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Viaje al centro del cine

Una película debe su efecto a una suma de estímulos provocados por fragmentos de mundo ?objetos, figuras, seres? que, igual que en la vida diaria, se encuentran también en la pantalla en diferentes formas y proporción. Son identificados por el espectador como imágenes, pero su existencia es previa a la imagen y origen e inspiración de ella. Es, por ejemplo, la ventana que permite a James Stewart observar a su vecindario mientras se recupera de una fractura en La ventana indiscreta (Rear Window, Alfred Hitchcock, 1954), o el espejo que estalla en mil pedazos en el parque de atracciones de La dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, Orson Welles, 1947). Estos elementos nada excepcionales a partir de los cuales se crea una escena y que, plasmados en la película, llegan a alcanzar valor de metáfora o metonimia pueden denominarse «motivos». 

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El cine, abreviatura del hombre

Del mismo modo que no puede hablarse de la filosofía española del siglo XX sin reservar un lugar destacado para la figura de Julián Marías (Valladolid, 1914-Madrid, 2005), tampoco es posible ponderar la crítica cinematográfica escrita en este país sin detenerse en su contribución. Considerado uno de los principales discípulos de Ortega y Gasset, Marías desempeñó el cargo de articulista de cine paralelamente a su fecunda consagración a la filosofía, generando con periodicidad semanal la reseña de películas durante casi cuatro décadas –primero en Gaceta Ilustrada (1962-1982) y más tarde en Blanco y Negro (1988-1997)–, hasta llegar a los casi mil quinientos artículos, aunque –como señala el autor de la monografía que nos ocupa– no es habitual considerar a Julián Marías un crítico de cine, sino más bien un intelectual «cinéfilo» o un ensayista «interesado en el cine».

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Habla el cinematógrafo

Asistir hoy en día a la proyección de una película de Robert Bresson (Puy-de-Dôme [Auvernia], 1901-París, 1999), por mucho que se haya visto anteriormente, supone la constatación de una singularidad extrema, fruto de una soledad y un rigor artístico sin parangón en la historia del cine. Si, además, la proyección se efectúa no usando la tecnología digital actualmente impuesta en la práctica totalidad de las salas comerciales, sino el soporte fílmico de 35mm en que Bresson concibió sus obras, el afortunado espectador podrá sentirse testigo casi de un vestigio de otra época, pero, al mismo tiempo, del fulgor de un cine futuro no consumado. Así ha ocurrido en la retrospectiva completa que dedicó al realizador francés la Filmoteca Española, en su sede de Madrid, hasta el mes de marzo. 

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