RESEÑAS

San Pablo al alcance de todos

Antonio Piñero
Guía para entender a Pablo de Tarso. Una interpretación del pensamiento paulino.
Madrid, Trotta, 2015
576 pp. 30 €

A finales de los años setenta, Ulrich Wilckens en su comentario a la Carta a los Romanos reconocía que la exégesis contemporánea aún estaba lejos de entender a Pablo. Lo que entonces, tras más de un siglo de estudio científico de la Escritura, era cierto, sigue siendo verdad hoy, ya avanzada la segunda década del siglo XXI. La lectura de las páginas la Guía para entender a Pablo de Tarso, del profesor Antonio Piñero, me ha confirmado esa certeza, y cómo es necesaria en los estudios bíblicos una actitud de no excesiva confianza en las certezas alcanzadas y de permanente disponibilidad para considerar nuevas perspectivas e interpretaciones. El libro que nos ocupa constituye una magnífica propuesta para entrar en este diálogo imprescindible para profundizar en el conocimiento del pensamiento paulino.

Antonio Piñero puede aportar claridad y orden en este complejo mundo que es la interpretación de las cartas de san Pablo, así como intentar ofrecer una visión armónica, coherente, una propuesta verosímil de reconstrucción de un pensamiento religioso, teológico, que muchos creen imposible. Atestigua esta competencia además de sus muchos años de docencia universitaria, su abundante bibliografía de tema bíblico, que le ha permitido recorrer diversos campos de investigación: desde la imprescindible edición de los textos gnósticos de Nag Hammadi hasta su colaboración en la edición de los textos apócrifos del Antiguo Testamento en la editorial Cristiandad, o desde la edición de los Hechos Apócrifos de los apóstoles junto con Gonzalo del Cerro, hasta la muy útil Guía para entender el Nuevo Testamento. El conocimiento de la filología clásica y de la historia de la filosofía, de los textos apócrifos cristianos y judíos, de la literatura gnóstica y, por supuesto, de la Biblia, son excelentes trampolines para zambullirse en este mar a veces revuelto de la literatura paulina.

La Guía para entender a Pablo de Tarso no es, por supuesto, el primer libro que se publica en español que quiere dar una visión general de la vida y de las obras de Pablo de Tarso, ni de su teología. Contamos en nuestro idioma con buenos manuales que han tratado este tema, así como con varias publicaciones más o menos recientes que contienen una visión sistemática del pensamiento o teología de San Pablo. El mismo Antonio Piñero en diversas obras, y también en sus contribuciones en su blog en Internet, ha tratado muchas de estas cuestiones.

Quizás uno de los elementos que distinguen este libro de otros es su génesis. No me refiero tanto al proceso literario cuanto a la gestación intelectual del libro. La mayor parte de los libros que ofrecen una visión general de la vida y de las obras de san Pablo son fruto de una vida dedicada a la enseñanza del apóstol, normalmente en instituciones eclesiásticas, como facultades de teología o seminarios. Estas obras tienen siempre este carácter de fruto maduro de una docencia, a menudo con aportaciones de algunas investigaciones propias. Suelen ser un intento de acercar al alumno o alumna, normalmente creyente cristiano, a los estudios principales y los resultados más importantes de la investigación sobre san Pablo, orientado con frecuencia a la futura práctica pastoral o sacerdotal.

La Guía para entender a Pablo de Tarso tiene un carácter algo distinto. Más que un resumen de una vida dedicada a la enseñanza de la literatura paulina, estamos ante un intento de plantearse desde el principio, de un modo nuevo, la figura y las enseñanzas de san Pablo. El libro parte no de un conjunto de enseñanzas extendidas a largo de muchos años, sino de una serie de preguntas iniciales o inquietudes que intentan ser respondidas a partir de la consulta de un gran número de investigaciones antiguas y recientes, y de la meditación y reflexión personal del autor. Algunas de estas preguntas se formulan en la introducción, en la página 13. Serán particularmente relevantes para el desarrollo posterior aquellas que versan sobre el judaísmo de san Pablo («¿Abandonó Pablo la ley judía?»), sobre si existe una camino de salvación para los judíos no creyentes en Jesús, y sobre la confesión de la divinidad de Jesucristo.

Las respuestas no van a hacerse esperar demasiado. A lo largo del libro, especialmente en su primera mitad, el autor va a ir revelándonos una visión bastante concreta y definida de la figura y de la teología de Pablo, y esa interpretación va siendo contrastada sistemáticamente con la lectura de las siete cartas consideradas más seguramente auténticas de Pablo.

