ARTÍCULO

Kafka en Cataluña

Barcelona, Península, 2018
400 pp. 17,90 €
 

«El proceso resulta aparentemente incomprensible y una inagotable fuente de sorpresas e incredulidad. [...] A pesar de estar viviendo en un Estado de derecho, en paz y con todas las leyes en vigor, el proceso se desencadena fatalmente». ¿Estamos hablando de Cataluña y el proceso catalán? ¡No, por favor, no sean suspicaces! Jordi Canal está haciendo una breve glosa de una de las obras maestras de Franz Kafka titulada como ustedes saben ‒¡también es coincidencia!‒ El proceso. Escrita entre agosto de 1914 y enero de 1915, en un mundo que literalmente se desmoronaba –los inicios de la Gran Guerra‒, permaneció inédita hasta la muerte del autor, siendo publicada póstumamente en 1925. Todos hemos sufrido y sentido la angustia de Josef K, no tanto por lo que le pasa como por no entender cabalmente todo aquello que está pasándole. Tanto es así que la dimensión trágica de la obra queda relegada a un segundo plano por la incomprensión y la incredulidad y se convierte en un fresco tragicómico. Llega un momento en el que no podemos reprimir una risa nerviosa. Según indican algunas fuentes, las personas que asistieron a una primera lectura del texto por parte del autor se rieron bastante. No me extraña. Hasta a los acontecimientos más siniestros les exigimos una cierta lógica. Y si no, no podemos evitar reírnos.

«Los viejos consensos y puentes han sido dinamitados, y el mundo real y las verdades han desaparecido para dejar paso a otro mundo virtual y soñado y a las posverdades. Las palabras –votar, decidir, democracia‒ ya no significan lo mismo que antes. Lo racional ha perdido definitivamente la batalla frente a las emociones». ¿Seguimos hablando de Kafka o hemos recalado casi imperceptiblemente en Orwell? Ni una cosa ni otra. Estamos hablando, ahora sí, de Cataluña en el año 2016, 2017 y 2018. Un lugar de la Europa más desarrollada, una comunidad en la que rige plenamente (¿todavía?) el Estado de derecho, donde reinaba la paz y el imperio de la ley, con las más amplias libertades ciudadanas y una prosperidad envidiable hasta para los estándares occidentales. En las páginas iniciales de su obra, Jordi Canal juega con esa analogía, procés/proceso kafkiano, que desemboca en la paradoja o contraposición: conflicto visceral/orden racional. En el fondo, lo que late en esas correspondencias es una profunda inquietud –por más que vivamos en un mundo de orden, «nunca podemos saber lo que ocurrirá mañana»‒, ya convertida desgraciadamente en constatación: «Ahora sabemos que cosas que nunca creíamos que pasarían, pasan».

Hablar de Cataluña hoy día es, naturalmente, hablar del procés, un tema sobre el que ya se ha dicho casi todo, sin que la inflación de discursos, artículos, análisis y libros haya contribuido aparentemente –por lo menos, a las alturas en que escribo‒ a una canalización racional del enfrentamiento ni, por supuesto, a un acercamiento de posturas que permita dar una salida civilizada a la colisión en forma de pactos o acuerdos mínimos. Más bien sucede todo lo contrario: un enconamiento de las posiciones que hace completamente inútiles los argumentos racionales porque las posiciones están decididas de antemano. Cualquier actor en esta farsa está ya señalado antes incluso de abrir la boca o escribir una palabra. Mientras no se logre romper este círculo vicioso –y no se atisba hoy por hoy esa ruptura‒, la solución pacífica será poco menos que quimérica. Ello nos aboca a otro escenario que, en principio, nadie quiere contemplar, pero que la fuerza de los hechos puede convertir en inexorable, como ha pasado tantas veces en la historia. No ayuda en nada ejercer de agorero o ponerse catastrofista, pero no podemos cerrar los ojos. Dice Canal: «En estos momentos no conocemos, lógicamente, el desenlace. No obstante, acabe como acabe, si pensamos en los efectos que ha tenido y tendrá todavía sobre la sociedad catalana y la española en general, podemos afirmar ya, sin tapujos, que el proceso terminará mal. Muy mal» (p. 23).

