El caso del sitial vacío
Hay un pasaje crucial al final del capítulo 17 de los Hechos de los Apóstoles, esa colección de relatos sobre, nunca mejor dicho, la vida y, en especial, los milagros de los primeros seguidores de Jesús de Nazaret. Pablo de Tarso, el más grande de los pioneros, pasaba por Atenas en uno de sus viajes de promoción de la nueva marca religiosa, tal y como se diría hoy en la jerga del mercadeo. Pablo se las había tenido tiesas con los mandamases de algunas comunidades judías que se empecinaban en mantener su fe dentro de un nicho específico, sin atender a las demandas universalistas de los partidarios de la buena nueva. Mientras que a los rectores de esas comunidades les parecía imprescindible la fidelidad a rituales de exclusión, como la circuncisión o las prohibiciones alimentarias, que les distinguían de los gentiles, el de Tarso insistía en un producto de características más intangibles y universales, como la creencia en la resurrección de la carne y en la vida perdurable para todos los humanos sin distinción, es decir, algo menos identitario, más capaz de superar las limitaciones del nicho para abrirlo a grandes masas de consumidores.







