200 D. F.
Andaba leyendo hace unos días The Times Literary Supplement cuando topé, en la esquina inferior de una de sus páginas, con una llamada a congreso realizada por la Australian National University. Su tema, para la edición del año próximo, se presentaba así: «Imaginando la ciencia y la tecnología 200 años después de Frankenstein». Es decir, pasados dos siglos de la publicación de la influyente novela de Mary Wollstonecraft Shelley que expresó, mediante un símbolo ahora universal, las ansiedades románticas ante el desarrollo de la ciencia en la era industrial. Su vigencia no ha cesado, como demuestra el término empleado a menudo para presentar los alimentos transgénicos bajo una luz desfavorable: Frankenstein Food. Nuestras ansiedades posindustriales tienen así otros nombres, pero el malestar cultural es el mismo: desde el miedo a ser suprimidos por una inteligencia artificial autoconsciente al temor a perder el trabajo por culpa de la nueva robótica, pasando por el ambiguo ideal del transhumanismo. ¡Frankenstein vive!






