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The (Lost) European Century

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Bien ponderados lectores de Una Buena Sociedad, sus seguros servidores tratamos, en la entrada de la semana pasada, de especular con sentido acerca de qué país pondría nombre a la presente centuria y concluíamos que no sería un país, sino todo un continente. Un ejercicio que podrá haberles movido a la condescendencia si es que nos tienen una cierta ley, como suponemos. O quizá les haya movido a considerar serenamente que este continente tiene cartas suficientes para jugar la mano de la hegemonía global. Y que conste que nos parece todo un hallazgo esto de insistir hoy en que América no es solo EE. UU.

Pues bien, si esto es lo que va a pasar, ¿qué queda para Europa, continente en el que tenemos puestas dos de nuestras cuatro patas?

Hace ya un par de décadas, quienes no querían ver la pujanza de China, o la veían con una sensación de amenaza, hablaban de la co-prosperidad de la cuenca del Pacífico, en la que se agrupaban Oceanía, Asia, la costa este de Rusia y la costa oeste de la América continental, desde Yakarta hasta Antofagasta, o desde el Mar de Bering hasta la Antártida. Bueno, pues tranquilos… ya pasó, ya pasó. Y pasó de tal manera que uno de estos días ofreceremos otra de nuestras predicciones a largo plazo, nuestras preferidas, en referencia a China y Estados Unidos de América.

África, a pesar de los buenos deseos de The Economist, sigue y seguirá siendo el espejo roto del colonialismo europeo que refleja unas fronteras artificiales inamovibles desde que las dictara el «orden» colonial, por llamarlo de alguna manera. No dudamos de su potencial y de varias de sus realidades. Pero dudamos que Europa esté en condiciones de ofrecer al África subsahariana el «Plan Marshall» que desesperadamente merece y necesita.

América también surgió de la experiencia colonial de España, Inglaterra y Francia, tres potencias que dominaron el panorama mundial (con perdón de la China imperial) entre los siglos XVI y XIX. Si alguien sabe de colonialismo, son estos países desde antes incluso de su constitución como Estados-nación modernos. La diferencia entre las colonias americanas y las africanas o asiáticas (incluido Oriente Medio) es que las primeras alcanzaron su independencia hace ya más de dos siglos (EE. UU. -Canadá se constituyó pacíficamente en una federación con autogobierno en 1867) o por ahí (América central y del sur, exceptuando Cuba y Puerto Rico -además de Filipinas y Guam- en 1898). La descolonización de Asia y África se inició hace apenas ocho décadas.

Europa, por fin, que renació de sus cenizas dos veces durante el siglo XX (una, en realidad, y gracias a Estados Unidos), supo reaccionar a la debacle de la II Guerra Mundial creando la Comunidad Económica Europea al calor de la ayuda americana y bajo su paraguas de seguridad (la OTAN) sin tener que preocuparse de muchas cosas más, la verdad, en el plano exterior. El formidable impulso de los padres fundadores de la CCE tuvo un eco destacable en la figura de Jacques Delors, que presidió la Comisión Europea entre 1985 y 1994 protagonizando el mejor periodo ejecutivo al frente de la que, en su último mandato, pasó a denominarse Unión Europea. Bajo Delors, se crearon el mercado interior (más allá de la unión aduanera que era hasta entonces la CEE), el Banco Central Europeo y la moneda única, el euro.

Todo hacía pensar que Europa estaba encontrando un nuevo lugar en el mundo. ¿Un mundo tripolar (EE. UU., China y Europa) globalizado? Otra fantasía que la crisis financiera se encargó de disolver. Después de Delors no se ha revelado ningún líder europeo con el empuje suficiente como para dinamizar a la Unión Europea hacia un estatus hegemónico. La ampliación hacia las antiguas colonias soviéticas era necesaria y para muchos de estos países ha sido muy beneficiosa, de lo cual también se ha beneficiado la Unión. La moneda única fue una apuesta muy arriesgada, pero ha salido bien, en nuestra opinión. El Brexit fue una gamberrada del Premier Cameron (hizo varias) de la que el Reino Unido tardará en recuperarse.

Pero Europa (encarnada por la UE) no tiene los deberes hechos para que el siglo XXI acabe siendo la European Century. Aparte -¿no, incomparable gemelo?- de que ya hemos decidido que el siglo será para la América continental.

