Agosto 2018
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RESEÑAS

¡Jóvenes de todos los países, uníos!

Politikon
El muro invisible. Las dificultades de ser joven en España
Barcelona, Debate, 2017
264 pp. 16,90 €

En un reportaje especial titulado «The Young. Generation Uphill», The Economist nos informaba de que aproximadamente una cuarta parte de la población mundial tiene una edad comprendida entre los quince y los treinta años. En muchos aspectos, continúa el semanario británico, son el grupo de jóvenes más afortunados de la historia. Tienen más ingresos que cualquiera de las generaciones anteriores, disfrutan de una esperanza de vida más larga, están mejor educados y no les va a tocar sufrir la polio, ni a Pol Pot, ni (con un poco de suerte) la moda de las hombreras o el pelo cardado de los años ochenta. Si uno es mujer o gay, en muchos países va a disfrutar de un grado de libertad inimaginable hace tan solo dos o tres generaciones. ¿De qué se quejan entonces los jóvenes? ¿No estaremos ante la generación más afortunada de la historia, pero también la más narcisista e insustancial?

En El muro invisible. Las dificultades de ser joven en España, el colectivo Politikon sugiere que los jóvenes españoles tienen bastantes razones para sentirse inquietos acerca de su futuro. El muro, que se ha hecho más visible con la crisis (capítulos 1-4), lo sostienen una serie de ladrillos donde destacan las dificultades para emanciparse (capítulo 3), un mercado laboral disfuncional (capítulo 5), un sistema educativo lastrado por el abandono escolar temprano (capítulo 6) y un Estado del bienestar que redistribuye, sí, pero mal (capítulo 7). La tercera parte del libro (capítulos 8-11) analiza las coaliciones que sostienen el muro y las que eventualmente podrían derribarlo.

Si en algún ámbito es cierto el tópico «Spain is different», nos dicen los integrantes de Politikon, es en el laboral. El mercado de trabajo español es el ladrillo del muro que más perjudica las oportunidades de los jóvenes. Al compararse con otros de nuestro entorno, el mercado laboral español destaca por sus elevadas tasas de desempleo estructural y temporalidad. Los jóvenes se llevan la peor parte de estas disfunciones. Las explicaciones sobre por qué la tasa de paro juvenil supera en todos los países la del resto de la población adulta suelen destacar dos razones.

La primera es común a todos los países y tiene que ver con el tránsito del sistema educativo al mercado laboral. En todos los países los jóvenes tienen tasas de paro más elevadas que el resto de la población porque tienen un paro friccional también más elevado. Conseguir un empleo siempre lleva un tiempo, pero lleva mucho más tiempo cuando es el primero.

La segunda no es común a todos los países y tiene que ver con las instituciones laborales. Muchos jóvenes van enlazando contrato temporal tras contrato temporal, por lo que son los más afectados por la regulación que atañe al despido y la contratación. Es normal, por tanto, que los países donde esa regulación diverge mucho entre las diversas modalidades contractuales sean también los que presentan mayores tasas de paro juvenil. Me explico.

España ha superado el 20% de paro tres veces en las cuatro últimas décadas: 1985, 1993 y 2010. La respuesta de los sucesivos gobiernos de España ha consistido en, por un lado, recurrir al parche de la temporalidad para ofrecer a los empresarios una vía barata y flexible de contratar y, por el otro, conservar una alta protección para los contratos fijos. Resultado: entre los economistas laborales, es habitual referirse a España como el ejemplo más extremo de dualidad, por la enorme brecha que existe entre el coste de despedir a un temporal y a un fijo. Las raíces profundas de la precariedad juvenil en España no se circunscriben a que las pasarelas del sistema educativo al mercado laboral estén mal diseñadas, sino que se extienden a la regulación laboral y la brecha (más bien muro) de costes que alimenta la temporalidad.

