Niebla

Bajé del autobús a las tres de la tarde. En plena ola de calor, Algar de las Peñas ofrecía una tregua. En relación a Madrid, había cuatro grados menos. Treinta y cuatro en vez de treinta y ocho. Cuatro grados representaban una gran diferencia. Avanzar por sus calles empedradas no resultaba tan penoso como recorrer el asfalto de la ciudad o el de mi pueblo, una localidad de ocho mil habitantes a unos cuarenta kilómetros de Madrid, con una iglesia herreriana y un enjambre de casas que trepan por una pequeña colina, buscando la altura desde la que pueden divisarse la sierra de Guadarrama y los rascacielos de la Castellana. Me detuve unos instantes delante de la iglesia del padre Bosco y noté el frescor que salía de su interior, una penumbra de color ceniza que exhalaba paz y misterio. Parecía el lugar ideal para huir de muchas cosas: del calor, de la ansiedad, del tiempo y sus estragos. Continué caminando y observé la fachada del bar de Martín, con su aspecto de haberse quedado atrapada en los años cincuenta. Su perro «Viriato» se lamía las patas delanteras, sin mostrar ninguna curiosidad por lo que sucedía alrededor. Parecía felizmente ensimismado, con esa serenidad que solo podemos hallar en las conciencias donde la muerte ni siquiera se insinúa como posibilidad. Llegué por fin a la vivienda del padre Bosco, una casa humilde con un pequeño patio detrás. La pizarra contrastaba con el verde de la sierra despuntando sobre el tejado. Llamé a la puerta y esperé. A los pocos segundos, escuché unos pasos vigorosos que delataban la envergadura del sacerdote.

-Le esperaba –dijo el padre Bosco, abriendo la puerta con gesto de preocupación-. ¿Ha decidido qué va a hacer conmigo? Tengo la impresión de que me he convertido en un estorbo.

-Vengo a hablar del tema –respondí, alzando una mano-. ¿Me permite pasar?

-Adelante, Narbona. Acompáñeme al patio. He preparado una jarra de limonada. Está fresquita. ¿Quiere compartirla conmigo?

-Será un placer.

El patio era pequeño pero acogedor. Nos sentamos en unas sillas de plástico, aprovechando la sombra de una pequeña higuera.

-Esta higuera da frutos –dijo el sacerdote-. No se parece a la del evangelio.

Durante unos segundos, permanecimos en silencio. El padre Bosco se secó el sudor de las sienes con un enorme pañuelo blanco y yo intenté refrescarme, abanicándome con un periódico local que había recogido en el autobús.

-¿Va a acabar conmigo ahora que ha perdido la fe? –preguntó el sacerdote, pestañeando ligeramente.

-No sé qué hacer –contesté, evitando mirarle a los ojos-. Usted me cae muy bien. Eso sí, me sorprendería que la muerte le inspirara temor.

-No creo en la muerte, pero me he acostumbrado a vivir en Algar de las Peñas y no me apetece marcharme de aquí. Tengo buenos amigos y una rutina muy grata.  

-No se preocupe –repuse-. Seguirá flotando en internet, al menos mientras exista esta revista. Y es posible que pase al papel dentro de unos meses. Perdurará de un modo u otro.

-Pero si me mata, ya no habrá nuevas aventuras y la verdad es que siento curiosidad por el futuro. Creo que aún me quedan muchas cosas por hacer.

-Eso no depende de usted, sino de mí.

-¿Le gusta jugar a ser Dios?

-No, no es eso. Es que estoy confuso.

-Dígame, ¿por qué ha perdido la fe?

-Nunca creí la parte sobrenatural. Jamás pensé que realmente me reencontraría con mis difuntos y disfrutaría de la eternidad. Me atraía la dimensión moral, el hecho de que Jesús protegiera a la adúltera, curara a los enfermos, desafiara a los poderosos y compartiera la mesa con los pobres y las mujeres. Me parecía una idea genial que Dios se encarnara en el hijo de un humilde carpintero y entrara en Jerusalén en un borriquillo, parodiando a los grandes conquistadores.

-Usted fue comunista, Narbona. ¿No ha oído que el marxismo es una herejía del cristianismo?

-Eso es lo que decía Raymond Aron.

-Es normal que se acercara al cristianismo después de desengañarse del marxismo. Busca una idea que le ayude a soportar la imperfección de la vida. El marxismo y el cristianismo prometen el paraíso.

-Tiene razón. Tal como es, la vida me produce insatisfacción.

-El marxismo tenía razón en algunas cosas, como en lo referido a las condiciones de vida de los trabajadores, pero al final se reveló como una ideología dañina –dijo el padre Bosco, ahuyentando una mosca con la mano-. Ya sabe lo que sucedió en la URSS, con su tristemente famoso archipiélago Gulag. En cambio, el cristianismo aporta muchas cosas positivas, pese a los indudables errores de la iglesia.

-No estoy tan seguro –objeté-. Ahora mismo es un imán para los sectores más reaccionarios. Leonard Cohen decía: «A veces uno sabe de qué lado estar simplemente viendo quiénes están del otro lado». El papa Francisco está intentando modernizar la iglesia y la mayoría de los católicos se han revuelto contra él. Algunos hasta rezan pidiendo su muerte.

-Es una desgracia, pero usted sabe que no todos los católicos son así. De hecho, conoce a sacerdotes entusiasmados con Francisco y volcados en el servicio a los demás.

-Sí, pero son una minoría y casi todos han rebasado los sesenta años. El resto ha reducido la fe a la oposición al preservativo, el matrimonio gay, la eutanasia y el aborto.

