Revista de Libros acude a la Feria del Libro de Gijón, donde entrevistamos Jaime Priede, el director de la tercera feria literaria de España.
Nos encontramos en la terraza del bellísimo Café Dindurra, a cuyo alrededor se extienden las casi cien casetas de la Feria del Libro de Gijón, alineadas en dos calles del casco histórico, en torno al Centro de Cultura, que los gijonenses llaman «el Antiguo Instituto», lo cual es comprensible, porque se construyó en 1797, por encargo del ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos, nacido en el vecino barrio de Cimadevilla.
Este año la convocatoria literaria gijonense ha reunido a un notable grupo de autores españoles y latinoamericanos. Destacan el mexicano David Toscana, recién galardonado con el Premio Alfaguara de Novela por El ejército ciego, y la española Lucía Solla Sobral, que ha vendido 200.000 ejemplares de su primera obra, Comerás flores, publicada por la editorial Asteroide en 2025. Pero han pasado por aquí un centenar de autores, incluyendo a Martín Caparrós, Remedios Zafra, Marcos Giralt Torrente, Juan Gómez Bárcena, Najat El Hachmi, Mercedes Monmany, Juan Manuel Gil y Sara Barquinero, cuya novela Los escorpiones reseñamos en RDL hace un año.
Con el mar Cantábrico a pocos metros, las gaviotas nos sobrevuelan confiadas, hasta el punto de que una se posa en una mesa cercana, estudiando con avidez las tazas y los platos de los desayunos. Vista de cerca, el ave marina es, calculando a ojo, el triple de grande que una de las sobrealimentadas palomas madrileñas.
Arrancaste tu travesía en el sector cultural como profesor de literatura, mientras traducías a Raymond Carver y Allen Ginsberg. Habías escrito poesía, ensayo y novela, cuando en 2019 te llamaron para proponerte dirigir la Feria del Libro de Gijón, la tercera más relevante de España, tras las de Madrid y Barcelona. ¿Cómo te ficharon para dirigir la FeLiX?
La idea era que la primera edición fuera en 2020. Estalló la pandemia, nos pilló en medio de la preparación de lo que sería mi primer año al frente de la Feria del Libro. Finalmente, logramos inaugurarla meses después, no en junio sino a finales de septiembre, con muchas limitaciones, pero presencial, porque a los libreros, claro, les conviene que sea así. Y el Festival de Poesía POEX, que estrenamos aquel año, se hizo online.
Desde entonces hemos ido perfilando poco a poco un proyecto que consistía en crear un modelo cultural fuerte, que fuera diverso, que tuviera prestigio, con el objetivo de apoyar el sector comercial del libro. Nuestra intención era que fuera como un festival de la cultura. Y esa idea fue creciendo de una manera sostenida, muy pensada, sin pretender ser demasiado mediáticos, sino dando pasos medidos, hasta hoy.
El lema de la décima edición de la feria es «No (te) pierdas el norte». ¿Crees que España sigue pecando de ese tradicional centralismo, que algunos llaman «ombliguismo cultural», en torno a Madrid y Barcelona?
Bueno, una de las cosas buenas que nos trae Internet, que nos traen las redes sociales, que nos trae todo el trabajo que podemos hacer online, es que esa centralización se ha debilitado y que desde los lugares más periféricos se puede trabajar casi al mismo nivel. Es cierto que presencialmente sigue estando todo en Madrid y en Barcelona, pero hoy resulta mucho más fácil el contacto desde fuera de Madrid y Barcelona. En ese sentido, ya se nota mucho menos la diferencia. Podemos acceder a prácticamente todo.
De todos modos, la existencia física, por así decirlo, sigue teniendo relevancia en la era digital. Igual que una revista cultural con versión en papel parece más consolidada, una feria del libro parece afianzar la actividad cultural de una ciudad.
Sí, pero el modelo de nuestra feria es algo distinto de lo que ofrecen Madrid y Barcelona. Sin entrar en un juicio valorativo, pero no buscamos firmas mediáticas ni lograr grandes colas que sean muy vistosas para la prensa. Lo que pretendemos conseguir es un gran proyecto donde cada acto sea un acto de cultura.
Por eso nos basamos en conversaciones con autores y autoras sobre los temas principales de sus libros. Y eso es lo capital para nosotros. O sea, nosotros marcamos los temas que queremos que estén presentes en la feria en 2027 y ese es nuestro punto de partida. Elegimos asuntos con una actualidad más o menos permanente y que sean de interés nacional, no local. Incluso internacional.
