La razón conservadora. Gonzalo Fernández de la Mora, una biografía político-intelectual
Pedro Carlos González Cuevas
Madrid, Biblioteca Nueva, 2015
480 pp. 26 €

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El pensamiento conservador no ha gozado en España de buena prensa ni de excesiva atención por parte de los historiadores. Las autoridades de una gran capital del país han propuesto cambiar el nombre de una plaza dedicada al asturiano don Juan Vázquez de Mella y Fanjul, ideólogo del carlismo y uno de los grandes oradores de la vida parlamentaria española de comienzos del siglo XX, por el de un político que falleció recientemente, a una edad relativamente temprana y sin excesivas realizaciones de tipo intelectual ni político. Han sido escasas las voces que se han alzado para censurar esa propuesta.

No ha sido excesiva, por ejemplo, la atracción ejercida por un filósofo consistente como Jaime Balmes, si exceptuamos a Josep M. Fradera, y hace poco se presentó en Madrid una exposición sobre Juan Donoso Cortés, de carácter casi clandestino por el recóndito lugar de la ciudad en que presentó, a pesar de la calidad del trabajo que hizo Carlos Dardé en su montaje y del excelente catálogo que acompañaba a la muestra.

Donoso había sido el filósofo político que, en opinión de Carl Schmitt, había asombrado a Europa a la altura de 1848. Hoy sería casi un desconocido si no fuera por una excelente edición del Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1848), hecha por Juan María Sanchez-Prieto, en la Biblioteca del Pensamiento Conservador que dirige Demetrio Castro Alfín.

Mucho más impacto tendría, desde luego, Marcelino Menéndez Pelayo, en el que los triunfadores de 1939 creyeron encontrar el punto de apoyo para la construcción de una nueva sociedad. Ese pensamiento conservador, sin embargo, es un mundo que conoce perfectamente Pedro Carlos González Cuevas, profesor de Teoría Política de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, con una larga relación de publicaciones en las que aúna sus conocimientos académicos con una excelente preparación filosófica que no es habitual entre los historiadores actuales. Entre sus publicaciones más notables cabe señalar una biografía de Ramiro de Maeztu que vio la luz en el año 2003.

Ahora ha presentado una biografía de Gonzalo Fernández de la Mora (Barcelona, 1924 – Madrid, 2002) que rescata la figura de una de las personalidades más coherentes del pensamiento conservador durante los años del período franquista en España. Un pensamiento forjado en una sólida formación jurídica y filosófica, que le permitió transitar por aquella situación con una decidida voluntad de aplicar criterios racionales en unos ambientes en los que, no pocas veces, parecían predominar las actitudes más viscerales. En ese sentido, cabe señalar el especial impacto que las enseñanzas de Francisco Javier Conde, en Derecho, y de Juan Zaragüeta, en Filosofía, tendrían en la formación del joven Fernández de la Mora en los primeros años cuarenta del siglo XX.

Los fundamentos de su formación eran cristianos y conservadores, pues, durante sus años de bachillerato, que transcurrieron en el Colegio del Pilar de Madrid, y con los jesuitas en la Galicia de la Guerra Civil, aún alcanzó a leer la revista Acción española, en la que González Cuevas ha visto la más acabada expresión del nacionalismo autoritario. Una referencia esencial de su pensamiento político que le marcó durante toda su vida y que está detrás de su última empresa intelectual: la creación de la revista Razón española, que se empezó a publicar en 1983.

Fernández de la Mora hizo sus primeras apariciones públicas, en el Madrid de los años cuarenta, dentro de organizaciones estudiantiles católicas, con la orientación del padre Llanos y con actuaciones a veces algo desatentadas, como fue su participación en las protestas por la exhibición de la película Gilda, que se estrenó en Madrid en diciembre de 1947.

La amistad con Torcuato Luca de Tena, que se había forjado durante los años en que coincidieron en el Colegio del Pilar, le facilitaría el acceso al diario madrileño ABC, del que llegaría a ser editorialista a comienzos de los años cincuenta. En cualquier caso, su orientación profesional se había decantado antes hacia la carrera diplomática, en la que ingresó a mediados de 1947. Ese trabajo diplomático lo llevaría a Fráncfort y Bonn, donde frecuentó medios intelectuales que le permitieron entrar en contacto con el filósofo político Carl Schmitt, apartado entonces de la vida académica por sus contactos con el régimen nazi. Fernández de la Mora había experimentado la influencia de las ideas del constitucionalista alemán a través de las enseñanzas recibidas de Francisco Javier Conde en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid. Treinta años después de aquel encuentro, el político español recordaría a Schmitt como «uno de los vértices de la intelectualidad europea contemporánea».

