«Conque, vamos, marcha a tus habitaciones y ocúpate de las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena a tus esclavas que se apliquen a las suyas. El arco será cuestión de hombres y principalmente de mí, de quien es el poder en este palacio»
Telémaco a Penélope. Odisea, canto XXI, versos 350-355.
Un mes antes de su estreno David Denby escribió en el New Yorker a propósito de la película de Christopher Nolan que «la Odisea ha perdurado durante 3.000 años en parte porque cada época extrae de ella lo que necesita». De modo parecido Italo Calvino había dicho que un clásico es aquello que siempre nos da la impresión de ser inagotable, «porque nunca termina de decir lo que tiene que decir». Quizá en otra dirección apuntara la famosa definición de El Gallo que recogió Ortega y Gasset: «Clásico es, dijo el torero escuetamente, aquello que no se puede mejorar».
La Odisea de Nolan, centrada sobre todo en su aspecto de relato de aventuras, no sólo ha conseguido que los jóvenes vuelvan al cine, sino que las redes sociales se inunden de comentarios sobre la Odisea. Incluso durante un verano en el que no han faltado incendios, terremotos, guerras, invasiones y hasta un eclipse, la prensa le ha dedicado numerosos artículos y hasta puede que también haya crecido el número de lectores del poema. Es difícil diagnosticar si esta «moda Odisea» se debe a la película, o a que la historia haya tocado una nota que haya acertado a resonar de alguna forma en el mundo de hoy.
Me he pasado el verano pensando en esto mientras leía artículos y más artículos y recordaba que la excelente El retorno de 2024, de Uberto Pasolini, no consiguió ni por asomo el mismo éxito mediático. Con un ritmo pausado, «El retorno» se centraba, a través de unas imágenes sobrias, en la parte final (cantos XIII al XXIII) que da sentido a todo el poema, es decir, en la llegada a Ítaca de Ulises, maltrecho y herido por su pasado en la versión de Pasolini, pero lo suficientemente fuerte todavía como para acabar sin contemplaciones con los pretendientes, y recobrar lo que era suyo, su oikos. Un oikos que comprendía su mujer, su palacio, su estatus y su poder, es decir todo aquello que le permitía recuperar su destino frente a las interferencias de los dioses y volver a convertirse en el hombre que era, o lo que es lo mismo, en el hombre que deseaba ser, más allá tal vez, incluso de lo que su tiempo le pedía ser. La película de Christopher Nolan también narra este episodio, pero de un modo, creo, bastante más banal.
Creadas a finales del siglo VIII a. C., casi cinco siglos después de los sucesos que narran, no se puede olvidar que la Ilíada y la Odisea, las dos obras fundacionales de la cultura occidental, nacen curiosamente de una viva percepción de decadencia, de la sensación de pérdida de una cada vez más idealizada Edad de Oro. En un ensayo apasionante, el arqueólogo estadounidense Eric H. Cline ha estudiado las hipótesis manejadas hasta ahora para explicar el derrumbe de una floreciente cultura mediterránea, activa en el siglo XII a. C., que incluía a egipcios, griegos, minoicos, babilónicos e hititas, todos los cuales mantenían estrechos contactos comerciales y culturales entre sí1. En unas pocas décadas, aquella época dorada de grandes palacios y próspera economía desapareció misteriosamente por causas que la arqueología trata ahora de desentrañar; una prolongada sequía que trajo consigo epidemias y desplazamientos, terremotos o quizás una tormenta perfecta de varías catástrofes juntas, como tiende a pensar Eric H. Cline. Fue el fin del mundo, o el fin de un mundo, al que siguieron cinco largos siglos de decadencia económica, política y cultural. Aquellos fueron los llamados Años Oscuros, «en los que la civilización se derrumbó», pero en los que permaneció el recuerdo de un tiempo en el que los héroes emulaban a los dioses.