Para Canal, la principal falacia interpretativa del nacionalismo catalán es su «obsesión» por leer el pasado «siempre en una clave absolutamente presentista»

Jordi Canal ‒un historiador de larga trayectoria, sobradamente conocido por sus estudios sobre el carlismo y el nacionalismo catalán‒ se ha planteado aquí no tanto una historia académica o aséptica como un ensayo interpretativo potenciado por la fuerza de su experiencia personal, es decir, su condición de espectador privilegiado de los acontecimientos. Asume por ello con naturalidad la irrupción del yo en un análisis que no por ello renuncia a la mirada objetiva: «No pienso [...] que el uso de la primera persona y la presencia del yo en el relato supongan una merma de la objetividad» (p. 26). Su ensayo no aporta apenas novedades de enfoque o contenido ‒¿quién podría ser original a estas alturas sobre este tema?‒ pero, a cambio, construye un análisis tan completo, ordenado, claro y preciso de lo ya sabido que el resultado es uno de los mejores volúmenes que se ha publicado en los últimos meses sobre el nacionalismo catalán (no sólo el procés). Ha estructurado el libro en tres grandes bloques: el primero, «Tiempos de nacionalismo», trata de los orígenes y desarrollo del catalanismo a lo largo del siglo XX. Es el más histórico de todos en el sentido convencional. El segundo, «Anatomía del procés» disecciona los acontecimientos recientes, ya en el pospujolismo, cuando sus sucesores en el gobierno de la Generalitat abren la «caja de Pandora». El tercero, «Historias, símbolos y colores de la patria», se detiene en el relato nacionalista del pasado y en la construcción cultural de la catalanidad. Esto es, los grandes símbolos que la definen, desde la bandera a la Diada, pasando por canciones, fiestas, danzas, celebraciones e himnos. Cinco breves notas componen el epílogo. El lector puede colegir de esa sucinta exposición que Canal toca tantos asuntos que una mera relación de ellos haría interminable este artículo. Me limitaré, pues, a señalar aquellas cuestiones que, por un motivo u otro, me parecen más significativas para reflejar el contenido del libro.

Para Canal, la principal falacia interpretativa del nacionalismo catalán es su «obsesión» –cito textualmente‒ por leer el pasado «siempre en una clave absolutamente presentista». El historiador no puede por menos de decir «¡Protesto!» «La Generalitat de Cataluña de 2017 o de 2018 nada tiene que ver, excepto el nombre, con la institución homónima anterior a 1714. Es hija o nieta, esencialmente, de la de 1931» (pp. 34-35). Segunda gran estafa: el nacionalismo catalán presenta a Cataluña como nación y a España sólo como Estado, regateándole su condición nacional. Como ya se sabe cuál es la concepción del mundo de un nacionalista, la anterior contraposición permite distinguir «lo natural» (nación catalana) frente a la artificialidad impuesta (Estado español). Tercera tergiversación de la historia: en contra de la reinterpretación histórica actual, el catalanismo fue durante buena parte de la época contemporánea, como movimiento cultural y a veces hasta como movimiento político, absolutamente compatible con España (con la inserción de Cataluña en el conjunto español). Complementariamente, «el nacionalismo español tuvo en Cataluña, en la primera mitad del siglo XIX, una de sus principales bases» (p. 58). Recuerda, por último, Canal, en línea con los historiadores y estudiosos del nacionalismo, que todo «nacionalismo es una construcción, y la nación, una construcción de los nacionalistas». En contra de lo que pretenden ahora los nacionalistas, antes del siglo XX no existía «ninguna nación llamada Cataluña». Hubo que construirla. Y el «proceso de nacionalización se hizo contra la nación española» (pp. 63-64).