Toda la obra tiene por ello un carácter más personal, quizá más actual, y más abierto o más fácil de leer para un público amplio, no específicamente creyente. El lector creyente encontrará, por supuesto, información suficientemente actual y clara sobre san Pablo, pero el lector no creyente verá también un enfoque crítico, rigurosamente histórico, que intenta alejarse de visiones apriorísticas o excesivamente confesionales, intentando situar a san Pablo en su contexto histórico, cultural, político, etc. Como dice Piñero en la página 15, no es su propósito primero ofrecer un libro para la meditación espiritual, ni para la profundización en la fe de aquellos que sean creyentes, sino que le guía, ante todo, el deseo «de comprender lo que dijo un autor [san Pablo]».

El libro, tras la introducción, comienza con el capítulo titulado «Lo que es necesario para entender a Pablo de Tarso». Es una magnífica introducción al pensamiento de Pablo, que ayuda sin duda al lector a situarse en el contexto cultural, político, social, religioso del judaísmo y del paganismo del siglo I. Según Antonio Piñero, no era Pablo un fariseo estricto, sino un simpatizante de las ideas fariseas; cercano, pero no miembro estricto de la secta; formado en Damasco, no en Jerusalén. La propuesta es interesante, aunque también minoritaria, y quizás algo ecléctica; resuelve algunas cuestiones (como la afirmación de san Pablo de que no era conocido de las iglesias de Judea), pero deja sin resolver otras. En cualquier caso, lleva razón el autor en no pretender buscar en Pablo a un rabino talmúdico. Estas páginas nos invitan a ver a Pablo, y al evangelio que predica, un poco «desde fuera» como un esforzado proselitista, un buen vendedor (p. 63) de unas ideas religiosas y que adaptó deliberadamente su lenguaje al mundo griego (p. 54) para ganar adeptos en un Mediterráneo oriental «en el que pululaban como laboriosas hormigas una cantidad asombrosa de predicadores de religiones orientales» (p. 63). Si estuviéramos viendo una película, la cámara nos habría situado, un poco alejados del personaje, en una toma amplia y desde arriba, como quien contempla una partida o guerra religiosa entre bandos enfrentados.

Ya desde estas primeras páginas se avanza otra de las tesis fundamentales del libro: el evangelio libre de la ley que predica Pablo es para los gentiles. Para los judíos, Pablo defiende –aunque no de modo explícito ni claro– un evangelio propio, un evangelio que supone permanecer fieles a la Alianza y, por tanto, a toda la Ley de Moisés, incluyendo las normas alimentarias, fiestas o circuncisión, pero aceptando que con el Mesías Jesús esta Ley ha alcanzado una plenitud, pues en el Mesías tienen los judíos al intérprete definitivo de la Ley. Por su parte, los gentiles sólo siguen obligados a cumplir los preceptos más generales de la Ley, esos que en tiempos más tardíos los rabinos llamarán los preceptos de Noé, y que son más o menos consistentes con el Decálogo y con una ética general o ética natural. Estos preceptos de Noé son los que los emisarios de Santiago intentaron imponer en Antioquía en ausencia de Pablo. Esta interpretación del profesor Piñero no es nueva: él mismo señala los autores en que se inspira, y es perfectamente defendible con los textos de Pablo. Por otro lado, en una época como la actual, en la que cada vez se hace más evidente la necesidad de un encuentro fraterno entre judaísmo y cristianismo, de un mutuo reconocimiento de lo que nos une (el Dios creador y salvador, la Escritura, la Alianza, el compromiso ético, etc.), siempre será bueno alejar a san Pablo de la vieja acusación de destructor del judaísmo, o de helenización fácil del cristianismo. Esta interpretación acerca mucho a Pablo, quizás excesivamente, a la postura del evangelio de san Mateo, en el que la defensa de la Ley como camino válido es mucho más evidente («no he venido a abolir la ley»). Sin embargo, no me resulta tan claro que la postura de Pablo en relación con la Ley judía fuera tan positiva como sostiene la Guía. Para probar la tesis, en la página 280 se aducen diversos textos tomados de las cartas de san Pablo en los que parece hablarse positivamente de la Ley. Aunque alguno de ellos pudiera entenderse así, se trata más bien en mi opinión de textos que, en su contexto, apuntan a lo contrario, a una caducidad o rechazo de la Ley judía: son, a mi juicio, afirmaciones aparentemente positivas (la argumentación retórica emplea como estrategia de persuasión una cierta concesión al contrario para luego rebatirlo) que sirven a un proceso argumentativo contrario a la Ley.

