RESEÑAS

El maestro se explica

Gabriel Tortella
Capitalismo y Revolución. Un ensayo de historia social y económica contemporánea
Madrid, Gadir, 2017
550 pp. 21,50 €

Tras una dilatada vida académica puede afirmarse, sin incurrir en exageración alguna, que Gabriel Tortella ocupa en la Historia Económica un lugar comparable al que en su momento tuvieron otros grandes maestros en disciplinas afines: José Antonio Maravall o Luis Díez del Corral en la Historia del Pensamiento, Antonio Domínguez Ortiz en el campo de la Historia Moderna, José María Jover o Miguel Artola en el ámbito de la Historia Contemporánea, o el siempre vigente Juan José Linz en ese territorio impreciso e interdisciplinar a caballo entra la Ciencia Política, la Sociología y la propia Historia. Porque Tortella ha sido un historiador lúcido, trabajador incansable y forjador del que puede considerarse uno de los mejores grupos de historia económica de nuestro país, nutrido con nombres como Pablo Martín Aceña, Leandro Prados de la Escosura o Francisco Comín, entre otros. La influencia de estos autores sobre el conjunto de la historiografía, encabezados por su propio maestro, resultó decisiva en la dinamización que experimentaron los estudios históricos en España a caballo entre los años ochenta y noventa, posiblemente el período más brillante de la ciencia histórica en nuestro país, cuando los intercambios mutuos entre las diferentes especialidades (historia política, social, económica, de las ideas) se cultivaron de manera incansable, antes de caer en la hiperespecialización y en las últimas modas que se han impuesto y que nos han empobrecido en los últimos lustros.

En Capitalismo y Revolución, una reedición ampliada y nutrida con nuevas reflexiones de su anterior ensayo titulado Los orígenes del siglo XXI (2005), Tortella hace gala de esa vocación multidisciplinar al ofrecernos un recorrido por los últimos trescientos años desde la historia económica y social, pero sin olvidarse de la dimensión política en su mirada sobre ese pasado. Aun cuando reconoce honestamente sus propias limitaciones, está convencido de que la historia económica es un campo intelectual que «sirve de punto de encuentro de varias ciencias sociales». Y así lo plasma en este libro, donde se lanza a explicar de forma convincente las claves del espectacular desarrollo experimentado por la humanidad desde mediados del siglo XVIII para concluir preguntándose, con cierto afán predictivo, por los desafíos que le esperan en los albores del presente milenio.

Que Tortella inicie su libro con el recurso a conocidas citas de Marx y Engels puede despistar al lector, dada la evidente distancia intelectual que existe entre él y esos clásicos del pensamiento revolucionario, cuya teoría económica considera más que muerta, aun cuando postule que «su visión histórica sigue teniendo una considerable validez». En realidad, la apelación a tales clásicos no es sino una forma de aventurar la importancia que han tenido los factores materiales, la geografía, la demografía, pero también la ciencia y la técnica como motores de la economía y la sociedad en los últimos siglos, a pesar de que estime que «las profecías de Marx quedan hoy pálidas ante las de Malthus», cuando el espectro de la superpoblación parece amenazar el futuro próximo de la humanidad.

En verdad, Tortella se remonta bastante más atrás del siglo XVIII para encontrar las razones de la inapelable superioridad técnica y económica de Europa a partir de esa centuria, situándolas en hechos dispares: físicos y geográficos, pero también la difusión de determinados avances técnicos, el desarrollo militar bajo el feudalismo, el bajo crecimiento demográfico, que en sí mismo constituiría un incentivo para la innovación tecnológica, y la misma fragmentación política de Europa, que, por un lado, favoreció la competencia entre Estados y, por otro, facilitó la pérdida de poder de la Iglesia frente al poder secular. Como no podía ser menos, un punto de inflexión capital en esta evolución la detecta Tortella en las revoluciones antiabsolutistas del siglo XVII, la holandesa y la inglesa, con el trasfondo de sus singularidades ‒y ventajas‒ geográficas, que abrieron las puertas a un cúmulo de circunstancias (cambios en la agricultura, incremento del comercio marítimo, desarrollo del parlamentarismo, florecimiento intelectual) fundamentales para entender su liderazgo posterior, sobre todo en el caso de Inglaterra. Ambas revoluciones preludiaron las grandes transformaciones que cristalizaron a ambos lados del Atlántico entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, en virtud del proceso de independencia de las colonias en el norte de América, las revoluciones liberales en Europa (a la sombra de la gran experiencia francesa) y sus homónimas en el mundo iberoamericano.

Todo este conjunto de cambios revolucionarios es lo que Tortella incluye bajo la denominación de «Primera Revolución Mundial», ese momento decisivo en la historia humana a partir del cual se forjaron sociedades y economías más libres, al albur de las ideas ilustradas y la caída de las monarquías absolutas que provocaron. Tales cambios se dieron en países poco industrializados, aun cuando corrieran a la par de la llamada «revolución industrial», que tuvo su principal desarrollo inicial de nuevo en Gran Bretaña, el país que se alzó ahora como uno de los principales muros de contención de los procesos revolucionarios. Amén de los meros cambios tecnológicos, sin duda importantes, la clave del crecimiento económico que se disparó a partir de entonces la sitúa Tortella en la innovación comercial ligada a los progresos de la libertad política (en forma, sobre todo, de monarquías constitucionales).

