Lo barato es caro
Nuestra madre, que por mor de su profesión de modista antes de casarse (algún día hablaremos de los aspectos económicos de «la conciliación»), sabía apreciar la calidad de ciertas telas y lo basto de ciertas otras, solía decirnos a todos los hermanos que «lo barato es caro», una expresión que resultará familiar a muchos de nuestros lectores cuya niñez precedió al Régimen del 78. Y, como no nadábamos en la abundancia, precisamente por eso, nuestra madre predicaba con el ejemplo siempre que podía: un par de los legendarios y afamados zapatos del «sello verde», en los años sesenta del pasado siglo, duraban más del doble que dos pares de imitación; además de ser más bonitos y de traer de regalo una estupenda pelota de goma, muy apreciada entre la chiquillería.






