ARTÍCULO

Oscariada

DVD, Barcelona, 280 págs.
Trad. y prólogo de Mª Ángeles Cabré
Biblioteca Nueva, Madrid, 143 págs.
Planeta, Barcelona, 347 págs.
 

En uno de sus textos (no puedo precisar ahora mismo en cuál), el incisivo Karl Kraus asegura que es un pedante o un esteta el escritor que exige a su lector algo más que el percatarse de su pensamiento. Esta satírica definición de esteta puede aplicarse muy bien a Oscar Wilde (Dublín, 1854-París, 1900), un artista que por encima de otras consideraciones siempre aspiró a que sus palabras y su propia vida fueran una perfecta encarnación de la Belleza con mayúsculas.

Quizá en esta íntima aspiración, como ha insinuado alguna vez Luis Antonio de Villena, se encuentre la razón principal que explica el porqué Wilde fue perseguido y castigado por la sociedad de su época durante el tramo final de su vida, e incluso después de su temprana y tristísima muerte, suceso rodeado por unas circunstancias de todos conocidas y cuyo centenario estamos conmemorando en nuestro país de una de las mejores maneras que pueden ocurrírseme, es decir, con la publicación de diversos libros de o sobre el autor irlandés.

De entre todos los trabajos que han ido apareciendo en nuestras librerías a lo largo de los últimos meses, voy a fijar mi atención tan sólo en tres por evidentes razones de espacio: las Poesías completas, traducidas y prologadas por Mª Ángeles Cabré (DVD), la reedición de la biografía escrita por Luis Antonio de Villena (Biblioteca Nueva) y la muy reciente biografía novelada escrita por Miguel Dalmau, La balada de Oscar Wilde (Planeta).

Me parece imprescindible comenzar estas líneas señalando la trascendencia que en la conformación de las ideas estéticas de Wilde, y por tanto, en su forma de vivir y hacer literatura, tuvo su entusiasta y aplicado estudio de las culturas clásicas y del medievo y renacimiento italiano durante sus años de estudiante universitario en Dublín y Oxford. Años en los que fueron decisivos tanto los viajes a Italia realizados junto a su antiguo profesor, el helenista J. P. Mahaffy, como el contacto personal y con la obra de los teóricos John Ruskin y Walter Pater, cuyas enseñanzas, a veces mezcladas por Wilde en llana confusión, cuando no en abierta contradicción, ayudaron a conformar algunos de los conceptos éticos y estéticos presentes en su obra: el rechazo del arte académico y de los valores de la nueva burguesía surgida de las modernas vías de desarrollo económico; el ideal de una vida consagrada a la belleza y a sus realizaciones y trabajos; entrega intensa a las pasiones que se presentan en el momento; el arte como un instrumento moral de caridad y compasión que conlleva una preocupación por los problemas de raíz social (tan presentes en varios de sus cuentos y en La balada de la cárcel de Reading, por ejemplo).

Sí, Wilde hizo todo lo posible (y en no pocas ocasiones casi lo imposible) porque su tamizado ideal renacentista impregnase buena parte de su vida y de su variopinto trabajo literario.

En este sentido, muy bien puede decirse que la obra poética de Wilde se presenta como eficaz paradigma de sus concepciones estéticas juveniles, aquellas desarrolladas en su primera etapa de escritor –nada más finalizados sus estudios en Oxford y recién instalado en Londres–, puesto que la mayor parte de los poemas que configuran las Poesías completas que aquí comentamos, aparecieron en junio del año 1881, cuando el poeta contaba veintisiete años de edad, conformando el volumen titulado Poems, publicación que corrió a cargo del autor, alcanzando en el transcurso de un año las cinco ediciones, aunque la tirada global llegó sólo a los 750 ejemplares.

Estos poemas, que quiero denominar «de juventud», pueden leerse también como un fidedigno compendio de las propuestas del esteticismo británico del momento, dejando sus versos entrever rasgos simbolistas y prerrafaelistas, y la influencia de autores tales como Shakespeare, Lord Byron, Keats, Donne, Browning, o los coetáneos, Swinburne, Dante Gabriel Rossetti o Morris.

