Los libros de memorias no se escriben siempre para recrear el pasado de sus autores ni para justificar sus actuaciones. A veces tienen el significado de advertencia contra posibles acontecimientos del futuro, porque una finalidad al escribirlos es intentar concienciar a los lectores de los peligros de la repetición de determinadas situaciones. Tal es el caso de Frente al poder. Trump, Bezos y el Washington Post, cuyo autor es Martin Baron, exdirector del periódico estadounidense durante casi una década que abarca, sobre todo, el mandato final de Obama y el primer mandato de Trump.
Al hilo del relato de sus actuaciones al frente del Post, Baron pone en primer plano a Donald Trump, tanto como candidato republicano como presidente, y a Jeff Bezos, propietario de Amazon y dueño del periódico desde 2013. Bezos siempre ha reafirmado que su adquisición fue a título personal y que nada tenía que ver con su compañía, si bien Trump se complacía en replicarle que el diario debería llamarse The Amazon Washington Post. A este respecto, Baron reitera de continuo que nunca tuvo interferencias en su trabajo por parte de Bezos, quien solo estaría interesado en reflotar un periódico con pérdidas millonarias y adaptarlo a los nuevos tiempos tecnológicos por medio del incremento de suscriptores digitales.
Una cena en la Casa Blanca
Un amigo periodista, que fue corresponsal en Estados Unidos, llamó mi atención sobre el hecho de que Musk, Zuckerberg y Bezos estuvieron presentes en la inauguración del segundo mandato de Trump, justo detrás de la familia del presidente y por delante de los miembros de su gobierno. Todo un contraste con la escena descrita por Baron en el prólogo de su libro, donde se recrea una cena privada en la Casa Blanca, el 15 de junio de 2017, a la que fueron invitados Baron y otros miembros de la dirección del Post junto al propio Bezos. La escena tiene mucho de cinematográfica, y es muy similar a la de aquellas películas en las que un magnate todopoderoso invita a sus rivales, en medio de una atmósfera de tensión, a la mesa y es la ocasión para mostrar su enfado y dirigirles toda clase de reproches.
No cabe duda de que Trump tenía en la cabeza al mítico Post que filtró los papeles del Pentágono sobre la guerra de Vietnam o que destapó el caso Watergate y arruinó la presidencia de Nixon. Cuatro décadas después, Trump no estaba dispuesto a ser defenestrado por el periodismo de investigación. De ahí las acusaciones del presidente de que el periódico le había puesto a él y a su familia en una lista de enemigos. En este caso había algo común en muchas acusaciones contra la corrupción política: los enemigos del presidente eran considerados como enemigos del país y traidores. Ni que decir tiene que los argumentos de Baron y sus compañeros no convencerían a quien considera a la prensa como su verdadera oposición, mucho más que a los rivales políticos.
Baron nunca podría persuadir a Trump y a los suyos de que no se consideraba enemigo de nadie y que sólo se limitaba a informar verazmente sobre el presidente y a exigir responsabilidades a su gobierno, al igual que a los gobiernos anteriores. Trump seguiría tuiteando que «la prensa es el enemigo del pueblo norteamericano». Sin embargo, en aquella cena hubo un momento en que Trump intentó mostrarse encantador. Hablaba todo el tiempo, pero «sin calidez y autenticidad», en palabras de Baron que sabía de sobra que Trump volvería de nuevo a su retórica incendiaria y que perseguiría al Post y a todos aquellos que no se plegaran a sus deseos. La situación actual lo confirma de nuevo. En los meses previos al segundo mandato de Trump, el periodista, ya jubilado, expuso su preocupación por el retorno del político a la Casa Blanca, sobre todo por el hecho de que el Post censurara un editorial ya escrito en el que se pedía el voto para Kamala Harris. Jeff Bezos insistió entonces en que su periódico debía de mantener una actitud de neutralidad, aunque en 2016 el editorial apoyó a Hillary Clinton.
Jeff Bezos y su silencio estratégico
Nada nos dice Martin Baron de la actitud de Bezos durante la cena en la Casa Blanca. No solo parece una cuestión de confidencialidad sino quizás sea la confirmación de que el propietario de Amazon sólo quería aparecer como el dueño del periódico, aunque no como responsable de su línea editorial. Baron explica que la familia Graham, propietaria durante ocho décadas del Post, decidió vender el periódico a Jeff Bezos en 2013. Baron se adaptó enseguida a una nueva situación en la que la prioridad del propietario era conseguir beneficios por medio de las suscripciones digitales a un precio razonable. Sin embargo, estaba convencido de que Bezos creía en el papel crítico de la prensa en una sociedad libre y que no interferiría en el trabajo de la redacción. Después de todo, el magnate aseguraba que los principios estaban por encima de las estadísticas y los números, pero no es menos cierto que en otras cuestiones que afectaban al incremento de sus beneficios, Bezos no era muy diferente a otros empresarios norteamericanos. Por ejemplo, en su oposición a que el periódico concediera pensiones a sus trabajadores, algo que deberían solventar ellos mismos por medio de los correspondientes planes privados.
