La España católica: dos mil años de historia


La Iglesia en la historia de España
José Antonio Escudero (dir.)
Madrid, Marcial Pons y Fundación Rafael del Pino, 2014
1.477 pp. 75 €

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La Iglesia católica ha gozado de un arraigo plurimilenario en España, perfilando las diversas formas de percibir e imaginar la realidad en cada momento histórico. La doctrina, el rito y la ética cristiana han tenido un impacto extraordinario en los modos de estar en el mundo de nuestros antepasados. Es imposible profundizar en el conocimiento de la historia española sin hacer referencia a la influencia del catolicismo en la vida social, política, cultural e, incluso, económica. De hecho, y a pesar del proceso de secularización vivido, la religión sigue ocupando un lugar importante en el espacio público. Hemos descubierto que la diferenciación moderna de las esferas política y religiosa no comporta la independencia ni elimina sus habituales interacciones. Los enconados debates y las multitudinarias movilizaciones de protesta en torno a cuestiones como la educación religiosa, el matrimonio entre homosexuales o cuestiones biomédicas han sido habituales en la última década y han vuelto a conformar una línea de fractura política. Probablemente no pueda deslindarse del todo el alcance de estas polémicas y el creciente interés académico por la Iglesia católica y la historia religiosa española.

No sorprende, por tanto, el titánico esfuerzo de la Fundación Rafael del Pino y de José Antonio Escudero, académico de las Reales Academias de la Historia y de Jurisprudencia y Legislación como editor, para ofrecernos esta monumental obra, como ya habían propuesto antes una y otro con trabajos como los tres volúmenes de El Rey. Historia de la Monarquía (Premio Nacional de Historia) o Cortes y Constitución de Cádiz. 200 años. La Iglesia en la historia de España es el resultado de la labor de setenta y cuatro autores que tenían como objetivo elaborar una síntesis sobre la actividad de la Iglesia católica en la historia española, tanto en el pasado como en el presente. Y es que, aunque la obra tiene los dos pies en el ayer, dedica un espacio final a la reflexión sobre el hoy y el mañana de la Iglesia católica de la mano de Rafael Navarro-Valls, catedrático emérito de Derecho Eclesiástico, y del teólogo Olegario González de Cardedal. Desde el momento de su llegada a las librerías, este trabajo se ha convertido en una referencia de consulta inexcusable para los estudiosos e interesados en la historia religiosa. Pero, como todo compendio de estas características, tiene sus claroscuros: posee muchas virtudes, pero también más de un defecto. Como en cualquier botica tradicional, hay trabajos que ofrecen un magnífico estado de la cuestión al día de las investigaciones y otros en los que esto no se ha conseguido. Algunos capítulos ni tan siquiera tienen una nota a pie de página que podría servir de faro para quienes pretendan sumergirse en la cuestión. Los hay más generales y más particulares, más descriptivos o más interpretativos. Y nos encontramos también con algunos textos que se acercan a la apologética y que poco aportan a un lector al que se le ha ofrecido algo diferente. El resultado final, por tanto, es desequilibrado y, por momentos, deja un sabor de boca un tanto agridulce.

En fin, las muchas virtudes de este trabajo se ven atenuadas por sus evidentes limitaciones. Si hace unos treinta años la historiografía sobre la Iglesia católica en España tenía un largo camino por recorrer para rellenar las múltiples lagunas de conocimiento existentes, hoy el avance podría calificarse de espectacular y esperanzador, con una riqueza y un abanico de tonalidades que abren nuevas puertas para la investigación. Quizás el mejor ejemplo, aunque no el único, para defender la buena salud de que goza este campo historiográfico, sea la edición de la Historia del cristianismo en cuatro tomos de la editorial

