La fe y la furia. Violencia anticlerical popular e iconoclastia en España, 1931-1936
Maria Thomas
Granada, Comares, 2014
280 pp. 27 €

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Durante los tres años de duración de la guerra civil española, y muy particularmente durante sus seis primeros meses, más de 6.700 miembros del clero católico fueron asesinados en la retaguardia republicana: 6.733, según las investigaciones de Ángel David Martín Rubio, que corrigen a la baja la cifra canónica de 6.832 víctimas, establecida en 1961 por Antonio Montero MorenoÁngel David Martín Rubio, «La persecución religiosa en España. Una aportación sobre las cifras», Hispania Sacra, 53 (2001), pp. 63-89, y Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939, Madrid, BAC, 1961.. Estas muertes se vieron acompañadas de la destrucción total o parcial de cientos de iglesias o, más comúnmente, de su utilización para fines profanos. Asimismo, se produjeron otras muestras innumerables de iconoclastia y un repertorio amplio de actuaciones que el antropólogo Manuel Delgado ha englobado dentro del término «sacrofobia»Manuel Delgado Ruiz, La ira sagrada. Anticlericalismo, iconoclastia y antirritualismo en la España contemporánea, Barcelona, Humanidades, 1992.. La intensidad –y singularidad en el contexto europeo– de esta violencia anticlerical provocó la perplejidad de los observadores contemporáneos y ha continuado provocando la de los historiadores, quienes no se han decidido a abordar la interpretación del fenómeno hasta fechas relativamente recientes.

Poco tiene que ver, probablemente, tal desatención con el manido «pacto de olvido» al que hace referencia (p. 18) la autora del libro cuya reseña nos va a ocupar. Este descuido historiográfico seguramente se corresponde mejor, por un lado, con la general «tacañería» de la historiografía académica española hacia la historia de la Iglesia que hace mucho tiempo denunciara Fernando García de CortázarFernando García de Cortázar, «La nueva historia de la Iglesia contemporánea en España», en Manuel Tuñón de Lara (dir.), Historiografía española contemporánea. X Coloquio del Centro de Investigaciones Hispánicas de la Universidad de Pau. Balance y resumen, Madrid, Siglo XXI, 1980, pp. 207-229., tacañería que tenía como efecto colateral la reserva del cultivo de esta parcela a los historiadores eclesiásticos, los cuales tendían, salvo beneméritas excepciones, a escribir una historia marcadamente confesional. Por otro lado, la incuria de que fue objeto la violencia anticlerical tuvo, asimismo, mucho que ver con la menor atención prestada a la represión en la retaguardia republicana por parte los historiadores dedicados al estudio de la represión durante la guerra y la posguerra. Se consideraba que la violencia represiva atribuible a los «republicanos» ya había recibido suficiente atención durante el franquismo y que su estudio no merecía muchos más esfuerzos, salvo para subrayar su carácter «espontáneo» frente a la sistemática organización de la represión practicada por el otro bandoVéase Julius Ruiz, «Vino nuevo en odres viejos. La historiografía de la represión en España durante y después de la Guerra Civil», en Manuel Álvarez Tardío y Fernando del Rey (eds.), El laberinto republicano. La democracia española y sus enemigos (1931-1936), Barcelona, RBA, 2012, pp. 335-362..

Como quiera que sea, hubo de esperarse hasta los años noventa del pasado siglo para que los historiadores se decidieran a abordar de una forma profesional y normalizada esta espinosa cuestión. Quien firma estas líneas tuvo ocasión de firmar algunos trabajos al respecto en esa década que intentaron rescatar la cuestión para la historiografía académica y formular líneas de interpretación renovadasJulio de la Cueva, «El anticlericalismo en la Segunda República y la Guerra Civil», en Emilio La Parra López y Manuel Suárez Cortina (eds.), El anticlericalismo en la España contemporánea, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998, pp. 211-301, y «Religious Persecution, Anticlerical Tradition and Revolution: On Atrocities against the Clergy during the Spanish Civil War», Journal of Contemporary History, núm. 33 (1998), pp. 355-369.. Tampoco construía sobre la nada: ya desde la década anterior estaban proponiéndose nuevas vías de exploración del fenómeno, que distanciaban su tratamiento del discurso tanto martirológico como exculpatorio o de las explicaciones irracionalistas. Así, deberían mencionarse las sustanciosas páginas que le dedicaba Frances Lannon en su Privilegio, persecución y profecía, las inspiradoras propuestas interpretativas de antropólogos como Bruce Lincoln o Manuel Delgado, o las provocadoras y valiosas reflexiones de Gabriele Ranzato, en un artículo cuyo título inspira el de esta reseñaFrances Lannon, Privilegio, persecución y profecía. La Iglesia católica en España, 1875-1975, Madrid, Alianza, 1990 [1987]; Bruce Lincoln, «Exhumaciones revolucionarias en España, Julio 1936», Historia Social, núm. 35 (1999) [1985]; Manuel Delgado, op. cit., y Gabriele Ranzato, «Dies irae. La persecuzio¬ne religiosa nella zona repubblicana durante la guerra civile spagnola (1936-1939)», Movimento operaio e socialista, núm. XI (1988), pp. 195-220.. Estos trabajos harían posible la producción de otros, ya en la primera década del nuevo siglo. Algunos de estos últimosJulián Casanova, La Iglesia de Franco, Barcelona, Crítica, 2005 [2001]; Pilar Salomón Cheliz, Anticlericalismo en Aragón. Protesta y movilización política, 190-1939, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2002; José Luis Ledesma, Los días de llamas de la revolución: violencia y política en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2003. son mencionados explícitamente por Maria Thomas como puntos de referencia para su libro, editado este año de 2014 por Comares y que es traducción de la obra homónima publicada en inglés el año pasado por Sussex Academic Press.