Cuando en 1881 apareció Poems, buena parte de la crítica británica (Punch o Athenaeum, por ejemplo) lo recibió como la obra de un apreciable poeta menor. Hoy, más de cien años después, no veo suficientes razones para variar dicho juicio. Aunque perfecto conocedor de la estética que abraza y le ampara, Wilde no logró plasmar en sus primeros versos un mundo poético propio, de verdadera encarnadura personal. Cierto es que a menudo se muestra como un poeta de brillante sensibilidad, capaz de regalarnos versos casi cegadores, pero en mi opinión el conjunto adolece de un exceso de pompa y circunstancia y de subrayados sentimentales, de una inclinación artificiosa, forzada y fingida por la «máscara». Sin embargo, y a pesar de lo señalado, sería ocioso por completo el discutir ahora la importancia histórico-literaria de estos poemas, una obra –resumen de la lírica de su época, según Arthur Ransome– que sitúa a Wilde en un significativo lugar dentro de las corrientes del esteticismo inglés de finales del siglo XIX.

Quizá porque la crítica no recibió con entusiasmo su primer libro de poemas, o porque descubrió que el camino del dinero, la fama y el éxito no coincide precisamente con el de la poesía, lo cierto es que Wilde dejó que pasara más de una década antes de publicar, en el número del mes de julio de 1894 de la revista The Spirit Lamp, su largo poema La esfinge, en el que había estado trabajando desde los lejanos tiempos de la universidad.

Símbolo inequívoco de un spleen mucho más cercano a una línea snob y estetizante que a una baudelaireriana (condición existencial de un hombre asido con angustia a la vida), y a la vez símbolo de la lujuriosa, pagana e insatisfecha pasión carnal, en La esfinge – un ser mitad leopardo y mitad mujer– Oscar Wilde consiguió, por fin, una ambiciosa, madurada y personal pieza poética en la que el manejo de recursos (ritmo, rima, vocabulario...) alcanza cimas de puro virtuosismo, a pesar de la incontinencia del autor a la hora de adornar su poema de exotismos cientos. Para L. A. de Villena La esfinge supone la definitiva consagración de Wilde como poeta simbolista, y no seré yo quien se muestre en desacuerdo.

Si la «carrera» literaria de Oscar dio comienzo con la poesía, también finalizó con ésta. Después del sensacionalista proceso que le condenó a dos años de trabajos forzados, y ya en el «exilio» francés, en 1897, Wilde inició la redacción de su más logrado poema, La balada de la cárcel de Reading, que fue editado al año siguiente en Londres con bastante éxito de público, alcanzando siete ediciones en pocos meses.

El poema está dividido en seis partes y estructurado en estrofas de seis versos. El asunto del poema es la descripción de los sufrimientos experimentados por el propio Wilde en la prisión de Reading, pero utilizando como motivo narrativo la historia de los días anteriores a la ejecución, muerte y posterior enterramiento de Charles Thomas Wooldridge, antiguo soldado de la Guardia Real de Caballería, quien sufrió castigo en la cárcel de Reading en 1896.

Dentro de un explícito marco simbolista, Wilde construyó un alegato de arrolladora potencia poética contra la situación de tortura física y moral a la que estaban sometidos los presos en las cárceles británicas durante los años finales de la época victoriana, y por extensión, contra los valores sobre los que se sustentaba la sociedad de aquella etapa histórica.

Partiendo de su terrible experiencia personal en Reading, Wilde logró trascender la misma para ofrecer un testimonio único por su emoción, perfección técnica y planteamiento ético (en este punto puede muy bien vislumbrarse la sombra de Ruskin) sobre la final dignidad del ser humano sometido al escarnio, la tortura, el sometimiento y la desesperanza. La balada de la cárcel de Reading supone el punto más alto de la poética wildeniana, una poética aquí personal, plena de madurez y sinceridad, desnuda de los afeites simbolistas más superficiales que habían inundado, hasta casi ahogarla, buena parte de su poesía anterior. La balada supone, además, el último y conmovedor testimonio literario de un hombre que, después de abandonar la cárcel tras experimentar la tortura física y espiritual, se supo ya definitivamente destruido para continuar con su obra y, en consecuencia, para continuar con su vida.

