ARTÍCULO

Recto patriotismo

Librería Estudio, Santander
356 pp. 22 €
 

Víctor de la Serna (1896-1958) ocupa un lugar propio en el mundo periodístico español de mediados del siglo xx. Montañés por estirpe –nació en Valparaíso–, fue hijo de Concha Espina, de quien debió de aprender el gusto por lo literario y el cuidado de la prosa. Esta obra recoge, digámoslo ya, una parte importante de su obra publicada en libros. Integrada en su inmensa mayoría por artículos de prensa –casi sesenta–, este Nuevo viaje de España, que ya había conocido varias ediciones, ve de nuevo la luz. El libro tiene dos partes fundamentales: la primera, La ruta de los foramontanos, que recibió el Premio Nacional de Literatura de 1956, tiene una fuerte resonancia cántabra; la segunda, La vía del calatraveño, recoge las percepciones que tuvo De la Serna del paisaje y paisanaje de la parte sur de la península Ibérica, fundamentalmente La Mancha, La Marina de Andalucía y Jerez.
Como es bien sabido, la conocida como literatura de viajes por España tiene una tradición secular. La herencia de la que bebe este libro procede de la Ilustración. Fue entonces cuando se concibió el viaje como un modo de conocimiento de la realidad social y de la geografía física y artística de España. De entonces proceden relatos de vocación científico-naturalistas, como el memorable de Antonio Ponz, Viage de España (veinte volúmenes publicados entre 1772 y 1794). Esta nueva edición de los artículos de Víctor de la Serna adquiere especial relevancia por lo que la edición incluye de novedoso: un mapa inédito dibujado por el propio autor en el que recoge su visión de los lugares fundamentales que tenía pensado recorrer para conocer las entrañas de su país. Obviamente, el autor da detalle prolijo en ese mapa de lo que ya había recorrido –y escrito y publicado en ABC–, pero sombreaba las zonas a que iba a dedicar una atención similar en adelante –el límite salmantino y cacereño con Portugal, sierra de Córdoba, sierra de Baza, Cazorla, Mar Menor, costa de Castellón, Sistema Ibérico, La Rioja, desembocadura del Ebro y Ampurdán, entre otras. Por tanto, conviene destacar que esta es una obra malograda en el sentido de que nos ha privado de un relato de España que, como el lector podrá apreciar al deslizarse por las dos partes de que consta este libro, no solo tiene una incuestionable belleza literaria, sino que, además, bebe de la mejor tradición dieciochesca en cuanto a la descripción del paisaje y sus gentes.
Más tarde llegaron los famosos relatos románticos de viajeros extranjeros –Gautier, Borrow– que nos legaron la imagen de la España rosa o negra. Con la crisis finisecular, las reflexiones y descripciones sobre España legadas por las generaciones del 98 y el 14 significaron una de las páginas más hermosas del ensayismo español –Machado, Unamuno, Azorín, Baroja, Ortega o Marañón, entre otros– y las reflexiones sobre el ser histórico de España nos trajeron una de las más famosas y fecundas controversias de nuestra historiografía: la que opuso las tesis de Sánchez Albornoz y Américo Castro. Juan Ramón, Lorca o Alberti sirven de botón de muestra para el acercamiento estético que tuvieron las gentes del 27 a la cuestión. La Guerra Civil volvió a deformar –como es lógico, por otra parte– la imagen de España, que se vio entonces de manera ambivalente: como un país salvaje y romántico, trágico y sangriento, idealista y generoso (como pudimos leer en los relatos de Malraux, Hemingway, Bernanos u Orwell). Tras la guerra se publicaron los artículos que aquí se recogen. En ese contexto, y con la publicación del mapa inédito citado, conviene subrayar que, si bien por lo publicado podría inferirse inicialmente que la visión de España de Víctor de la Serna es de matriz asturiana, leonesa y castellana –y, por tanto, diríamos, proclive a las tesis de Sánchez Albornoz–, el inconcluso proyecto muestra que «la idea primigenia del autor fue reflejar los diferentes orígenes que confluyen en lo que hoy denominamos España», como explica Jesús de la Serna en la nota introductoria a esta edición.
Dicho de otra manera, este libro es receptor de una herencia secular de un modo de conocer y comprender España que, quizá, se ha visto desdibujada en las últimas décadas. Como recoge el prólogo que puso Gregorio Marañón en 1955 a La ruta de los foramontanos –esta edición recoge también el prólogo que Eugenio Montes escribió para La vía del calatraveño–, «existen países, maravillosos, que se conocen al pasar; y otros que solo se comprenden descendiendo a sus simas profundas y misteriosas. Uno de estos últimos es España, que es lo que se ve y, además, su misterio. Pero el misterio, que en sí mismo es una negación de la realidad, se hace realidad cuando se acierta a penetrar en él, y se le ve desde dentro». Así, en esta obra el lector va a encontrarse con unas páginas llenas de lo que Galdós llamaría recto patriotismo y que rezuman arraigo por lo español, sus tierras, naturaleza, gentes, lenguas, culturas y costumbres, en un momento en que parece imperativo repensar España.

01/12/2011

 
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