ARTÍCULO

Reflexiones sobre la Guerra Civil

 

No se puede hacer la historia definitiva de la Guerra Civil, del mismo modo que no puede hacerse una historia definitiva de la Revolución francesa. Pese a ello, desde la década de 1960 los historiadores profesionales españoles han enriquecido nuestro conocimiento de la guerra y el objeto de La guerra de España, con edición a cargo de Edward Malefakis, es hacer su trabajo accesible al público general. La Guerra Civil, libro dirigido por Stanley Payne y Javier Tusell, es una empresa más ambiciosa que contiene estudios pormenorizados de temas específicos. Poco puede añadir a nuestro conocimiento un nuevo escrutinio de memorias escritas después de la guerra y de la prensa del momento. El quehacer del historiador es reconstruir el pasado de manera imaginativa y es esto lo que diferencia nuestra disciplina de las que componen las ciencias sociales. De ahí la importancia de la investigación en archivos, porque nos descubre lo que los actores políticos pensaban en el momento de los hechos, y no lo que interpreta la mirada retrospectiva. En el libro de Tusell, Franco y la Guerra Civil (1992), se han utilizado fuentes archivísticas coetáneas para ilustrar las disensiones existentes en el campo nacional, el desprecio que algunos de sus antiguos partidarios sentían por Franco, al que consideraban un analfabeto político y charlatán, y la habilidad de éste para explotar las diferencias entre aquéllos y someterlos a su voluntad. Los historiadores medievales nos han enseñado a emplear fuentes oficiales y legales para dar vida a la historia; citando la famosa frase de Gibbons, para instruir y entretener. Y así, más que en las memorias, la realidad de la vida cotidiana y de los conflictos políticos de la República cobran vida en las actas de la Junta de Defensa de Madrid, editadas por Julio Aróstegui, y en las del POUM, editadas por Víctor Alba.

La publicación de estas dos colecciones de ensayos es lo que me ha inducido a escribir este artículo, que consiste en una serie de reflexiones personales sobre la Guerra Civil. Habiendo sido partidario firme de la República durante la guerra, decidí estudiarla en 1950 por dos razones: en primer lugar no podía ya suscribir la idea aceptada de la izquierda liberal de que la victoria de Franco se debía exclusivamente a la política de no intervención. A nadie se le ocurriría negar que la no intervención fue un factor decisivo en la victoria de Franco, en tanto en cuanto los suministros de armas que ésta recibió de Alemania e Italia fueron, a la larga, superiores a los proporcionados a la República por la Unión Soviética. Pero la concentración en las consecuencias de la no intervención tuvo el efecto de pasar por alto las consecuencias militares de las divisiones políticas de la República, y de una total falta de interés en el éxito de los nacionales, en términos tanto políticos como militares.

Por estos motivos, puesto que ya conocía la versión republicana de la Guerra Civil, hice un esfuerzo para entrar en contacto con oficiales del campo nacional. Tenía una antigua amistad con el general Martínez Campos y a través de él conocí a otros generales, entre ellos el general Kindelán, que había estado al mando de la aviación nacional pero, siendo monárquico, se había convertido en duro crítico de Franco por «poner en peligro el futuro institucional de España» a causa de su negativa a restituir a don Juan. No deja de ser interesante, como reflejo de la política de aquellos años, que yo conociera al general Aranda a través de la embajada británica, la cual mantenía contactos con oficiales monárquicos. El general Aranda se encontraba a la sazón en arresto domiciliario y yo me introduje en su domicilio cuando el guardia civil de la puerta se fue a comer. Al general Rojo lo conocí por mediación de Martínez Campos, que admiraba y respetaba a Rojo y estaba presionando a Franco para que le concediera una pensión. Aranda era, como Rojo, un militar intelectual al que gustaba hablar sobre las obras de Arnold Toynbee y Spengler. Y, como Rojo, los generales nacionales que conocí eran hombres honorables y haré uso de mis conversaciones con ellos, plenamente consciente de los peligros que encierra la historia oral.

