ARTÍCULO

Plantar la semilla de la revolución cultural

Trad. de Teófilo de Lozoya Crítica, Barcelona
336 págs. 22,02
 

Han sido frecuentes los trabajos sobre producción cultural y creación literaria, así como los de análisis ideológico de las obras y las actividades de los intelectuales en la Segunda República, pero la mayoría de los estudios sobre la alta cultura o de élite en ese mismo período se encuentran desvinculados de la política republicana, sobre todo, de la lucha entre los diferentes grupos políticos. El libro de Sandi Holguín tiene el mérito de plantear la relación entre cultura elitista y política o, como afirma la propia autora, «el proceso de negociación de los límites de la cultura». La edición castellana del libro de Sandi Holguín habla de intelectuales, de gobiernos republicanos, de la Institución Libre de Enseñanza, de las Misiones Pedagógicas de Cossío, del teatro –particularmente de La Barraca de García Lorca y Uriarte–, de la producción, proyecciones y censura cinematográficas, de la selección de libros para las bibliotecas escolares y aldeanas, para terminar con un capítulo acerca de parecidos temas en el período de la Guerra Civil. Todo ello bien conocido por anteriores trabajos. Pero lo interesante del libro es el planteamiento de la autora a la hora de relatar estas experiencias, relacionándolas con la política republicana: el intento gubernamental de lograr el respaldo de la población a través de una determinada unidad cultural y el interés de diferentes grupos políticos de cuestionar y resistir esa unidad cultural. Al comienzo del libro, la autora plantea unas preguntas e hipótesis muy atractivas y esperanzadoras. En cuanto a las primeras, ¿qué relación existe entre unidad cultural y consolidación del régimen? ¿Cuál es la finalidad de una revolución cultural y cuándo tiene éxito? ¿Por qué no llegó a cuajar la cultura española? ¿Puede ser cierto que las guerras culturales condujeron a la Guerra Civil de 1936? Además, lanza una serie de hipótesis muy sugerentes: los intelectuales se esforzaron por definir y construir una visión unitaria de la cultura que conformara la interpretación que los españoles hicieran de su pasado y de su futuro, intentando además, atajar otras visiones alternativas. Esta pretensión de los intelectuales fue utilizada por la coalición republicano-socialista para construir un Estado coherente. Los políticos de la coalición pensaban que una cultura común posibilitaba la democracia, la unidad nacional y el progreso. A través del arraigo de esa cultura común se lograría, además, aquiescencia y consenso. La construcción de una historia y una cultura comunes de carácter oficial se realizaría principalmente a través de la literatura y el teatro. La coalición se dio cuenta de la necesidad de inventar nuevas tradiciones y de resucitar las viejas. Los proyectos culturales auspiciados por la coalición avivarían el nacionalismo, arrebatarían el control de la política y la educación a la iglesia, contribuirían a crear una nación de ciudadanos republicanos e inspiraría en ellos los valores del deber cívico, de la asociación voluntaria y del laicismo. Unos ciudadanos, en suma, que se identificaran como españoles, para lo cual intentaban configurar una identidad nacional cohesionada con el cemento de la cultura. Los proyectos culturales tenían por objeto la clasificación, codificación y preservación de algunos aspectos de la cultura del país que temían que se perdieran. La existencia de estos proyectos culturales provocó una disputa por la hegemonía cultural, al desafiar la derecha, los regionalistas catalanes y los anarquistas las versiones de identidad y nación patrocinadas por la coalición, defendiendo las suyas propias. Esta disputa configuró una guerra de posiciones. Al no triunfar ninguna de estas versiones se produjo un vacío de poder que desembocó en la Guerra Civil: «Probablemente fuera esa incapacidad de lograr una hegemonía cultural por parte de cualquiera de estos grupos en solitario lo que diera lugar a la guerra civil española» (pág. 9). En resumen, si éste es posible, la autora propone estudiar la relación existente entre unas políticas culturales muy concretas –cuestionadas y resistidas por adversarios políticos– y unos objetivos políticos muy amplios, de gran alcance: codificar y unificar la cultura, nacionalizar a la población y crear en ella una lealtad nacional por encima de otras lealtades, lograr obediencia, vencer las propuestas de los adversarios, consolidar el régimen, y unificar la población rural con la urbana. La autora, además, nos anuncia desde el principio el fracaso de todas estas intenciones y su resultado final: la Guerra Civil. En definitiva, unos planteamientos muy atractivos, pero también de cobertura muy extensa que no resultan ser satisfechos en el desarrollo del resto del libro. Porque en sus páginas responde de manera débil a las preguntas y comprueba sólo de modo parcial las hipótesis enunciadas en la introducción. Existe una descompensación entre el calado de las preguntas y las limitaciones de las experiencias culturales que se relatan, así como el escaso relieve de las resistencias que provocan los proyectos culturales mencionados. Pero vayamos por partes. A pesar de la presentación de las herramientas conceptuales que va a utilizar la autora –nacionalismo, intelectuales, cultura