Sin embargo, los problemas que afrontan los jóvenes en el mercado de trabajo aún podrían tener otra causa: las carencias en el capital humano de los jóvenes. Este es el segundo ladrillo del muro que se explora en el libro. Si antes decíamos que hay quien piensa que los millennials son unos narcisistas porque el cambio tecnológico los ha hecho así ‒sus mayores innovaciones son los filtros de Instagram y el Candy Crush‒, los hay también que creen que, si son unos narcisistas, es porque el sistema educativo los ha hecho así. No es que a los padres no les falte culpa en esto, continúa el argumento, pero el motivo principal se halla en los desvaríos pedagógicos consagrados en las sucesivas leyes educativas desde 1970. Los jóvenes de hoy no encuentran trabajo porque ya no se estudian la lista completa de los reyes godos y se han suprimido las reválidas. Todo tiempo pasado fue mejor, al menos en el ámbito de la educación. ¿Seguro?

Dicho brevemente, la respuesta es no. Gracias a la universalización de la educación a partir de 1950, en la mayoría de países las nuevas generaciones sacan mejores puntuaciones en pruebas internacionales como PISA o PIACC. Esto es lo que lo que ocurre en España, que es el cuarto país donde los jóvenes aventajan en más puntos a los mayores en comprensión lectora. Si, en lugar de quedarnos en la anécdota, acudimos a los datos, no parece que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Más bien al contrario. El hecho de que, en el ámbito de la educación, cualquier tiempo pasado fuera peor no significa que todo esté bien. La educación es otro ladrillo en el muro, aunque no por los motivos que cantaba Pink Floyd. España es no sólo uno de los países con mayor abandono escolar temprano, sino también una de las democracias industriales con mayor tasa de repetición. Mientras que a nadie se le ocurriría decir que lo primero es una buena noticia, mucha gente piensa que la repetición es una medida que educa a los estudiantes en el esfuerzo y la exigencia académica. ¿Seguro?

Parece que no. Un trabajo que evalúa la eficacia de la repetición para mejorar el rendimiento concluía que repetir curso no sólo no mejora el rendimiento de los alumnos, sino que lo empeora y que las políticas de identificación temprana y refuerzo individual de los alumnos rezagados son más eficaces que la repetición. Peor aún, la repetición es una política que se ceba con los alumnos que llevan al colegio muchas otras cosas además del bocadillo en sus mochilas. De acuerdo con datos de la OCDE, mientras que más de la mitad de los estudiantes españoles provenientes de familias desfavorecidas ha repetido a los quince años, ese porcentaje no llega al 10% en el caso de los alumnos de familias acomodadas. Repetir es ineficaz e injusto y, además, parecen existir políticas que prometen mejores resultados. Pero esas políticas cuestan dinero. Es así como llegamos al tercer ladrillo del muro.

Además de un paro juvenil en niveles casi de récord, España tiene también una de las tasas de pobreza juvenil (e infantil) más elevadas de la OCDE. Una explicación que ha solido esgrimirse es que el Estado de bienestar no redistribuye demasiadas rentas. El tercer ladrillo en el muro sería, pues, lo que algunos han llamado el subdesarrollo social de España.

Pero, tal y como se explica en el séptimo capítulo, esto no es del todo exacto. No es que el Estado de bienestar no redistribuya, sino que lo hace mal. No todas las políticas del bienestar tienen como objetivo redistribuir rentas desde los más ricos hacia los más pobres. Prestaciones como las pensiones o el seguro de desempleo nos aseguran contra contingencias que nos impiden obtener ingresos (primarios) en el mercado. La compensación que recibiremos se calcula en función de nuestras contribuciones previas, de forma que cuanto más insiders hayamos sido, mayores serán también los pagos. La lógica no es redistributiva, sino aseguradora. Los Estados de bienestar que dedican una parte importante de sus políticas de bienestar a programas informados por el principio contributivo suelen ser escasamente redistributivos.

