Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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Aunque queda mes y pico, querido gemelo, para el miércoles de ceniza que este año se celebra el próximo 2 de marzo, se ha hablado mucho en estas semanas pasadas de, si no carnestolendas (o carnes tollendas), al menos carnes menguantes y de mayor calidad. Nada que oponer a tal deseo, ¿no es así, querido?, y no ya durante los cuarenta días de la cuaresma, seguidos del empacho cárnico correspondiente, sino durante todo el año. Pero claro, lo principal para nosotros, que no quisiéramos pasar a la historia como los hermanos Chopped & Spam, es que la calidad satisfaga una regulación razonable y no miope y que sean los ciudadanos, a ser posible informados del mal entendido coste de la carne barata, quienes caminen ese billón de pasos necesarios para mejorar este y muchos otros aspectos negativos de la libertina empresa. Libertina, que no libre, cuando se conchavea con el apoyo, la desidia, o la falta de recursos de los poderes locales y estatales. Coordinar un billón de pasos pequeños parece una tarea imposible, pero se hace todos los días y no solo por el mercado. La sociedad civil puede contribuir significativamente a esta tarea, junto con el voto en el bolsillo de cada cual, cuando es impulsada por la difusión de conocimientos actualizados y tecnologías adecuadas.

Esperando, por lo que va dicho, haber dado respuesta a tus preguntas que quedaron en el aire tras nuestra entrada de la semana pasada, dirigimos nuestra atención hoy a la manifestación aguda de una crisis crónica cual es la inminencia de guerra abierta en Ucrania.

ooOoo

Cuando escribimos estas líneas (el sábado 22 y domingo 23 de enero) y a tenor de lo que los ciudadanos de a pie podemos leer en las noticias más recientes, Vladimir Vladimirovich Putin sigue deshojando la margarita –invado, no invado, invado, no invado-. Es muy posible que una decisión se haya tomado e implementado para cuando nuestros amables lectores puedan leer esta entrada, de forma que hemos intentado que nuestra reflexión de hoy no dependa de cuál sea la situación en Ucrania el miércoles 26 de enero de 2022.

La reacción de los portavoces de partidos políticos y de comentaristas españoles ha ido desde el silencio o la convicción de que se trata de un complot contra España, hasta una perversa reencarnación del «¡No a la guerra!», cierto que pasando por manifestaciones más ecuánimesPara un compendio amplio de las diferentes reacciones en España, véase ¿Cómo reaccionará España a la crisis de Ucrania? | The Spain Report.. Con respecto a estas reacciones, diremos que la reencarnación del ambiguo ¡No a la guerra! es perversa por dos razones. En primer lugar, han pasado casi veinte años desde la guerra de Iraq y las condiciones hoy y entonces no pueden ser más diferentes. Como deseo, no se le puede objetar nada; claro que no a la guerra (lo decimos aquí también). Como solución a un conflicto concreto, sin embargo, no es necesariamente la recomendación adecuada y puede ser, como muestra la historia en más de una ocasión, el preludio a una conflagración aun mayor que la que se pretende evitar.

En segundo lugar, la trayectoria de Putin durante más de veinte años no deja lugar a dudas sobre cuál es su intención con respecto a Ucrania, que es el impedir que se convierta en un país democrático y próspero. Al mismo tiempo, la realidad rusa deja pocas dudas también con respecto a los riesgos que Putin está dispuesto a aceptar para conseguir su objetivo principal, que es mantenerse en el poder sin acabar en el exilio, la cárcel o el cementerio. Ni más ni menos que cualquier otro tirano.

El no a la guerra que se lanza a los cuatro vientos hoy por sorprendentes «amigos» de Putin es perverso e ingenuo, como intentaremos demostrar en el resto de esta entrada. Vaya por delante que cuando hablamos de Rusia, hablamos del estado cleptómano creado y presidido por Vladimir Putin. Las clases medias rusas y todos aquellos ciudadanos rusos que desean una Rusia más próspera y democrática merecen nuestro respeto y nuestros mejores deseos.