Y eso os sirve como criterio para elegir autores, marcando vosotros las líneas argumentales, por así decirlo.
Exactamente. Primero elegimos esos temas, aunque en un primer momento sea de una manera muy general y luego los vayamos perfilando. Una vez que tenemos esos temas, pensamos en los autores y en los libros. Entonces hablamos con los agentes, con los editores, de qué proyectos tienen ese sentido a lo largo del año.
O sea, trabajamos al revés. No pensamos primero que vamos a traer al autor X porque va a tener una novedad editorial muy potente y que vamos a tener una cola de gente esperando a conseguir la firma.
¿Cómo se ha ido adaptando la Feria del Libro de Gijón al fluctuante escenario cultural en cuanto a los cambios de formatos, desde su primera edición de 2017 hasta consolidarse como una cita ineludible para el sector de la cultura español?
Cuando yo llegué ya estábamos, afortunadamente, inmersos en ese mundo digital, sin el que no hubiéramos podido hacer la edición de 2020. Ni tampoco la del Festival de Poesía POEX, que fue enteramente digital. Hicimos el cambio para adaptarlo a Internet en un par de días. Si no, hubiera sido imposible.
¿Y la evolución de la feria, cómo se puede decir que ha sido, cuando está a punto de cumplir una década?
La feria al principio tenía unos 40 expositores, todos locales. Se hizo con el esfuerzo de los editores y de los libreros de aquí, que pelearon para sacarlo adelante. Aquí en Gijón en verano ya se celebraba la Semana Negra, un festival literario que tiene una trascendencia y un recorrido internacional muy consolidados. No todo el mundo pensaba que una feria de libros tuviera cabida, ya que podría acabar siendo repetitivo.
Varios editores y libreros, con el apoyo de la concejal de entonces, del partido Ciudadanos, Sara Sola, insistieron en que se hiciera y lo consiguieron. Las primeras ediciones fueron más bien locales y con unos 40 participantes, más o menos. En todo caso, ellos hicieron lo difícil, que es poner en marcha una feria de libros. Eso fue lo complicado. Desde una zona cero.
De acuerdo, pero una vez inaugurada la feria, había que consolidar el proyecto.
Efectivamente. Cuando llegué, para la cuarta edición, la misión era evolucionar en la escala cultural y hacer crecer la feria hasta lograr consolidarla. Era un poco el objetivo que tenía. Estamos en ello.
Todavía hay margen de crecimiento, aunque hay que tener en cuenta que la Feria del Libro de Gijón se celebra en una ciudad de 270.000 habitantes. Y yo creo que en el aspecto espacial está tocando techo. Este año ha habido 98 expositores y puede llegar a cien, pero si sobrepasa esa cifra, posiblemente empiece a ser incómoda para el usuario. Y quizá perdamos el contacto librero-público-usuario que tenemos. Todavía hay un ambiente de calma, de poder hacer las cosas con cierta tranquilidad. Si crecemos demasiado, sería difícil. Todavía se puede crecer en cuanto a organización, programación, calidad técnica y alcance mediático.
El certamen destaca por su amplia programación en lengua asturiana. ¿Qué peso tiene la producción local, la tierrina, en la identidad de la feria?
La importancia de lo local es clave para nosotros. Los autores, los editores y los libreros de aquí tienen que sentirse en su casa. Deben tener claro que la feria es suya, eso es lo primero. Y para conseguirlo, procuramos apoyarlos lo más posible.
En cuanto a la programación, un tanto por ciento amplio, en torno al 40-45%, es producción local, tanto en castellano como en asturiano, con ese porcentaje de visibilidad. Es decir, que el asturiano, aunque no esté presente a nivel de usuario en la calle, lo asumimos como lengua de cultura.
¿Por qué? Porque en asturiano hay una literatura de una calidad digna, tanto en narrativa como en poesía. Hay un cine en asturiano muy interesante, hay música, hay una red de grupos teatrales, por lo que debemos atender desde el punto de vista cultural al asturiano. Además de eso, yo creo que un evento cultural debe tener la identidad de la ciudad donde se celebra.
Y dada la competencia mundial o global entre la cultura anglo de la literatura en inglés y la cultura hispanohablante de la literatura en español, ¿a nuestro país no le resultaría más práctico empezar a mirar hacia afuera y no hacia adentro?