y hegemonía–, y con las que van a armarse las preguntas y las hipótesis propuestas, resultan incompletas o confusas en relación con los planteamientos realizados en la introducción y en el desarrollo del libro. Cuando se habla de utilizar el concepto de hegemonía, procedente de Gramsci, no se sabe muy bien si se refiere a un gobierno en particular (la coalición republicano-socialista en 1931 o en 1932, o al gobierno republicano de izquierda en 1936), a un régimen entero (el de la Segunda República), o a una organización (el Estado español), con lo que es difícil precisar qué tareas culturales serían las idóneas para intentar la hegemonía. El concepto de cultura sólo presenta la aclaración sobre las diferencias entre cultura oficial, de élite y popular, lo cual es muy útil, pero insuficiente, por cuanto existen otras herramientas culturales para forjar una unidad cultural o cultura nacional que no tiene en cuenta, como los rituales –fiestas, celebraciones, desfiles, procesiones–, símbolos –banderas, crucifijos–, centros culturales –ateneos, casas del pueblo, casinos–, escuelas de niños y de adultos, rotulaciones de calles, monumentos, etc. Las precisiones realizadas sobre el papel de los intelectuales no incorporan la vinculación de éstos con la codificación de la cultura, la nacionalización de la población, ni con la hegemonía. Pero, además, en la presentación de las herramientas conceptuales utilizadas se nota la ausencia de una de ellas, que es la ciudadanía, supuestamente un elemento fundamental en los planteamientos y hasta en el título del libro en castellano. El marco teórico, en resumen, es impreciso y definido con ambigüedad a pesar de la voluntad de la autora de darlo a conocer a los lectores. La mayoría de las preguntas e hipótesis planteadas hace referencia a las intenciones de los políticos e intelectuales al proponer y desarrollar sus proyectos culturales; pero, de manera paradójica, la autora aventura al principio y al final el fracaso de los proyectos, y que dicho fracaso desembocó en la Guerra Civil. A los graves e irresolubles conflictos «materiales» –propiedad de la tierra, trabajo y salario, politización del ejército, papel público de la Iglesia, etc.–, se suma el conflicto cultural que se dirime también por las armas. Aunque pueda ser cierto, sin embargo, en este libro no hay suficientes argumentos que así lo indiquen. La relación entre la supuesta ausencia o fracaso de una cultura oficial republicana y la guerra queda inexplorada, porque no se analizan los resultados de los proyectos culturales de los gobiernos, del tenor de examinar el voto en las comarcas donde los intelectuales plantan la semilla de la revolución cultural; porque tampoco se estudian otras herramientas culturales como las ya señaladas más arriba, y porque, en fin, no se analizan los proyectos alternativos: de católicos, anarquistas y regionalistas. En definitiva, el desencadenamiento de la Guerra Civil no puede desprenderse de la lectura de este libro. Al contrario, de su lectura sobre unas cuantas gotas de difusión cultural puede desprenderse que en la España republicana no hubo un proyecto cultural a cargo de los gobiernos republicanos o, mejor dicho, una revolución cultural de tal alcance que pudiera provocar la resistencia –en última instancia, armada– de los grupos con culturas agredidas. Aunque en el libro se hace alusión a las revoluciones culturales acaecidas en México y en la Unión Soviética, unas experiencias estudiadas por las propias autoridades republicanas, no hay un análisis de los significados de esos experimentos y tampoco una comparación con el caso español. En México y en la Rusia soviética hubo varias oleadas de campañas culturales que redundaron en grandes enfrentamientos con parte de la población y en transformaciones en al ámbito de la cultura. En México se declaró una guerra –la Cristera– entre el gobierno y los católicos entre 1926 y 1929, después de los decretos anticlericales del general Calles y, al menos entre 1934 y 1935, la campaña de «desfanatización» se encontró con la resistencia violenta de los católicos –a los maestros les cortaban las orejas–, para pocos años después producirse un retroceso en las exigencias gubernamentales y un proceso de normalización entre la Iglesia y el Estado. En la Unión Soviética, después de la campaña bolchevique de educación y de las artes durante la guerra civil de 1918 a 1920, hubo otra campaña, esta vez más virulenta, a finales de la década de los veinte, contra los intelectuales burgueses, paralela a la colectivización forzosa de la tierra, los inicios del Primer Plan Quinquenal y los juicios contra los ingenieros. Promovida por la organización de jóvenes del partido bolchevique y los veteranos de la guerra civil, esa campaña tuvo como objetivo la creación de una cultura y una intelligentsia proletaria y el desplazamiento de todos los intelectuales «burgueses» de los cauces de difusión cultural, para rectificar a partir de 1932 y facilitar el camino a una cultura nacional rusa. De acuerdo con los proyectos culturales expuestos en el libro de Sandi Holguín, nada parecido existió en la España de la República, aunque la resistencia católica a las políticas republicanas respecto de la Iglesia fuera desde 1932 tan intensa –aunque no tan violenta– como en México, o fuera tan acentuada contra