Estas Poesías completas que nos llegan ahora gracias al importantísimo esfuerzo de Mª Ángeles Cabré y la editorial barcelonesa DVD, vienen a posibilitar entre los jóvenes lectores de poesía en español el nacimiento del interés por la obra poética de Wilde, una obra que, salvo La balada, muy bien puede asegurarse era desconocida por las nuevas generaciones lectoras, dado que las traducciones más completas databan ya de hace casi medio siglo. He aquí un argumento más, y no de poco peso, para subrayar la importancia que tiene esta edición.

Si preguntásemos en nuestro país qué escritor es el que asociamos con mayor inmediatez a Oscar Wilde, muy pocos dudarían en pronunciar en primer lugar el nombre de Luis Antonio de Villena. Esta presumible unanimidad no es desde luego casual, siendo muchas las razones que ayudan a llegar a tal consenso, destacando entre ellas los distintos trabajos que relacionados de una u otra forma con el escritor irlandés nos ha ido entregando Villena con el discurrir de los años. De entre todos ellos destaca la biografía que publicó en 1978, y que este año se ha reeditado abriendo una colección dirigida por él mismo y dedicada al autor de Salomé.

A la hora de acercarnos a esta obra creo que hay dos cosas que son necesarias poner por delante. Primera: no estamos, ni mucho menos, ante una biografía definitiva y monumental, como pretende serlo, por poner un ejemplo, la magnífica de Richard Ellmann. Segundo: es este un trabajo de juventud, y según me confesó no hace mucho Luis Antonio, ahora lo abordaría de muy distinto modo.

Una vez hechas estas dos precisiones, sólo resta decir que el Oscar Wilde de Villena es una herramienta perfecta de divulgación literaria, siendo, en este sentido, un esfuerzo difícil de superar y bastante infrecuente por estos pagos. En menos de un centenar de páginas consigue el autor narrarnos y explicarnos las principales claves que favorecen y posibilitan una estupenda aproximación al célebre escritor: su etapa de formación, el contexto cultural y social en el que se desenvolvió, sus principales influencias, su concepción ética y estética del mundo, sus principales obras, sus éxitos y fracasos, sus relaciones familiares y afectivas, su ascenso y caída, la cárcel, los últimos meses de vida... Todo contado de un modo sencillo, claro, ameno y profundamente documentado, aunque sin traspasar los límites de la especializada erudición; un libro que parece estar escrito de un solo tirón para ser leído de una gustosa sentada. En definitiva, impagable síntesis para quien desee acercarse por primera vez a Oscar Wilde. Miguel Dalmau es el autor de la más reciente biografía de Wilde en español, aunque la presenta envuelta con los ropajes de una novela. Dalmau construye su trabajo partiendo de una curiosa anécdota narrativa: Morrissey, cantante de un famoso grupo de rock, The Smiths, visita la tumba del célebre escritor en el cementerio de Pére-Lachaise, solicitando su ayuda, puesto que está preparando una gran ópera basada en sus peripecias. Wilde acepta no sin cierta ironía el envite, dando comienzo así a un ágil diálogo a una sola voz (la de Wilde) mediante el cual el poeta muerto narra y explica su propia vida.

El recurso literario utilizado por Dalmau no es desde luego novedoso y encierra bastantes peligros, no siendo el menor el de no llegar a cuajar, finalmente, ni una novela, ni una biografía. Sin embargo, Miguel Dalmau resuelve con acierto los problemas y logra ofrecer un sencillo, eficaz y muy entretenido recorrido por la vida de uno de los escritores-personajes más interesantes del siglo XIX .

01/12/2000

 
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