La autora de La fe y la furia se plantea explorar las razones existentes detrás de los actos de violencia perpetrados contra personas, rituales y propiedades eclesiásticas durante la Segunda República y en los primeros meses de la Guerra Civil. Para ello se propone alejarse de las interpretaciones que califica de «clásicas», las cuales relacionarían este tipo de actuaciones con la reacción colérica y primitiva de masas incontroladas que descargaban su furia irracional sobre la Iglesia. En su lugar, Thomas propone una investigación que estudie los verdaderos agentes y motivaciones de la acción anticlerical violenta. Tales agentes serían principalmente trabajadores que actuarían de acuerdo con una lógica derivada de su participación en una identidad colectiva anticlerical de izquierdas que se hallaba en construcción desde el siglo XIX, que experimentó un profundo proceso de reconfiguración en el primer tercio del XX y sumó aún más adhesiones a partir de 1931. El golpe militar del 17-18 de julio de 1936 provocaría tales cambios en la estructura de oportunidades políticas existente que permitiría una brutal escalada de la violencia ya existente contra la Iglesia. El asesinato de eclesiásticos y los actos de iconoclastia se convertirían, además, en uno de los principales instrumentos empleados por los revolucionarios para la construcción de una nueva sociedad.

El libro desarrolla estas tesis en seis capítulos. Los dos primeros se centran en la construcción de una potente identidad anticlerical popular a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. Así, el capítulo 1 relata cómo fue construyéndose la identidad colectiva anticlerical entre los trabajadores españoles a lo largo del primer tercio del siglo XX, una identidad edificada sobre la base de los agravios infligidos por la Iglesia y sobre la socialización y movilización de los trabajadores dentro de fuerzas políticas y sindicales, en las que imperaba un radical discurso anticlerical. Por su parte, el segundo capítulo contempla la intensificación de la movilización anticlerical durante los años de la República como consecuencia de la impaciencia popular por la percibida lentitud con que las autoridades republicanas procedían a desmantelar el poder eclesiástico y en respuesta a la movilización católica tanto en la calle como –en la etapa que la autora insiste en denominar «bienio negro»– desde el Gobierno.

Los capítulos tercero, cuarto y quinto abordan la violencia anticlerical desatada durante los primeros meses de la Guerra Civil, analizando diversos aspectos de la misma. De esta manera, el capítulo 3 saca del anonimato y pone rostro (clase y profesión, militancia política, la edad) a los agentes de la violencia. De la investigación sobre fuentes primarias resulta un retrato que no se aleja demasiado de la «imagen dominante del protagonista anticlerical joven, varón, militante político [de la izquierda] y de clase trabajadora» (p. 129), aunque propone reevaluar la vieja afirmación de la afiliación preferentemente anarquista de los violentos, los cuales procederían «de todo el espectro político del Frente Popular» (p. 129). El cuarto capítulo incide inteligentemente en la importancia de las cuestiones relativas al género y la sexualidad en la definición de los sujetos activos de la violencia, así como de las formas y también motivaciones de esta. También contribuye a explicar la razón de las notables diferencias en el trato conferido, de un lado, al clero masculino y, de otro, a las religiosas. No ha de olvidarse que «sólo» 283 víctimas de la violencia anticlerical fueron mujeres. El capítulo 5, en fin, resalta el papel crucial del empleo de la violencia anticlerical en la construcción del bloque revolucionario emergente en la retaguardia republicana tras el inicio de la Guerra Civil.

Por último, el sexto capítulo, titulado «La fisonomía de la violencia anticlerical», describe algunas características adicionales de esa «tarea de eliminar a la Iglesia de los espacios públicos y del cuerpo político de la nueva sociedad» a que, con «dedicación rigurosa y meticulosa», se entregó «la gente que quemaba iglesias y asesinaba curas» (p. 193). Estos rasgos le sirven a la autora para reexaminar ciertos tópicos sostenidos habitualmente por la historiografía, cuya veracidad, a la luz de la evidencia empírica recogida, la autora tiende a negar: así, la pretendida espontaneidad de los actos de iconoclastia, llevados a cabo por «muchedumbres enloquecidas», o el asimismo pretendido carácter indiscriminado de la violencia. En otros casos, como el de la comisión de los actos violentos por parte de forasteros, el tópico no se desmonta, pero se matiza.

