La sociología, a examen

DE LA SOCIOLOGÍA. NÚMEROS, NARRATIVAS E INTEGRACIÓN DE LA INVESTIGACIÓN Y LA TEORÍA

John H. Goldthorpe

Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid

Trad. de María Teresa Casado

608 pp. 29 €

Por lo visto, corren malos tiempos para la sociología. Un desorden intelectual desaforado, una fragmentación teórica lacerante y una confusión metodológica desconcertante dibujan un panorama ominoso en el que cuesta vislumbrar horizontes promisorios. Este penoso estado de cosas acarrea, por añadidura, un apocamiento institucional generalizado y una inanidad política creciente. La situación actual de la sociología es tal que ya no sirve caracterizarla con la manida fórmula de la crisis, a la que tantas veces ha recurrido el gremio. Y menos aún relacionarla con las condiciones sociales, políticas y económicas del contexto, que en principio se dirían muy favorables para el desarrollo de cualquier disciplina científica. Antes bien, los problemas mencionados hunden sus raíces en la tradición académica en que ha nacido la sociología, se alimentan de inacabables querellas epistemológicas y producen imposturas intelectuales de las que, al parecer, no hay manera de desprenderse.

A tratar de clarificar estas intrincadas cuestiones dedica John H. Goldthorpe su libroEl volumen que ahora nos ofrece el Centro de Investigaciones Sociológicas –primera entrega de una primorosa colección que responde al título de Clásicos Contemporáneos– es la traducción de la segunda edición inglesa que, aparecida en 2007, revisaba y ampliaba la edición original de 2001.. Formado primero como historiador en el University College de Londres y después en la London School of Economics, Goldthorpe es un universitario de intachable ejecutoria que ha dedicado su carrera académica al análisis de la estratificación y la movilidad social. Desde su base en Nuffield College (Universidad de Oxford), donde en la actualidad es profesor emérito, ha terminado por convertirse en uno de los sociólogos británicos y, por ende, europeos, más sobresalientes de su generación. En sus trabajos brilla siempre su perspicacia empírica, aderezada además de una inteligencia teórica sin par. Parece, por tanto, un intérprete muy cualificado para afrontar la tarea de evaluar el estado de la disciplina, una empresa que acomete con un espíritu muy crítico y salpicado de ironía, lo que inevitablemente nos recuerda los trabajos de Sorokin, Andreski o Homans. Pero el afán de Goldthorpe no responde al viejo hábito de ensuciar la propia madriguera, sino más bien al empeño de un facultativo muy capaz que observa meticulosamente los síntomas del paciente, diagnostica con precisión la dolencia que lo aqueja y le prescribe una terapia razonable.

El severo juicio de Goldthorpe relaciona la presente desorientación de la disciplina con tres factores principales: primero, la escandalosa falta de integración entre la teoría y la investigación, que inhibe el progreso científico del campo y entorpece la acumulación ordenada del conocimiento; segundo, la incapacidad para determinar el estatus de una disciplina que sigue oscilando, indecisa, entre definirse como ciencia del espíritu o de la naturaleza; y tercero, el desacuerdo –por así decir, de segundo orden– sobre cómo ha de abordarse el desacuerdo en torno a la naturaleza de la sociología. La sociología se mueve, así, en un clima de relativismo cognitivo donde florece un pluralismo complaciente y no competitivo en el que terminan por encontrar acomodo las interpretaciones más peregrinas de la realidad social. En suma, todo ese desbarajuste que inunda a la sociología contemporánea puede resumirse en una patente impotencia para alcanzar el mínimo consenso sobre su identidad científica que impediría a los sociólogos esforzarse vanamente en debates interminables e infructuosos y les ayudaría a construir un cuerpo de conocimiento sólidamente fundado.

Los síntomas de esa afección son en verdad muy numerosos y a ellos dedica Goldthorpe los primeros capítulos de su libro. Con carácter general proliferan los dislates teóricos a remolque del último grito intelectual proferido por la moda posmoderna, cuando no las discusiones bizantinas sobre las causas de fenómenos cuya existencia nadie ha demostrado, o la huera verbosidad de elaboraciones argumentales que no son sino pirotecnia conceptual sin mayor profundidad analítica. Con carácter más particular, la enfermedad se le revela a Goldthorpe en la deriva antipositivista de tres exitosos estilos de hacer sociología que suelen presumir de su metodología cualitativa: la gran sociología histórica, la macrosociología comparada y la etnografía sociológica. Y, junto a éstos, las peroratas de algunos célebres sociólogos (por ejemplo, Giddens, Beck y Castells) sobre el impacto de la globalización manifiestan una devastadora debilidad empírica que, sin embargo, no les ha impedido convertirse en prominentes figuras públicas gracias a su presencia en los medios de comunicación de masas.

¿Cuál es la terapia más adecuada para atacar estos problemas? Superar el marasmo dominante exige, en la autorizada opinión de Goldthorpe, proceder a una tan urgente como insoslayable integración de la teoría y la investigación empírica. La solución requiere combinar dos fármacos muy potentes: el análisis de las grandes bases de datos hoy disponibles y la explicación rigurosa de las regularidades empíricas detectadas. Para realizar el primero, nada mejor que recurrir (con la ayuda de nuestra multiplicada capacidad informática) a las poderosas técnicas estadísticas que se han desarrollado en los últimos años. Para avanzar con la segunda, el remedio sugerido es desarrollar una estrategia metodológicamente individualista con el apoyo de una versión de la teoría de la acción racional que presupone una racionalidad de fuerza intermedia, de naturaleza subjetiva y de alcance limitado. Las virtudes de su tratamiento las ilustra Goldthorpe a lo largo de la segunda parte de su libro, integrada por seis capítulos dedicados a diferentes aspectos del análisis de clase, a la movilidad social y a las desigualdades educativas, más otros dos retrospectivos en los que se ejemplifican los efectos perniciosos de no haber aplicado la debida prescripción a su debido tiempo.

Claridad, elegancia e ingenio no exento de mordacidad británica definen el cuidado estilo con que Goldthorpe se dirige siempre a sus lectores. Es de esperar que la prestancia de su prosa alivie un tanto la acritud de las píldoras que recomienda a los sociólogos para escapar del atolladero intelectual en que se encuentra atrapada la disciplina.

Ficha técnica

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