Una buena pregunta, desde luego. En cuanto a la proyección internacional y nacional, Gijón es una ciudad plural, es una ciudad dinámica, abierta a la calle, con una actitud muy integradora. En la Feria queremos tener un poco ese perfil también. Por ejemplo, la mayor parte de las editoriales son de fuera, pero son muy bien acogidas, porque eso forma parte del modo de ser de la ciudad.
Nosotros generamos una complicidad, que logra que todo el mundo vaya en la misma dirección para que la feria crezca. Ese era uno de los objetivos que apuntabas, que la feria crezca como para poder traer autores internacionales. Tendríamos que buscar colaboraciones con otras entidades y traer autores de manera conjunta, por ejemplo. En eso estamos.
Este año habéis logrado convocar a voces imprescindibles de la cultura hispanohablante contemporánea, desde el recién premiado David Toscana, que es mexicano, y el periodista argentino Martín Caparrós, hasta destacadas voces femeninas españolas como Lucía Solla Sobral. Quizá El ejército ciego de Toscana y Comerás flores de Solla sean dos de los libros más relevantes de esta feria. Los he leído, uno detrás del otro, y me parecen uno inequívocamente masculino y el otro incontestablemente femenino. Si no supiera quiénes los han escrito, adjudicaría el primero a un hombre y el segundo a una mujer. ¿No tendría que estar sucediendo todo lo contrario, que no fuéramos capaces de distinguir el género del autor por el tipo de obra que escribe?
Un tema muy interesante. La literatura escrita por mujeres empieza a tratar temas que no se habían tratado y que afectan directamente a la mujer como tal. En el caso de Lucía Solla Sobral, la perspectiva desde la que ella cuenta lo que cuenta, yo creo que trasciende lo literario. Por eso ha tenido tantísimo éxito. Es decir, se trata de un libro que en mi opinión trasciende lo literario. Es un fenómeno sociológico, el hecho de que miles de lectoras no habituales hayan leído este libro. Esto ocurre también con las autoras latinoamericanas cuya literatura está llegando aquí en España.
Como Samanta Schweblin en sus libros sobre la maternidad y la fragilidad de las relaciones humanas.
Exactamente. Muchas nos llegan en la editorial Páginas de Espuma, a través del cuento, del relato. Hemos tenido aquí a Sofía Balbuena, por ejemplo, que ganó el premio de relato corto Ribera del Duero este año. Esta autora es un buen ejemplo de esto, con su libro Personajes secundarios: cinco relatos sobre cinco mujeres que, de algún modo, se sienten personajes secundarios en su propia vida. Y lo cuentan desde esa perspectiva, que es totalmente inédita en España, y que nunca podría narrar un hombre.
Pero en cambio, las mujeres parecen rechazar la literatura histórica con voluntad de analizar grandes temas como hace David Toscana. O parece que a las mujeres nos toca primero ir subiendo los escalones de lo doméstico, de lo íntimo.
No, yo creo que varias autoras sí lo hacen. De hecho, en Gijón tenemos una escritora de aquí, Begoña González, que ha publicado El siglo, una novela histórica como las que describes. O Marta Robles, por ejemplo. Para nada son narrativas excluyentes. Lo que pasa es que esa otra perspectiva más íntima está llamando la atención del público, pero sucede fuera de la literatura propiamente dicha.
Como ya has explicado, uno de los objetivos de la Feria del Libro de Gijón es debatir los temas de la actualidad y no que los autores pasen horas firmando como máquinas. Hoy es el último día de la FeLiX. ¿Cuáles dirías que son algunas de las ideas que se han generado o discutido a lo largo de estas jornadas literarias?
Estos días se ha hablado mucho de salud mental, un tema que ha estado siempre ahí, pero silenciado, o presente en un contexto muy especializado. Ahora se empieza a visibilizar. La feria se ha convertido en un pequeño escaparate de este asunto.
Hemos recibido a asociaciones y entidades que trabajan con el libro como vehículo para llegar a personas que tienen este tipo de problemas. Y hemos visto proyectos que pueden cambiar y transformar vidas. Hay proyectos en torno a personas sin hogar, por ejemplo. Estas personas, cada quince días, van a una asociación, que es Mar de Niebla, a intercambiar libros, que se llevan consigo para leerlos. Y pasadas las dos semanas, vuelven con el libro a hablar sobre lo que han leído. Digamos que, de alguna manera, la vida de esas personas se transforma. No se soluciona, pero sí se transforma. Bueno, pues este es uno de los temas que ha estado más presente este año en Gijón.