Esa fue la gran tarea de Jordi Pujol y del pujolismo (Canal tiene el pudor de no insistir en la otra actividad paralela del president, el saqueo de las arcas públicas para su beneficio familiar y el partido). Se trataba, por decirlo en términos caros a Pujol y que, por su difusión y éxito, retratan toda una forma de ejercer la política, de «fer país». En esa tarea, los aspectos educacionales y culturales devienen en prioritarios. Pero el control de la enseñanza y el férreo dominio de todos los medios de comunicación no habrían cosechado tanto éxito de no haber mediado la instauración y difusión de una neolengua absolutamente eficaz para los anhelos nacionalistas. El concepto de «normalización» es aquí fundamental. La imposición del catalán y el desplazamiento del castellano se ejecutaban con puño de hierro en guante de seda, en «beneficio de todos», por impulsos democráticos, para integrar y no segregar, etc. Canal reconoce que la izquierda teóricamente no nacionalista colaboró activamente, hasta el punto de que terminó haciendo suyo el empeño con celo digno de mejor causa. Mientras, la derecha callaba de forma vergonzante, temerosa de que toda defensa del castellano pudiera ser tachada de franquista, facha o fascista. Canal no sólo reconoce el éxito de la política pujolista, sino que con un fair play que respeto pero que no suscribo, eleva al patriarca a la condición de estadista (el único, junto con Tarradellas, dice, que ha dado la autonomía catalana).

Desde Carlton J. H. Hayes, se ha dicho muchas veces que el nacionalismo es una religión. Canal menciona y cita a Hayes no sólo para caracterizar el nacionalismo, sino para sacar las consecuencias pertinentes: el nacionalismo, como toda religión, es social, necesita ritos públicos y aspira y promete la salvación de la comunidad elegida. Como buena parte de los movimientos religiosos, es sumamente sectario, absolutamente intolerante con otras creencias y con toda crítica que cuestione sus objetivos y métodos. Desde el punto de vista individual o psicológico, el nacionalismo no atañe sólo a la voluntad, sino que implica al intelecto, la imaginación y las emociones. En términos más concretos, el procés supone para mucha gente un modo de vida y, sobre todo, algo que da sentido a sus vidas. Por eso, tanto a escala individual como colectiva, son imprescindibles «inmensas performances, imponentes actos litúrgicos o procesiones monstruo y desbordantes». La crisis del comienzo del milenio, con «una inusual coincidencia de elementos» (políticos, económicos, sociales y culturales) perfilará «el escenario de fondo del proceso independentista»: la tormenta perfecta. No me detendré en los nombres propios y avatares concretos, suficientemente conocidos y que, en cualquier caso, forman parte básicamente de la crónica periodística. Sí destacaré, en cambio, algunos elementos del análisis de fondo del movimiento independentista.

La profunda nacionalización a la que ha sido sometida la sociedad catalana en diversas etapas desde 1980 (¡casi cuatro décadas: como el período franquista!) ha dado como su resultado más tangible que el independentismo, minoritario en el catalanismo a lo largo de todo el siglo XX, se haya convertido en hegemónico. Dice Canal que «por encima de todo, me parece fundamental tener en cuenta que los jóvenes catalanes [...] han sido educados en la escuela autonomista». Suele entenderse mal este análisis y propicia que siempre salga alguien subrayando los límites del adoctrinamiento, como nos pasó a quienes sufrimos en tiempos de la dictadura la Formación del Espíritu Nacional, que tan escasamente caló en nuestras conciencias, si es que no produjo un efecto opuesto. Canal subraya que no está hablando «exactamente de adoctrinamiento, aunque algo haya de ello, sino de integración activa en un universo hipernacionalizado que se cuela en los libros de texto, en las actividades lectivas y en los juegos». Se conforma un nacionalismo cotidiano, alimentado con elementos tan triviales como efectivos: «pancartas, carteles, lazos, pintadas o trabajos manuales», todo un universo machaconamente nacionalista y nacionalizador fuera del cual no hay vida posible.

