Un lugar para don Peregrino Gay

Obras Completas

Ciro Bayo y Segurola

Biblioteca Castro, Madrid

Que el floruit literario de un escritor moderno se reduzca a apenas tres años suele ser síntoma de pertenencia fugaz a una moda, de oportunidad felizmente aprovechada, o de ambas cosas a un mismo tiempo. Sucede con un buen número de escritores con­tem­po­rá­neos que, después de disfrutar de un éxito efímero, hubieron de pasar, como mucho, al osario de las enciclopedias, terminando así por engrosar, con el discurrir de los días, el vasto volumen de raros y curiosos siempre pendiente de accidentales rescates.
Es el caso que nos ocupa: Ciro Bayo y Segurola alcanzó nombradía literaria entre los años 1910 y 1912, señaladamente tras ser premiado con el Fastenrath de la Academia por su Lazarillo español, de 1911. En este breve tranco temporal publica no tanto lo mejor, sino prácticamente lo único valioso, literariamente hablando, de su producción, desde El peregrino entretenido (1910) hasta Con Dorregaray (Una correría por el Maestrazgo) (1912), un libro que coincide con el interés barojiano por inventar el formidable ciclo de Aviraneta; después, casi el silencio y esa particular forma de sobrevivir al olvido, bien entre la bruma fantasmagórica de recuerdos ajenos, como los taimados –y a veces chismográficos– de Pío y Ricardo Baroja, bien dentro de la propia literatura, como ocurrió cuando Valle-Inclán convirtió a Bayo en el Peregrino Gay de Luces de Bohemia.

Al rescate de Ciro Bayo se lanzó ya hace más de treinta años Alicia Redondo –responsable de los prólogos de los tres volúmenes de estas Obras completas–, cuyo resultado fue la tesis Vida y obra de Ciro Bayo. Costumbrismo o novela. Leemos en el prólogo del primero de los tomos que Ciro Bayo nació en Madrid en fecha imprecisa (16 de abril de 1859 ó 1860) y que una circunstancia que marcaría hondamente su vida fue la larga estancia en América (1889-1900). A su regreso trabajó en la empresa de Bernardo Rodríguez Serra –uno de los editores del modernismo español– y pudo admirar desdeahí el desfilar de libros, estéticas y literatos del momento, entablando especial amistad con los hermanos Baroja, a quienes acompañaba en sus excursiones por la geografía castellana. Fruto de aquel peregrinaje es su primer libro, titulado precisamente El peregrino entretenido (Viaje romancesco), al que seguirían con rapidez tanto su secuela Lazarillo español. Guía de vagos en tierras de España por un peregrino industrioso (1911), como el curioso relato de la tercera guerra carlista –en la que participó Bayo– Con Dorregaray (Una correría por el Maestrazgo), más una novela bastante floja, Orfeo en el infierno (1912). Todas estas obras se recopilan en el primero de los volúmenes de esta edición.

De su lectura extraemos con relativa facilidad el porqué del éxito arriba apuntado, y que no ha de buscarse, como insinúa Alicia Redondo en su estudio, en el examen de un costumbrismo revisitado (esta categoría, la de costumbrismo, en literatura española suele rendir exiguos beneficios hermenéuticos y, por el contrario, propende siempre a la confusión), sino simple y llanamente en el seguimiento, por parte de Bayo, de la por entonces exitosa corriente del modernismo castizo. Que el protagonista de los viajes y memorias sea un hidalgo, que ostente una fabla un sí es no es amanerada y arcaica, que menudeen los guiños simbólicos hacia el pasado en el peregrinaje castellano, que se insista en lo español una y otra vez –al cabo no extraña que aquella Real Academia dominada por el hidalgo Antonio Maura prefiriese un lazarillo español a las oscuridades existenciales de El árbol de la ciencia– o que, en fin, la única novela, novela, de estos años, Orfeo en el infierno, sea un auténtico pastiche de la literatura áurea, confirman que Bayo transitaba por la entonces cómoda senda del Arte español, camino con bifurcaciones en literatura, pintura, escultura, música, arquitectura y, popularmente, hasta en el renacimiento de un mueble antiguo español que terminaría por decorar innúmeras habitaciones patrias. Fue este Arte español una curiosa manera de domesticar lo que se entendió como excesos extranjerizantes mediante la adaptación castiza y conservadora de aquéllos. Quien mejor lucró esta tendencia, y aun se erigiría en adalid de la misma desde la aparición del exitoso Casta de hidalgos (1908), sería Ricardo León.

Mención aparte merecen las restantes obras recopiladas. Pertenecen a un episodio bastante solidario, si bien se mira, con el referido del Arte español: ese hispanoamericanismo que recorre transversalmente la obra de buena parte de los escritores españoles del primer tercio del siglo XX. Así han de entenderse El peregrino en Indias (1911), donde Bayo incurre en «informaciones de manual» de viajes, como bien apunta Alicia Redondo, Chuquisaca o La Plata Perulera (1912), en el que el autor a veces reaprovecha párrafos enteros del anterior, o el anacrónico poema épico en octavas reales La Colombiada (1912), digno pastiche que declara el fervor campoamorino de Bayo. A estos títulos recogidos en el segundo tomo le siguen en el tercero el Romancerillo del Plata (1913), las «leyendas áureas» de la conquista americana Los marañones (1913), Los Césares de la Patagonia (1913) y Los caballe­ros del Dorado (1913), y la segunda ­novela de Bayo, publicada en el crepúsculo de sus días (moriría el 4 de julio de 1939), la también crepuscular La reina del Chaco (1936).

Como las Obras completas nunca acaban de serlo, quedan fuera de esta edición libros de historia (Bolívar y sus tenientes San Martín y sus aliados, de 1929, es un ejemplo), manuales y encargos editoriales cuya exclusión se debe al buen criterio de la editora. Mejor todavía ha sido el de la Biblioteca Castro al contribuir a la construcción de una historia positiva de la literatura española: más allá de rescates y curiosidades, de epígonos y rezagados, conviene tener siempre a mano la obra de estos dioses menores de nuestra literatura. Poseen un lugar cuya rareza se disipa con pulcras y accesibles ediciones. 

 

Ficha técnica

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