ARTÍCULO

Delirios y literatura

Alfaguara, Madrid, 149 págs.
 

No es frecuente encontrar novelistas que, además de mantener en cada título las pautas esenciales de su universo personal, demuestren la honestidad y el talento suficientes para emprender el camino de la depuración y la síntesis. En la segunda novela de Antonio Orejudo se advierte esa voluntad de conseguir la absoluta necesidad de cada página y resorte narrativo, manteniendo las señas de identidad que hacían de su anterior título, Fabulosas narraciones por historias (Lengua de Trapo, 1996), una singular e interesantísima opera prima, pero resolviendo a la vez cierta tendencia a una escritura torrencial que dañaba, a veces, la composición global del relato.

Según ha declarado el propio autor, la idea central de Ventajas de viajar en tren es deudora de la lectura de dos novelas ejemplares, El casamiento engañoso y Elcoloquio de los perros. En efecto, estamos ante un relato que se ajusta al molde originario del género novelesco, y no sólo por su extensión (esa media distancia narrativa que tan pocos cultivadores aceptables tienen hoy día), sino sobre todo por el empleo de ciertos recursos narrativos y estructurales que remiten directamente al modelo cervantino, así como por el manejo de la ironía distanciadora o, en fin, por el interés –ya presente en la anterior obra del autor– en provocar una cuidadosa mixtificación de realidad y ficción.

A pesar de su brevedad, la novela encierra una sucesión casi vertiginosa de sucesos y personajes, lo que hace muy difícil dar cumplida noticia de su peripecia. Ello se debe, en gran medida, a su naturaleza de «historia de muchas historias», engarzadas hábilmente mediante el empleo de recursos de larga tradición como los relatos especulares o la inserción del manuscrito encontrado. A la abigarrada gavilla de historias y facecias, así como a la diversidad polifónica de sus narradores, confiere unidad una voz en tercera persona, encargada de referir los actos de los dos protagonistas, la editora Helga Pato y un personaje al que –como descubrirá quien leyera esta novela de esquizofrenias e imposturas-sólo por convención llamaremos Ángel Sanagustín. Éste se presenta a Helga como psiquiatra del centro en que permanece interno su marido, y desde este momento el viaje en tren que comparten se convierte en una visita a los abismos de la locura, a la vida, preocupaciones y pensamientos de los dementes que han pasado por las manos del doctor Sanagustín, quien ejerce de singular cicerone ante su compañera de vagón mediante el relato oral, primero, y más tarde, a través de cuatro textos, escritos por otros tantos enfermos, que van a parar a manos de Helga. El interés que suscitan estos monólogos delirantes en la ávida editora, la empujan a indagar el paradero del supuesto psiquiatra, búsqueda que la sumergirá realmente en la imprevisible lógica de la locura.

La apuesta de Orejudo por una estructura heterogénea y compleja, por la pluralidad de historias y de narradores, demuestra su insistencia en un tipo de novela arriesgada y exigente con el lector, plagada de homenajes y referencias literarios, pero al mismo tiempo ágil y entretenida, asistida en cada página por un humor disolvente que sabe arrancar la sonrisa incluso cuando desparrama generosamente la sal gorda. El talento del autor queda fuera de toda duda: ahí está su dominio del ritmo, el ingenio en los diálogos, la capacidad para cambiar de tono y de registro... Sin embargo, queda por determinar si esta intrincada urdimbre cuenta con alguna instancia aglutinadora que integre sus elementos en una unidad coherente, o bien si se trata de un conjunto de fogonazos narrativos, ensamblados brillantemente por el artificio, pero no por el sentido. La sensación al concluir la novela es de cierta perplejidad: la propia ficción desacredita lo que dicen y hacen sus personajes, advierte de que sólo hemos leído mentiras urdidas sobre otras mentiras. Es decir, estamos ante una obra que, empleando sólo recursos habituales del género, vulnera una de sus condiciones medulares: que la novela, aunque ficción, debe mostrar una interior consistencia de verdad. Esa premisa es sistemáticamente conculcada por la misma configuración narrativa, en la que la yuxtaposición de relatos y voces, los equívocos y fingimientos, acaban por diluir la impresión de solidez propia del relato convencional. El desenlace, que remite directamente al inicio, es un ejemplo claro de cómo la novela juega a manifestarse como espejismo evanescente, pero espejismo, al fin, construido con un utillaje técnico necesario, manipulado con inteligencia y rigor.

Detrás de este clima de irrealidad y de los resortes técnicos que lo generan, está el motivo central del libro. Se trata de la refutación del yo, de la noción de sujeto como entidad autónoma y coherente, dado que «la personalidad [...] es simplemente un impulso electromecánico que sólo adquiere sentido cuando lo contamos» (pág. 16). Si la identidad del individuo sólo existe como enunciado narrativo, entonces hemos perdido el gran reducto cartesiano desde el que nos podemos impulsar para acceder a una realidad cuyos límites, por tanto, se hacen permeables o desaparecen. Esta idea es la que permite comprender la estructura de la novela, compuesta de capas sucesivas que conducen hacia un núcleo vacío. De hecho, esta concepción sobre el sujeto y la visión del mundo que la acompaña justifica toda la poética de la ficción implícita en la obra, así como sus motivos temáticos más importantes. También explica las profundas relaciones entre locura, vida y literatura. Por ejemplo, el inolvidable Martín Urales, demente profesional, cree que los basureros forman parte de una secreta maquinaria que vigila y controla a la sociedad. Pero esta tesis no parece muy distinta a esa otra –al parecer real– de Saussure, quien creía que, desde el origen de la lírica, existía una secta de poetas que ocultaban mensajes anagramáticos en sus composiciones. Orejudo indaga sabiamente sobre la tentación de conferir a nuestra monótona realidad el color y la diversidad que sólo tienen el delirio y la ficción literaria, y lo hace con un caudal de sabiduría narrativa poco frecuente en estos tiempos.

01/12/2000

 
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