Quizás ese haya sido el tema estrella, por así decirlo, de la feria, o al menos el sobresaliente, el más destacado.
Sí. Pero también se ha tratado el tema del colapso. El colapso social, en el sentido de la vida acelerada que llevamos, de cómo eso repercute en nuestras relaciones afectivas. Ha sido un asunto del que se ha hablado. Lo han abordado tanto Sofía Balbuena, como la propia Lucía Solla Sobral.
Y también lo ha tratado Remedios Zafra, en cuya presentación estuve ayer. Habló de un tema recurrente en ella, que es relacionar el precariado cultural siempre con la burocracia y la dificultad del trabajador cultural frente al sistema. Yo ahí me plantearía esta pregunta. ¿Hasta qué punto en España se considera que es indisoluble el vínculo entre el Estado y la cultura? No sucede en Estados Unidos, por ejemplo, un país occidental que tiene una hegemonía cultural global y donde hay un potente mecenazgo cultural privado. ¿Por qué en Europa creemos que la cultura la debe financiar obligatoriamente el Estado?
Creo que está bien, en el sentido de que para mí la cultura tiene que ser un servicio público, aunque tenga que apoyarse también en iniciativas privadas, por supuesto.
Pero fundamentalmente yo creo que los gobiernos deben tener una política cultural fuerte, desarrollada y darle mucha importancia. Considerarla un bien necesario, un bien básico para la población.
Pero entonces ¿podemos considerar que los gobiernos eligen los temas y teledirigen un poco hacia dónde va la cultura de un país? ¿O la ciudadanía puede ser libre, pese a ello?
Claro. En mi opinión, la cultura debe ser una marca blanca. Es decir, la gestión cultural no debe ser partidista, ni se debe dirigir ideológicamente desde ningún partido, desde ninguna ideología concreta. Debe ser una marca blanca en el sentido de estar en manos de profesionales que no estén marcados ideológicamente, es decir, profesionales externos a los partidos.
Tú a lo mejor eso lo logras, pero de una manera general quizá no sea tan fácil.
No es fácil, pero yo creo que ese esfuerzo debería hacerse, para que la cultura sea un patrimonio de todos, independientemente de quién gobierne. Porque los gobiernos son transitorios, pasan.
La alternancia derecha-izquierda se va manteniendo históricamente y eso ocurre también en el ámbito europeo. Históricamente, permanece. Como digo, la cultura debe ser un patrimonio de todos. De ese modo, la cultura se convierte en algo que la población afronta de manera desprejuiciada, al considerar que forma parte de todo ese ecosistema que asumimos todos como un bien necesario, como algo público, como un servicio público. Los autobuses públicos no tienen ideología. La cultura, creo yo, debe funcionar igual.
Además de la narrativa, la feria incluye temáticas como «el periodismo que cuenta». En la era digital, con la influencia tóxica de las redes sociales en general, y sobre el periodismo en concreto, ¿qué queda del periodista literario, como pudo ser un Tom Wolfe o como sigue siendo Manuel Vicent?
Buen planteamiento. A mí personalmente me gusta muchísimo el periodismo de Tom Wolfe, el periodismo narrativo. Y también el periodismo con esa base o ese origen latinoamericano, el de la crónica narrativa con elementos literarios, como lo que hacen Leila Guerriero, Martín Caparrós. Ese periodismo de investigación nos interesa mucho que esté presente.
Es decir, queremos que la Feria del Libro de Gijón sea una feria de escritores y escritoras, pero también de periodistas. De periodistas que trabajan con sensibilidad y con tiempo para investigar y para hacer el gran reportaje de fondo. Ese periodismo nos interesa mucho y queremos que esté siempre presente.
Si nosotros queremos basarnos en temas de actualidad que tengan permanencia, tenemos que mirar directamente a ese periodismo de investigación, a ese periodismo de fondo, que en España se hace y se hace muy bien. Nos interesa mucho traer a los grandes maestros y tener siempre presentes a los periodistas.
Esa es la voluntad de Revista de Libros, que al estilo del New York Review of Books, ha publicado textos de largo aliento, como los llamaba Javier Marías, sin miedo a la longitud, aunque sepamos hoy por Google Analytics que un número creciente de personas no pasa del tercer párrafo.
Sí, claro, pero la gente lee libros. Puedes leer un reportaje como lees un cuento.