Nuestro autor, siguiendo en realidad la estela de Marx, aunque desde una valoración mucho más positiva, no puede menos de mostrar su gran fascinación por las décadas que siguieron a esas transformaciones radicales en la economía, la estructura social, la vida política, la ciencia y la técnica. Porque lo que se evidencia una vez más en este libro es que el avance de las ideas liberales y de la economía de mercado («el capitalismo») supuso un progreso sin precedentes para la humanidad. A diferencia de sus feroces críticos, y frente a tantos prejuicios todavía vigentes en algunos círculos, Tortella enfatiza las enormes posibilidades redistributivas, el progreso y la movilidad social que propició el capitalismo en los cien años que precedieron a la Primera Guerra Mundial: «no sólo produjo un crecimiento económico que prolongó y superó cuanto Marx y Engels habían visto y ensalzado en la primera mitad del siglo XIX, sino que ‒no podía ser de otra manera‒ a la larga mejoró los niveles de vida incluso de las clases trabajadoras más humildes» (p. 91). Ello fue consecuencia directa de la liberación de la economía (la tierra, el comercio), el establecimiento del patrón oro, la afirmación de sistemas bancarios y financieros modernos, así como del asentamiento de sistemas políticos representativos que aseguraron la seguridad jurídica, la propiedad privada y la igualdad ante la ley.

Que el impacto social inicial de las transformaciones económicas tuvo efectos perniciosos en algunos sitios, sobre todo como consecuencia del avance del industrialismo y el éxodo campesino en Inglaterra, dando pie a una intensificación de la lucha de clases, no lo niega Tortella. Pero, aparte de subrayar que el caso inglés resulta difícilmente extrapolable a otros países, a medio y largo plazo los efectos resultaron satisfactorios de forma generalizada, percibiéndose en una mejora impresionante del nivel de vida de la población y un no menos espectacular crecimiento demográfico. El mismo hecho de que los postulados revolucionarios retrocedieran en los países económica y políticamente más avanzados desde finales del siglo XIX evidencia, no ya el fracaso de las predicciones más radicales de tales mensajes, sino el acomodamiento de las clases trabajadoras en un sistema económico que, además de garantizarles un mayor bienestar, posibilitó de forma creciente el reconocimiento de mayor libertad política, avances democráticos incontestables y el desarrollo de unas políticas sociales cada vez más ambiciosas. Desde tales premisas, el período de la denominada «Belle Époque» ejemplificó como ningún otro anteriormente los enormes beneficios del crecimiento económico acarreado por los cambios revolucionarios iniciados un siglo antes.

Pero que no fue oro todo lo que relució se puso de manifiesto en los nuevos monstruos que amparó ese espectacular proceso de modernización: el nacionalismo autoritario y su hermano gemelo, el imperialismo, que entraron en escena en los decenios previos al estallido de esa conflagración bélica que se produjo en 1914, dando la puntilla al mundo liberal. Precisamente es ahí donde, con lucidez, sitúa Tortella otro punto de inflexión decisivo en la historia de la humanidad, que le permite hablar de la «Segunda Revolución Mundial», todo un final de era que no dejó de alumbrar un tiempo nuevo. Cuando nuestro historiador habla de «Revolución», en modo alguno está pensando en la revolución bolchevique, ni menos aún en el fascismo, esas dos grandes alternativas antidemocráticas que irrumpieron en el período de entreguerras, poniendo en jaque a las democracias representativas. Para Tortella, ambos fenómenos cabe considerarlos experiencias aberrantes cuyo fracaso histórico pocos discuten ya, por más que la sombra ‒y los estrepitosos fracasos‒ del bolchevismo se prolongaran hasta finales del siglo XX. Al hablar de «Segunda Revolución Mundial», Tortella está pensando en los procesos de cambio económico, social e institucional impulsados por la Gran Guerra de forma silenciosa y que, a la postre, configuraron el «orden social-demócrata». Un orden que ha definido al mundo occidental, de forma inequívoca, desde 1945, al amparo de las teorías de su principal mentor, el economista británico John Maynard Keynes.

Ni siquiera la crisis económica de los años setenta, ni menos aún la oleada neoliberal comandada por Milton Friedman (y sus baluartes políticos, Margaret Thatcher y Ronald Reagan) habrían liquidado la vigencia de ese modelo por el que nuestro autor siente especial fascinación al socaire del espectacular éxito cosechado en las tres décadas «gloriosas» posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Unos éxitos y un crecimiento económico sostenido que repercutió positivamente, a excepción de los regímenes comunistas, más allá de Occidente, incluidos los países del llamado Tercer Mundo constituidos tras la descolonización. A juicio de quien suscribe, es aquí precisamente, en la exploración del mundo subdesarrollado, donde radican algunos de los comentarios y análisis más lúcidos de todo el libro. Porque todos esos países también experimentaron el crecimiento económico, pero un entorno natural no muy favorable, unido a un dirigismo político acusado, el cierre frente al mercado exterior, el fenómeno de la explosión demográfica y la escasa inversión en educación impidieron en muchos casos el acceso a mayores cotas de bienestar.