¿Qué hace que un periodo de 100 años cualquiera sea para el país, región o continente X «The X Century»? Para empezar, abandonemos la idea de que un siglo es un siglo. Basta con que las décadas más relevantes de un siglo, las décadas axiales, las que lo han articulado de alguna manera, se hayan expresado bajo la hegemonía de ese país, región o continente. Creemos que, sin lugar a duda, fue EE. UU. el país que articuló el siglo XX (a pesar de la URSS), como Gran Bretaña articuló el siglo XIX (malgré Napoleón) o España el siglo XVI (sin rival, se siente).

El siglo XX, por otra parte, que empezó bajo un delicadísimo equilibrio de alianzas entre potencias que lo eran de verdad (Gran Bretaña y el Imperio Alemán), alguna que lo pretendía (Rusia) y otras que eran casi de opereta y estaban a punto de desaparecer (los Imperios Austrohúngaro y Otomano), acabó en una extraña mezcla de hegemonía estadounidense sin rivales, el run-run chino y un marco global que pincharía estrepitosamente pocos años después. Pero tuvo un eje central dominado por la apabullante pujanza de EE. UU. desde la finalización de la Primera Guerra Mundial hasta la caída de la URSS.

Europa, a pesar del indudable éxito de la creación de la CEE y sus sucesivas ampliaciones, no ha logrado imprimir a la Unión el ritmo ni la fuerza que requiere el protagonismo global. Algunos de sus Estados miembro, y otros países no miembros, están entre los países más avanzados del mundo y, en muchos sentidos, son paradigma de modernidad, bienestar, solidaridad, tolerancia, responsabilidad ciudadana y pragmatismo. Este es el caso Holanda, todos los países nórdicos o Suiza. Todos ellos países pequeños que conviven desde hace muchas décadas admirablemente bien con las grandes economías continentales.

Pero, al margen de estos casos, el Estado-nación, una idea trasnochada, aunque vigente, sigue estando muy presente en la arquitectura comunitaria. No digamos la existencia de Estados miembro en los que los principios democráticos no se practican con la pulcritud necesaria o, directamente, se combaten por sus líderes electos. Algo que los fundadores de la Unión aborrecerían sobremanera.

Europa, por las trazas, no se apropiará, en lo alcanza nuestra vista, del siglo XXI. Dicho de otra manera, el siglo XXI será The (Lost) European Century. Sin que nos deje de impresionar que hoy mismo exista una estructura supranacional de soberanía compartida como es la Unión Europea con sesenta y cinco años a sus espaldas que aglutina a 27 países y es, virtualmente, la segunda región económica del planeta después de EE. UU., no puede satisfacernos la constatación de que la cesión de soberanía de los Estados miembro sigue siendo muy limitada en materias como defensa, política exterior, presupuesto, I+D y medio ambiente, por ejemplo. Y que la ciudadanía europea sigue siendo una asignatura pendiente, especialmente por parte de los ciudadanos.

La ambición estratégica (no diremos hegemónica) europea carece de recursos, pues el presupuesto de la Unión no supera el 1% del PIB. No hay medios de escala europea con contenidos paneuropeos. La unión de los Estados miembro en torno a la Comisión Europea para apoyar a Ucrania es también admirable. Y, de hecho, nos sorprende favorablemente dada la desunión en las materias core de la ciudadanía europea. Al tiempo que es un buen síntoma de una potencialidad que debería desarrollarse en lo sucesivo. Nos gustaría creer, sin embargo, que la guerra de Ucrania tras la invasión de esta por una potencia media como es Rusia no es un síntoma, por alterado que esté Putin, de cómo se percibe a Europa.

Hoy, Europa sigue encarnando valores admirables, pero no todos los países que la forman los respetan por igual y las desigualdades entre ellos, también materiales, siguen siendo relevantes. La diversidad en su seno dimana de las diferencias económicas tanto, si no más, de lo que dimana de las diferencias culturales, que son naturales y deberían gestionarse mejor que las económicas. Europa debe encontrar las reglas de una prosperidad compartida. Como deben hacerlo el continente americano y el continente asiático, mucho menos avanzados en materia de integración política, monetaria e institucional de lo que está la UE, o con bastante más desigualdad de la que hay en Europa. ¿Por qué, pues, no debería ser, el siglo XXI, the European Century?