En este sentido, el retrato que hace Baron de Bezos, en uno de los capítulos, es el de un hombre pragmático, sin una ideología indefinida, en una curiosa mezcla de conservador y libertario. Su problema fue que Trump enseguida le etiquetó de enemigo por ser el propietario del Post, y el presidente intentó, en diversas ocasiones, persuadirle para que el periódico le tratara con más benevolencia, pues estaba convencido de que Bezos debería de tener algún ascendiente sobre la redacción. Sin embargo, el magnate insistía en separar su negocio de Amazon de la propiedad del Post. En su opinión, el periódico debería caracterizarse por «ser un medio saneado y tener una redacción independiente». El orden de prioridades resulta evidente. Después de todo, el gran éxito de Bezos, un millón de suscripciones digitales, servía para justificar el aluvión de calificativos del propietario a su periódico: valiente, intrépido, atrevido, duro, inflexible, seguro de sí mismo, desafiante…
Por lo demás, el que el público relacionara a Bezos con el Post, un periódico que históricamente denunció las irregularidades de los poderosos, podía servir para mejorar su imagen como un patrón, según el testimonio de antiguos trabajadores, sólo preocupado por la eficiencia y la innovación a costa de las necesidades o el bienestar de la plantilla. Cabe añadir que muchos empleados del Post, sin puestos ejecutivos, parecían compartir esta percepción.
La reacción de Trump, ampliamente detallada en el libro, sería amenazar a Amazon con más impuestos y tratar de aplicarle algún tipo de legislación antimonopolio. Años después, algunos medios rivales airearon el divorcio de Bezos y Trump quizás no fuera ajeno al hecho. Tal y como recuerda Baron, la respuesta de Bezos ante los ataques sería el «silencio estratégico», no sólo el suyo propiamente dicho, sino el de los periodistas del Post. En alguna ocasión, Bezos respondió a los tuits denigratorios del candidato Trump, pero cuando éste estaba a punto de convertirse en presidente, ya tenía asumido que un Trump histérico sería un peligroso enemigo. Con todo, Bezos reconoció privadamente a Baron que el presidente podía tener razón en algunos asuntos, pero su tono virulento y belicoso hacía muy difícil tratar con él. Sin embargo, en opinión de Baron, Trump resultó ser el mejor vendedor del Post en toda su historia.
Donald Trump y la guerra contra el Post
Aunque se relatan otras investigaciones sobre políticos y jueces, además de la crónica del asesinato de Jamal Khashoggi, colaborador y columnista del Post, Donald Trump ocupa un papel principal en estas memorias de Martin Baron. Denuncia, sin ir más lejos, sus intrigas para perjudicar a Hillary Clinton durante su campaña electoral y sale al paso de la imagen que el magnate neoyorquino intentó siempre vender: la de un empresario divertido, triunfador, astuto y glamuroso. La sucesión de impagos y quiebras que jalonan su trayectoria vital no avalan esa imagen, pero esos hechos no influyen en sus partidarios, encantados con alguien que dice lo que piensa, aunque no sea políticamente correcto. Tampoco les escandaliza su lenguaje vulgar y racista, su carácter infantil y descontrolado, y menos aún sus discrepancias con la verdad. Después de todo, en el difundido libro de Trump, The Art of Deal, se puso en circulación el término «hipérbole veraz», presentado como «una forma inocente de exageración». Como bien recuerda Baron, las distorsiones de la verdad, por definición, no son la verdad.
Podría decirse que la imagen de Trump en la obra es la de un personaje de película, aunque muy insertado en la realidad. Lo hemos visto en El aprendiz (2024) del cineasta iraní Alí Abbasi, un filme que, pese a su cuidada trama argumental y ambientación, no disuadió a los electores de votar por él. Las reglas que dio al joven Donald Trump su mentor, el abogado Roy Cohn, en los comienzos de su carrera empresarial siguen estando presente en el Trump dedicado a la política que aparece en el libro de Baron: «Ataca, ataca, ataca. No admitas nada y niega todo. No importa lo que suceda, reclama la victoria y nunca aceptes la derrota». En otros momentos del libro, que estamos viendo confirmados en los inicios de la segunda presidencia, Trump parece asemejarse a un César del Bajo Imperio sediento de venganza y dado a la provocación. Baron destaca su habilidad para presentarse como víctima y su éxito en transmitir el mensaje de que quiere hacer justicia incluso a costa de las leyes si estas suponen un obstáculo.
