«¡Los rusos! ¡El imperialismo soviético!». Una mirada desde el otro extremo del mundo

Rusia hoy

Martín Baña

Buenos Aires, Siglo XXI, 2025

176 págs.

Quien no extraña el comunismo no tiene corazón. De la disolución de la Unión Soviética a la Rusia de Putin

Martín Baña

Buenos Aires, Crítica, 2021

288 págs.

El dominio del amo. El Estado ruso, la guerra con Ucrania y el nuevo orden mundial

Claudio S. Ingerflom

Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2022

214 págs.

Obertura

Hay un acto de Les Luthiers llamado «La comisión (Himnovaciones)». Si todavía no lo identifican, es el de «¡los políticos, los políticos!». El disparador es un presidente que busca cambiar el himno nacional para adaptarlo a la actualidad. Entre otras cosas, plantea «cambiar de país enemigo», porque España es un «país muy querido» y la gente necesita otra nación «a quien odiar». La primera propuesta del músico encargado de la tarea es, obviamente, «¡¡los rusos!! ¡¡El imperialismo soviético que intenta cambiar nuestro tradicional estilo de vida occidental y cristiano por otro, totalmente fuera…!!». El discurso remite a una narrativa de la Guerra Fría. De hecho, «los políticos» le recuerdan que «ya cayó el muro de Berlín» y que «no existe más la Unión Soviética».

Tal vez este acto de Bromato de Armonio de 1998 podría haberse incluido en la introducción de Rusia hoy, el último libro del historiador argentino Martín Baña. Baña acompaña las tres partes de su obra con apuntes de su línea de investigación en torno a la música y los intercambios culturales entre la Unión Soviética/Rusia y Argentina. De hecho, comienza con la obra musical de Agustín Magaldi, quien componía letras sobre «un país que resultaba tan lejano como exótico», Rusia. Esta presencia musical es un agradable hilo para la lectura de un libro breve, pero intenso e importante en nuestro contexto.

Rusia hoy busca responder a una pregunta fundamental de la política mundial: ¿qué hacer con Rusia? En 1951, Carl Schmitt recordaba que la impresión por la victoria rusa sobre Napoleón generó un pronóstico de política exterior, un diagnóstico cultural y un paralelismo histórico. El autor del pronóstico de política exterior es Alexis de Tocqueville, quien sostuvo que quedaban sólo tres naciones capaces de poseer una verdadera política exterior: Estados Unidos, Inglaterra y Rusia. El diagnóstico, también de Tocqueville, era que los cambios políticos y los avances técnicos producirían una centralización administrativa y política a escala internacional. En palabras de Schmitt, «la humanidad se va centralizando, industrializando y mecanizando». El paralelismo se halla en varios autores, pero Schmitt lo toma de Donoso Cortés: las revueltas de mediados del siglo XIX europeo podían parangonarse con las guerras civiles de Roma y del cesarismo.

De los tres puntos, el que más me interesa es el pronóstico de política exterior. No importa realmente su acierto o no, sino el hecho de mostrarnos algo obvio: desde el siglo XIX hasta nuestros días, no es posible entender la política mundial ni formular una política exterior sin entender Rusia. El problema es, según Baña, que todo lo referido a Rusia está atravesado por dimensiones emocionales que provienen de la Guerra Fría. Esto explicaría, por caso, por qué todavía se invoca el fantasma del comunismo para hablar de la Rusia de Putin.

Una mujer, sobre el muro de Berlín, saluda sus familiares en Berlín-Este, 1961. Wikimedia
Una mujer, sobre el muro de Berlín, saluda sus familiares en Berlín-Este, 1961. Wikimedia

Esta observación de Baña invita a pensar si las emociones que se tienen sobre Rusia pesan más al momento de pensar su política que sobre otros países. Porque lo cierto es que el análisis sobre la política interna, la historia, la cultura o la política exterior de Estados Unidos, por mencionar la némesis, también está atravesado por emociones, algunas de las cuales provienen de la Guerra Fría. Como en el caso de Rusia, esas emociones acercan y alejan posiciones con respecto al país, pero es innegable que existen y condicionan las actitudes de políticos, analistas y la población en general.

Sea como fuere, Baña aborda la actualidad de Rusia desde tres ángulos: 1) las reapropiaciones y reinterpretaciones sobre el comunismo, tanto dentro como fuera de ese país; 2) el sempiterno debate sobre el «inevitable» autoritarismo ruso; 3) el rol internacional de Rusia a partir de la discusión sobre su carácter imperialista.

