ARTÍCULO

El declive de la fraternidad

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
Trad. por José Luis Gil Aristu
780 págs. 35 €
 

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La vitalidad de la sociedad civil es, desde hace decenios, un tema clave para la sociología. Entre sus analistas, se pueden destacar las obras de Richard Sennett El declive del hombre público. Barcelona, Península, 2002 (1.ª ed., 1978)., que estudió la pérdida del espacio compartido; la de Alan Wolfe Whose Keepers. Social Science and MoralObligation. Berkeley, The University of California Press, 1989. , que proponía recuperar la sociedad civil como ámbito de una interacción creativa, y la de Robert Bellah Hábitos del corazón. Madrid, Alianza Editorial, 1989., que diseccionó el individualismo contemporáneo y su responsabilidad en la caída de la participación. Poco después de la publicación de estas obras surgió el llamado comunitarismo, un movimiento intelectual centrado en el individualismo ético del liberalismo y, más concretamente, en la obra del primer John Rawls. El comunitarismo no es, como se puede pensar, un asunto meramente académico, sino que también fue marco de un conjunto de políticas públicas, en concreto las del primer mandato presidencial de Bill Clinton.

En efecto, en los primeros noventa, Clinton acometió un ambicioso proyecto de reforma de la sanidad pública y, posteriormente, intentó controlar la propiedad y el uso de armas de fuego con la llamada Law Crime. Ambas políticas fueron frustradas por la férrea oposición de los lobbys farmacéutico y armamentístico, respectivamente. Durante aquel período, Clinton se rodeó de asesores comunitaristas tales como Bernard Barber –autor, entre otras obras, de un libro ya clásico sobre democracia participativa Strong Democracy. Participatory Politicsfor a New Age. Berkeley, California University Press, 1984. – y Amitai Etzioni, autor que ha venido escribiendo desde hace años sobre la necesidad de la recuperación de una comunidad moral compuesta por individuos responsables para con la colectividad Los libros más importantes sobre comunitarismo de Amitai Eztioni son The Spirit of Community. Rights, Responsibilities and the Communitarian Agenda. Nueva York, Crown, 1993, y The New Golden Rule. Community and Morality in the Democratic Society. Nueva York, Basic Books, 1996; existe traducción publicada por Paidós..

Siguiendo la tradición del pragmatismo de John Dewey, los comunitaristas americanos quieren articular una nueva «conversación pública» para el desarrollo de la democracia. A pesar de la importancia que el comunitarismo tuvo durante los años noventa en la vida intelectual americana, no suele repararse en que está íntimamente emparentado con las propuestas sociales y políticas de la otrora celebrada Tercera Vía que impulsó Anthony Giddens en Europa Al respecto puede verse el libro de Amitai Eztioni La Tercera Vía hacia una buena sociedad. Propuestas desde el comunitarismo. Madrid, Trotta, 2001. . Para articular políticamente sus propuestas, Etzioni creó The Responsive Community y el Communitarian Network, una revista y una plataforma, respectivamente, de este movimiento, que fue y sigue siendo compañero de viaje del Partido Demócrata.

Pues bien, en el marco de una posición política progresista –lo que los americanos llaman «liberal»– y de una sociedad civil viva, preocupada por la participación social y política, Robert Putnam publicó un trabajo sobre las fuentes de la democracia que ya es un clásico de la sociología política Making Democracy Work. Civic Traditionsin Modern Italy. Nueva Jersey, Princeton University Press, 1993. . A partir de este libro se consideró a Putnam un republicano. Es más, el republicanismo, tradición intelectual de la participación y la libertad colectiva, se vistió de largo con el primer trabajo que logró aunar con éxito la teoría política con la investigación social empírica. Razones de espacio me impiden desarrollar aquí lo que es el republicanismo Al respecto puede verse mi libro El corazón de la república. Avatares de la virtud política. Barcelona, Paidós, 2000.. Sólo diré que Putnam lo entronca con la teoría del gobierno efectivo y, más en concreto, de una sociedad orientada al civismo. Mientras que el comunitarismo pone el acento en la sociedad, en una reforma de las costumbres morales, el republicanismo se centra en la política, en la articulación del civismo. Si aquél tiene su mentor en Durkheim y su proyecto de intervención social, éste lo tiene en Tocqueville y su teoría de la participación.