A partir de la página 71 comienza lo que es la parte más extensa el libro, la tercera, que consiste en ir ofreciendo los textos de las cartas que se cree, con un mayor grado de seguridad, que fueron escritas por el mismo san Pablo (las llamadas auténticas), divididas en segmentos consecutivos más o menos unitarios, con unos breves comentarios. Se intercalan también los pasajes de Hechos de los Apóstoles que resultan pertinentes para reconstruir la figura del Apóstol y sus vicisitudes. Con ello se sigue el estilo tradicional de los comentarios bíblicos.

Como es inevitable, sería imposible realizar una exégesis detenida y precisa de siete cartas paulinas en este libro. Piénsese, por ejemplo, que el comentario de Udo Schnelle, en alemán, solo a la Primera Carta a los Corintios, ocupa cuatro gruesos y densos volúmenes, cada uno con gran abundancia de notas en letra pequeña. Los comentarios, por tanto, son aquí necesariamente breves. Deja en algunos momentos con las ganas de saber cómo interpreta el autor este o aquel aspecto de un texto que uno considera relevante para la interpretación general de Pablo. El texto empleado, aunque en la introducción se nos anuncia como una traducción casi literal del griego, se nos ofrece en realidad en un castellano bastante más fluido de lo que nos hubiéramos imaginado. Se respeta, eso sí, el traducir normalmente un término griego con el mismo término castellano, para facilitar así la identificación y el mayr acercamiento posible al texto original.
Mucho más interesantes que las explicaciones de los textos concretos son –creo– las «aclaraciones» que se interpolan de vez en cuando en el comentario. Son mucho más que aclaraciones: son auténticos tratados de teología paulina. Es en esas numerosas páginas donde encuentro lo más interesante, donde la capacidad de síntesis, de formular claramente los problemas, de sumar las distintas opciones y de intentar una propuesta coherente, destaca especialmente. Estas aclaraciones forman un cuerpo en sí mismas, y podrían haber sido publicadas independientemente, quizá junto con el capítulo segundo, como una exposición temática de la teología paulina.

El diálogo personal que se establece con estas páginas de «aclaraciones» puede ser apasionante. Para el lector no conocedor del pensamiento paulino será un modo muy claro de acercarse al de Tarso. Para quienes tengan ya una cierta formación académica en teología bíblica, no dejarán de resultarles interesantes y útiles las síntesis que aquí se ofrecen. En muchas ocasiones nos identificaremos plenamente con las opciones exegéticas que se defienden, algunas de ellas de tenor más bien clásico, huyendo de adoptar demasiado rápidamente la última moda o perspectiva paulina. Pienso, entre otros casos, en la cuestión de si la pistis christou (la fe de/en Cristo) debe interpretarse como fe en Cristo o como fidelidad/fe de Cristo a Dios. La aclaración dedicada a este asunto es, desde mi punto de vista, excdelente y totalmente acertada.

Antonio Piñero nos pone ante un Pablo muy influido por la apocalíptica, pero sin caer en el milenarismo al que le conducen algunos autores, al estilo de Ap. 20:1-7. Que Pablo piensa que la justificación debe ser seguida por las buenas obras es para mí un hecho evidente, aunque la cuestión sea cómo relacionar esas obras con la justicia recibida. Pienso también en el sentido sacrificial de la muerte de Cristo, que hoy muchos rechazan como extraño al pensamiento de san Pablo. Como muestra Piñero, es evidente que Pablo asumió esta teología de la muerte sacrificial y de la muerte vicaria (que no son lo mismo, como bien se explica en el libro). Otra cuestión es si Pablo, además de recibir esta teología heredada de sus hermanos judeocristianos, desarrolló otras formas de interpretar la muerte y la resurrección de Jesús que podríamos decir le fueron más propias.