los rituales católicos como contra la vanguardia artística en la Unión Soviética. Con la lectura del libro de Sandi Holguín no puede sostenerse que se desencadenara en España una revolución cultural, ni que, al contrario, el vacío de poder cultural fuera una de las razones para librar una guerra civil. Aunque los planteamientos preliminares del libro sean pertinentes, necesitan una argumentación consistente y sólida, en este caso un análisis de la cultura en el sentido más extenso. Sin embargo, la «cultura» que aparece en el desarrollo del libro se ciñe exclusivamente a la denominada «alta» cultura o de élite, sin abarcar todos los procesos culturales en pugna durante la Segunda República. Se nota la ausencia de análisis de la política escolar, con la propuesta republicana de escuela única, de supresión de la materia obligatoria de religión, de retirada de crucifijos en las paredes de los centros públicos y de ilegalización de la propiedad de las órdenes religiosas sobre las escuelas privadas. Falta, asimismo, la repercusión de la no obligatoriedad de la presencia de las autoridades civiles en los rituales religiosos y de la necesidad de permiso estatal para la celebración de actividades católicas en las calles. Todas estas medidas, interpretadas de manera diferente por alcaldes, gobernadores civiles, ministros y dirigentes políticos en general, provocaron resistencia y numerosos enfrentamientos y definiciones de exclusión y persecución entre los católicos. En el libro, en cambio, la pugna por la hegemonía y la resistencia a los proyectos culturales republicanos se circunscribe en la mayoría de los casos a la crítica periodística de las páginas de El Debate, sin ofrecer tampoco apenas referencias a proyectos alternativos, a enfrentamientos en la calle, a la configuración de determinados discursos políticos y electorales influidos por el contencioso cultural. Se trata de un conflicto cultural cuyos orígenes aparecen de manera confusa en el libro. No puede precisarse si a la hora de definir el objetivo de los proyectos culturales republicanos la autora está hablando de una intención política de nacionalización, republicanización o de urbanización de la cultura rural. Y es comprensible esta indefinición, porque los diversos protagonistas de las iniciativas tienen intenciones diferentes o prioridades distintas. Con La Barraca, García Lorca deseaba popularizar el teatro clásico español. Con las Misiones, Cossío proponía urbanizar la cultura rural. Con los decretos de carácter cultural, Marcelino Domingo intentaba republicanizar las aldeas. Pero en el trabajo de Sandi Holguín estos objetivos heterogéneos se unifican y mezclan. De ahí que el mismo trabajo de la autora haya podido presentarse con tres títulos diferentes, haciendo referencia, con la misma investigación, a tres argumentos distintos. El título de su tesis doctoral fue «The Conquest of Tradition»; el propuesto para su publicación en la edición inglesa «Creating Spaniards» y, por último, su versión en castellano «República de ciudadanos». Tres significados globales diferentes de los proyectos culturales analizados. A mi entender, el libro expone una argumentación relacionada en esencia con la primera de las propuestas de título, el de la tesis doctoral. Al analizar las actividades de las Misiones Pedagógicas, de El Coro y Teatro del Pueblo, de La Barraca, al resaltar la selección de libros para las bibliotecas escolares, ambulantes y municipales, así como la publicación de nuevas colecciones subvencionadas, el hilo conductor de la investigación de Sandi Holguín es el análisis de un intento de selección y codificación de la alta cultura nacional –y del libro y el teatro como vehículos y soportes privilegiados de difusión, por encima de otros– a cargo de una parte significativa de intelectuales y políticos republicanos. Un esfuerzo colectivo que, con las experiencias escogidas por la autora, se quedó en puramente testimonial y sólo provocó reacciones en forma de comentarios periodísticos e intervenciones parlamentarias. Plantar la semilla de la revolución cultural no implica necesariamente cantidad, ni suelo fértil, como tampoco buena meteorología para su germinación definitiva. Para los que participaron en las iniciativas culturales, el teatro y, en general, la literatura castellana del siglo XVII, constituía «el cemento» de la cultura nacional. En el caso del teatro, además, los intelectuales utilizaron el tamiz para impedir que las moralejas religiosas se filtraran en la representación, y añadieron unas paladas de definición populista –devolverle al pueblo genuino su propia cultura–, con lo que las obras de los dramaturgos del Siglo de Oro se convertían en piezas de la cultura popular española. Del mismo modo, no aporta unidad al libro el capítulo sobre el cine –sobre la censura cinematográfica en las ciudades–, ni tampoco el último capítulo sobre la Guerra Civil, una cultura distinta con un fin diferente: levantar el ánimo a los combatientes. Las conclusiones, en fin, en lugar de reflexionar acerca de la pertinencia de los planteamientos de las primeras páginas a la luz del desarrollo subsiguiente de la argumentación, son más bien un epílogo sobre el haz de problemas a los que tuvo que enfrentarse el proyecto cultural republicano.

01/04/2004

 
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