Resulta sorprendente que durante esos cinco siglos, por las plazas de las ciudades en ruinas de una civilización arrasada, los aedos todavía fabularan sobre las historias de aquella guerra lejana, que seguirían idealizando e inventando siglo tras siglo. Igualmente puede imaginarse a las mujeres, siempre buenas narradoras, contando a un auditorio doméstico, quizás mientras tejían, fragmentos de unos hechos cuya memoria, entre todos, no dejaron morir, algo que sin duda contribuyó a la cohesión y a la sorprendente resurrección de una cultura. A estas mujeres narradoras desde luego hay que adivinarlas a través del tiempo porque nada atestigua su existencia, aunque el escritor y filólogo Samuel Butler, autor de una famosa traducción al inglés de la Odisea en 1900, sugirió incluso que podía haber sido escrita por una mujer, basándose en la atención prestada a las mujeres y a los ambientes domésticos, comparándola con el clima predominantemente bélico y sangriento de la Ilíada.
Siguiendo aquello de que cada época extrae de los clásicos lo que necesita, la canadiense Margaret Atwood acaba de publicar el libro Penélope y las doce criadas2, en el que hace una lectura de la historia en clave feminista donde se manejan todos los lugares comunes de una telenovela. Escrita en primera persona, una Penélope muerta nos explica desde el Hades que ella siempre fue muy lista, aunque no muy atractiva, a diferencia de su prima Helena muy bella y bastante malvada. Además, Ulises era un marido un tanto tramposo que, aunque sabía contar buenas historias, iba de acá para allá y nunca estaba cuando se le necesitaba, pero al que ella también astuta, podía engañar fácilmente. Telémaco se nos describe como un joven consentido e impertinente. Anticlea como la típica suegra metomentodo y Euriclea como una especie de Señora Danvers, aunque Penélope lidia con éxito contra todo esto. La novela gira en todo momento sobre la crueldad de la sociedad patriarcal, resaltando especialmente la muerte de las doce esclavas que habían sido concubinas de los pretendientes.
No creo que sea cuestión de descubrir ahora que tanto la Ilíada como la Odisea están construidas sobre los ideales de una sociedad patriarcal y guerrera que además se sentía muy orgullosa de ellos. El valor en el combate para dejar testimonio de él a las generaciones venideras es un objetivo que aparece expresado varias veces a lo largo de los dos poemas. La crueldad con el enemigo no es nunca censurable, aunque si lo sea la cobardía; y las mujeres que aparecen aceptan, casi siempre, este modo de actuar3. En una cultura donde la esperanza de castigo o recompensa en la otra vida no está todavía formulada, dejar memoria de una vida heroica es la única forma de alcanzar la inmortalidad. Pero si nos acercamos a estos poemas sin pretender interpretar los testimonios del primitivo helenismo de acuerdo con nuestras ideas actuales, descubriremos la hondura poética que late en todo ese esfuerzo de una sociedad que en un momento difícil luchaba por construirse. Una sociedad que se empeñó en crear unos dioses caprichosos y unos héroes memorables y en imaginar unas aventuras fantásticas y unos sucesos sangrientos que con seguridad no conocieron pero que, a nosotros sus lectores, nos sirven de prodigioso viaje hacia el pasado para comprender los cimientos más profundos de nuestro modo de pensar y de sentir.
