RESEÑAS

Polémicas pasadas

Ángel Viñas
Las armas y el oro. Palancas de la guerra, mitos del franquismo
Barcelona, Pasado y Presente, 2013
502 pp. 26 €

Ángel Viñas se encuentra entre los historiadores más prolíficos de la Guerra Civil española. Uno de sus primeros libros, El oro español en la Guerra Civil, supuso una valiosa contribución a la literatura al echar por tierra la mitología nacionalista en relación con el oro español supuestamente «robado por los rojos». Viñas demostró –como vuelve  hacerlo en este volumen– que la Unión Soviética fue la única potencia que ofreció a la República una oportunidad razonable para comprar las armas y los suministros que necesitaba. A pesar de afirmaciones en sentido contrario por parte tanto de la derecha como de la izquierda, el autor sostiene que los soviéticos proporcionaron armas a la República a un ritmo comparativamente razonable y que nunca la «abandonaron» realmente. Sin embargo, la ayuda soviética a la República en recursos humanos y materiales fue menos cierta, previsible y generosa que la asistencia prestada por las potencias fascistas a los nacionalistas. Según Viñas, la ayuda total a los franquistas sobrepasó de manera significativa a la recibida por los republicanos. La primera llegó, además, de manera más oportuna que la brindada a sus enemigos. Y afirma acertadamente que el adiestramiento militar nacionalista fue muy superior al del bando republicano.

Este nuevo trabajo resume los descubrimientos, basados con frecuencia en las numerosas y loables investigaciones archivísticas de Viñas, contenidos en sus libros anteriores. El autor parte de su historia del oro español e intenta refutar otros «mitos» franquistas. Siguiendo a Manuel Azaña y a muchos otros analistas, Viñas culpa de la derrota de la República a las políticas de no intervención de las democracias. No logra, sin embargo, contextualizarlas y no evalúa suficientemente la revolución y el terror en la zona republicana. Los atribuye, además, de forma tendenciosa «esencialmente a los anarquistas» (p. 283) y exculpa, por tanto, erróneamente a socialistas y comunistas. La persecución del clero por parte de la izquierda y sus ataques a la propiedad privada distanciaron a muchos propietarios y católicos de las democracias y pusieron políticamente difícil prestarle ayuda a los políticos que sentían simpatía por la República, como Franklin Roosevelt y el «abominable» (p. 244) Léon Blum. La ayuda francesa a la República española habría provocado probablemente la caída del Frente Popular francés y podría haber puesto fin a la alianza franco-británica. Durante esta época de apaciguamiento resultaba, por ende, altamente improbable que los franceses intentaran rescatar a una República hermana cuando habían optado por no defender su propia frontera en marzo de 1936, cuando una Alemania relativamente débil remilitarizó Renania. Camille Chautemps, el radical primer ministro del Gobierno del Frente Popular francés desde junio de 1937 hasta marzo de 1938, le dijo a Blum poco después del estallido del conflicto español que Francia no podía arriesgarse a entrar en guerra por la revolucionaria República española cuando no lo había hecho por RenaniaDavid Wingeate Pike, Les Français et la guerre d’Espagne, París, Presses Universitaires de France, 1975, p. 372..

Los antifascistas conservadores, como Winston Churchill, se negaron a ayudar a lo que ellos –y sus colegas conservadores más tendentes al apaciguamiento– veían como un régimen español revolucionario. Al igual que muchos otros defensores de la República, Viñas sostiene que las elites francesas, y especialmente las británicas, no reconocieron sus verdaderos intereses. Dada la consiguiente historia del Eje en la Segunda Guerra Mundial, el argumento posee una cierta plausibilidad, pero ignora las formidables divisiones que se habrían producido dentro y entre las democracias en caso de que hubieran acudido en auxilio de la anticlerical y colectivizadora República. El autor tampoco considera que un esfuerzo fallido de ayudar a la desventurada República por parte de las democracias no habría hecho más que fortalecer las políticas de apaciguamiento. 

En contra de numerosas pruebas en sentido contrario, Viñas tiende a negar que la no intervención estuviera concebida inicialmente para ayudar a la República. Por tanto, no sólo la derecha francesa y británica, sino también el partido socialista francés y el laborista británico apoyaron la no intervención en 1936. La incapacidad de la República para sacar partido a sus ventajas iniciales en los ámbitos económico, demográfico y diplomático provocó que los responsables de diseñar las políticas de las capitales extranjeras se sintieran cada vez menos inclinados a ayudar a lo que se percibía como un Gobierno desordenado e irresponsable, por más que fuera legal o legítimo. En vez de examinar los fracasos que se autoimpuso la propia República, Viñas la ve como una víctima de las grandes potencias, incluidas las democracias: «Casi todos los republicanos del más variado pelaje lucharon con las manos atadas a la espalda contra Franco, el Eje y […] contra las propias democracias occidentales» (p. 295). Es posible que las democracias hubieran debido enfrentado al fascismo en España, pero la derrota republicana no debería atribuirse a Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

