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Dragón Rampante

En el último piso de mi casa en Saigón hay una piscina estupenda, una sauna y un pequeño gimnasio con todos los aparatos imprescindibles. Ahí suele encontrárseme por las mañanas, al poco de levantarme. No es que me fascine la idea de convertirme en el fiambre más saludable del cementerio, pero mientras llega el trance he decidido que hacer ejercicio contribuye a mantenerle a uno en forma por más tiempo, y eso cuenta. Tal vez sea otra de esas ilusiones fugaces que acaban cortadas de raíz por una racha de achaques o por algún accidente, pero me sirve para justificar los malos tratos a los que, según la tradición ascética, conviene someter al cuerpo. Siento por ella un gran respeto y procuro allanarme a sus exigencias en la medida de lo posible.

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