En Making Democracy Work, Putnam investigó cuáles son las bases sociales de la democracia (Solo en la bolera es la segunda entrega de esta empresa). Y en lo que, a primera vista, parecía un análisis cuantitativo de la participación en Italia, el autor se enfrentaba a las principales propuestas de la sociología política clásica. El origen último del gobierno efectivo no es, como defienden Seymour Lipset y la teoría tradicional de la modernización, el desarrollo económico. Tampoco, como sostenían los teóricos de la cultura política, Almond y Verba, los valores. Para explicar la eficacia de las instituciones hay que ir más allá. Putnam basaba su estudio tanto en la historia como en el concepto, que él ha revigorizado, de capital social.

En Making Democracy Work Putnam resalta, en primer lugar, la importancia de la historia. En el caso de Italia, el autor analiza la persistencia desde la Baja Edad Media de un mapa geográfico de la participación, cuya distribución desigual reenvía a la Baja Edad Media y a un clásico del republicanismo, Maquiavelo. Para éste, la libertad colectiva es una construcción que se mantiene por la adhesión de la colectividad a un vivere libero participativo. Así, las repúblicas del Norte fueron el territorio donde creció una cultura cívica y comercial que eclosiona en el tiempo de Maquiavelo y se opone a un Sur rural, agrario y feudal, donde no es posible una vida ciudadana y participativa. Lo llamativo es que, según demuestra Putnam, cinco siglos después, el norte de Italia sigue siendo el espacio del desarrollo económico, político y cívico.

Además de la persistencia de la tradición cívica, el segundo factor crucial de un gobierno efectivo es el llamado capital social. Éste se define como el conjunto de normas y redes de implicación cívica que descansan en relaciones de confianza y reciprocidad. Putnam conecta el capital social (concepto utilizado por Jane Jacobs y, mucho después, por James Coleman) con una sociedad republicana cuyo principio no es ya la maquiaveliana virtud republicana sino el tocquevilleano interés bien entendido. Mientras que dicha forma de interés articulaba Making Democracy Work, el sentimiento moral que recorre Solo en la bolera es la confianza, objeto de estudio de las ciencias sociales en los dos últimos decenios.

2

Es de justicia resaltar el logro, por raro tan valioso, del autor, de imbricar una investigación empírica, que le ha tenido ocupado más de diez años, con una poderosa narración teórica. Ésta mantiene el interés del lector a través de un libro tan extenso como el que analizo. Si su tamaño arredra al principio al lector, éste pronto se encuentra sumergido en la trama de la investigación. Mientras que la democracia en la Italia contemporánea dependía del capital social, Putnam creyó que el próximo paso era investigar la salud del mismo en América.

Con una hipótesis provocativa que ponía en cuestión la supuesta tradición participativa de los americanos, el profesor de Harvard escribió un artículo que dio en el clavo al expresar una inquietud creciente entre sus conciudadanos «Bowling Alone: The Strange Disappearance of Civic America», Journal of Democracy, 1995, reproducido en The American Prospect, n.º 24, invierno de 1996, págs. 34-48.. De la noche a la mañana, según narra él mismo, «estalló el diluvio». Putnam dejó de ser «un oscuro intelectual»: lo invitaron a Camp David y fue solicitado en los medios de comunicación más influyentes de los Estados Unidos. Dicho salto a la fama puede explicarse por la pertinencia del título, que la edición de bolsillo americana reproduce mostrando a un muy hopperiano jugador de bolos, solitario y de espaldas a la bolera. Los bolos, dice el autor, forman parte del imaginario norteamericano y son especialmente pertinentes para estudiar la interacción social porque enseñan «habilidades de cooperación, sentido de la responsabilidad, confianza». La cuestión es que, si hasta a la bolera va uno solo, ¿qué pasará con otras actividades que requieren más capital social, es decir, compañía y colaboración? Ya en los años setenta y ochenta las voces críticas con el reaganismo, como Christopher Lasch y Tom Wolfe, habían clamado contra el narcisismo y la me generation. También Etzioni hablaba de un nosotros moral que debía guiar la buena comunidad ¿Se podría entonces hablar de una we generation que incorporara el civismo como actitud y práctica de la participación? Detrás de la investigación de Putnam palpitan todas estas cuestiones.

Frente a la acusación de ser un nostálgico –se supone que de los tiempos de mayor participación–, Putnam se propone «vencer la nostalgia haciendo recuentos» y así «establecer los hechos antes de pasar a las posibles soluciones». En la mejor sociología, esa que imbrica la investigación empírica con la imaginación teórica, Putnam analiza las tendencias de la implicación cívica y el capital social. El primer factor que predice acertadamente aquéllos es la educación. Ya Tocqueville decía que la extensión de «las luces» era el elemento que abonaba la libertad política. O lo que es lo mismo, que la educación interviene de manera decisiva en la participación. Cuál sería el segundo factor para generar capital social constituye el centro del estudio de Putnam.