¿Fue el estallido de la Guerra Civil inevitable?, se preguntan los autores de estos dos volúmenes de ensayos. Siempre es posible construir escenarios alternativos. Isaiah Berlin sostiene que si a Lenin le hubiera caído un ladrillo en la cabeza en abril de 1917 no hubiera habido revolución bolchevique. Pero no le cayó ladrillo alguno. El escenario alternativo predilecto para el caso de España es que la legitimidad, estabilidad y eficiencia de la República como agente de reforma democrática dependía de la reconstrucción de la alianza de 19311933 entre el PSOE y la izquierda republicana bajo dirección de Azaña, y la conversión del pacto electoral del Frente Popular de febrero de 1936 en una coalición gubernamental interclasista. Un gobierno de esta índole, se dice, habría tenido posibilidades de lograr la difícil tarea de canalizar las expectativas en alza de la clase obrera, conservando simultáneamente el apoyo de una clase media fragmentada y socialmente conservadora y, gobernando con firmeza, despojar a la derecha de todo pretexto para ir a la contrarrevolución. Pero esa clase de gobierno, bajo la jefatura de Prieto, fue el saboteado por Largo Caballero. Prisionero de los caballeristas, el gobierno republicano no consiguió contener la caída en los desórdenes callejeros que Payne y Tusell describen con dramatismo. Miguel Maura, en un artículo profético publicado en junio de 1936, sostenía que si el gobierno no hacía frente a lo que él denominaba «el asalto al poder» de «la parte exaltada y revolucionaria de la masa proletaria», la respuesta sería «un asalto al poder» de la extrema derecha. Según este tipo de análisis, la Guerra Civil no fue consecuencia de insoportables tensiones sociales sino del fracaso político del gobierno republicano para resolverlas.

Es evidente que lo que Maura llamó «el asalto al poder» de la extrema izquierda no existía de forma organizada. Largo Caballero no era precisamente un Lenin, sino un revolucionario retórico atrapado en su propia retórica. La CNT se había comprometido con la revolución social en su reciente Congreso de Zaragoza, pero, profundamente dividida, carecía de plan para llevarla a cabo. La propaganda nacionalista presentó el alzamiento del 17-18 de julio como una operación defensiva para impedir un proyectado golpe comunista. Pero cuando yo preguntaba a los generales nacionales «¿Por qué apoyó el levantamiento del 18 de julio?» ninguno aludió a su creencia en una conjura comunista. Su respuesta, sin excepción, fue que no tenían otra alternativa que rebelarse contra un gobierno que presidía una quiebra del orden público que produciría la desintegración social y la destrucción de la patria: el pretexto habitual de los militares de todas partes para arrebatar el poder a civiles ineptos. Desde 1917 la extrema derecha había estado obsesionada por el temor a una revolución bolchevique, como se advierte claramente en el libro de Eduardo González Gallega y Fernando del Rey Regullo, Defensa armada contra la revolución (1995). Pero en julio de 1936 la derecha civil estaba en exceso dividida para organizar un asalto al poder.

El factor determinante para esta fragmentada derecha fue el apoyo del ejército. Los políticos del siglo XIX recurrían a lo que ellos llamaban sus espadas para llevarlos al poder. Calvo Sotelo, líder de la derecha contrarrevolucionaria, recurrió al ejército. Pero había una diferencia con el pronunciamiento clásico, en que los políticos civiles participaban activamente dando a la rebelión militar un claro programa político. Mola, jefe del levantamiento, planeó una operación quirúrgica, un golpe militar respaldado por una feroz represión. Mola no era, por así decirlo, un Lenin militar: sin duda comprendía los riesgos que aquello implicaba y sufría brotes depresivos. Pero estaba dispuesto a aceptar aquellos riesgos. El asesinato de Calvo Sotelo sirvió para decidir a los dudosos en favor de la empresa.