A todo ello hay que añadir el papel que desempeñan los medios de comunicación, asunto sobre el que no me voy a extender por ser suficientemente conocido. La degradación –no sólo política, sino incluso moral, con el enaltecimiento del terrorismo‒ de TV3 y Catalunya Ràdio, por citar referencias incuestionables, no ha constituido hasta el momento razón suficiente para que se les llame, como mínimo, al respeto del orden constitucional, ya que no a la pluralidad de informaciones y contenidos. La vida cotidiana de cientos de miles de catalanes transcurre en un espacio en el que el nacionalismo es tan «natural» como el aire que se respira. «Uno de los grandes éxitos» de este proceso, enfatiza Canal, es «la aceptación como evidentes, por parte de numerosos catalanes, de cosas que distan mucho de serlo». Análisis, argumentos o simples creencias convertidas en eslóganes dogmáticos: el famoso «España nos roba», pero también «la culpa es de Madrid», «Cataluña es más moderna», «España no nos quiere», «derecho a decidir», «democracia es votar» y muchas otras del mismo estilo (p. 222). Las redes sociales han posibilitado un campo amplísimo para señalar al discrepante de esas verdades establecidas: desde la descalificación a la denuncia, pasando, naturalmente, por el insulto y la intimidación.

Cuando Canal escribe su análisis (finales de 2017 y comienzos del presente año), aún puede decir que «la famosa no violencia del proceso catalán es cierta solamente a medias». Detecta «poca violencia física, pero muchísima simbólica o moral». Denuncia que las ocupaciones de los espacios públicos no han sido precisamente amables, que existen vetos y listas negras, que los piquetes no se andan con remilgos. Como resultado de esas presiones se ha instalado el miedo en una parte de la sociedad catalana (adivinen cuál). Para una parte importante de la población, es vital no significarse para no perder el trabajo, o para que sus vecinos no les humillen, o para que sus hijos no sean marginados en las escuelas. Tienen que callar o disimular y, aun así, no suele ser suficiente, porque el fanatismo mal tolera a los tibios o discretos. Canal escribe en unos momentos en los que estas tendencias están ya arraigadas pero se mantienen en un tono relativamente contenido para no deslucir la propaganda idílica de un proceso democrático, pacífico, ejemplar. Sin embargo, a estas alturas ya puede establecerse ‒desgraciadamente con un escaso margen de error‒ que el proceso de batasunización de la política y la sociedad catalanas es imparable. Las consecuencias son imprevisibles, pero siempre serán nefastas. A este respecto, se echa en falta que partidos e instituciones se pronuncien con claridad y determinación. Pues no se subraya que la capacidad de resistencia de los constitucionalistas es, por fuerza, limitada, aunque sólo sea por razones temporales. Si ya es imposible exigirle a un ciudadano que se comporte como un héroe, más inviable aún es pedirle que lo sea a tiempo completo, de manera indefinida y arrastrando al peligro a su familia. Para el ciudadano común, para la vida cotidiana, no se activan los mecanismos más elementales del Estado de derecho, los que permiten vivir en paz, libertad y seguridad. De seguir así, la contienda estará inexorablemente perdida. Será únicamente cuestión de tiempo. Y ellos lo saben.

El tercer bloque del libro es una disección magistral de la reescritura nacionalista de la historia, la reelaboración sectaria de las tradiciones y el uso partidista de todo tipo de símbolos culturales para componer una sostenida «apelación a las emociones» que genere un universo nacional de «identidad, pertenencia y cohesión» de «los propios» (catalanes) frente a «los otros» (españoles), caracterizados en el mejor de los casos por su incomprensión y, más habitualmente, por su hostilidad. Como dije en el caso de los acontecimientos políticos concretos, tampoco puedo detenerme en este ámbito, que requeriría un amplio apartado expositivo. Y para quienes echen de menos una crítica de los mecanismos que ha puesto en marcha el gobierno de la nación y el Estado de derecho para responder a este desafío que algunos llaman «golpe de Estado posmoderno», les recuerdo que el libro de Jordi Canal se centra en el nacionalismo catalán y el proceso independentista, no en lo que en algunos hemos diagnosticado como crisis del régimen constitucional de 1978.

La perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora

Aun así, es inevitable que el libro termine con unas consideraciones que no afectan tan solo a uno de los contendientes, el nacionalismo catalán, sino que se amplían al marco español. Haré en este punto una confesión personal que me ha supuesto en los últimos meses muchas desavenencias con amigos, colegas y contertulios en general: frente al mayoritario «lo peor ha pasado» –en referencia a la crisis de octubre de 2017‒, siempre he sostenido que ello sería, en todo caso, cierto si preferimos el diagnóstico de un cáncer avanzado y con metástasis a un infarto agudo de miocardio. Es verdad que con el infarto –la declaración unilateral de independencia‒ se nos va el paciente, pero no es menos cierto que la perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora. Magra satisfacción me produce también por ello que el autor coincida con mi apreciación personal: tras las elecciones del 21-D, escribe, «muchas cosas han seguido igual o incluso han empeorado en Cataluña» (p. 377). Cita Canal todo el catálogo de desafíos independentistas, alude a la vulneración de la legalidad vigente (añado que poco menos que impune en muchos ámbitos, como el orden público) y destaca, en especial, el esfuerzo que ya a estas alturas puede darse por conseguido (¡una victoria más!) de internacionalizar el conflicto. Sostuve, por mi parte, desde el principio que dicha internacionalización –ante la que el Estado no impulsó, por decirlo suavemente, todos los mecanismos que estaban a su disposición‒ era a largo plazo, junto con la judicialización de la política, uno de los mayores peligros de esta crisis. Creo que, a estas alturas, ya nadie puede ponerlo en duda. Con todo ello el independentismo va extendiendo su relato, como ahora se dice, allende las fronteras, a la par que siembra un victimismo siempre rentable en última instancia. Mientras, mantiene o intensifica el control del espacio público (¿dónde quedó la primavera constitucionalista?), alardea de su hegemonía en el ámbito educativo y reta al Estado desde el dominio absoluto de los grandes medios (televisión, radio y prensa). ¡Y todo ello con el artículo 155 de la Constitución activado! ¿Para qué ha servido?

Suele usarse con frecuencia el término aceleración para caracterizar la marcha de los acontecimientos en este mundo que vivimos y, muy en especial, para singularizar la dinámica política. Casi convertido en tópico, este planteamiento del ritmo vertiginoso de la vida pública es difícilmente cuestionable ante situaciones como las aquí descritas. Cuando habíamos aceptado, por la fuerza de los hechos, que en cuestión de semanas las cosas podían mutar hasta extremos a priori difícilmente concebibles, hete aquí que la susodicha aceleración nos arroja a un panorama de cambios progresivamente más bruscos y radicales. Unas transformaciones que, como todo el mundo sabe, no han dejado títere con cabeza o, por decirlo en términos más concretos, han afectados a los tres niveles posibles del conflicto: primero, al propio campo del independentismo, con un reordenamiento de líderes como consecuencia de las actuaciones judiciales; segundo, a las relaciones entre la Comunidad Autónoma y el Gobierno de la nación, con la constitución de un nuevo Govern y el levantamiento del artículo 155; y, en tercer lugar, la caída del gabinete de Mariano Rajoy y su sustitución –mediante moción de censura‒ por una alternativa de heterogénea composición, en la que no cabe ignorar el peso de los partidos independentistas. Sea como fuere la ulterior evolución de los acontecimientos, el conflicto dista mucho de presentar un cariz tranquilizador o meramente encarrilado.