Así que leer la Ilíada y la Odisea de este modo puede ser como pasearse por unas bellísimas ruinas que se conservaran intactas, y que admiramos y de alguna manera resucitamos al recorrerlas, aunque sepamos que no podríamos quedarnos a vivir en ellas. El filólogo alemán Bruno Snell ha estudiado detenidamente el lenguaje homérico, demostrando cómo muchas de las palabras que usaba no adquirieron el significado más próximo a nosotros sino algún tiempo después, cuando la lírica primero, y la tragedia y la filosofía más tarde, las hicieron evolucionar hacia el sentido que ya si puede decirse que han mantenido hasta hoy. Conceptos abstractos como ‘cuerpo’, ‘alma’ y ‘espíritu’ no existen como tales en Homero. porque «en una lengua relativamente primitiva, la abstracción se encuentra todavía en estado rudimentario, pero en cambio existe una plétora de designaciones para lo concreto»4. En Homero, por ejemplo, psyché equivale a alma sólo en la medida que «anima» a los miembros del cuerpo, los mantiene con vida, mientras que el concepto de ‘alma’ tal como lo entendemos hoy sólo aparece cuando la lírica descubre la individualidad, la tensión interior, la conciencia personal, la diferencia entre el deseo y la realidad, la melancolía. Los hombres de Homero, sin embargo, «actúan con una seguridad absoluta: ninguna duda ni escrúpulo, ninguna responsabilidad personal ante la justicia o injusticia los abruma. Será la tragedia lo que pondrá fin a esta seguridad que ofrece lo divino»5.
En la cuidada edición bilingüe que Abada ha publicado recientemente, el texto griego servirá al erudito, o simplemente al curioso que disponga de un diccionario, para verificar por sí mismo los matices de cada palabra, tan relevantes, como mostró Bruno Snell, para acceder al corazón poético del poema. La edición se acompaña de una completa introducción de F. Javier Pérez, en la que se estudia La Odisea desde un punto de vista histórico, sociológico, lingüístico y literario, contrastando en todo momento los últimos hallazgos y las últimas opiniones de los expertos sobre cuestiones tan controvertidas como la autoría, las ubicaciones, la época, los antecedentes y las influencias6.
Pero además de la historia de las aventuras de un hombre astuto y sufridor, cuya meta no es tanto la gloria por sus hazañas bélicas como el regreso a su casa, la Odisea ha perdurado en el recuerdo a través de una mujer que además de haberse convertido en emblema de la esposa fiel y paciente, es también el emblema de una experta tejedora. La tela de Penélope ha llegado a ser un símbolo de lo que nunca se termina, o quizás del ardid con el que dar largas a un apremio que nos abruma. Y es que, pese a no haber sido objeto de demasiada atención en las incontables exégesis que se han hecho sobre el mundo homérico, el tejido, las prendas de vestir, las sábanas, las colchas, los sudarios, se hallan presentes en los dos poemas, aunque de modo más frecuente y pormenorizado en la Odisea. Continuamente aparece mencionada la importancia de la ropa limpia como la que lavaba Nausicaa, y se nos describe la vestimenta de los personajes. Por encima de su función como protección frente a las inclemencias del tiempo, el vestido ha tenido desde sus comienzos un significado estético y marcador de dignidad y estatus social; y ha sido tan expresivo de la civilización como la propia escritura. En la sociedad micénica, que sirve de referencia al poema, la producción de tejidos era un pilar de la economía que se controlaba desde los palacios, como acreditan numerosas tablillas del lineal B (es decir, las primeras inscripciones en griego de las que se tiene constancia, grabadas en pequeñas planchas de barro). El trabajo estaba perfectamente reglamentado, casi totalmente en manos de mujeres esclavas y repartido entre cardadoras, hilanderas, tejedoras y costureras. Ni siquiera el nombre se conserva de estas mujeres, que aprendían el oficio desde niñas y se ofrecían como una parte de los regalos entre los jefes, tal como aparece en la enumeración de obsequios que hace Agamenón para reparar la ofensa de haberse apropiado de Briseida, tras arrebatársela a Aquiles. Junto a todo tipo de objetos de bronce, monedas de oro y briosos corceles, en el regalo aparecen «siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores»7.