El Rus de Kiev

Las ciudades históricas de Novgorod y Kiev son centrales en la fundación de la primera Rusia, el Rus de Kiev, en cuyo esplendor se produjo la conversión al cristianismo del Príncipe Vladimir, hace poco más de un milenio, en 988. Tras la conversión del Príncipe Vladimir del Rus de Kiev, los pueblos que lo componían se convirtieron al cristianismo en masa. El presidente Putin abraza la historia del Rus de Kiev con evidente interés. Poco antes de apropiarse de la península de Crimea, en julio de 2013, Putin, acompañado del patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, visitó Kiev para promover mayores lazos de solidaridad y cooperación con Ucrania, en nombre del «Gran Rus» y la supuesta pasada gloria común. El entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukovych, estaba a punto de firmar un acuerdo de cooperación con la Unión Europea en noviembre de 2013, cuando Putin le ofreció, en un acuerdo secreto, una línea de crédito de quince mil millones de dólares, con tres mil millones de entrega inmediata, para renunciar al tratado con la UE. Las protestas que siguieron en febrero de 2014, con cientos de muertos entre los opositores al régimen y sus defensores, y la huida de Yanukovych, acabaron con las ilusiones de un acercamiento entre Ucrania y Rusia. Crimea fue anexionada poco después y hoy vivimos un segundo acto de la confrontación entre una Ucrania en que muchos de sus ciudadanos luchan denodadamente por democratizar y una Rusia que, junto con sus proxies en el este de Ucrania, está intentando evitarlo por todos, repitamos, todos, los mediosRecomendamos un excelente análisis de los orígenes del conflicto entre Ucrania y Rusia, publicado en el número especial de navidades de The Economist: https://www.economist.com/christmas-specials/2021/12/18/why-russia-has-never-accepted-ukrainian-independence..

La nostalgia por la Unión Soviética

Vladimir Putin ha manifestado en numerosas ocasiones que la caída de la Unión Soviética fue un desastre geopolítico de la mayor importancia. No le falta razón. Y aunque lo diga por razones con las que no estemos de acuerdo, sí es cierto que la desaparición de la Unión Soviética fue una tragedia incalculable para muchos ciudadanos rusos, que perdieron lo poco que el Estado soviético había garantizado hasta entonces, momento en que se puso de manifiesto abiertamente la imposibilidad de seguir garantizando casi nada. De hecho, la desesperación fue tal que muchos ciudadanos rusos murieron tempranamente por enfermedad, carencias, alcoholismo o suicidio. La esperanza de vida se desplomó en la federación rusa en los años siguientes a la caída de la Unión Soviética, de 69,13 años (al nacer) en 1988 a 64,95 en 2003Véase https://www.macrotrends.net/countries/RUS/russia/life-expectancy..

Esta tragedia es un componente importante de la nostalgia que Putin pretende tener por la URSS y que transmite a sus súbditos, por ejemplo con el blanqueamiento de Stalin (quien nació en Georgia, por cierto) y la aparente prosperidad que tuvo lugar con los primeros planes quinquenales. Poco importa que no cuente con el apoyo de los pocos comunistas que hoy existen en Rusia.

La nostalgia por la URSS es fácil de entender en la lógica de Putin. Es parte de una nostalgia mayor y de un resentimiento intenso.

La nostalgia mayor es, podríamos decirlo así, la nostalgia por el imperio ruso bajo el zarismo de los Romanov. La aproximación de Putin, y su aparente devoción, a la Iglesia Ortodoxa Rusa es un restablecimiento de la importancia de la religión ortodoxa en los tiempos del zarismo. La revalorización de la Unión Soviética es parte del intento de revisión histórica por medio del cual Vladimir Putin pretende recuperar las glorias del pasado. Pero esta nostalgia va acompañada de un profundo resentimiento hacia el mundo occidental (Europa y los Estados Unidos o la OTAN, si se quiere). El intenso resentimiento tiene fuentes externas e internas, medias verdades y complejos sin reconocer.