-Hans Küng era sacerdote y defendía la eutanasia –objetó el padre Bosco-. Ivone Gebara, que es monja, apoyó el aborto. Y los obispos alemanes han bendecido a parejas gais, desafiando a los sectores más conservadores. El panorama es más complejo de lo que usted describe.

-Küng y Gebara sufrieron las iras de Roma y los obispos alemanes han sido acusados de luteranos y cismáticos. La mayoría de los católicos va por otro lado. Me siento muy incómodo en su compañía. No quiero ser uno de ellos.

-¿Y por eso va a matarme?

-Quizás.

-¿Cómo se siente ahora que se ha alejado del catolicismo?

-Más libre…

-Titubea. Tal vez no se atreve a decir que también experimenta cierto desamparo, cierta orfandad.

-Sí, es cierto. Ahora pienso que la muerte es realmente la última palabra.

-En realidad, siempre lo creyó –dijo el padre Bosco, rellenando los vasos con más limonada-. Tendré que hacer más. Nos hemos bebido la jarra en un santiamén.

-Me conoce bien –admití-. Es normal. Ha salido de mi imaginación.

-Es cierto. Solo somos dos sobre el papel. De todas formas, no se desvíe del tema. Hablábamos de la muerte. ¿Recuerda lo que decía Kierkegaard? «Si Dios no existe, ¿qué podría ser la vida sino desesperación?».

-Nunca llegué a creer en la inmortalidad personal, pero pensé que era necesaria.

-Imposible pero necesaria.

-Exacto. La inmortalidad sería un postulado. Algo que presuponemos para evitar injusticias escandalosas. Tiene que haber un mañana para las víctimas de la Shoah, los campos de la muerte de Camboya o el genocidio de Ruanda. Si no es así, la historia es una pesadilla.

-¿Y no piensa en su propia inmortalidad? Sea sincero. Mientras reflexiona, voy a por una jarra de agua. Podré cubitos de hielo y exprimiré un par de limones. Piense la respuesta con tranquilidad.

Durante unos minutos, me quedé solo, con la sombra de la higuera esparcida por mi rostro, como una especie de araña benévola. Algar de las Peñas es un pueblo con un encanto suave, como un buen vino que baja por la garganta con delicadeza, desprendiendo sabores rebosantes de matices. No merece ser borrado de un plumazo. Algunos de mis mejores recuerdos se encuentran en ese lugar.

El padre Bosco volvió con una jarra de limonada. Uno de los faldones de la camisa sobresalía, como la lengua de un perro que ha corrido hasta extenuarse.

 -¿Ya ha encontrado una respuesta?

-Creo que sí. Me angustia la pérdida de mis seres queridos. Me resulta insoportable pensar que mis padres y mis hermanos han desaparecido por completo, que ya solo son cenizas en una urna o podredumbre bajo una lápida, pero mi inmortalidad no me preocupa tanto. Si pudiera compartirla con las personas a las que he querido más, como mi mujer, sí me gustaría disfrutar de ella, pero si no es así, prefiero desaparecer.

-Escribió un largo artículo sobre San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. ¿No cree que el sacerdote de Valverde de Lucerna tenía razón? ¿No es mejor vivir engañado? El escepticismo produce infelicidad. Millones de personas necesitan antidepresivos, ansiolíticos u otras drogas para soportar el día a día. ¿No es mejor vivir con esperanza?

-¿Aunque sea falsa?

-Sí. La verdad está sobrevalorada.

-Habla como un cínico.

-No me interprete mal. Pienso que aferrarse a un rosario o a una estampa de la Virgen es mejor que intoxicarse con psicofármacos. La fe es como el vino. Reconforta. ¿Por qué privarse de ese consuelo?

-La fe también culpabiliza.

-En eso tiene razón, pero el secreto está en saber vivirla, lejos de miedos y prejuicios. Ama y haz lo que quieras. La verdadera fe solo es eso. Lo demás, sobra.

-¿Qué me dice del silencio de una iglesia o una liturgia con canto gregoriano? ¿Eso también sobra?

-No me refiero a esas cosas, que añaden belleza y misterio, sino a los dogmas que abruman al ser humano, haciendo que sienta mezquino y miserable.

-Esos dogmas están muy vivos. Solo tiene que escuchar la homilía de uno de esos sacerdotes jóvenes con nostalgia de la misa tridentina.

-No creo que yo merezca morir por culpa de esos jóvenes con ideas del siglo XVI. ¿Qué va hacer conmigo?

-Esperar. Aprovecharé el mes de agosto para reflexionar.

-No voy a suplicarle, pero le ruego encarecidamente que no me asigne un destino extravagante. No quiero transformarme en una caricatura.

-Tengo que marcharme.

-¿Por qué?

-Se ha hecho tarde y puedo perder el autobús.

-Quédese a dormir. Invitaré a Julián. Podremos continuar la conversación.

-Me parece una buena idea. Creo que un anarquista añadirá a nuestro encuentro un saludable toque subversivo. Será como participar en una reunión de conspiradores.

Hablamos hasta la madrugada, discutiendo amigablemente. Conspiramos, reímos y bebimos, pero no en exceso. Nos retiramos a dormir con una sonrisa en los labios, satisfechos de haber compartido unas horas bajo el cielo de Algar de las Peñas. Mientras conciliaba el sueño, pensé que me gustaría vivir en ese pueblo tan bonito, donde la vida y la muerte dependían de la imaginación y no de la insidiosa realidad.

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Ficha técnica

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