Canal escribe cuando la opinión pública no sabía nada aún de Quim Torra y de su ideario (?) político, pero eso a la larga resulta casi irrelevante. Pues su análisis sigue teniendo la misma vigencia ahora que hace seis meses: «La aventura independentista ha llegado tan lejos como consecuencia de los silencios, la infravaloración o la incredulidad de aquellos que podían haber reaccionado mucho antes, desde el Gobierno de Mariano Rajoy a la Unión Europea, pasando por las oposiciones, los intelectuales o los empresarios». Y añade un matiz esencial desde mi punto de vista: «Los proyectos alternativos mínimamente convincentes e ilusionantes han brillado por su ausencia». En efecto: «¡Es la política, estúpidos!», es la política lo que ha fallado o, mejor dicho, lo que ha faltado clamorosamente. Y así nos va. Y así están las cosas, en ese impasse kafkiano en el que nadie atisba solución alguna, pues el presente no puede ser más inestable, ya no podemos volver al pasado y el futuro se adivina tenebroso. En los compases finales de su magnífica obra, Canal vuelve a remitirse a Kafka y al señor K, cuando dice que «lo único que puedo hacer es mantener el sentido común hasta el final». El autor se agarra a ese clavo ardiendo y califica ese llamamiento al sentido común de «programa auténticamente revolucionario» en estos tiempos. No quiero ponerlo en duda, pero no deja de ser una apelación retórica. Y el hecho de que el mero sentido común sea inviable nos muestra el punto al que hemos llegado. Patético. Kafka en Cataluña, ciertamente.

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).

04/07/2018

 
COMENTARIOS

Juanjo 05/07/18 02:41
Soy más optimista que el autor y creo que los separatistas han desperdiciado sus grandes ventajas al emplear una estrategia imprudente, por pisar demasiado el acelerador cuando todavía no estaban preparados.
Hay un fallo básico en toda la élite separatista: sobreestimarse a si mismos y subestimar a todos los demás ¡y mantener esa falsa creencia incluso tras repetidos fracasos que deberían escarmentarles! No es una mentalidad de nacionalista, es una mentalidad de marqueses. Es un tema que debería ser investigado más a fondo.
El ridículo de proclamar la independencia para desproclamarla acto seguido es difícil de superar. Los creyentes lo siguen siendo por inercia, pero esa inercia no va a durar eternamente. Algunos, amargados, optaran por radicalizarse todavía más, pero otros, en silencio, acabaran desenganchándose del tema.
La independencia-interruptus ha servido para evidenciar las falacias y los riesgos del independentismo: la deslocalización de empresas todavía no ha hecho sentir sus efectos perversos sobre la economía local, pero se irá viendo poco a poco. La ruina de Cataluña no será un hachazo sino un cordón de seda que estrangula poco a poco. por supuesto, los independentistas gritaran que la culpa es siempre de la malvada España, ¿pero conseguirán ser creídos? eso depende en parte de la acción del gobierno.
Los soberanistas alcanzaron en el otoño de 2012 un apoyo popular que rozaba el 50%. Seis años después, ahí siguen. Es un techo que no logran superar. ¿Por que? Es otro tema que debería ser analizado muy seriamente.
El signo más alentador es que Sánchez, quizás en parte por el enfrentamiento con muchos barones autonómicos de su propio partido, parece convencido de que es necesario reforzar el poder central y atar en corto a los oligarcas locales. Mientras las encuestas le sean favorables, mientras no pierda el impulso, puede amagar con adelantar las elecciones si los soberanistas le agobien demasiado, y ya sabemos que con el PNV no pueden contar, que no quieren autodestruirse como CiU, ni darle alas a Bildu ni acabar exiliados en Bélgica.

Francisco Martínez 06/07/18 19:32
El kafkiano proceso catalán marcha hacia el fracaso, pero los daños que está generando son muy importantes y de largo efecto. Sus planteamientos chocan de plano con algunos aspectos esenciales de la realidad y a pesar de eso han sido obviados por sus defensores.

Estamos en un mundo cada vez más interdependiente y formamos parte de un proyecto de integración europea donde no pueden tener cabida movimientos disgregadores y reaccionarios que traen consigo unos costes inasumibles de todo tipo. Por otro lado, la Constitución española ampara y reconoce la singularidad catalana y no es ética ni políticamente admisible la deslealtad de la burguesía catalana y su desprecio hacia la norma que garantiza la convivencia en paz.