La participación ha disminuido sin cesar desde 1970 en todos los ámbitos. Ello afecta, en primer lugar, a la esfera política. El declive en el conocimiento de lo que se entiende por «política» y la declinante implicación ciudadana en las campañas electorales, tanto a nivel federal como comunal, tiene como protagonistas principales a las generaciones de los baby boomers –los nacidos entre 1946 y 1964– y a las posteriores, cada vez más desvinculadas de lo colectivo. También de lo cívico, tal como revela el llamativo descenso de los grupos comunitarios: tomando como muestra las cifras de las asociaciones de padres de alumnos, Putnam concluye que, con la decadencia de las asociaciones «cara a cara», se alzan las «asociaciones terciarias», mantenidas no por la presencia activa de sus miembros, sino por el mero pago de una cuota de pertenencia, lo que suele hacerse, además, por correo. Tocqueville afirmaba que estar en una asociación lleva a estar en otra. Así, lo que Elster llama «efecto derrame» resulta cívicamente vitalizante. Algo parecido parecen pensar los partidarios de la pluripertenencia asociativa Véase al respecto el libro de Nancy L. Rosemblum, Membership and Morals. The Personal uses of Pluralism in America. Nueva Jersey, Princeton University Press, 1998.. Pero Putnam se opone a tal perspectiva: lo importante a efectos sociales no es tanto estar en varios grupos como pertenecer a alguno no sólo de una manera formal sino implicada y activa. Un compromiso que mengua en todos los terrenos.

Así ocurre con el voluntariado, de gran tradición en Norteamérica. La donación de tiempo, que es en lo que consiste fundamentalmente el voluntariado (frente a la filantropía organizada, que consiste en dar dinero), también está decayendo desde los setenta. Así, no conviene engañarse y proclamar que el voluntariado es una nueva y esperanzadora forma de implicación, alejada de la vieja política. Putnam es taxativo: el voluntariado es parte de la buena ciudadanía política, no su alternativa. Por eso mismo no es un signo de rechazo, sino de participación en la vida colectiva. De ahí que haya una correlación positiva entre el voluntariado y la vida social, entre ver y recibir en casa a amigos, es decir, establecer densas redes del capital social.

En lo que se podría llamar la esfera social se encuentran los grupos pequeños. Entre ellos descuellan los grupos de autoayuda, que no hay que confundir con una nueva comunidad, pues buscan sobre todo compartir intereses particularistas. Al escepticismo sobre el grado de civismo actual llevan asimismo las cifras de la participación en los movimientos sociales, ahora arrumbados por una sociología que ha descubierto las identidades y ha perdido interés en lo que otrora se llamaba «sujeto histórico». Lo que fue el símbolo del ecologismo, Greenpeace, es hoy una asociación terciaria nutrida de donaciones y cuyos miembros carecen del sentido de pertenencia asociativa. Algo clave para el civismo puesto que, afirma Putnam, «la ciudadanía por poderes es una contradicción en los términos». En cuanto a Internet, la nueva esperanza blanca, Putnam es muy cauto. Por una parte, en contra de lo que temían los primeros agoreros de la técnica, el teléfono ha reforzado las conexiones sociales. Lo mismo puede pasar en el futuro con la red de redes. Por otra parte, no hay que olvidar que Internet propicia una comunicación indirecta, superficial y precaria: «si entrar y salir es demasiado fácil, el compromiso, la capacidad de confianza y de reciprocidad no se desarrollarán». Y como la confianza y la reciprocidad generalizada (que va más allá de la específica, de contenido utilitarista) son la base del capital social y ambas disminuyen, el futuro se presenta incierto. En cualquier caso, la revolución cibernética no es la causa del declinante civismo.

