Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

200 D. F.

Andaba leyendo hace unos días The Times Literary Supplement cuando topé, en la esquina inferior de una de sus páginas, con una llamada a congreso realizada por la Australian National University. Su tema, para la edición del año próximo, se presentaba así: «Imaginando la ciencia y la tecnología 200 años después de Frankenstein». Es decir, pasados dos siglos de la publicación de la influyente novela de Mary Wollstonecraft Shelley que expresó, mediante un símbolo ahora universal, las ansiedades románticas ante el desarrollo de la ciencia en la era industrial. Su vigencia no ha cesado, como demuestra el término empleado a menudo para presentar los alimentos transgénicos bajo una luz desfavorable: Frankenstein Food. Nuestras ansiedades posindustriales tienen así otros nombres, pero el malestar cultural es el mismo: desde el miedo a ser suprimidos por una inteligencia artificial autoconsciente al temor a perder el trabajo por culpa de la nueva robótica, pasando por el ambiguo ideal del transhumanismo. ¡Frankenstein vive!

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Patriotismo español

El periodista, escritor e historiador berlinés Raimund Pretzel se opuso al régimen nazi desde la primera hora, manifestando su repulsa hacia una ideología que exaltaba con retórica hueca la grandeza de la cultura alemana. A diferencia de otros ensayistas y literatos, no se dejó seducir por fantasías telúricas y elaboraciones románticas que pretendían ubicar la tradición germánica en el territorio de los mitos, rescatando un clasicismo de cartón piedra. En 1938, se exilió en Reino Unido, adoptando el seudónimo de Sebastian Haffner, inspirado en el sobrenombre de la Sinfonía núm. 35 en Re mayor, K. 385, de Wolfgang Amadeus Mozart. De este modo, pretendía proteger a su familia, que aún residía en Alemania, y manifestar su amor por su cultura natal, expropiada con fines ideológicos por los nuevos bárbaros, meros oportunistas caracterizados por su desprecio a la inteligencia y a la diversidad. Nada le horrorizaba tanto como la posibilidad de un porvenir donde se asociara a Mozart, Beethoven o Goethe con los crímenes del Tercer Reich, arrojando sobre las nuevas generaciones una sombra de culpabilidad por disfrutar de su legado cultural. 

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