Aunque Jeff Bezos felicitó a Trump por su victoria electoral, el nuevo presidente incluyó al Washington Post en su guerra contra los medios, sobre todo desde el momento en que el periódico investigó las supuestas injerencias de Rusia en la campaña electoral y los posibles negocios del presidente y su entorno en ese país. Martin Baron replicó a los ataques con un eslogan que tuvo rápida difusión: «Nosotros no estamos en guerra con el gobierno. Estamos trabajando». Baron recuerda que el Post recibió numerosos mensajes de apoyo del público, lo que le animó en su convicción de que la prensa libre era la única esperanza en aquellos tiempos y la única defensa ante los «hechos alternativos» defendidos por Trump y sus seguidores. Sin embargo, el director del Post también recibió una llamada personal del presidente en el que se quejaba de un reportaje en el que se le presentaba como alguien que pasaba mucho tiempo viendo la televisión. Trump replicó diciendo que no era un idiota ni un niño pequeño, y que Baron debía decir a los reporteros de su parte que eran unos deshonestos. Pero el balance final de Trump era una continua fijación: «Ya sé que estáis controlados por Amazon». En vano, el director del Post intentó persuadirlo de que eso no era cierto. Después de todo, tenía que enfrentarse a un profesional de la política del espectáculo que, en algún momento, Baron relaciona con Phineas Taylor Barnum, el famoso showman norteamericano del siglo XIX, empresario y fundador del circo más grande del mundo, magistralmente retratado en la biografía Humbug: The Art of P. T. Barnum, escrita por Neil Harris en 1973. En ella aparece una expresiva cita: «Cuanto más grande es la patraña, más gusta a la gente», que sintetiza la habilidad de Barnum para atraer la atención del público, pues jugaba en las fronteras de la verdad, el entretenimiento y el engaño.
Uno de los capítulos finales del libro está dedicado a las elecciones presidenciales de 2020 y el consiguiente asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. Allí Baron llega a una conclusión un tanto amarga. Si las informaciones publicadas por el Post se vieran confirmadas con el tiempo, «los escépticos abandonarían la retórica partidista y reconocerían la realidad comprobable y los calamitosos riesgos de negarla». Pero no sucedió así, porque a muchos seguidores de Trump ―y esto se haría extensible a los populismos de otros países― los hechos no les interesaban ni que dijera o no la verdad. Tal y como dijo el columnista de Político, Jack Shafer, en 2022: «Cuentan más las opiniones de su líder sobre la raza, la inmigración, el aborto, el descontento social, la policía, el comercio, las armas o las élites políticas».
Los periodistas no han de ser activistas
Martin Baron termina su libro haciendo una advertencia ante un riesgo que ha crecido en los últimos años: los periodistas han de ser periodistas, y no activistas. Han de ser profesionales, y no soldados. Los ejemplos de lo contrario en algunas tareas periodísticas de investigación o, sin ir más lejos, en las tertulias de los medios de comunicación, están a la vista. Por desgracia, no todos piensan como Baron. Los hechos ciertos y verificables no interesan a quienes viven anclados en su cruzada particular de acusar a la prensa que no comulga con sus ideas de difundir «noticias falsas» o de ser «enemigos del pueblo». Con todo, a nuestro autor le queda la esperanza de que los hechos y la verdad importen a los electores y a los tribunales, pues abundan las declaraciones, desde la propia prensa, que ponen en tela de juicio el principio de objetividad.
Sin nombrarlo, Baron se refiere a un antiguo director del Post que en un informe de 2023 aseguraba que la objetividad estaba pasada de moda. Es una opinión que el periodista no comparte, pues él se identifica más con las tesis del pensador y periodista Walter Lippmann expuestas hace un siglo, en los turbulentos Estados Unidos de la década de 1920. Se me ocurre pensar que quizás no sea una coincidencia que durante la presidencia de Warren C. Harding (1921-1923) se difundió por primera vez el eslogan de America First. Sin embargo, Lippmann insistía en su convencimiento de que los periodistas conseguirían más luchando por la verdad que por sus propias teorías. Para Martin Baron, esta objetividad es indispensable para pedir responsabilidades a los poderosos.
El Post conoció una época dorada durante la primera presidencia de Trump, pero durante la de Biden, en 2022 volvió otra vez a los números rojos. Por eso, al final de las memorias de Baron planea una cierta incertidumbre, no tanto sobre el futuro de la prensa libre, sino sobre el del periódico que contribuyó a escribir la historia estadounidense de las últimas décadas.
Antonio Rubio Plo es escritor y columnista. Analista de política internacional y pluma invitada en el Real Instituto Elcano. Doctor en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Zaragoza. Profesor de Ciencia Política, y de Geografía e Historia.