Fernández de la Mora volvería a España a finales de 1951 y entró en contacto con el grupo de la revista Arbor, que lideraba Rafael Calvo Serer. Era un grupo de carácter monárquico y tradicional inspirado en las doctrinas de Menéndez Pelayo y en un profundo sentido cristiano de la vida. Algunas de las personas más caracterizadas del grupo, como Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid, eran miembros del Opus Dei, una asociación de seglares y sacerdotes que había fundado el sacerdote José María Escrivá en 1928 y había conocido un cierto desarrollo en los años posteriores a la Guerra Civil. Muchos miembros de la asociación colaborarán también en la revista, que había iniciado su publicación en 1944.

No parece que Gonzalo Fernández de la Mora perteneciese nunca a esa asociación, pero colaboró activamente en los proyectos políticos y culturales que animaban Calvo Serer y Pérez Embid. Su primera colaboración en Arbor es de septiembre de 1948 y, a la vuelta de Alemania, colaboró decididamente con el grupo, especialmente en lo que hacía referencia a la instauración en España de una monarquía de corte tradicional que enraizara con el régimen que se había establecido en España tras la Guerra Civil.

En 1956 pasa a ser miembro del Consejo privado del conde de Barcelona y esa nueva responsabilidad tendrá una influencia decisiva en la conformación de su pensamiento, pues Fernández de la Mora no se contentó con una actuación de puro cortesanismo político, sino que puso sus conocimientos filosóficos y jurídicos en defensa de una «Weltanschauung de signo tradicional», como escribiera en un controvertido artículo que publicó en ABC al cumplirse un cuarto de siglo del asesinato de Ramiro de Maeztu.

Su empeño en el establecimiento de una monarquía coherente con los principios que habían animado al bando vencedor de la Guerra Civil le llevaron a reemplazar la pura legitimidad de origen, propia de las monarquías tradicionales, por una legitimidad de ejercicio que atendiera a la nueva situación creada por el régimen dictatorial de Franco. Desde esa lógica, no tendría nada de sorprendente que Fernández de la Mora se mostrara muy crítico con los monárquicos que participaron en aquel encuentro de políticos del interior y del exilio que se celebró en junio de 1962, y que la propaganda franquista bautizó como «el contubernio de Múnich».

Pocos meses después de aquellos hechos, Fernández de la Mora iniciaría en el diario madrileño ABC la labor de crítico de libros de pensamiento que habría de convertirlo, hasta finales de la década de los sesenta, en una referencia indispensable para seguir la vida intelectual de aquellos años. Como advierte González Cuevas, Fernández de la Mora entendía que la tarea del crítico exigía que tuviera convicciones propias y que el trabajo crítico obligaba «a juzgar desde la certeza, desde una tabla de valores» (p. 185). Eso convertiría a sus críticas –que se recogieron cada año en volúmenes que la editorial Rialp presentó con el título de Pensamiento español– en una guía indispensable para la historia intelectual de aquellos años.

La aportación más significativa de Fernández de la Mora en aquel panorama intelectual sería la publicación, en 1965, de El crepúsculo de las ideologías, un duro alegato contra la vigencia los principios liberal-demócraticos que provocó oleadas de críticas, entre las que se incluían las de plagio, sin mayor fundamento. La mayoría de esas críticas se realizaron desde una perspectiva muy a ras del suelo, empeñadas en ligar el libro a la coyuntura política española y al auge de los llamados «tecnócratas». Fueron estos, precisamente, quienes lo llevaron a las altas responsabilidades políticas, con su nombramiento como ministro de Obras Públicas entre 1970 y 1973. No faltó entonces quien se valió del juego que permitían las expresiones «obras públicas» y «obras publicadas», al que se sumaría el mismo interesado con un llamativo artículo en ABC sobre «El Estado de obras».

Su salida del Gobierno precedió en unos meses a la desaparición de Franco y a un proceso de transición política en el que Fernández de la Mora experimentó el fracaso de muchos de sus ideales sobre España. Fue un largo proceso de marginación –amargo en no pocas ocasiones– que González Cuevas sigue con todo detalle para proporcionarnos una de las grandes biografías sobre un destacadísimo pensador conservador del pasado siglo.

Octavio Ruiz-Manjón es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. Es autor de Fernández de los Ríos. Un intelectual en el PSOE (Madrid, Síntesis, 2007), Algunos hombres buenos (Barcelona, Espasa, 2016) y coeditor, con Alicia Langa, de Los significados del 98. La sociedad española en la génesis del siglo XX (Madrid, Biblioteca Nueva, 1999).

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