Como muestran los datos de Eurostat, en España el impacto de las transferencias en la reducción del riesgo de pobreza es notablemente mayor entre la población mayor de cincuenta y cinco años. Además, en la comparación con otros Estados de bienestar europeos, el español presenta un sesgo favorable a los mayores de cincuenta y cinco años más acentuado que la mayoría. Y, salvo que hagamos algo, la brecha intergeneracional en el Estado de bienestar va a hacerse cada vez más profunda, porque la pensión media de los recién jubilados es ya cien euros superior al salario medio de los nuevos empleados.

Ya sabemos cuáles son los ladrillos del muro. Más de uno estará impaciente por saber cómo derribarlo. Pero eso sería correr demasiado en el argumento, porque antes hemos de responder a la pregunta de por qué tendríamos que tirar el muro. Al fin y al cabo, la juventud es una cosa que se cura con el tiempo y, ¿quién no ha llevado alguna pizza en una scooter cuando tenía la cara llena de acné? Es posible invocar al menos dos razones por las que derribar el muro. Por un lado, ocurre que el muro, como el acné, muchas veces deja cicatrices. Los jóvenes que enlazan contrato precario tras contrato precario cuando acceden al mercado de trabajo tienen menores sueldos y mayores períodos de paro a lo largo de sus trayectorias laborales. Los contratos temporales no son pasarelas hacia la estabilidad, sino «cadenas de incertidumbre» (p. 71). Por otro lado, está la cuestión de que el sueño norteamericano de la movilidad social permanente comienza a ser eso, un sueño, y no sólo en Estados Unidos. Sabíamos que el porcentaje de niños que gana más que sus padres ha caído del 90% para la generación nacida en 1940 a poco más del 50% para los nacidos en 1985. Pero, de acuerdo con un trabajo reciente, parece ser que lo mismo o algo parecido está sucediendo en el Reino Unido. El pacto entre generaciones se basaba, al menos implícitamente, en una especie de creencia compartida según la cual las nuevas generaciones iban a vivir (siempre) mejor que las anteriores. Es posible que haya llegado el momento de decir que esa era una creencia demasiado naíf. Pero, ahora que nos hemos tomado la píldora roja y sabemos que el muro (ahora ya visible) va a contribuir a que las nuevas generaciones vivan peor que sus padres, ¿qué sentido tiene sufragar pensiones de dos mil quinientos euros con sueldos mileuristas?

Una de las ideas centrales del libro es que debemos renovar el pacto intergeneracional y derribar el muro. ¿Cómo se hace esto? El libro ofrece un manual de instrucciones para demoler sus partes principales. Con respecto al mercado laboral, la propuesta pasa por acabar con la dualidad mediante la adopción de un contrato único con indemnización creciente. Las reformas del Estado de bienestar deberían perseguir el triple objetivo de hacer más inclusivos los sistemas de transferencias, potenciar el papel económico de las mujeres y volver a un equilibrio generacional. En el ámbito educativo deberíamos demoler el muro de la repetición mediante clases de refuerzo e intervenciones socioemocionales.

La crisis ha provocado muchos cambios en España. Hace tan solo diez años, si uno quería leer un análisis en poco más de mil quinientas palabras sobre los resultados de las elecciones vascas o la última sentencia del Tribunal Constitucional, no tenía muchas otras opciones además de las tribunas de la prensa en papel. El aumento del interés por la actualidad política y económica generado por la crisis ha alargado el menú de las opciones. Pero no se trata sólo de una cuestión cuantitativa, sino que algunos de esos medios nacidos de o alimentados por la crisis han llegado para quedarse y contribuir a elevar el nivel del debate público. Como ocurre con su blog, este libro de Politikon es una mezcla excelente de rigor y vocación de llegar a todos los lectores. Es decir, un ejemplo excelente de divulgación científica. Entrad en el blog, pero entrad también en la librería del barrio y compraos el libro.

Borja Barragué es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de Desigualdad e igualitarismo predistributivo (Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2016).

23/04/2018

 
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