Para pensar de otra manera
Vivir es ver volver, según Azorín: la muerte del torero Iván Fandiño en una plaza francesa, hace apenas unos días, ha reavivado por un momento el debate acerca de la pervivencia de esa singular práctica cultural que es la tauromaquia. Dejando a un lado la ventajista prohibición decretada en Cataluña, donde el argumento antiespañol primó sobre cualquier otra consideración a la vista de la tolerancia con que se contemplan otras festividades que también implican la tortura de un animal inocente, los argumentos se repiten ad nauseam y se diría que sólo el progresivo cambio generacional logrará resolver la disputa. Pero me interesa aquí menos volver sobre este asunto que reflexionar, a partir de aquí, sobre la presunta virtud de la coherencia: la capacidad para mantener la propia posición moral o intelectual ante la realidad. Aunque me referiré a ella solo brevemente, la cuestión animal nos proporciona un buen punto de partida, sobre todo al presentarnos con claridad el que quizá sea el problema principal de la (in)coherencia: las razones que justificarían –o incluso exigirían– una modificación de nuestro juicio.