Viñas no consigue integrar el análisis del historiador económico José Ángel Sánchez Asiaín, cuyo libro La financiación de la guerra civil española califica de una «magnífica reconstrucción global» (p. 323).  Sánchez Asiaín establece un marcado contraste entre los dos bandos enfrentados: los republicanos practicaron un anticapitalismo revolucionario que alienó a los empresarios extranjeros y nacionales. La tolerancia de la República con la autonomía regional y local permitió que al menos seis gobiernos imprimieran dinero de distintas variedades. Provocaron una hiperinflación y favorecieron una regresión al trueque. Los gobiernos republicanos se mostraron bien incapaces, bien poco dispuestos a establecer gravámenes. La colectivización de los medios de producción contribuyó a la destrucción de la base de los ingresos públicos y muchos proletarios interpretaron la revolución como una liberación de los impuestos y del pago de rentas.

Los nacionalistas, por el contrario, adoptaron políticas monetarias pragmáticas, aunque ortodoxas, que limitaron la oferta de dinero y mantuvieron la inflación controlada. Una moneda sólida depositada en cajas de ahorro fiables alentó el ahorro. Esta estabilidad creó donaciones «voluntarias» y permitió una mayor fiscalidad. Los franquistas crearon cinco nuevos impuestos y, lo que es incluso más importante, recaudaron aquellos que habían sido legislados anteriormente durante la República. Los nacionalistas centralizaron el poder político bajo el control militar, aunque las autoridades provinciales conservaron una considerable autoridad para recaudar rentas e imponer multas. Podría añadirse que el respeto nacionalista por la propiedad privada, el pago relativamente rápido a los productores en una moneda sólida y el control de los precios y los préstamos a bajo interés para el trigo y otros productos contribuyeron enormemente a su capacidad para alimentar a su población. Por contraste, los republicanos fracasaron a la hora de proporcionar el sustento suficiente para sus habitantes.

La adhesión del autor a las metodologías tradicionales acaba por socavar sus argumentos y refleja la ausencia de innovación característica de una buena parte de la historiografía sobre la Guerra Civil. El enfoque diplomático y político de Viñas se muestra dependiente de la teoría de la historia del «Gran Hombre». Aunque está claro que detesta al «incompetente» Caudillo, dibuja, sin embargo, el retrato de un Franco omnipotente que «hubiera podido terminar la contienda mucho antes» (p. 15) y que alargó la guerra «para alcanzar sus propios objetivos» (p. 322). Esta misma perspectiva diplomática/política le lleva a afirmar que, en septiembre de 1936, «Franco, bañado en abundantes recursos financieros y en armas, ya la tenía casi ganada [la guerra]» (p. 14), dado que los británicos y los franceses se negaron a ayudar a la República, mientras que Italia y Alemania no escatimaron en su ayuda a los nacionalistas. «La República perdió desde el primer momento la carrera» (p. 30) y «Para junio de 1937 la República tenía perdida la partida» (p. 293).

Viñas equipara de forma simplista el resultado final a la ayuda recibida: «Que cuando aflojó la ayuda soviética los dictadores fascistas aumentaron fuertemente la suya. No es de extrañar que la República se viera confrontada con una no win situation» (p. 119).  En «una guerra perdida ya en septiembre de 1936» (p. 321), la República sobrevivió únicamente gracias a «el entusiasmo y la esperanza en una parte sustancial del pueblo español» (p. 322).  Aunque parcialmente correcta, esta afirmación ignora las recientes investigaciones sobre la historia social del Ejército Popular, que muestran los elevados índices de deserción entre sus tropas y la eficaz integración de los soldados republicanos capturados en el ejército de FrancoJames Matthews, Reluctant Warriors: Republican Popular Army and Nationalist Army Conscripts in the Spanish Civil War, 1936-1939, Oxford, Oxford University Press, 2012..

La hipótesis de trabajo de Viñas es que aquel bando que recibiera de forma continuada una mayor ayuda extranjera sería el que acabaría alzándose victorioso. Esta suposición –que se deriva de su metodología diplomática/política– conduce a desdeñar cualquier análisis serio de la vida cotidiana en una u otra zona. En la línea de muchos otros historiadores de la Guerra Civil –ya sean de izquierdas o de derechas–, el autor da por sentado que el hecho de que los nacionalistas poseyeran «grandes zonas agrícolas, forestales, pesqueras y mineras» (p. 341) posibilitó que pudieran comerciar y alimentar a su población. Sin embargo, la comparación con otras fuerzas contrarrevolucionarias –nacionalistas chinos y rusos blancos– muestra que las ventajas geográficas y geológicas no se traducen necesariamente en la victoria. Una moneda relativamente fuerte y un respeto generalizado por la propiedad privada resultan también necesarios para inducir a los granjeros a comerciar con sus excedentes. El análisis de Viñas de la etapa final de la guerra demuestra las limitaciones de su enfoque. Ignora en gran medida el hambre y la desmoralización intensas ente los soldados y los civiles republicanos. En cambio, los «sepultureros» de la República eran políticos y oficiales de alto rango: «No fueron Negrín o el PCE.  Más bien habría que buscarlos del lado de Casado, de Buiza, de Besteiro, de […] Cipriano Mera” (p. 286), a quienes el artero y todopoderoso Franco animó a poner fin a la resistencia republicana.