Plantear la pregunta de esta manera es algo ingenuo, lo admitimos, pero esta es una buena pregunta. Europa está demasiado adelantada en muchos aspectos como para tener el potencial que tienen, por ejemplo, muchos países de la América central y del sur. Pero no tanto, en su conjunto (y esto es importante), como están EE. UU. o Canadá. Tampoco tiene los recursos de unos y otros países americanos. No nos interesa, a los efectos de esta entrada, la comparación con Asia, donde China es cada vez más una gigantesca y perturbadora incógnita, ni Oriente Medio o África, donde el colonialismo europeo creó patrones que, como decíamos antes, no han desaparecido. Ya hemos concluido que tampoco el siglo XXI será el siglo de estas regiones. Mucho nos tememos que Europa va a seguir haciendo más de lo miso. Es decir, cada uno de sus países por libre en una serie de políticas estratégicas, no necesariamente convergentes, y carentes por lo tanto de la escala necesaria para tener un impacto global, sin poner muchos recursos en común.

Europa posee una rica diversidad, pero no es capaz de crear la armonía necesaria que conjunte esa diversidad para que resulte en una ganancia colectiva equivalente a la abundancia de recursos naturales de los que carece y los países americanos, por ejemplo, poseen. Europa no prosperará si se uniformiza. De hecho, no se uniformiza por el temor a dar pasos atrás. Y esto, al menos, es algo. Pero tampoco armoniza su diversidad lo suficiente como para generar la prosperidad que podría alcanzar si lo hiciese.

Un ejemplo. La maravillosa polifonía musical que se desarrolló en Europa a partir de la monodia altomedieval consistió en armonizar voces, entonaciones y melodías muy diversas que, por separado, podrían incluso pasar desapercibidas, en conjuntos tan sabiamente ensamblados que muchos a lo largo de los siglos han llegado a creer fruto de la inspiración divina. El colmo de la excelencia.

oooOooo

Y una coda Lo que sigue se inspira en la interesantísima historia de Columbano, un monje irlandés del siglo VI que llegó a ser uno de los protagonistas más influyentes de su siglo. Escúchenla en: https://www.youtube.com/watch?v=DrI0LO13BJc.. En la segunda mitad del siglo VI y primer cuarto del VII, Columbano, un monje misionero irlandés, fundador de monasterios, predicó en los reinos francos, germánicos y lombardos, y en el papado, contra la violencia de los nobles, reyes y papas que peleaban incesantemente entre ellos, asolaban el territorio y reducían a la miseria y el maltrato más abyecto a sus siervos. Columbano se encaraba con reyes y papas, les reprochaba esta conducta y predicaba con convicción y sin compromisos la armonía de todos y cada uno en su diversidad. Era consciente, y así ha quedado para la historia, de que se dirigía a totius Europae.

El leitmotiv de la acción de Columbano, del que sacaba su fuerza, era la «regla celta», adaptada de las estrictas reglas de los anacoretas y cenobios de los desiertos norteafricanos en algunos de los numerosos monasterios irlandeses de la alta edad media. Centros de cultura cristiana y helenística en los que se cultivaban las tres lenguas sagradas, hebreo, griego y latín, que acogían impresionantes scriptoria a la vanguardia de la gramática y las matemáticas en toda la Europa altomedieval. Monasterios, como la Abadía de Bangor, en la que profesaba Columbano, en el rigor de las pruebas físicas más extremas, junto al trabajo, la oración y el estudio.

Columbano, forjado en todos los rigores y dotado de una gran capacidad de persuasión fundó monasterios en lo que hoy son Francia, Suiza e Italia y desde ellos fustigó sin cesar a los poderosos de la bárbara Europa de su tiempo, sin contemplaciones.

En el fondo, añoramos profundamente, como si en el pasado hubiéramos estado allí, la vida monástica (la cerveza conventual y lo que sabemos de los antiguos goliardos nos inclinan a ello), ¿no, Incomparable? Y no sabemos por qué, quizá porque nuestro padre siempre decía que lo que de verdad le habría gustado es ser cartujo. Pues eso, San Columbano y totius Europae.

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