El negro mundo de las marcas alimentarias
Un reciente e incisivo programa-denuncia de Jordi Évole en televisión, que versó sobre el coltán, me ha puesto al día sobre un asunto que ya conocía desde que leí la novela La canción de los misioneros, de John le Carré, quien supo adelantarse en el diagnóstico de un problema que se agravaría con la desmesurada eclosión de los teléfonos móviles y otros artilugios electrónicos. En los escaparates de los países acomodados, y también en los que no lo son, aparecen en los escaparates estos artefactos cuyo resplandor oculta la podrida oscuridad de su procedencia: el esclavizador y sus esclavos extraen el oscuro mineral que llega al fabricante a través de varios intermediarios que blanquean su origen. Esto no sería noticia en estas páginas si no fuera porque el esquema del coltán se repite para ciertos productos alimentarios, como pueda ser el cacao sin ir más lejos: cuatro o cinco grandes grupos de marcas, con Nestlé a la cabeza, envuelven en papel de plata unos atractivos productos cuya materia prima surge de la explotación laboral.






