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No, no todo lo cura el tiempo

No te veré morir

Antonio Muñoz Molina

Barcelona, Seix Barral, 2023

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Hay escritores que apuestan por la narración y otros que, al modo de orfebres, recuperan brillos o pulen las palabras como si tuvieran entre manos perlas antiquísimas. A esta última especie pertenece Muñoz Molina, tan sensible a su voz interior como, por ejemplo, a la luz que tiembla en las hojas de los árboles. O al asedio incansable de la insania, capaz de cercar, hasta anularlo, al sentido común. En su caso, además, no hace falta justificar ni medir nada: ahí están sus libros, su trayectoria, que prueba su capacidad para contar, con su prosa tersa y lírica, nuestra intrahistoria más reciente. Y sus artículos dominicales, en los que muestra independencia de criterio y, especialmente, un acusado sentido de la pulcritud estética.

No te veré morir, la última novela del académico, narra, empleando perspectivas desacostumbradas, una historia de amor convencional que transcurre en tiempos y espacios diversos. Aparece el Madrid apagado ―áspero― de la última parte del franquismo ―con su negrura, dirá Muñoz Molina, y su olor otoñal―; y el paisaje más moderno y aseado de Estados Unidos, adonde acude el protagonista con la intención de sacudirse la estela mortuoria y senil de aquí. Esa decisión de dejar atrás España interrumpe la locura pasional que ata a Gabriel Aristu, aficionado a la música, con Adriana Zuber. Uno y otra representan actitudes contrapuestas: la dudosa, pusilánime y timorata, que se niega a soltar las amarras de los convencionalismos, y la exuberante de Zuber, abierta y libre.

La lejanía aparentemente cura la fiebre de esos encuentros amorosos y con el tiempo reconstruyen su vida ―Aristu en América, en el campo de los negocios; Adriana, en Madrid― sin mucha dificultad. Los años y los azares matizan necesariamente el fervor de esa primavera enamoradiza. Pero ya adultos, con la existencia enderezada, Gabriel tiene noticia de Zuber por casualidad, gracias a un profesor español afincado en Estados Unidos con el que traba amistad. Entonces, siente en su interior el desgarrón de la memoria e irrumpe en sus sueños el soliloquio obsesivo de lo que pudo ser y no fue.

Muñoz Molina toca temas de indudable complejidad, sin resolverlos, claro está, pues su relato apunta y extrema la potencia sugestiva. Por un lado, trata, aunque casi de soslayo, esa dualidad trágica entre el peso que tienen los otros en nuestras decisiones y aquello a lo que uno, en su intimidad, se siente llamado. Esta pugna en la narración ahoga el talento artístico del protagonista, aunque sin marchitarlo de forma definitiva. Ahora bien, para triunfar en la batalla es indispensable el arrojo y si Aristu adolece de algo es de cobardía, precisamente. Su apocamiento, su inclinación a aferrarse, por paradójico que pudiera parecer, a la indecisión, le llevan a cerrar de un portazo, aun cuando resultara prometedora, su relación con Zuber, del mismo modo que se desprende de los instrumentos para realizar el sueño de sus progenitores. Se pliega, pues, a cumplir las expectativas de quienes le rodean, condenándose a una existencia vicaria, en la que las preferencias propias sucumben frente a las ajenas.

Parece, sin embargo, que el propósito de Muñoz Molina era desmentir la esperanza a la que se adhieren quienes pecan de irresolución, es decir, que todo lo sana el tiempo. Sucede, como muestra la novela, lo contrario: los demonios y las frustraciones del pasado vuelven una y otra vez para hacer doloroso el transcurrir de los días. Las heridas supuran y se abren y dilatan, agigantándose con ella el bello recuerdo de Zuber y destrozando la cotidianeidad del ejecutivo serio y formal que es Aristu. La inquietud y los augurios suscitados por la memoria le impulsan a buscar el reencuentro, aunque los años no pasan en balde y, en lugar de Adriana, se le presenta su imagen escuálida y enferma.

«Has tardado casi cincuenta años»; con estas palabras, a medio camino entre el reproche y la ilusión nostálgica, recibe a Aristu su amante, consumida por un cáncer inmisericorde. Lo que acontece no se puede contar; baste decir que Muñoz Molina se pregunta, en la descripción de esas citas postreras, arrancadas a la muerte, si acaso es posible recuperar las horas que las vacilaciones han hurtado y hasta qué punto el amor puede transmutarse en compasión o enredarse en un mar de confusión y angustia hacia quien sufre.

Junto a estas honduras, que en estas páginas no tienen intención de tratar exhaustivamente, destaca el virtuosismo formal, especialmente de la primera parte, que consta de una larga frase que se extiende, sin puntos ni treguas, a lo largo de, exactamente, 73 páginas. En la novela hay guiños musicales, como si el escritor hubiera tenido intención de explorar la semejanza entre los géneros y hubiera dotado al relato de un ritmo característico. Se ha dicho, y con razón, que es una obra que recuerda mucho a la escritura de Marías, sin que eso suponga desmerecer el esfuerzo y la singularidad del jienense.

Algunos críticos han afirmado que la historia entre Aristu y Zuber tiene escaso recorrido, pero si se piensa bien hay pocas obras que consigan redimensionar temas clásicos con soltura, sin incurrir en el pastiche. Y no se puede decir que Muñoz Molina tienda al kitsch. Entre Zuber y Aristu hay un aroma algo antiguo, clásico, pero eso mismo es lo que acerca su historia al lector. Menos acertada es la presencia de esa retórica de vencedores y vencidos algo simplista a la que tiende inconscientemente el novelista y su admiración por lo yanqui, con préstamos lingüísticos e idealizaciones culturales, por desgracia, bastante tópicas. Nada de eso, en cualquier caso, resta valor a este fino trabajo que, con lirismo y hermosa dilación, se inmiscuye en las entrañas de la desmemoria, la persistencia de los recuerdos y el amor.

José María Carabante es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y colaborador en varios medios culturales.

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Unas manos sostienen un vencejo. Imagen: Nine Koepfer
Unas manos sostienen un vencejo. Imagen: Nine Koepfer

Ficha técnica

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