Los nacionalistas golpistas utilizan todos los medios a su alcance con tal de conseguir sus objetivos, incluidos aquellos que son claramente antidemocráticos e ilegales. No dudan en atropellar los derechos de sus vecinos y conciudadanos y están poniendo en peligro el pluralismo político y la libertad, enterrando bajo montañas de propaganda el sentido que es común a todos.

Miguel Angel Perez Espejo Martinez 09/07/18 10:05
Excelente análisis del Prof. Núñez Florencio. Como aportación académica, impecable!. ¿A qué nos conduce? .. a la búsqueda de soluciones que ante un proceso largo y maquiavélicamente construído cuenta, para su implantación, con la impaciencia y es estrés de los constitucionalistas, tanto catalanes como del resto de España. Muestro, no obstante, mi desacuerdo con el concepto básico de "judicialización" de la política como contrapuesto al ejercicio de ésta. La guerra también es una forma de hacer política, aunque por otros medios. La judicialización no es sino el último recurso de los estados de derecho para seguir haciendo política en ese marco democrático, por ello, los que se oponen a la aplicación de la Ley, no son sino los que quieren imponer sus ideas al margen de la misma, llegando, si las condiciones les favorecieran, incluso a la violencia. Aquí es donde el factor "tiempo" es crucial; me refiero a la aplicación del artículo 155 en su más amplio significado y , ahora sí, durante el tiempo que fuese necesario para contrarrestar este "asalto a la razón" lucaksiano postmoderno que el "procés" está llevando a cabo. Es un "tour de force" intermedio que la Nación y el Estado Español no deben perder. Pero para ello ha de contarse con que la inmensa mayoría de estas fuerzas coincidan, sin traiciones ni subterfugios, en esta unidad de acción. Me temo que, a la vista de las tretas parlamentarias a las que hemos asistido recientemente para desbancar mayorías de gobierno, tal unidad es una quimera. Esta es, a mi juicio, la amarga realidad con la que cuentan los secesionistas, y la seguirán empleando mientras se lo permitan sus adversarios (¿quienes son éstos y donde se posicionan en realidad?....)

vasili hernando 09/07/18 22:42
Hace tiempo que esto ha superado la etapa kafkiana; ya no se trata de racionalidad, de entender cómo se llegó aquí, de explicar la construcción del sentimiento nacional, de las verdades, las medias verdades y las falacias. Eso ya ha ocurrido y no podemos volver atrás: hoy millones de catalanes creen y aspiran a ello; da igual como llegaron allí.
Estoy muy de acuerdo: esto solo puede acabar mal. Para todos. Prefiero no ser compatriota de quien antepone una bandera, un himno, el provincianismo de luz corta, y un sentimiento nacional diferenciador tan intenso, a la ley, las normas, la ciudadanía, el respeto a las mayorías democráticas y a las minorías pasivas. Con semejante hipoteca, es cierto: el "estado español" no llegará lejos. No alumbrará ninguna reforma real, pues no podrá progresar sin condicionarse a sentimientos tan difusos como folclóricos, excluyentes, exclusivos y singulares por definición. Mi "Estado" y, sobre todo, sus gentes no avanzarán jamás si han de depender de semejante lastre, de semejantes ideas, de que una "nacionalidad" nos hace "distintos", y ya sabemos lo fácil que es deslizarse a laderas resbaladizas desde alli. No quiero ese futuro para mis hijos, y parece que el sentimiento es mutuo.
Asi que estamos a tiempo de darnos la mano, y acabar "solo" mal. De no tener que escuchar que somos una nación represora, de no tener que mostrar complejos, de dejar de resultar culpables por su nefasta autogestion, de que sus desgarros internos se queden alli y no afecten a mis hijos. De que decidan todo aquello que deseen decidir para su futuro mientras nosotros también podemos un pais sin hipotecas que ya debíamos haber saldado. De no acabar "peor"

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