas y una cisterna agrietada.

-No imaginaba este grado de abandono –se lamentó la viuda-. Siempre nos enteramos de las cosas demasiado tarde. Eche un vistazo. Aún quedan muchos libros y sería una pena venderlos al peso. No se puede imaginar cómo estaba el piso. Los libros se encontraban en cajas, formando torres y pasillos. Era como un pequeño laberinto.

Solo quedaban dos o tres estanterías y unas cuantas cajas, pero la mayoría de los libros se hallaban en el suelo, muchas veces abiertos, con aspecto de cadáveres flotando a la deriva después de un naufragio. El padre Bosco se agachó y comenzó a escarbar entre los escombros de una vida. Sabía que se internaba en la intimidad de alguien que ya no podría aprobar o prohibir su intromisión. No se trataba de restos, sino de vivencias que se dispersaban con un dolor mudo e inaudible. Imaginó a Toni experimentando placer, miedo o hastío. Durante años, esas páginas le habían proporcionado todo lo que el mundo le escatimaba.

-¿Qué ha sucedido con el resto de la biblioteca? –preguntó el sacerdote.

-Mis hijos y yo nos llevamos la mayor parte. Las ediciones en piel o pasta dura. Pensé en vender lo que quedaba, pero me acordé de usted. Seguro que encuentra algo de interés.

El padre Bosco pensó que una biblioteca era algo más que una simple acumulación de libros. Los títulos seleccionados reflejan una forma de ser y entender el mundo. Se puede decir que componen una radiografía del alma. Al contemplar los libros que se amontonaban obscenamente unos sobre otros, evocando la promiscuidad de una fosa común, el padre Bosco entendió que ahí se hallaban las claves de quién había sido Toni. Detrás de esos libros maltratados, había un hombre igualmente maltratado que intentaba decirle algo.

-Siento que estoy profanando una tumba –murmuró el sacerdote, mientras abría un ejemplar de los Pensamientos de Pascal en una edición de bolsillo, con la portada arrancada y el apellido de Toni garabateado en la primera hoja.

-No se preocupe. Puede coger lo que quiera.

-Hay muchos libros sin portada y con su apellido escrito a mano.

-Era muy maniático.

-¿Por qué lo hacía?

-Ni idea. Era imposible averiguar lo que sentía o pensaba. Después de las primeras crisis, renuncié a comprender sus actos.

El padre Bosco se sentó en el suelo y empezó a clasificar los títulos. A un lado, los libros que le parecían irrelevantes; a otro, los que parecían formar parte de un mensaje oculto. No tardó en hallar el hilo que buscaba: Alejandra Pizarnik, Georg Trakl, Leopoldo María Panero, Rimbaud, Strindberg, las cartas de Van Gogh, Cioran, Virginia Woolf, Paul Celan, Malcolm Lowry. Hojeó Bajo el volcán y se detuvo en unas líneas doblemente subrayadas: «Su mirada se detuvo ante otro pequeño tiovivo, tambaleante juguete infantil pintado de colores lustrosos, y vióse de niño, decidiéndose a abordarlo, vacilando, perdiendo la siguiente oportunidad, y la siguiente, perdiendo todas las oportunidades hasta que era demasiado tarde». El sacerdote sintió que se le encogía el alma al finalizar la frase. ¡Cuánto sufrimiento escondía el gesto de subrayar algo tan desolador! Toni se veía a sí mismo como ese niño que perdía una y otra vez la oportunidad de subirse a un tiovivo, y ese tiovivo era la vida, un trayecto más o menos largo donde todos esperamos hallar la felicidad.

El sacerdote se topó con la poesía de san Juan de la Cruz en una edición de bolsillo. Al abrir el libro, descubrió el sello del seminario donde había pasado cinco años. Sorprendido, miró a Merche y le comentó su hallazgo.

-No creo que lo haya robado –dijo la viuda-. Toni no hacía esas cosas. Probablemente, lo compró en la Cuesta de Moyano. Solía visitarla todas las semanas.

El padre Bosco recordó que habían cerrado el seminario. Cada vez había menos vocaciones. Probablemente, liquidaron su biblioteca, vendiéndola de mala manera y sus fondos acabaron en los expositores de la Cuesta de Moyano. Le apenaba que la biblioteca de Toni se dispersara de esa manera, pero tal vez no era un mal destino. Los libros deben circular de mano en mano. Lo importante es que se lean. El tema de la propiedad es secundario.

El sacerdote se llevó un centenar de libros de aquella biblioteca al pie de la M-30, un río de asfalto que escupía un ruido atronador. Algunos se habían quedado en Madrid, en el centro parroquial que había dirigido durante años, pero otros le acompañaron a Algar de las Peñas. Entre ellos, Bajo el volcán. De vez en cuando lo abría y leía la frase que Toni había subrayado. Cuando lo hacía, pensaba en el niño que había perdido a su padre y su madre. Un asesinato y un suicidio en la infancia son un pasaporte a la infelicidad. Siempre había sido muy escéptico con los diagnósticos psiquiátricos. Pensaba que el afecto, la escucha y la ternura podían ser mucho más eficaces que cualquier psicofármaco.

Su paseo llegaba a su fin. Se acercaba la hora de la misa. Se detuvo unos instantes y miró al cielo. Una bandada de milanos describía círculos. Pensó en el tiovivo de Bajo el volcán y anheló que Toni al fin hubiera logrado subirse a él.

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