La primera cuestión fue el tema de Baña en otro de sus libros, titulado Quien no extraña al comunismo no tiene corazón, remisión a una frase de Putin, quien dijo que «quien no lamenta la disolución de la Unión Soviética no tiene corazón, pero quien quiere restaurarla en su forma anterior no tiene cabeza». El título debe haber generado no pocos malentendidos, ya que podría hacer pensar que el autor extraña el comunismo. En verdad, alguna nostalgia del comunismo hay, como explicita en el final, aun cuando no sea de la Unión Soviética. La URSS «se erigió en nombre del comunismo», dice Baña, pero estuvo «lejos de serlo, al menos en sentido emancipatorio». En línea con lo que ha insistido Enzo Traverso, Baña aspira a restituir ese potencial emancipatorio de la tradición comunista, aun cuando las experiencias comunistas hayan sido un motor para emanciparse de ellas. Esta nostalgia no debe confundirse con otra que trata en el capítulo dedicado al comunismo en Rusia hoy: la del «comunismo chic». Una nostalgia por el periodo soviético similar a la Ostalgie de la Alemania oriental.

El segundo problema es el del autoritarismo. La idea de una condena inevitable de los rusos a vivir bajo gobiernos autoritarios, sean zares, líderes comunistas o primeros ministros en sistemas sin garantías mínimas de democracia liberal. Es la antediluviana tesis del hilo ostensible que uniría a Iván el Terrible con Putin. Baña se preocupa por afrontar la tesis más básica y, por tanto, la más difundida: la de la pervivencia de la tradición mongola en el sistema político ruso. En Rusia hoy se la desmiente mostrando que la autoridad mongola no ejerció tal tiranía sobre «Rusia» (más bien, sobre ese espacio que hoy llamamos Rusia), a la par que ofrece una explicación sobre el porqué de la tradición autoritaria rusa.

En el caso del periodo zarista, Baña indica que el autoritarismo se habría potenciado por «fundarse más sobre la fe que sobre normas jurídicas», lo que «colocó en manos del autócrata el criterio para decidir qué se podía hacer y qué no». Baña se apoya aquí en otro historiador argentino, Claudio Ingerflom, quien ha defendido la inexistencia de un «Estado» en sentido propio en Rusia. La palabra rusa que suele traducirse como Estado, gosudarstvo, en verdad significa «dominio del amo», es decir, un gobierno personal, lo que se contrapondría con un Estado, que sería típicamente un gobierno impersonal. Bajo este concepto ideal, Rusia no tendría un «Estado fuerte», sino un «amo fuerte».

En la Rusia de hoy, Baña tampoco niega que el autoritarismo persista, en línea con lo señalado por Ingerflom. Con un rodeo, sostiene que «el país se ve otra vez bajo el influjo de un poder que lejos está de parecerse a una democracia (por el contrario, es más afín a lo que podríamos considerar abiertamente como una dictadura)». De hecho, esa es una de las mayores impugnaciones de Baña a las interpretaciones del putinismo desde la izquierda. Para el autor, el sistema político ruso es indudablemente autoritario y nada democrático. Sin embargo, su tesis es que no se debe a la ascendencia mongola, sino a la inserción del país en el sistema capitalista, sumada a la aspiración de Putin de reposicionar geopolíticamente a Rusia en el escenario mundial.

Putin en el Muro del Dolor, un monumento a las víctimas de la represión estalinista, 2017. Wikimedia

Como en muchos otros lugares, el capitalismo se sirvió del régimen autoritario de Yeltsin y Putin, que reemplazó al régimen también autoritario de la Unión Soviética. Las privatizaciones y la plutocratización de la economía de la Federación Rusa sólo eran posibles a través de un sistema de tipo dictatorial que consolidó Yeltsin y profundizó Putin. Esa es la tesis de Baña, que tiene mucho sentido. Lo que tal vez es más polémico, e incluso puede llegar a obturar el análisis previo, es la idea de los párrafos finales del capítulo. Allí sostiene que la «caracterización del putinismo como una nueva forma de fascismo es útil para entender mejor las tensiones históricas que existen entre el capitalismo y la democracia». Esta caracterización, dicho en términos futboleros, «se lleva la marca» del debate, el cual deja de ser sobre las condiciones del régimen político en Rusia para ser sobre el uso de una palabra con una carga emotiva demasiado alta, sobre todo para pensar Rusia, país que sufrió, como ninguno, la invasión fascista y triunfó, como ninguno, sobre él.

Queda el problema del imperialismo.

Intermezzo

No soy un experto en Rusia. Mi interés en los libros de Baña e Ingerflom sobre el tema tiene fuentes variadas. En gran medida, la curiosidad por saber más de un país fascinante, pero también laborales. Rusia es central para cualquiera que se dedique, directa o indirectamente, a temas de política internacional, conflictos armados, problemas militares, geopolítica, entre otros. Como lo hago desde Argentina, las investigaciones que se hacen sobre Rusia desde mi país resultan fundamentales.