Quizás como una muestra más del recuerdo idealizado de aquella sociedad, en la Odisea encontramos numerosas muestras de la admiración que producía la abundancia de vestidos y ropas como señal de civilización. Al describir el palacio de los Feacios se dice que en él trabajaban cincuenta esclavas tejedoras. Tejer se consideraba un trabajo complejo y meritorio, inspirado por Atenea, diosa de la sabiduría. Y no sólo tejían las esclavas, sino que, desde luego bajo condiciones muy distintas, también era un trabajo habitual de las mujeres de clase alta como Helena, Penélope o Arete, la reina de los Feacios, y también de las diosas como Atenea, Circe o Calipso. En una sociedad en la que el recuerdo de la barbarie y el caos no estaba todavía muy lejano, imaginamos a las abuelas y a los demás ciudadanos aedos hablando a un auditorio que escucharía admirado la descripción de aquel mundo lejano de bien construidas ciudades, con ágoras en las que «mucho se hablaba», donde imperaban la justicia y la ley y abundaban los resplandecientes vestidos y los bien pulidos ajuares. Una sociedad con esposas fieles y laboriosas como Penélope, antagonista de Clitemnestra o de Helena, que cuidaban del hogar y alumbraban hijos que emularían el valor de sus padres y prolongarían «la buena fama» de la estirpe, tan importante para los griegos.
El historiador Moses I. Finley, en su célebre ensayo El mundo de Odiseo8 ha estudiado el momento histórico de los dos poemas, demostrando que la sociedad descrita en ellos se corresponde realmente con la de los siglos X y XI a.C. En ese marco insiste Finley en la distancia cultural que nos separa de una sociedad basada en la esclavitud y en la preponderancia masculina sobre unas mujeres «que ocupaban siempre un lugar inferior», lo cual es indiscutiblemente cierto. La división insalvable de roles, la espada y el arco para los hombres, el telar y la rueca para las mujeres, tal como recordará el aprendiz de hombre Telémaco a su madre, aparece expresada con claridad a lo largo de los dos poemas. Un reparto de quehaceres y destinos que se ha basado, desde el principio de los tiempos, en una diferencia de tamaño y de fuerza impuestos por la biología, hasta tal punto que sólo cuando la técnica y la ciencia han empezado a paliar esta situación de inferioridad física, han podido las mujeres empezar, también ellas, a comportarse como hombres. Pese a lo cual, la tragedia nos ha dejado imponentes personajes femeninos como Antígona, Medea, Electra y tantos otros que desafiaron valientemente las leyes de su tiempo y los condicionantes de su sexo.
También en la Ilíada y la Odisea, en los albores de la literatura griega, Helena y Penélope, incluso en un tiempo de indiscutible predominio masculino, ocuparon por razones bien diferentes, un papel cardinal en la urdimbre de los dos poemas; y han acabado convertidas en arquetipos de la belleza fatal y destructiva en un caso, y de la fidelidad constructiva, de la mujer que teje en múltiples sentidos, en otro. Tanto la Ilíada como la Odisea son inevitablemente deudoras del tiempo en el que se escribieron, pero ni el mas riguroso análisis histórico puede enturbiar el placer estético y el sinfín de interrogantes sobre la condición humana que todavía nos evocan.
- Eric H. Cline, 1177 a.C. El año en que la civilización de derrumbó. Madrid, Critica. 2016. ↩︎
- Margaret Atwood. Penélope y las doce criadas. Debolsillo, Barcelona, 2026. ↩︎
- Andrómaca sin embargo ruega a Héctor que no regrese al combate: «Desgraciado, tu valor te perderá». Ilíada. Traducción de Luis Segalá. Espasa Calpe, Madrid 1954. Canto VI. Verso 407 ↩︎
- Bruno Snell. El descubrimiento del espíritu. Estudios sobre la génesis del pensamiento europeo en los griegos, pág. 30. Acantilado, Barcelona, 2007. ↩︎
- Op. cit, pág. 215. ↩︎
- Odisea. Edición bilingüe, introducción y notas de F. Javier Pérez. Abada Editores, Madrid, 2026. ↩︎
- Ilíada, op. cit. Canto IX, versos128-134. ↩︎
- M.I. Finley, El mundo de Odiseo, pág.156. Fondo de Cultura Económica, México,1999. ↩︎