La revolución social, para impedir la cual decían haberse levantado los conspiradores militares y civiles, fue en realidad producto de dicho levantamiento. «Todo el aparato del Estado quedó destruido por el alzamiento» escribió la Pasionaria. El vacío de poder fue llenado por las formaciones espontáneas del voluntariado proletario. Como la dirigente de CNT, Federica Montseny, me dijo: «Nos dieron en bandeja la revolución social que tanto habíamos deseado»; la oportunidad para crear una alternativa revolucionaria al Estado burgués capitalista y al orden económico. Ésta adoptó la forma de un control obrero ejercido mediante la colectivización de la industria y la agricultura; la sustitución de la autoridad del Estado por la de los sindicatos y del antiguo ejército por columnas milicianas reclutadas por sindicatos y partidos.

Una vez se vio claramente que la guerra sería una contienda militar larga y dura, el problema de organizar una economía de guerra y un ejército ortodoxo dejó al descubierto las deficiencias del voluntariado proletario. El sistema de milicias politizadas se reveló ineficaz y hubo de ser sustituido por un Ejército Popular. En estos dos volúmenes hay estudios detallados que resumen las colectivizaciones agrarias como un experimento en la creación de una sociedad rural distinta y justa; pero no pueden responder, dada la falta de datos, a la pregunta decisiva sobre su capacidad para alimentar a una población sobrecargada por una avalancha de refugiados; esto sigue siendo una cuestión polémica. No cabe duda de que en las industrias colectivizadas, el deterioro de la disciplina de trabajo en las fábricas y la demanda de menos horas de trabajo, entre otros factores, habían debilitado la producción para el esfuerzo bélico.

Para efectos de un esfuerzo bélico eficiente, había que restaurar las competencias del Estado central sobre la economía a expensas de las conquistas obreras en la revolución espontánea. Era preciso eliminar todo resto del sistema de milicias del Ejército Popular, y esto era lo que pretendían los republicanos y los prietistas, pero la fuerza motriz, tras la creación del reconstituido gobierno frentepopulista, fue el partido comunista.

No cabe ninguna duda de que la estrategia de los comunistas –la recuperación del Estado central y la marcha atrás de la revolución social con objeto de conservar la lealtad de las clases medias– era acertada, aun si era también egoísta y estaba inspirada por los asesores soviéticos. Lo que fallaba eran sus tácticas políticas, la brutalidad jacobina con que un partido disciplinario impuso su política a los que se opusieron a ella por considerarla una traición a la revolución. Entre éstos se encontraba el POUM, un pequeño partido marxista-leninista hostil al Frente Popular al cual consideraba una «farsa» burguesa, y que insistía en el mantenimiento de una «disciplina revolucionaria» dentro del ejército popular. «Los revolucionarios militantes no se pueden permitir que les conviertan de la noche a la mañana en soldados rasos.» Más importante fue la actitud de la CNT, dividida entre libertarios entregados a la eficacia de una acción individualista y violenta destinada a destruir la sociedad burguesa, y los miembros de la dirección que comprendían la necesidad de una acción colectiva y de colaborar en el esfuerzo bélico. Yo conversé sobre todos estos problemas con Federica Montseny durante su estancia conmigo en Oxford. Era una mujer indomable, de energía inagotable. Ella había abandonado, me dijo, su convicción de toda la vida de que el Estado es el enemigo natural de la clase obrera al incorporarse al gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936, «con objeto de que no nos quedáramos sin ninguna influencia... No hablábamos más que de organización, era nuestra obsesión, pero fracasamos». Federica Montseny admitió que la dirección había perdido el control de unos militantes imbuidos de la vieja tradición revolucionaria individualista.

