A propósito de la agricultura urbana

Asistí no hace mucho a un acto con motivo del Día del Hambre en el Mundo y un colega amigo me habló del auge que, al parecer, está tomando la agricultura urbana. Luego me envió algunas publicaciones sobre el tema. Días después me invitó otro amigo a comer en su casa, parte de cuyo jardín ha sido convertido a la producción con primor de frutas y verduras para consumo propio. De siempre se han producido alimentos en las zonas urbanas y periurbanas, pero ahora que hemos evolucionado de pueblos y ciudades horizontales a megaurbes verticales, empiezan a plantearse problemas que en el pasado no eran tan evidentes. La explotación del jardín de mi amigo no tiene problema alguno, salvo que es intensiva en mano de obra y costosa por la pequeña escala y por estar condenada a usar para riego agua potable elaboradamente depurada para consumo humano. Como las frutas y verduras que se ofrecen comercialmente se venden a precios cinco a diez veces superiores al coste de producción, poco importa que los costes de producción artesanal sean el doble o el triple que los comerciales. Aparte de salirle más barato, lo que produce mi amigo es más sabroso, porque hasta la variedad más tonta e insulsa gana mucho cuando se recolecta en su punto directamente de la mata. Sin embargo, en la ciudad vertical las cosas no son tan sencillas, aunque en estos tiempos todo tiene solución.

El panorama de la seguridad alimentaria es tal que cuando en 2050 la especie humana supere probablemente los nueve mil millones de personas y un 70% de ella esté agrupada en megaurbes de muchos millones de habitantes, habrá que casi duplicar la producción de alimentos y sería bueno que parte de ellos pudieran producirse en las propias ciudades.

Hace medio siglo, cuando yo llegué a Madrid, el cielo era casi siempre azul intenso, había bulevares con árboles y no había casi automóviles. También existía una cabaña vacuna que se albergaba en los locales comerciales de las casas de pisos: se producían diariamente doscientos mil litros de leche y se consumían unos quinientos mil litros de un líquido blanco pálido; salvo contadas excepciones, la diferencia volumétrica se suplía con agua del Lozoya, de muy buena calidad, por cierto. No sólo se usaba agua potable para complementar la producción, sino también para dar de beber al ganado y para limpiar los establos, arrastrando hacia las alcantarillas una buena cantidad de defecaciones vacunas. En cuanto a producción vegetal, era notorio que los huertos periurbanos del sur de Madrid nos surtían de verduras regadas con aguas fecales humanas, algo que hoy sería impensable por obvias razones sanitarias. Las centrales lecheras y los laboratorios municipales, entre otras innovaciones, vinieron a sacarnos de esa ignominia. No se trata, pues, de repetir esas ganaderías y agriculturas urbanas a estas alturas. La agricultura vertical y en altura tiene que reinventarse.

En principio, pueden cultivarse plantas en cualquier sitio al que llegue luz natural, especialmente si se hace sin tierra, por técnicas hidropónicas. Incluso con luz artificial, si el cultivo es muy rentable, como la marihuana. De este modo, elementos estructurales como fachadas, terrazas, balcones, patios y zonas ajardinadas se encuentran disponibles, con mayores o menores problemas. A estos sitios pueden añadirse toda suerte de lugares públicos, vías abandonadas, solares sin utilizar y, sobre todo, parcelas públicas destinadas a huertos para familias y asociaciones urbanas, cuando la sabiduría de los planificadores y el buen hacer de los políticos las han previsto en viejos y nuevos desarrollos urbanísticos. La utilización de basureros y vertederos urbanos como proveedores de materia orgánica o como sedes de la actividad productiva son en extremo problemáticos por razones sanitarias.

Una agricultura tan arriscada como la que describimos plantea problemas específicos, según las condiciones precisas del lugar en que desea practicarse. Ya se ha mencionado la inconveniencia de utilizar para riego agua potabilizada, y es dudosa también la conveniencia de aplicar agua de pozo, problemas que son más fáciles de resolver en explotaciones municipales bien acondicionadas para la práctica agrícola. Los productos obtenidos, especialmente si el riego es con agua reciclada, pueden sufrir toda suerte de contaminaciones urbanas, especialmente por metales pesados, y su misma producción genera una contaminación ambiental de complicada gestión. La solución de estos problemas forma parte de la reinvención de la agricultura rural. Entre los nuevos practicantes se ha difundido la disparatada veleidad de que la agricultura urbana es más ecológica y saludable.

El Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas estima que unos ochocientos millones de personas están involucradas a escala global en la práctica de la agricultura urbana, de las cuales doscientos millones lo hacen comercialmente. Para los más favorecidos supone el acceso a productos recolectados en condiciones óptimas y, para los menos favorecidos, una oportunidad vital y económica esencial. Este tipo de agricultura no puede suplantar a la practicada en el medio rural, pero sí complementarla. Se estima que la agricultura urbana aporta ya alrededor del 15% del alimento consumido en las ciudades y que este porcentaje podría aumentar significativamente en las próximas décadas.

Cuando se viaja en tren por España no es frecuente encontrarse, como ocurre en otros países europeos, extensiones de huertos para urbanitas. Aunque la superficie sembrada se ha multiplicado por quince en los últimos ocho años, parece que no supera las 166 hectáreas, una cifra desdeñable frente a la de la agricultura rural. Dada la crisis económica, con el desempleo y el hambre que ha generado, sorprende tal vez que la producción urbana de alimentos no haya crecido aún más vigorosamente en nuestro país como forma de paliar parcialmente ambas lacras.

Ficha técnica

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