Según Viñas, los «pro o neofranquistas» (p. 97) han negado sistemáticamente que los nacionalistas ganaran debido a una regular y masiva ayuda extranjera por parte de las potencias fascistas. A pesar de que defiende vigorosamente que la ayuda recibida de las potencias fascistas fue cuantitativa y cualitativamente superior, su supuesto de que ayuda es igual a victoria vuelve a resultar cuestionable desde una perspectiva comparada. Los contrarrevolucionarios tanto rusos como chinos recibieron una ayuda extranjera muy superior a la de sus rivales revolucionarios; sin embargo, estas fuerzas reaccionarias perdieron en su enfrentamiento con los comunistas. Del mismo modo que hacen muchos de sus adversarios supuestamente «neofranquistas», el método de la «historia desde arriba» de Viñas –que resalta el papel decisivo de los dirigentes políticos– le conduce a desdeñar las acciones y reacciones de los españoles de a pie en ambas zonas en favor de las políticas de los famosos forjadores de decisiones en las grandes capitales de Europa. 

En vez de reflexionar sobre otras guerras civiles en las que –como en el caso español– los revolucionarios hicieron frente a los contrarrevolucionarios, Viñas sitúa el conflicto español como el «primer capítulo» (p. 83) de la Segunda Guerra Mundial. Su perspectiva repite la de muchos historiadores de la izquierda que –irónicamente– restan importancia a las luchas de clases tanto antes como después del 18 de julio de 1936. El énfasis casi exclusivo de Viñas en el Estado –«en julio de 1936 las izquierdas españolas NO [sic] planeaban un salto al Estado» (p. 295)– le hace olvidarse de la sociedad y, con ello, de las confiscaciones de propiedad, las quemas de iglesias, los asesinatos de sacerdotes y la violencia contra los «fascistas». Para Viñas y otros, Franco y sus compañeros oficiales se sublevaron «para detener las reformas republicanas y en particular la agraria» (p. 224), no para detener una revolución social en marcha. Aunque estoy de acuerdo con el autor en que el deterioro del orden público y el incremento de la violencia política tras la victoria electoral del Frente Popular no «justifican los horrores de la Guerra civil» (p. 414), los historiadores deberían evitar actuar como fiscales o abogados defensores e intentar comprender, en cambio, a las fuerzas en conflicto.

Viñas se prodiga en sus críticas a los historiadores que discrepan de sus métodos y sus descubrimientos. Su historiografía es «un tanto esclerotizada en sus planteamientos» (p. 21). Su acusación es ciertamente incongruente si se consideran sus perspectivas metodológicas convencionales. Ataca a aquellos que disienten de sus posturas valiéndose de un sarcasmo que linda en el insulto personal. Un historiador es acusado de «infantilismo» (p. 420); otro ha cometido «tamaña estupidez» (p. 421); y un tercero ha escrito «una mendaz obra». Aunque los historiadores ocasionalmente recurren al escarnio para atacar a sus enemigos, el uso que hace Viñas de la burla resulta excesivo y no favorece un debate productivo. 

El autor parece disfrutar alabando sus propias contribuciones tanto como denigrando otras. En una profesión cuyos miembros tienen fama de poseer unos egos hinchados, el autor debe ostentar el récord de citas de sus propias obras en las notas situadas al final del libro. En una página que contiene quince notas, cinco de ellas se refieren a sus contribuciones anteriores (p. 430). Es posible que, en la historiografía de la Guerra Civil, exista una relación inversamente proporcional entre auténticos descubrimientos y polémicas encendidas. En sus obras anteriores, Viñas contribuyó a los primeros; en su último libro, desgraciadamente, se permite avivar las segundas.

Michael Seidman es Catedrático de Historia en la Universidad de Carolina del Norte. Su último libro publicado es The Victorious Counterrevolution. The Nationalist Effort in the Spanish Civil War (Madison, The University of Wisconsin Press, 2011), publicado en 2012 por Alianza Editorial como La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil.

        Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito por Michael Seidman
especialmente para Revista de Libros

25/03/2014

 
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