Entre las fuentes de resentimiento externas y las medias verdades, figura de forma prominente la aparente promesa de no ampliar el número de países dentro de la OTAN a costa de los antiguos satélites europeos de la Unión Soviética. A esta afrenta, que tiene cierta justificación por la arrogancia con que la ampliación de la OTAN se produjo, se une la acusación de que Occidente no ayudó a Rusia lo suficiente en su transición a una democracia de economía privada, una media verdad en el mejor de los casos y, en realidad, el fracaso de los Estados Unidos, fundamentalmente, en administrar las enormes posibilidades del fin de la Guerra Fría con más inteligencia, en beneficio de los propios Estados Unidos, Europa, Rusia y el resto del mundoSobre estas cuestiones, la referencia obligada y magistral es Stephen M. Walt, The Hell of Good Intentions: America’s Foreign Policy Elite and the Decline of U.S. Primacy, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2018..

Entre las fuentes internas y los complejos sin reconocer está la cruda realidad de que el imperio ruso (en sus versiones zarista o soviética) nunca fue, a pesar de su inmensidad y de sus riquezas, el poder dominante que siempre quiso ser. En palabras de Stephen Kotkin, uno de sus historiadores y autor de una fundamental biografía de Stalin, «durante la mitad de un milenio, la política exterior rusa se ha caracterizado por ambiciones desmedidas muy por encima de las capacidades del país»Stephen Kotkin, Russia’s Perpetual Geopolitics: Putin Returns to the Historical Pattern, Foreign Affairs, mayo/junio 2016. Accesible en https://www.foreignaffairs.com/articles/ukraine/2016-04-18/russias-perpetual-geopolitics.. Es muy posible que esta contundente conclusión sorprenda a muchos, pero Stephen Kotkin deja muy pocas dudas al respecto y pone de manifiesto cómo Putin se ve guiado por este agravio histórico, y nacionalista, más allá de sus verdaderos sentimientos por la desaparecida Unión Soviética.

Es evidente que la herida de la separación de Ucrania sigue abierta y duele más que lo sucedido en Asia Central (en la que se independizaron territorios inmensos como Kazajistán, Uzbekistán o Turkmenistán, además de los menores de Kirguistán y Tayikistán), en el Cáucaso (donde los enredos de Putin tienen hoy menos repercusión), o incluso en el caso de Lituania, Letonia y Estonia, que parecen estar más protegidos de la agresión rusa. Es más, la posible democratización de Ucrania es una amenaza directa al régimen de Putin. Esta consideración nos lleva a la verdadera naturaleza del estado ruso creado por Vladimir Putin y a la irresponsable indecisión a que este se ve sometido.

El estado cleptómano

Hay quien piensa que Vladimir Putin es, con diferencia, el hombre más rico del mundoVéase https://foreignpolicyi.org/vladimir-putins-net-worth/.. Y es el hombre más rico del mundo porque muchos de los oligarcas que sostienen su imperio son ellos mismos multimillonarios. No es desatinado añadir que tanta riqueza individual va acompañada de un nivel de corrupción conmensurado, basado esencialmente en la apropiación total o parcial de los activos y recursos heredados de la Unión Soviética. Esta es la conclusión de, entre otros muchos, quien fue diplomático sueco en la Unión Soviética de Gorbachov, testigo directo de la época de Boris Yeltsin y de la Rusia de Putin, y es hoy un experto en la transición de países de la antigua URSS hacia economías de mercadoAnders Aslund, Russia’s Crony Capitalism: The Path from Market Economy to Kleptocracy, Yale University Press, New Haven, 2019..

Los primeros años del gobierno de Putin, tras la vorágine de la época de Boris Yeltsin, representaron una mejora sustancial en las condiciones de vida y prosperidad de Rusia y de su clase media, favorecidos por elevados precios de sus recursos naturales, especialmente petróleo y minerales. Una prosperidad en que era relativamente sencillo ocultar o ignorar la creciente corrupción. Pero tras la crisis financiera de 2008 y coincidiendo con la vuelta (nominal) de Putin al poder en 2012, la situación económica empeoró y el descontento de las clases medias aumentó, apareciendo la protesta social que Putin reprimió con medidas cada vez más autoritarias y hasta criminales.