Entonces, ¿quién lo ha matado? Como en Asesinato en el Orient Express, los culpables son varios. Como un detective de la sociología política, Putnam va interrogando a los sospechosos del crimen. Primero, a la falta de tiempo por exceso de trabajo, un factor que afecta sobre todo a la mujer. De acuerdo: pero de una forma ambivalente, explica el autor. Por una parte, la incorporación de la mujer al mercado laboral disminuye el tiempo dedicado a la vida comunal; por otra, aumenta las oportunidades para establecer nuevos contactos. El segundo culpable posible es la extensión de un urbanismo disperso, que obliga a pasar mucho tiempo en trayectos que se realizan en su mayoría en soledad. La proliferación de centros comerciales supone, también, una «externalidad negativa» para el capital social. Allí la gente se choca entre sí, en medio de una música ambiental ubicua y disgregadora, pero no se encuentra. De este modo, liberación de la mujer y suburbanización representarían, cada uno, un diez por ciento de la caída de la implicación colectiva.

Un sospechoso más importante que los anteriores es la televisión, que Putnam condenaba en el artículo que le dio la fama y que explica aproximadamente un veinticinco por ciento del crimen cívico. En efecto, hay una correlación negativa entre lectura de periódicos (un indicador clave de «comunidad») y ver la televisión de manera no selectiva. El uso indiscriminado del televisor y la fragmentación de audiencias que supone la proliferación de canales (otrora la gente veía y comentaba los mismos programas) también tienen una correlación negativa con el capital social. Pero una correlación no es una causa, advierte Putnam. Por ello, aunque la dependencia televisiva sea letal para la conexión social, hay que seguir la pesquisa.

Después de la educación, que aparece como un presupuesto teórico, la edad es la variable predictiva más importante para medir el civismo. La implicación con lo colectivo cambia por generaciones, siendo lo que Putnam llama «generaciones cívicas» –compuestas por los nacidos entre 1920 y 1945– las más comprometidas en todos los ámbitos. Por el contrario, las generaciones posteriores parecen vacunadas contra el civismo. Así ocurre con los baby boomers, la primera generación que crece con la televisión. La tendencia hacia el individualismo y el posmateralismo se agudiza con la llamada «generación X», que se integra tardíamente en el mundo de los adultos al tener las expectativas sociales y económicas recortadas. Por este conjunto de factores aunados, entre los cuales destaca la falta de reemplazo de las generaciones cívicas, el civismo no ha hecho sino declinar. De ahí la metáfora del solitario jugador de bolos.

A mi juicio, el libro debería haber acabado en este punto, con una conclusión teórica que cerrara la exposición de los datos. Pero Putnam escribe dos partes más. La primera titulada «¿Y qué?», donde revisa material secundario de otros autores sobre capital social, democracia deliberativa o la compleja conexión entre participación, tolerancia e igualdad, entre otros temas. Destacaré la crítica que el autor hace a la democracia electrónica, que tiende a convertirse en plebiscitaria: «La política sin capital social es política a distancia». Por el contrario, una política basada en el capital social refuerza la solidaridad –crucial para la redistribución–, la confianza –social e institucional– y la autoestima, esa moneda de cambio tan común en una cultura de la autonomía (y lo que es peor, de la psicología popular de la autoayuda) que abandona los valores de interdependencia y de compromiso.

La última parte de Solo en la bolera lleva el título «¿Qué hacer?». A lo largo de sus páginas se muestran los límites de la prospección sociológica que, en este caso, se tiñe de un tono moralizante que empaña innecesariamente el rigor que sostiene el libro. Putnam pretende plantear en cada uno de los frentes de intervención social (educación, lugar de trabajo, urbanismo, arte y cultura, política y gobierno) un conjunto de políticas sociales (lo que ahora se llama en mal español «agenda») para los «capitalistas sociales». Pero yerra el tiro porque no hace más que dar consejos bienintencionados: los colegios deben impulsar el voluntariado, el urbanismo ha de conectar a los ciudadanos y olvidar los centros comerciales y las grandes superficies, la política debe ser más descentralizada, etc. Frente a las voces que claman por la sociedad civil y quieren minimizar al Estado, Putnam reclama la acción de un gobierno responsable; frente a la política conservadora de la compasión, que sustituye una comunidad sentimental por una sociedad política, insiste en la necesidad de participar en todos los ámbitos. Para animar un debate nacional sobre una necesaria reforma institucional, dice, ha escrito su libro.

Pero, dejando de lado las insuficiencias propias del reformismo social, que aparecen en cuanto los científicos sociales quieren dar soluciones a los problemas que investigan, éste es un libro espléndido. Bienvenida sea su traducción en una editorial que arriesga –quedan muy pocas– con un texto fundamental. Además de exponer el problema de la participación huyendo de todos los tópicos, este libro devuelve la confianza al lector en que la sociología puede ser, todavía hoy, una obra de arte.

01/11/2002

 
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