Esto que voy a decir no tendría sentido mencionarlo hace unos años, como no lo tiene en casi todos los países del mundo. Sin embargo, en la actualidad argentina parece relevante: es fundamental que se produzcan conocimientos sobre, por ejemplo, Rusia desde nuestro país. Esto permite formar académicos, profesores, periodistas, analistas, decisores políticos y empresariales, a la par que sirve para promover conocimiento relevante sobre el mundo para un público amplio (las editoriales Siglo XXI o Fondo de Cultura Económica no son de nicho).

Es fundamental que la formación, por caso, de un diplomático incluya la literatura internacional más relevante. Pero es también central que la mirada sobre la política mundial sea situada, es decir, se construya desde el propio país y no simplemente se la importe. O sea, digamos, no es lo más conveniente para un país que su elite dirigente se forme exclusivamente con la literatura sobre, por ejemplo, Rusia que llega del mundo anglosajón (prácticamente la única que llega). Esa literatura es sumamente importante y hay que conocerla, pero no puede ser la única. A los anglosajones no les interesa (en líneas generales) las relaciones entre Argentina y Rusia o pensar cómo Argentina debe encararlas.

He mencionado a Baña e Ingerflom, pero no son los únicos. Hay un corpus de indagaciones históricas y políticas sobre los vínculos entre Rusia y Argentina, la influencia de la Revolución de 1917 en el país, entre otras. Estos trabajos simplemente no existirían sin instituciones públicas de investigación y enseñanza, las cuales dan insumos para pensar el mundo desde nuestro país.

Final

El problema del imperialismo se halla en el capítulo final de Rusia hoy.

Cuando un sector del peronismo coreaba «ni yanquis ni marxistas, peronistas» se refería a los «dos imperios», la URSS y Estados Unidos. Con el fin de la primera, quedó un solo imperio con apetencias globales. Sin embargo, el siglo XXI nos encontró con un escenario mundial bastante menos unipolar de lo que esperábamos en la década de 1990. Esto, que es obvio, nos lleva a preguntarnos si los polos de poder que surgieron se constituyeron en «imperios».

La tesis de Baña es que Rusia tiene una tradición ―y es actualmente― una potencia «imperialista». El autor destaca el déficit con que «la izquierda» ha tratado el caso ruso en relación al tema. Mientras que ha tenido «energía y claridad» para analizar la cuestión del imperialismo, «no siempre se examina su comportamiento [el ruso] bajo los mismos parámetros que los de los otros países que también podrían considerarse imperialistas». Ante esta constatación, se pregunta: «¿Por qué en la actualidad se condena con virulencia el accionar imperialista de los Estados Unidos y no, por ejemplo, el de Rusia?».

Baña destaca que «pueden aparecer como atenuantes» de la evaluación del imperialismo ruso el «discurso crítico hacia Occidente en general y el gobierno de Washington en particular esgrimido por Putin». Cabría agregar lo que me parece es una hipótesis plausible: que, desde esta parte de la tierra, el imperialismo norteamericano es bastante más palpable que el ruso, si es que el ruso es palpable de alguna manera. Por supuesto, esta visión es divergente u opuesta a la que seguramente se tiene desde Ucrania o Polonia, donde las apreciaciones seguramente son inversas.

Atardecer en Moscú. Imagen de Dmitry Grachyov

Más allá de esto, es interesante analizar los conceptos de «imperialismo» y de «imperio» para el caso ruso. Baña explora la idea de un «imperio antiimperialista», el cual se basaría en la narrativa soviética anticolonial. El autor discute la aceptación sin beneficio de inventario de un poder moscovita antiimperialista, sea como Unión Soviética o como Federación Rusa. Lo que habría hecho la URSS durante la Guerra Fría «no difirió demasiado de lo que hicieron las otras grandes potencias», que fue mantener su seguridad, proyectar poder a regiones vecinas, excluir rivales de su espacio de interés, asegurar los recursos esenciales y promover sus intereses de política exterior.

A partir de esto, Baña discute con un «significativo grupo de investigadores» que entienden que Rusia «no sería imperialista» porque, al ser un país semiperiférico, cuya economía se basa principalmente en la exportación de materias primas y su capital financiero está poco desarrollado, «no estaría en condiciones de explotar a otros países periféricos ni de saquear sus recursos». Frente a esta idea, Baña entiende, con otros autores, que el imperialismo va más allá y abarca una agenda política de control de la esfera de influencia.