El brillante diplomático y estratega polaco-americano Zbigniew Brzezinski, asesor de Lyndon Johnson (1966-68) y Jimmy Carter (1977-81), afirmó en 1994, en respuesta a la pregunta de Alexander Solzhenitsin, «¿Qué es Rusia?», que Rusia podría ser un imperio o podría ser una democracia, pero no ambos a la vezLa referencia a la respuesta de Brzezinski a la pregunta de Solzhenitsin se encuentra en el ya citado artículo: https://www.economist.com/christmas-specials/2021/12/18/why-russia-has-never-accepted-ukrainian-independence.. De haber respondido hoy a la misma pregunta (Brzezinski murió en 2017), es muy posible que hubiera respondido con menos ambigüedad: Rusia no es ni un imperio ni una democracia; Putin ha creado una Cleptocracia.

Por las razones expuestas, la relación entre Ucrania y Rusia es tremendamente complicada y no tiene una solución fácil, especialmente por el riesgo que el posible progreso y democratización de Ucrania representa frente a la evolución autoritaria del Estado ruso y la consolidación del capitalismo oligárquico y de extracción de rentas, que han ido dejando cada vez menos opciones de progreso pacífico al aparato del estado. Vladimir Putin está hoy intentando satisfacer varios objetivos a la vez, pero sabe el riesgo que ello representa para su supervivencia y la de su régimen.

Aun reconociendo la posible legitimidad de una zona de influencia rusa y teniendo en cuenta la incapacidad secular a que se refiere Stephen Kotkin, Vladimir Putin está apostando fuerte por desestabilizar Ucrania y, en la medida en que le es posible, hasta los sistemas democráticos en Europa y los Estados Unidos. Con tropas cerca de las fronteras norte (gracias a su aliado Alexander Lukashenko en Bielorrusia) y este de Ucrania, Putin podría invadir, pero no ocupar, el país; o podría crear un corredor a lo largo de la costa del mar de Azov, entre Rusia y la península de Crimea; o podría instalar un gobierno «marioneta» en Kiev, como las noticias del gobierno británico indican en la tarde del sábado 22 de diciembre; o podría amenazar infraestructuras en Ucrania o Europa.

La situación es tan compleja que es más lo que no se dice que lo que se dice. Ucrania dista de ser un país democrático y libre de corrupción («pero es nuestra corrupción», dicen los oligarcas locales), cosa que no se enfatiza lo suficiente. Lo que es más, aunque no se diga para no herir susceptibilidades o parecer que se cede a la presión rusa, la OTAN no está interesada en admitir a Ucrania, o Georgia. Crimea no va a volver a manos ucranianas, aunque tampoco se diga (en realidad, fue una cesión de Rusia a Ucrania en 1954, por razones que Kruschev consideró personalmente oportunasVéase https://www.wilsoncenter.org/publication/why-did-russia-give-away-crimea-sixty-years-ago.). No existe infraestructura de la OTAN en Ucrania, aunque los rusos no quieran admitir tal cosa, como tampoco quieren admitir que los misiles de la OTAN no amenazan la capacidad nuclear rusa (si acaso, están donde están para defender a Europa de Corea del Norte o Irán, pero, oiga, ya que están donde están, quien sabe si un día…)Véase https://www.ft.com/content/14b23683-4e6f-4251-87dd-aa6fe2002ced..

A pesar de las muchas complicaciones, Europa y los Estados Unidos parecen estar resueltos a contener a Putin, quien sabe que si su órdago fracasa pueden desatarse desagradables consecuencias internas para la supervivencia de su régimen. De aquí su aparente indecisión. El «no a la guerra» de muchas voces en la izquierda española, y hasta entre la derecha conspiranoide, es un apoyo implícito y perverso al régimen cleptocrático de Putin, un régimen cercano a una ideología de extrema derecha y cómodo con ella, frente a cuya agresión solo cabe una oposición determinada y un apoyo al pueblo ucraniano, condicionado cuando sea el momento a la voluntad de progreso democrático de su gobierno. Putin no debe salirse con la suya.

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