Disección del cubismo

El camino hacia el cubismo

DANIEL-HENRY KAHNWEILER

Quaderns Crema, Barcelona, 1997

Trad. de R. Sala y J. Vallcorba; presentación de J. Vallcorba

103 págs.

«¿Qué habría sido de nosotros –decía Picasso– si Kahnweiler no hubiera tenido olfato para los negocios…?» El judío alemán Daniel-Henry Kahnweiler (1884-1979) fue el marchante propicio ––inteligente y entusiasta– de Picasso, Braque o Juan Gris. Pero no sólo vendió cuadros; también se prestó a explicarlos a los profanos. Sabemos que fue él quien puso títulos a las obras más herméticas de Braque y Picasso, para ayudar al público a descifrarlas y para evitar que se las tomara por arte abstracto (hacia el cual Kahnweiler mostraba una actitud hostil).

Mientras tuvo su galería, Kahnweiler no quiso escribir la defensa del cubismo. Pero al estallar la Gran Guerra le confiscaron sus propiedades en Francia, y se vio obligado a exiliarse en Suiza. Este retiro forzoso le permitió completar su formación teórica: estudió en particular a los maestros del análisis formal de la obra de arte, como Hildebrand, Riegl y Wölfflin. Bajo la impronta de tales lecturas escribió, entre 1914 y 1915, El camino hacia el cubismo, breve memoria y disección del movimiento, que se publicaría en 1920. Esta traducción se suma a otras ediciones en español de Kahnweiler, como su excelente monografía sobre Juan Gris (Quaderns Crema, 1995), su Picasso (Gustavo Gili, 1974), las conversaciones con F. Crémieux (Mis galerías y mis pintores, Árdora, 1991), y a la biografía del marchante alemán escrita por Pierre Assouline (En el nombre del arte, Ediciones B, 1990).

El cubismo, según Kahnweiler, revela que la pintura no es imitación ilusionista, sino escritura de signos. Mediante tales signos, el artista comunica sus experiencias visuales sin tener que reproducir la realidad tal cual. El arte sería un jeroglífico, no un espejo de la naturaleza. Kahnweiler destaca el carácter lírico de la pintura cubista y su tensión entre representación y construcción. Sigue el desarrollo del movimiento desde sus precursores, estudia la evolución estilística de Picasso y Braque y las situaciones en que desemboca: la ruptura de la «forma cerrada», el problema del color, el supuesto carácter geométrico…

En cuanto a la representación de las cosas y el espacio, la innovación cubista sería esta: en vez de partir de un primer plano y simular la profundidad, se comienza con un fondo determinado (una montaña, una pared) y se va situando con claridad cada cuerpo respecto al fondo y a los demás cuerpos. Pero si el cuadro se redujera a este esquema formal, no se podría ver en él una representación del mundo, sino sólo una disposición de cubos, cilindros, etc. Surge entonces el hallazgo de Braque: insertar en el cuadro detalles ilusionistas de objetos, que completarán la representación reconocible para el espectador.

En valor documental, este libro iguala sino supera a Los pintores cubistas de Apollinaire, del cual difiere, por otra parte, en talante y estilo. Si Apollinaire cultiva un periodismo ingenioso y novelero, Kahnweiler aspira a la seriedad, al rigor de la ciencia. A pesar de cierta rigidez dogmática, hacía falta esta cabeza alemana para iluminar el laberinto del cubismo.

Ficha técnica

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