Las tensiones entre POUM y CNT y los comunistas estallaron en las luchas callejeras de Barcelona de mayo de 1937. Fue una reacción espontánea de militantes del POUM y la CNT que escapó al control de sus dirigentes, incluido el Comité Ejecutivo del POUM, que de forma tan memorable describe George Orwell en su Homenaje a Cataluña. El de Orwell no es un testimonio muy fiable dado que consideraba al POUM como ejemplo de un igualitarismo y una solidaridad que contrastaban fuertemente con la sociedad clasista de Gran Bretaña. La película de Ken Loach Tierra y Libertad es una nueva versión de esta visión romántica. El POUM era una incomodidad intolerable, pero la implacable determinación de los comunistas de destruirlo, falsificando pruebas que lo implicaban en una colaboración con Franco, convierte la lectura de las transcripciones del juicio contra el comité ejecutivo del POUM y de la prensa comunista en una experiencia escalofriante. Yo conocía la evidencia del torpe asesinato del líder poumista Andreu Gorkin a manos de los comunistas por algunos contactos con el Partido Laborista Independiente. Expresé mi preocupación a mi amigo Philip Toynbee, distinguido escritor y a la sazón miembro del partido comunista, y recibí la siguiente admonición: «Tienes que aprender a distinguir entre asesinato burgués y justicia proletaria», excusa tan inexcusable como el mantra del partido: «No se puede hacer una tortilla sin romper los huevos». Los líderes del POUM fueron enviados a la cárcel no por colaboradores fascistas, sino por rebeldes, en un juicio justo y legalmente correcto. En la España nacional, esta clase de rebeldes habrían sido fusilados sin miramientos tras un juicio militar sumario.

Después de mayo de 1937 la recuperación de poderes para el Estado central en la dirección de la guerra fue obra de Negrín. La revelación por Bolloten de las tácticas comunistas, en los años sesenta, fue recibida con entusiasmo por la derecha norteamericana para desacreditar a los liberales como títeres involuntarios de los comunistas. A consecuencia de esto, hoy día este libro deja, por así decirlo, un mal sabor de boca. Los colaboradores en estos libros rehabilitan a Negrín frente a la acusación de ser un hombre de paja de los comunistas. Negrín actuó movido por la necesidad: con los socialistas divididos y los republicanos sin apoyo mayoritario, el único partido que podía movilizar ayuda para su gobierno y garantizar la reanudación de envíos de armas soviéticas era el comunista, de cuyas deficiencias era plenamente consciente. El optimismo de Negrín era infundado en cuanto a su esperanza de que las democracias occidentales comprendieran al fin que sus intereses imperiales exigían el triunfo de la República; para Chamberlain y la mayoría del partido conservador, lo que más podía beneficiar a los intereses británicos era una rápida victoria de Franco.

No puede negarse que las luchas entre las facciones republicanas, manifiestas en la prensa y explotadas por la propaganda radiofónica nacional, fue uno de los factores que debilitó el esfuerzo bélico republicano y erosionó la moral en la retaguardia. Este fue el caso de los militantes de la CNT y el POUM, cuya revolución había sido brutalmente reprimida, y de los catalanes, que habían perdido su independencia de facto en 1936 cuando el Estado central recobró todos sus poderes con el gobierno Negrín. Rojo, en su libro Alerta los pueblos, escrito en la amarga agonía de la derrota, describe un panorama sombrío de derrumbamiento de la moral en la retaguardia. Otras fuentes muestran que el absentismo en las fábricas y las deserciones en el frente representaron un grave problema. Esto apenas sorprende en una guerra prolongada de final incierto: el ejército francés se amotinó en 1917, y en 1918 los obreros estuvieron al borde de la revuelta. En sus conversaciones conmigo, Rojo siguió sosteniendo que Franco ganó la guerra políticamente. Mientras los republicanos se enfrentaban a la rebelión de mayo, Franco consolidaba su dominio político sobre las facciones nacionales. En septiembre de 1936, cuando ya era patente que la guerra iba a ser larga, sus generales le nombraron Comandante en Jefe, creando el «mando único» por el que Rojo abogó en vano, y al que Kindelán mantenía que debían «anexionarse» poderes políticos supremos. Kindelán me insistió en que su idea era que dichos poderes fueran «las concesiones temporales necesarias para ganar una guerra». Lo trágico para él fue que Franco convirtiera estos poderes de emergencia en un mandato permanente. Pese a ser encarnizadamente hostil a Franco, al que calificó ante mí de «vulgar aventurero», Kindelán nunca afirmó que el Comandante en Jefe hubiera prolongado la guerra con objeto de consolidar su supremacía política. Kindelán sostenía que las decisiones de Franco fueron muchas veces erróneas; por ejemplo, su opción de llevar a cabo una ofensiva contra Valencia en lugar de contra el desmoralizado frente catalán. Aranda me describió su acción en la ofensiva valenciana como «volver a meter la pasta de dientes en el tubo», y el desprecio hacia Franco de García Valiño provenía de su convicción de que le había encargado una misión imposible en la campaña del Maestrazgo, que le ganó el calificativo de «sepulturero». Los generales de Franco podían ser más o menos críticos, pero le obedecían, y eso es lo que importa en una guerra.