Los podcasts y la radio son dos grandes formatos mediáticos para difundir cultura. ¿Cómo los valoras en el panorama de lo que podríamos llamar la crisis de los formatos culturales?
En esta edición se han hecho cuatro programas en directo de radio y de podcast. Los han hecho desde aquí y los van a hacer el próximo año también. Y hemos tenido otros tres podcasts, varios dirigidos por gente joven, es decir, una cierta variedad. Creo que este tipo de formatos ya tienen que estar presentes en los eventos culturales. ¿Por qué? Porque tienen su público, porque son canales muy dinámicos, que hoy por hoy también forman parte del discurso cultural.
En cuanto a la radio, se ha mantenido incólume como medio de comunicación.
Sí, ahí está. Y la radio yo creo que tiene que empezar a salir a la calle a cubrir este tipo de eventos, porque la información de los medios es demasiado política. Puede que no sea lo que la gente quiere, aunque los medios estén empeñados en poner el foco en la política. A lo mejor podríamos poner un poco el foco en la cultura, en los eventos culturales, que quizá sí tengan interés para la gente. Damos por hecho que no lo tiene, yo creo que sí lo tiene. La presencia de la radio haciendo programas culturales desde la feria está funcionando muy bien.
Me gustaría saber qué futuro auguras al libro en papel, en un mundo donde a los jóvenes no les da vergüenza confesar que no leen libros, ni necesariamente los relacionan, como hacíamos las generaciones anteriores, con la idea de ser personas cultas.
Sí, efectivamente, esa valoración ha cambiado.
¿Hasta qué punto el libro físico es ya un objeto de «fetichismo cultural», por así decirlo?
Bueno, yo creo que lo decía Irene Vallejo en El infinito en un junco, que el libro es uno de los inventos, junto al lápiz, que no han cambiado a lo largo de la historia.
El lápiz sigue siendo igual en el siglo XXI que cuando se inventó. Y el libro más o menos igual, apenas ha cambiado. Son inventos, decía ella, perfectos, porque no cambian. Como el bolígrafo Bic, que sigue siendo igual desde la década de 1960, cuando se inventó, y hoy compras un Bic idéntico que los de entonces.
Así que tú consideras que el libro es un invento perfecto y que va a resistir.
Sí. Creo que el libro es un formato perfecto y que se va a mantener. Pero tengo una anécdota relacionada con este asunto. Hace un par de años, a principios de verano, estaba en la Universidad Laboral, que hoy se llama la Ciudad de la Cultura, un edificio del patrimonio que tenemos aquí en Gijón, a las afueras. Hay una terraza, una cafetería. Estaba saliendo de ahí y llevaba dos libros en la mano. Y un señor me para y me dice: «¿Puedo hacerle una foto?» En un primer momento, creí que era porque me reconocía, de la feria o algo así. Y me dice: «Es que lleva usted dos libros. Y ya nadie lleva libros por la calle». Y me paré a pensar, y es verdad, han desaparecido los libros. Ahora vamos todos con el móvil.
Incluso en los medios de transporte, como el tren y el avión, los pasajeros llevan el móvil en la mano. La única excepción es el metro, donde abundan las personas que van leyendo.
Sí, van leyendo o estudiando. Pero aquí no. En Gijón el libro ha desaparecido como presencia urbana y es verdad que tiene menos visibilidad. Pero yo creo que el libro en papel va a convivir durante muchísimo tiempo con los formatos digitales. Y conste que no tengo ningún prejuicio contra los nuevos formatos. Los utilizo, por ejemplo, para ir de viaje. Quiero decir, que puede haber cambios de formatos, pero en la cultura, en la literatura, van a convivir la letra impresa y la digitalizada. La letra escrita, en definitiva, yo creo que eso se va a conservar.
Los jóvenes leen de otra manera, leen en otros formatos. Hay mucha gente joven que lee desde el móvil. A mí eso me parece incómodo, me parece engorroso, incluso en cuanto a la capacidad de concentración.
Nuestras generaciones también usaban la escritura para estudiar: escribir a mano, subrayar, tomar notas…
Claro, pero el cerebro se acaba adaptando a otras formas.
Probablemente. Con casi un centenar de expositores, incluida una treintena de librerías locales, ¿cuál es el impacto directo de la FeLiX sobre el tejido comercial de Gijón?
