Tintín: El asunto Tornasol
¿Qué es la felicidad? Descarto una respuesta retórica sobre un tema que ha suscitado infinidad de especulaciones filosóficas, más o menos afortunadas. Diré simplemente que –en mi caso– la felicidad es una tarde de mi niñez con un nuevo álbum de Tintín entre las manos. No he olvidado el día en que apareció mi madre con El asunto Tornasol, recién comprado en una librería del barrio de Argüelles, advirtiéndome que no me permitiría leerlo hasta que finalizara mis deberes. Pasé una hora angustiosa, deseando tirar los ejercicios de matemáticas por la ventana, pero cuando al fin terminé y pude leer la aventura, sentí que había topado con algo prodigioso y verdaderamente original. Los años transcurridos desde entonces han corroborado esa impresión. ¿Qué hace tan especial El asunto Tornasol, para muchos la obra maestra de Hergé? De entrada, el comienzo atrapa en una sola viñeta todo el encanto y la poesía del cine mudo. El bueno de Silvestre Tornasol se aleja por un camino de tierra que serpentea entre los árboles de la apacible y lluviosa campiña belga. Camina de espaldas, con una maleta y un paraguas. Menudo y esmirriado, no esconde su parentesco con el vagabundo de Chaplin.