La Guerra Civil no fue, como la describió Álvarez del Vayo, «una guerra colonial», pues exigió la operación de grandes ejércitos. Pero no llegó a ser una guerra moderna en el sentido de que no implicó la utilización masiva de tanques modernos. Fue una guerra de artillería y aviación en que la República, careciendo, a causa de la no intervención, de los suministros regulares con que contaban los nacionales, sólo logró una superioridad ocasional. En las primeras etapas de la Batalla del Ebro, Martínez Campos me dijo que sus cañones estaban tan gastados que no podían alcanzar el objetivo; pero logró obtener suministros alemanes. Dejando a un lado el abastecimiento de armas, el hecho ineludible es que, de principio a fin, el ejército nacional fue una máquina de guerra más eficiente que los ejércitos republicanos.

Sin la llegada del ejército de África, disciplinado y profesional, es concebible que los nacionales hubieran perdido la Guerra Civil. Pero en el ataque a Madrid de noviembre de 1936 el ejército africano de elite llegó a lo que Clausewitz llamó el punto de avance culminante, cuando el empuje de una acción de avance está agotado y anquilosado. La guerra se había convertido en un punto muerto militar. Ambos lados habían emprendido la tarea de organizar grandes ejércitos regulares, profesionales y disciplinados. En este sentido, los nacionales tenían ventaja: disciplina y jerarquía eran para ellos un estado mental innato, mientras que el Ejército Popular tenía que crear ambas cosas. La mayoría de los comandantes de Franco eran africanistas experimentados. Sin la ayuda de oficiales de carrera leales, el sistema de milicias no podría haber sido sustituido por el ejército popular, pero, en tanto que cuerpo, estos oficiales leales carecían de la experiencia en batalla de los nacionales.

Rojo, Jefe de Estado Mayor de la República, había sido ascendido a comandante recientemente, en 1936; Perea, un capitán jubilado en 1931, pasó a ser jefe del ejército del este. Rojo, operando en lo que los estrategas denominan líneas interiores, siempre podía recurrir a una ofensiva sorpresa sobre un frente débilmente mantenido; pero en Brunete y el Ebro el ataque inicial se fue apagando cuando se hizo patente la debilidad esencial del Ejército Popular, su falta de oficiales subalternos profesionales. En términos estrictamente militares, la Batalla de Teruel en el invierno de 1937 fue la decisiva, puesto que abrió el camino a la ofensiva aragonesa contra un ejército desmoralizado. En las batallas de Teruel hubo unidades que se negaron a obedecer órdenes y en un caso se amotinaron; en la decisiva acción de Aragón, unidades que resistían quedaron desprotegidas por las que ocupaban sus flancos, que simplemente huyeron. El pesimismo de Rojo después de Teruel respecto al resultado de la guerra se advierte en su correspondencia con Prieto: Rojo parece haber considerado la dimisión de su puesto. Ni Rojo ni Prieto creían que la guerra pudiera ya ganarse. El optimismo de Franco no flaqueó nunca, su fe en la victoria nunca desfalleció ante las críticas de alemanes e italianos por su lentitud. El hecho de que la República pudiera montar la batalla del Ebro, que duró de julio a noviembre de 1938, fue una hazaña asombrosa. Pero todas sus viejas insuficiencias –unidades débiles, negativa a obedecer órdenes– reaparecieron en la campaña final de Cataluña.

Escribir la historia de la Guerra Civil es una labor dolorosa, que debe inevitablemente dejar al descubierto las deficiencias del esfuerzo bélico republicano frente a los éxitos políticos y militares de los nacionales. Es por esta razón por la que titulé mi libro sobre la guerra La tragedia española, con el resultado de quedar relegado a la sección de literatura en las bibliotecas públicas.

(Traducción de Eva Rodríguez Halfter)

01/04/1997

 
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