La fe y la furia proporciona una interpretación muy plausible de la violencia anticlerical española en los años treinta, tanto en el período republicano como durante la Guerra Civil, y sobre todo durante esta última. La interpretación se basa esencialmente en el estudio exhaustivo de dos casos: los de las provincias de Madrid y Almería, aunque se haga eficaz uso de fuentes, tanto primarias como secundarias, para el conjunto de España. En cualquier caso, la concentración en dos casos permite a la autora la intensiva y fructífera utilización de fuentes muy diversas, entre las que destaca, por su interés y utilidad, la documentación producida por los tribunales militares franquistas, encargados de juzgar a los responsables de los «delitos» cometidos en la retaguardia republicana durante la guerra. La base empírica proporcionada por las fuentes primarias constituye uno de los puntos fuertes de la investigación.

Y es que la principal fortaleza de La fe y la furia no reside principalmente en la originalidad de las tesis que plantea. En fin de cuentas, desde que Joan C. Ullman se preguntara por las causas socioeconómicas del anticlericalismo en su Semana Trágica de 1968, y desde que José Álvarez Junco diera un nuevo giro cultural a la interpretación de este fenómeno en su Emperador del Paralelo de 1990Joan Connelly Ullman, La Semana Trágica. Estudio sobre las causas socioeconómicas del anticlericalismo en España, Barcelona, Ariel, 1972 [1968]; José Álvarez Junco, El Emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza, 1990. –por citar dos hitos fundamentales–, la historiografía académica ha abandonado definitivamente el «mito» de que la violencia anticlerical era consecuencia de la actuación de masas irracionales y enloquecidas. Tampoco resulta ya excesivamente novedosa la consideración de la violencia contra la Iglesia como instrumento revolucionario en manos de militantes de izquierda imbuidos de una potente identidad anticlerical construida en las décadas anteriores, una interpretación que este reseñista, sin necesidad de ir más lejos, lleva defendiendo desde los años noventaVéase nota 5..

Tampoco es muy nuevo el panorama que se ofrece de unos trabajadores que acumulan agravios sin fin contra la Iglesia católica. No es que sea incierta la existencia de agravios populares contra esta institución, pues estos indudablemente existieron y, lo que es quizá más importante desde el punto de la movilización, fueron construidos como tales. Sin embargo, tales agravios se caracterizan de una manera, en ocasiones, excesivamente simplista, cuando no resultan directamente implausibles; así, por ejemplo, se afirma, para sorpresa del lector informado, que «en la España de la Restauración», «muchos edificios monacales estaban emplazados en las afueras de los pueblos y los campesinos jornaleros a menudo trabajaban en sus grandes extensiones de tierra» (p. 55). Tal afirmación, por cierto, se remite en nota a pie de página al libro de William Callahan, The Catholic Church in Spain, 1875-1898, donde ciertamente se hace referencia al «profundo resentimiento entre los campesinos que trabajaban las tierras de prósperos monasterio», pero ¡a principios del siglo XIX!William J. Callahan, The Catholic Church in Spain, 1875-1998, Washington, The Catholic University of America, 2000, p. 13, aunque el libro de Thomas nos dirija a la p. 12. Traduzco de la edición inglesa, que utiliza la autora, pero hay edición española: La Iglesia Católica en España (1875-2002), Barcelona, Crítica, 2003. Es este uno de varios errores que se cometen en el texto y que convendría haber corregido antes de proceder a la edición española.

En cualquier caso, estas consideraciones no deberían empañar los méritos del trabajo de Maria Thomas, que pueden reconocerse en la calidad de su investigación empírica, en su aportación al conocimiento más afinado de los agentes de la violencia anticlerical y la iconoclastia durante la Guerra Civil, en la introducción oportuna y sugerente de los planteamientos de género, en la explicación de los mecanismos de continuidad –y ruptura– entre la violencia anticlerical creciente, mas contenida, del período republicano y la furia anticlerical desatada en la etapa bélica, en la ambición de proporcionar una amplia interpretación de conjunto y en una perspectiva cronológica larga del vandalismo anticlerical de 1936. La impresión global, pues, de La fe y la furia es ciertamente positiva. Constituirá una obra imprescindible para quien se interese por la historia del anticlericalismo en España: se trata de un estudio pionero por su carácter de monografía en forma de libroJunto al de Juan Manuel Barrios Rozúa, Iconoclastia (1930-1936). La ciudad de Dios frente a la modernidad, Granada, Universidad de Granada, 2007. sobre un asunto de capital importancia para la comprensión de nuestra historia contemporánea.

Julio de la Cueva es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Castilla-La Mancha y se ha especializado en el estudio del anticlericalismo y de los conflictos entre catolicismo y laicismo en la España contemporánea. Ha editado con Feliciano Montero los libros La secularización conflictiva. España, 1898-1931 (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007), Laicismo y catolicismo. El conflicto político-religioso en la Segunda República (Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, 2009) e Izquierda obrera y religión (1900-1939) (Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, 2012).

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