Trotta y de la Universidad de Granada, elaborada por especialistas españoles. Sin embargo, si atendemos a algunos de los capítulos recogidos en esta obra, parece como si nada hubiera pasado en esta disciplina a lo largo del siglo XXI (altamente llamativos en este caso son los capítulos dedicados a la Segunda República y a la Guerra Civil, donde se demuestra que tener una buena documentación sobre un tema no lo es todo). Por otro lado, los desajustes parecen más evidentes según nos acercamos al tiempo presente. El epígrafe sobre «La Iglesia y el nacionalismo» es sorprendente porque, en el fondo, se trata de una reflexión de Fernando García de Cortázar sobre el nacionalismo vasco. Si la idea era ésa, ¿por qué no expresarlo con claridad? Y es que quien lea este libro se quedará extrañado por la escasa reflexión sobre las otras interrelaciones entre nacionalismo e Iglesia en la edad contemporánea. Si estamos analizando la presencia de la Iglesia en la historia de España, ¿dónde está la reflexión historiográfica sobre el nacionalcatolicismo? Hay que buscar la referencia en el interesante capítulo dedicado al franquismo, pero poco más. Es una decisión, cuando menos, discutible, teniendo en cuenta la transformación, no sólo a nivel español, que está produciéndose cuando se aborda el análisis de las relaciones entre catolicismo y nación. Asimismo, no es comprensible tampoco que el espacio dedicado a la Iglesia en la España democrática se encargue al arzobispo emérito de Pamplona y Tudela, quien reconoce que sólo tiene la intención de dejar la impresión que dejaron en su vida aquellos años. ¿Acaso no está trabajándose ya sobre este período con solvencia desde la academia?

La historia religiosa ha ido ganando en madurez con el fortalecimiento de la disciplina, aunque probablemente aún estemos viviendo una fase de transición que logre equipararnos con las otras historiografías del entorno europeo, como la francesa o la italiana. Pese al desarrollo, aún nos quedan muchos aspectos en los que mejorar y un campo abierto para profundizar en el complejo pasado español. El hecho religioso es un fenómeno esquivo para cualquier investigador, difícil de medir y cuantificar, por lo que necesita de todas las herramientas que estén a nuestra disposición para trabajar de manera interdisciplinar en este campo de investigación. Como demuestra la lectura de estas páginas, la Iglesia se ha recompuesto constantemente de manera plural y adaptativa. El ya viejo adagio conciliar sobre «la escucha del signo de los tiempos» no es tan novedoso como podría pensarse a primera vista. Otra cuestión es cómo fueron desarrollados esos procesos adaptativos, que trajeron éxitos y fracasos a partes iguales. La tríada señalada anteriormente (compuesta por doctrina, práctica ritual y comportamiento ético) ha sido recibida, reformulada o traducida colectiva y personalmente en cada época y en cada contexto. No podemos olvidarlo si queremos avanzar en la comprensión del pasado: el cristianismo se ha conjugado en plural desde sus orígenes.

En ocasiones, la historiografía religiosa española ha tenido problemas a la hora de conectar el hecho religioso con la narración sobre la historia global, incluso en momentos en que ambas se entrelazaban en un régimen de cristiandad. Quizá por esta razón ha solido ser más una historia eclesiástica, es decir, relacionada con las instituciones, la jerarquía o las relaciones Iglesia-Estado, que propiamente religiosa. El problema nace de la centralidad otorgada a las cuestiones políticas, lo que termina por desdeñar aspectos tan centrales e importantes como los socioculturales, especialmente los relacionados con la espiritualidad y la cultura devocional del momento. Esta síntesis constituye una magnífica radiografía para comprender dónde nos encontramos en la actualidad. Se subrayan, sobre todo, las relaciones Iglesia-Estado (especialmente interesantes son los acercamientos que se hacen a los concordatos y acuerdos a lo largo de los siglos) y lo relacionado con la política y la Iglesia. En este sentido, la Inquisición sigue siendo un campo innovador y sorprendente para conocer una época (el capítulo dedicado a la figura del inquisidor general es un buen ejemplo de ello). Asimismo, conocemos con cierta profundidad la vida religiosa desde el monacato medieval hasta las congregaciones religiosas, o el perfil de la jerarquía católica, aunque en esto todavía nos faltan acercamientos prosopográficos más completos. Tras recorrer las páginas de esta obra, tengo la sensación de que necesitamos hacer un esfuerzo para elaborar síntesis a través de un sujeto histórico muchas veces desdeñado en materia eclesiástica: las diócesis. La historiografía francesa nos ha demostrado lo valioso de este tipo de estudios, que terminan por ser mucho más que una mera descripción de los obispados y sus jerarquías. Ese modelo podría ser un acicate para conocer mejor las diferencias regionales españolas.

