Defensa del liberalismo pragmático

Liberalismo y acción social y otros ensayos

JOHN DEWEY

Edicion Alfons el Magnànim, Valencia, 1996

Introducción, selección y traducción de J. Miguel Esteban Cloquell

180 págs.

En la cuidada introducción de J. Miguel Esteban es perceptible una considerable irritación, que confieso compartir, con los lugares comunes que cierta izquierda europea suele manejar en relación al pragmatismo liberal estadounidense. Tal vez la lectura de este libro contribuya a despejar la multitud de malentendidos que suelen inundar las discusiones cuando aparecen juntas las tres palabras. Porque, en efecto, liberal no es lo mismo que neoliberal, pragmático no significa maquiavélico y estadounidense no es sinónimo de reaccionario. «Liberalismo y acción social», así como el resto de los ensayos seleccionados, son textos de defensa militante del liberalismo pragmático escritos por John Dewey entre 1935 y 1940. Malos tiempos aquellos para liberales y demócratas. Y es en esos malos tiempos en los que nuestro autor emprende una reflexión sobre el liberalismo destinada, en primer lugar, a defenderlo de las acusaciones de mojigatería que le impedirían oponerse resueltamente a los movimientos totalitarios y, en segundo lugar, a criticar frontalmente la reducción del programa liberal al individualismo egoísta del laissez faire. El sentido del liberalismo pragmático que Dewey trata de rescatar remite a conceptos tales como progresismo, experimentación social, reformismo, solidaridad, etc. Es decir, en cierta medida, nos hallamos ante un término cuyo campo semántico hay que retrotraer a su significado político original –el de las constituyentes de Cádiz–: el liberal es abierto de mente, generoso, tolerante, etc.

No obstante, para ello hay que tomar algunas decisiones importantes. Hay que renunciar, por lo pronto, a la «herencia absolutista» que, en opinión de Dewey, deforma al liberalismo. En este contexto, hemos de dejar de considerar al individuo como un dato fijo o dado y pasar a comprenderlo como un logro obtenido con la ayuda de ciertas condiciones sociales y culturales (lo que abre el espacio necesario a medidas igualadoras y a reformas sociales profundas). Por otra parte, también hay que abandonar la idea ahistórica de leyes indefectibles del progreso que conducen a paraísos prefijados (prejuicio compartido por marxismo y liberalismo convencional) para reemplazarla por una decidida experimentación social reformista que se mueve en un medio de contingencia histórica.

Nada, pues, más lejos del neoliberalismo al que le es aplicable aquella definición que dio el romántico Carlyle: «Anarquía más policía». Pero también nada más lejos del progresismo marxista entonces en boga con sus coqueteos con la revolución violenta como panacea de los problemas de la democracia «meramente burguesa».

Su compromiso con el reformismo radical aleja a Dewey de aquellas opciones y convierte a su planteamiento en fuertemente exigente respecto de reformas políticas y económicas. El papel de la libre inteligencia como método rector de la acción social le hace decir que si el liberalismo quiere cumplir sus aspiraciones y sus fines, sólo podrá hacerlo mediante la creación de un orden político y social que sustente materialmente la liberación cultural y el desarrollo de los individuos. Sólo mediante la seguridad material de las personas pondremos las bases para realizar aquello que puede y debe ser realizado. El programa liberal es, pues, un objetivo a desarrollar mediante la reflexión y el debate público y para hacerlo posible el estado debe asumir la causa de la educación cívica. Y es que, después de todo, el problema de la educación coincide con el problema de la aplicación de la democracia a los más diversos contextos: económicos, sociales, domésticos o políticos. En efecto, la tarea educativa incide directamente en la reforma de las instituciones y también en su democratización con lo que el liberalismo se convierte en un movimiento de carácter radical: «Cualquier propuesta liberal que no sea a su vez radical es irrelevante o está condenada al fracaso» (pág. 97).

Ahora bien, discusión, diálogo, participación, etc., coaligados con reformas igualadoras del estado de bienestar, son para la izquierda contemporánea valores tan básicos como lo eran para Dewey. Sin embargo, para éste todavía es necesario un elemento más. En la época de crisis en la que escribe, a Dewey le parece que la propaganda y la manipulación pueden arruinar la esfera pública en la que esas actividades se desarrollan. Por eso acude al método científico y sus virtudes (honestidad, imparcialidad, etc.) como guía de la inteligencia y de la experimentación social radical. No estoy muy seguro de que tal propuesta mantenga hoy el atractivo que podía tener en los años treinta. Pero sí es evidente que tal posicionamiento no comporta riesgo alguno de tecnocratismo u oligarquización en los planteamientos de Dewey. Como él mismo nos señala, sólo pueden lograrse la libertad y la autonomía de los individuos empleando medios acordes con esos fines. Y no hay cosa más radical que articular medios democráticos para lograr fines de reforma radical democrática (págs. 174-175).

Ficha técnica

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