Creo que esta discusión puede despejarse con la diferencia entre imperialismo y gran espacio o, en palabras de Schmitt, entre imperialismo e imperio. Schmitt criticó siempre el imperialismo, el cual se basa en el control por fuerzas invisibles, por lo que evade la responsabilidad de los imperios clásicos. Este es el caso del imperialismo ejercido por Estados Unidos a través de la expansión económica y de Estados satélites que acompañan sus iniciativas en foros y organizaciones internacionales. El caso emblemático fue la ausencia formal con presencia de hecho a través de Estados latinoamericanos en la Sociedad de las Naciones. La aspiración de este imperialismo es unificar económica y políticamente el mundo. La gran victoria del imperialismo anglosajón, dice Schmitt, es conceptual: haber universalizado sus conceptos de democracia, libertad, orden mundial, etc.

En contraposición, lo que durante la Segunda Guerra Mundial Schmitt llamará «imperio» y luego simplemente «gran espacio» posee una configuración distinta. Se constituye un gran espacio cuando hay una potencia rectora que irradia su idea política en un espacio ampliado al de sus fronteras estatales, pero limitado (esto es, no global) y prohíbe la intervención de terceras potencias. Rusia lo es. Es una gran potencia cuya proyección, sea intencionalmente o por los límites de sus capacidades, es acotada a esferas espaciales circundantes. Su aspiración es controlar ese espacio y evitar la intervención de potencias extrañas. Rusia hace lo que Estados Unidos hacía con la Doctrina Monroe hasta la Primera Guerra Mundial.

La Doctrina Monroe es, para Schmitt, el ejemplo fundamental de la constitución de un imperio o gran espacio. Había una potencia rectora ―Estados Unidos― que irradiaba su idea política en un espacio ampliado ―el hemisferio occidental― y prohibía la intervención de potencias ajenas al espacio ―Europa―. Pero lo que hace Rusia no se parece a lo que, en palabras de Schmitt, sería el imperialismo norteamericano posterior a la Primera Guerra Mundial, una deformación de la Doctrina Monroe original. La defensa de «la humanidad» frente a los «criminales» fue la bandera con la que Estados Unidos buscó, y consiguió, proyectar su poder a escala global. Washington se extralimitó del hemisferio occidental abandonando su gran espacio.

Esto marca una diferencia con Rusia, aunque Claudio Ingerflom entiende lo contrario. En El dominio del amo, sostiene que la guerra en Ucrania «no es una guerra tradicional en un sentido puramente geográfico y regional», sino una guerra para derrotar a Occidente y por «un nuevo mundo dirigido por una «potencia líder», Rusia, y bajo los valores esgrimidos por sus actuales dirigentes». Bajo este prisma, lo de Rusia sí sería equivalente al imperialismo norteamericano, ya que aspira a universalizar las ideas rusas.

Sin embargo, tal parece que, por propias limitaciones del país o ambiciones acotadas, este no es el caso. Como trata Baña en Rusia hoy, Moscú dirige un «imperio terrestre». Como es terrestre, es limitado a lo que alcanza su ampliación por tierra. Esto lo distingue de los imperios marítimos, típicamente globales. Hay acá una diferencia fundamental entre el imperio de la tierra (Rusia) y los del mar (Inglaterra antes, Estados Unidos ahora y prontamente China) que debe animarnos a no usar el mismo concepto para englobarlos a todos.

La obra de Baña tiene el enorme acierto de abordar Rusia con un conocimiento amplio y erudito de su cultura, historia, tradición y actualidad. No hay en su libro «buenos» y «malos». En este marco, creo que no es menor decir que Rusia no puede describirse como imperialista, sino como una potencia que aspira a dirigir un espacio ampliado ―pero limitado― que le circunda. Esto la distingue de las pretensiones globales y sin límites del imperialismo anglosajón. No marcar esta diferencia puede igualar lógicas que no son similares.

Gerardo Tripolone es doctor en Derecho y Ciencias Sociales. Profesor titular de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional de San Juan e investigador en el área de Derecho, Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Sus últimas publicaciones son Proveer a la defensa común. La constitución de la defensa nacional en Argentina (La Ley-Thomson Reuters, Buenos Aires, 2024) y Vae Neutris! Argentina y las guerras globales, de 1914 hasta la actualidad. Un siglo sin neutralidad (Ediunc, Mendoza, 2022), además de numerosos artículos académicos y de divulgación.

Izado de la bandera sobre el Reichstag, imagen de Yevgueni Jaldéi (1945). DP
Izado de la bandera sobre el Reichstag, imagen de Yevgueni Jaldéi (1945). DP

Ficha técnica

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