Pero el gran déficit nos lo encontramos en relación con la vida cotidiana de los católicos en cada momento histórico, con sus diversidades sociales, culturales y regionales. El estudio de la vivencia espiritual de los católicos concretos, sus redes de sociabilidad o las devociones que triunfaban en cada época nos descubren un paisaje rico en matices. El Concilio Vaticano II redescubrió a los laicos a nivel eclesiológico y la historia religiosa está haciendo lo propio. Y, no lo olvidemos, también nos queda por desentrañar lo que significó ser mujer y católica. Resulta llamativo cómo en esta síntesis sólo se ofrece una aproximación a este tema desde la perspectiva del siglo XX. ¿Y qué sucedió antes con las mujeres? Algo vamos conociendo ya, y descubrimos que los lugares comunes, no por repetidos, son ciertos. En definitiva, aún nos queda por responder a la pregunta central que debería hacerse todo historiador preocupado por estas cuestiones: ¿qué significó ser católico? ¿Qué pensaba, expresaba y sentía el cristiano común? ¿Cómo vivía su fe? Son muchas las lagunas en este sentido, ya que las respuestas nunca podrán ser unívocas. Según fuera la recepción de la doctrina, el rito y la ética cristiana, las repercusiones en la vida de los católicos variaban. Eso sí, la madurez de la historiografía debe ir acompañada también de una política archivística de la Iglesia que no haga depender el acceso a las fuentes, como tantas veces sucede, de las decisiones aleatorias de los responsables de los archivos eclesiásticos.

La Iglesia en la historia de España sirve para tomar la temperatura de la historia religiosa española, pero a veces sorprende más por los acentos que por las ausencias. En este sentido, puede resultar sorprendente dedicar un capítulo completo a la Teología de la Liberación y su repercusión, lo que viene a afianzar lo comentado más arriba sobre la importancia de lo político (aunque la lectura del capítulo nos demuestra que fue mucho más). Está en el debe de la historiografía hacer un historia del pensamiento teológico español que no tenga solamente un interés interno y que pueda encajar con las interpretaciones generales sobre la época, como nos lo demuestran los detallados análisis elaborados sobre las disputas en relación con el descubrimiento del Nuevo Mundo. También resulta extraño, por otro lado, dedicar un capítulo a la educación universitaria católica durante el siglo XX sin prestar atención a un fenómeno tan importante en la edad contemporánea como es la educación católica durante los primeros niveles, que ayudaría a romper los lugares comunes que aparecen en cada disputa educativa en la actualidad.

Podríamos parafrasear a T. S. Eliot cuando afirmaba que cualquier ciudadano europeo puede no ser cristiano, pero lo que dice y hace nace de aquella herencia cultural. Por esta razón son necesarias obras como La Iglesia en la historia de España. Léanla, porque nos ayuda a entendernos un poco más. Con todo, a lo que no ayuda es a dar un salto más y asegurar, como se hizo en la presentación, que España y el catolicismo son realidades indisolubles. El presente nos lo advierte y no podemos caer en estos equívocos. Este tipo de afirmaciones pretenden mantener la idea de que nuestra historia es singular, cuando la comparación nos demuestra más bien todo lo contrario. Es más, al deslindar la identificación de España con el catolicismo, salen ganando ambos términos de la ecuación. Uno de los prefiguradores teológicos del Concilio Vaticano II, Yves Congar, aseguraba que la historia de la Iglesia era esencial porque ofrecía un «sano relativismo». Quizá no haya mejor aviso para los posibles navegantes. Si nos dejamos contaminar por el ambiente reciente seguiremos afianzando prejuicios gastados, ya sean confesionales o laicistas, que nos impiden avanzar en una comprensión más adecuada de lo que ha significado la aportación de la Iglesia católica en la historia española.

Joseba Louzao Villar es profesor titular del Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá) y autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Logroño, Genueve, 2011).

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