El impacto, según cuentan los libreros y los editores, es fundamental. Es decir, en cuanto al retorno que genera, en cuanto a los beneficios económicos. Date cuenta que aquí los libreros locales y las editoriales de Asturias no pagan casetas. Participan de manera gratuita, porque la feria nace con la meta de incentivar y apoyar el comercio local.
Por tanto, el beneficio que tienen es positivo desde la primera media hora. Y el impacto que consiguen en la feria del libro es brutal durante estos cuatro días, en cuanto a las ventas.
¿Y cuál es la relación que tiene con otros eventos destacados y más veteranos, como la Semana Negra
La Semana Negra es a primeros de julio, y todos los libreros que ves aquí, o la mayoría de ellos, estarán allí también.
Parece estar muy implantada en España. Yo llevo oyendo hablar de la Semana Negra toda la vida.
Claro, claro. La Semana Negra comienza en los años ochenta y ahora ya tiene una trayectoria internacional, un peso muy importante en la ciudad.
La convivencia con la Semana Negra es buena. Obviamente, son dos eventos muy cercanos y eso debe tenerse presente en cuanto a la gestión. Resulta complejo, pero ambos equipos procuramos coordinarnos para no repetir, es decir, para trabajar a favor de la ciudad. Intentamos que sean dos eventos con una personalidad muy propia. Porque eso favorece a la ciudad. Entonces, la Semana Negra tiene un carácter marcado de literatura de géneros, que es lo que ofrece al público. Y la Feria del Libro tiene un carácter más literario. Es decir, intentamos remarcar que sean dos festivales muy distintos para que los visitantes se beneficien, para que la ciudad entera se beneficie de esa diferencia.
¿Y la relación con el Festival de Cine de Gijón?
Con el Festival de Cine colaboramos muchísimo, porque a nivel de gestión nos parece ejemplar cómo funciona el Festival de Cine. Nos sentimos muy cercanos, muy identificados con su identidad y con su objetivo de apoyar el cine de autor independiente. Tenemos una colaboración muy cercana.
No hay un choque de formato.
Colaboran con nosotros y proyectamos películas en colaboración con ellos. Y el Festival POEX trabaja con ellos también, sugiriendo películas con determinada temática, que pueden incluir en su programa. Es un vínculo muy estrecho, porque tenemos una identidad muy similar.
Por último, ¿qué rol tiene la Red Municipal de Bibliotecas? Y explícame un poco el proyecto Bibliotecas Humanas para acercar la lectura al público general.
La Red de Bibliotecas está dentro del equipo de organización de la Feria del Libro. Es decir, forman parte del motor que pone todo esto en marcha. Tienen su propio stand y en ese stand organizan actividades para todas las franjas de edad: gente joven, gente adulta, niños… Tienen una actividad dentro de la feria que organizan desde las bibliotecas. Uno de los proyectos es Bibliotecas Humanas, que es un proyecto interesantísimo.
Consiste en una reunión de cuatro o cinco personas donde una de ellas cuenta un episodio de su vida que considera digno de compartir. Algo que le ha sucedido en un momento dado, algo que ha vivido. Y lo cuenta a los demás. Lo cuenta como si fuera un relato, como si fuera un discurso que los demás escuchan. Es decir, la base de este proyecto es la escucha, el aprender a escuchar. En nuestro mundo, ese acto sencillo es, por desgracia, cada vez más difícil.
Esa es precisamente la tesis central de El día de la revelación, la última película de Steven Spielberg.
El proyecto Bibliotecas Humanas lo que pretende es reunir grupos de asistentes que escuchen las experiencias de otras personas con realidades diferentes. Es un proyecto abierto a todo el que quiera participar. Ha empezado este año y ha salido muy bien, maravillosamente. Tiene una lista de espera que casi te emociona, ¿no? Por la cantidad de personas que quieren formar parte de algo así.
Jaime Priede es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo. Es autor del libro de poesía El coleccionista de tarjetas postales (Deva, 2000), del ensayo Dejad que baile el forastero (Bartleby, 2006) y de la novela Un buzo en el bosque (Malasangre, 2015). Desde 2020 dirige la Feria del Libro de Gijón y coordina el Festival de Poesía POEX.
Gabriela Bustelo es periodista, escritora, traductora. Escribe columnas de opinión y artículos culturales en prensa española y latinoamericana desde hace dos décadas. En noviembre de 2022 entra en el Consejo Editorial de RDL, siendo nombrada directora de la revista en agosto de 2026.






