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La ciencia contra la religión

Jerry Coyne pertenece a un grupo creciente de autores que se declaran ateos militantes. La mayoría de ellos son biólogos, entregados, como no puede ser de otro modo en nuestros días, al estudio de la evolución de los organismos vivos. Escriben con elegancia y son bastantes mordaces. Entre los más conocidos cabe mencionar a Richard Dawkins y Sam Harris. Profundamente convencidos de que las religiones aúnan falsedad y peligro para el bienestar de la humanidad, elaboran argumentos contra la racionalidad de las creencias en lo sobrenatural. Sus razones carecen de novedad, pero no se les debe afear esta repetición. En su descargo hay que decir que participan –participamos– de la sociedad de consumo, donde todos los bienes, incluidos los de índole espiritual, llevan fecha de obsolescencia y la buena marcha del mercado exige su rápida sustitución, aunque sea por otros muy similares.

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Ética para todo y para todos

La pregunta de para qué sirve algo connota siempre la idea de que, en el caso de no recibir una respuesta satisfactoria, se impone la necesidad de prescindir de aquello sobre cuya utilidad uno se interesaba. Es, pues, una pregunta-acusación, que reclama justificar la existencia. 

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De cómo nuestros cerebros crean la belleza, el bien y la verdad

Desde Platón, la tríada conceptual de la verdad, la belleza y el bien ha indicado los grandes temas de la filosofía. A estas nociones dedicó Kant respectivamente la Crítica de la razón, la Crítica del juicio y la Crítica de la razón práctica, y junto a las ideas de lo uno y del ser, temas predilectos de la teología y la metafísica, constituyen los enunciados más sucintos de las reflexiones humanas más hondas. 

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La filosofía en defensa de la religión

Las grandes transformaciones culturales, como la aparición de nuevos ideales morales o el surgimiento de innovadoras concepciones del mundo, carecen de fecha de nacimiento, pues se constituyen por la acumulación paulatina de una multitud de mínimos elementos que se separan imperceptiblemente de la tradición vigente. En cierto modo, siguen la ley del gradualismo, tan esencial para la teoría de la selección natural; quedan descartados los cataclismos que cambian repentinamente el panorama cultural o biológico. No obstante, la necesidad académica de precisión fuerza a inscribirlas en el calendario de un modo más o menos arbitrario. ¿Cuándo el saber secular, la filosofía, comenzó a marchar separada de la teología e incluso por caminos diversos y hasta opuestos? Sería imposible declararlo sin discusión. Sin embargo, en el proceso inquisitorial abierto a Galileo, la historiografía ha encontrado un hito de suficiente importancia para proponerlo como inicio del divorcio del saber y la fe. En el convento de Santa Maria sopra Minerva, entre cuyos muros se celebró el proceso judicial al ilustre físico, se certificó la ruptura de la alianza entre la ciencia y la religión que, con altibajos, se había conservado durante mil quinientos años desde que se expandió el cristianismo por la cuenca mediterránea.

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