Pero, en la Europa Occidental, el Estado del Bienestar, principal herencia del «orden socialdemócrata» afirmado a partir de 1945, ha aguantado contra viento y marea, por más que el gigantismo desmedido alcanzado antaño se haya racionalizado, disminuyendo en particular su peso en el sector público. Ni siquiera la última gran crisis económica, a la que Tortella dedica brillantes páginas, ha dado al traste con él. Como tampoco se ha acabado con el mercado, ni parece que haya visos serios que lo cuestionen, por más que la retórica populista renacida recientemente pretenda dibujarnos otro escenario. Tras la caída de los regímenes comunistas europeos hace un cuarto de siglo, la mayoría de los países se han plegado al capitalismo «renovado», ya sea al amparo de desarrollos democráticos (Europa Oriental, América Latina, la India y partes concretas del Extremo Oriente y de África) o bajo fórmulas despóticas y autoritarias (Rusia postsoviética, la China heredera de Mao). Significativamente, Tortella nos indica que la salida de la crisis de 2007, que él considera superada después de diez años de vigencia, aunque muchas de sus secuelas sigan presentes, ha sido más rápida en Estados Unidos que en Europa. Ello guarda relación con la discutible política de austeridad impuesta por Alemania al resto de la Unión Europea, una política muy alejada de los planteamientos keynesianos originarios.

¿Qué perspectivas aguardan a la humanidad en los próximos decenios? ¿Estamos ante un sombrío futuro? Como buen y ponderado historiador alejado de todo catastrofismo, al hacer balance del recorrido realizado en los últimos tres siglos, Tortella considera que nunca el ser humano ha vivido mejor que en la actualidad. El crecimiento económico y el demográfico han sido verdaderamente revolucionarios. Los niveles de bienestar, seguridad y la calidad de vida, entre otros indicadores, no tienen parangón con ninguna otra época. Las innovaciones técnicas y los avances científicos acumulados de manera sostenida constituyen una de las claves explicativas de estas conquistas. El crecimiento económico ha traído consigo también el cambio social y, en muchos sentidos, los avances políticos y las mayores cotas de libertad. Los dos impulsos decisivos los encontramos en las dos grandes revoluciones indicadas. A estas alturas, ni los determinantes geográficos suponen un obstáculo infranqueable. Países con un medio adverso y sin grandes recursos naturales han salido adelante en virtud del desarrollo de su capital humano. Sobran, por tanto, las razones para mirar con cierta confianza al inmediato futuro.

Pero Tortella nos advierte contra un optimismo excesivo, porque también hay motivos de preocupación al haberse puesto en marcha mecanismos que pueden ocasionar efectos contraproducentes: «hemos desencadenado fuerzas que en un principio resultaban beneficiosas pero que a la larga pueden volverse contra nosotros». Y aquí es donde a nuestro autor le sale el maltusiano que lleva dentro, muy a su pesar. Porque el gran desafío que a su entender tenemos por delante es el de la pobreza y la superpoblación que se ciernen sobre amplios espacios del mundo, causantes de un círculo vicioso infernal: «la pobreza crea superpoblación y escasa inversión en capital humano, lo cual a su vez es causa de pobreza». Las advertencias maltusianas «cobran relevancia en el siglo XXI, mucha más de la que tuvieron a las puertas del XIX”. Incluso si se diera el caso improbable de que estas regiones se desarrollaran pronto, no sabemos si eso sería compatible con la conservación del medio ambiente, ya muy seriamente dañado por los hábitos de consumo y producción en los países desarrollados: «La amenaza a la integridad de la nave espacial Tierra es cada vez más palpable y nos coloca en una difícil disyuntiva».

Fernando del Rey Reguillo es catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense. Sus últimos libros son Paisanos en lucha. Exclusión política y violencia en la Segunda República española (Madrid, Biblioteca Nueva, 2008) y El poder de los empresarios. Política y economía en la España contemporánea (1875-2011) (Barcelona, RBA, 2011), escrito con Mercedes Cabrera. Ha coordinado el volumen colectivo Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española (Madrid, Tecnos, 2011) y, con Manuel Álvarez Tardío, The Spanish Second Republic Revisited. From Democratic Hopes to Civil War (1931-1936) (Brighton, Sussex Academic Press, 2011) y Políticas del odio. Violencia y crisis de las democracias en el mundo de entreguerras (Madrid, Tecnos, 2017).

29/01/2018

 
COMENTARIOS

pablo martin-aceña 31/01/18 15:00
Esplendida reseña del libro de Tortella, ciertamente el maestro y académico más brillante en el ámbito de la historia económica, sin cuyas aportaciones la disciplina habría avanzado poco.



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