Dado que esta Guía intenta ofrecer una perspectiva lo más completa posible de la teología paulina, no será difícil tampoco encontrar puntos con los que el lector discrepe. Personalmente, me encuentro menos identificado con algunas propuestas, como, por ejemplo, la visión de un Pablo muy determinista, o predeterminista. Piñero acierta al señalar que no pocas afirmaciones de Pablo parecen apuntar en este sentido, a la vez que no son pocos los textos judíos de Qumrán que ofrecen soluciones similares. También tiene razón en que podemos rechazar esta visión determinista de Pablo por razones culturales, pues esta visión no es hoy en parte fácilmente aceptable por una mentalidad teológica moderna y por un interés pastoral que quiere ofrecer la cara más amable de Pablo. No es el caso de este libro, pues ya se nos ha anunciado al principio que no tiene un propósito pastoral, sino esclarecedor, científico. El debate sobre esta cuestión, situado en el plano exegético, merece la pena que se mantenga y se esclarezca.

Hay, por último, algunas cuestiones sobre las que las posturas defendidas en el libro resultarán llamativas especialmente para el creyente cristiano, mucho más para quien tiene una cierta formación teológica, pues se ofrecen ciertas interpretaciones que pueden estar en conflicto con una interpretación de Pablo que, a la par que preocupada por la verdad científica, se interesa también por el valor religioso y dogmático de la exégesis. Esta Guía, por ejemplo, sugiere que la cristología de Pablo estaría más cerca de los posteriores subordinacionismos o monarquianismos, considerados heréticos, que de la doctrina trinitaria ortodoxa de Nicea o Calcedonia. San Pablo no habría creído, estrictamente hablando, en la divinidad de Jesús igual al Padre, o en su preexistencia.

Cierto es que Pablo no se expresa, ni podía hacerlo, como un teólogo cristiano de los siglos IV o V; cierto es que algunas de sus afirmaciones son de difícil interpretación, y abiertas a ser conducidas hacia lo que la doctrina oficial de la Iglesia considera posturas heréticas (como ya reconocía el autor de 2 Pe. 3:15-16); pero, desde mi punto de vista, Pablo, como mínimo, puede ser también interpretado como coherente o consistente con las posteriores doctrinas nicenas-constantinopolitanas. La Aclaración XVI (pp. 402-423) es una lograda síntesis de las diversas concepciones mesiánicas en la literatura judía anterior o contemporánea del cristianismo. La distinción entre binitarismo (monoteísmo complementado por una figura mediadora, de rasgos divinos) y biteísmo (dos divinidades, ruptura del monoteísmo) ayuda a entender las complejas figuras mediadoras, con rasgos mesiánicos y divinos, que se encuentran en el judaísmo de entonces. Y ayuda también a entender que los primeros cristianos no fueran considerados necesariamente herejes al hablar de Jesús como Hijo de Dios o Mesías. Sin embargo, no parece que, para san Pablo, Jesús fuera una figura mesiánica más, al estilo del Melquisedec de Qumrán o del Henoc del Henoc Etiópico, ni parece suficiente considerar que todas las afirmaciones de la especial relación filial de Jesús como Hijo o de su preexistencia sean una retroproyección (p. 409) sobre el Jesús terreno de su glorificación posmortal. El que Jesús sea llamado Hijo no implica per se que sea inferior al Padre (p. 405). Precisamente la reflexión teológica posterior intentará profundizar en este misterio trinitario de una relación paterno-filial que no supone subordinación o inferioridad.

Pero, insistimos, no estamos en el ámbito de la pastoral creyente o del proselitismo, sino de la investigación y divulgación científica. Y en este campo, para creyentes y no creyentes, debe regir ante todo el rigor científico y la argumentación objetiva sobre los textos y sus contextos, no la defensa apologética. Y, de nuevo, la guía nos ofrece un sinfín de elementos para construir bien este debate y dar luego, cada uno, nuestra propia respuesta.

La Guía concluye con una síntesis o resultados en los que se recopilan las principales tesis del autor. Quien quiera hacerse una primera idea de los contenidos de este libro, sería quizás estas últimas páginas el lugar por donde comenzar la lectura, para luego ir viendo cómo dichas tesis son fundamentadas en la explicación de los textos y, sobre todo, en las aclaraciones o excursos teológicos que se ofrecen.

Francisco Ramírez Fueyo es profesor de Teología en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Es autor de «Justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Ro. 14, 17). El Reino de Dios en las cartas de san Pablo: estudio semántico y exegético (Estella, Verbo Divino, 2005) y Gálatas y filipenses (Estella, Verbo Divino, 2006).

22/02/2016

 
COMENTARIOS

Antonio Ramos 22/02/16 13:18
Una reseña muy erudita, como el propio libro, aunque se echa a faltar el contrapunto de visiones realmente críticas con el apóstol, por ejemplo, la de Nietzsche.

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