ARTÍCULO

Vidas y muertes

 

Quiéralo o no, quien se interesa por el perfil humano de Hernández o de Lorca acaba contemplándolo desde la perspectiva sombría que proporciona saber que tanto talento, tanto éxito o tanta miseria acabarían en breve por causa de la guerra. Libros como éstos, pretendiéndolo o no, reclaman al fin similar atención hacia aquellos años terribles: las tragedias de los dos poetas conmueven de muy diversas formas, pero están definitivamente hermanadas por ese destino, tan similar y tan distinto. Sin embargo, más allá de esa coincidencia, los modos de narrar lo sucedido se muestran en estas obras decisivos. Leyendo ambas se puede comprobar que, tanto o más que la precisión de los datos o su veracidad, importa la coherencia del modo en que se articulan, que en definitiva aporta su verosimilitud al relato o se la roba.

La biografía escrita por José Luis Ferris, aunque suscitada, según confiesa, por su trabajo en una novela, sigue el modelo clásico del género: reúne datos extraídos de documentos y testimonios; los compulsa con intención discriminante; los articula en períodos determinados a los que llama ciclos, que disponen los datos según una organización interpretativa, y propone hipótesis explicativas de lo que sucedió, cuando las versiones se contradicen, o de los motivos por los que sucedió, cuando el hecho en sí mismo parece sorprendente o enigmático. El biógrafo, en definitiva, se toma el trabajo de huronear entre papeles viejos para intentar comprender una existencia y explicarla. Hernández y su época constituyen un universo de sentidos tan denso que este trabajo, realizado con rigor y serenidad, resulta en un relato que cualquier lector apreciará.

Ferris no elude las informaciones polémicas ni las que pueden desbaratar las versiones interesadas acerca del periplo vital del poeta de Orihuela. Su relato le aboca a reconocimientos y censuras. Entre los primeros, es notable el rendido a José María de Cossío, que, pese a los desencuentros últimos entre ellos, procuró trabajo a Hernández e intervino para librarlo de la persecución sañuda de los vencedores. Entre las críticas, las que dirige a los primeros valedores del cabrero poeta: a su amigo Ramón Sijé, querido siempre pero del que se alejó en lo poético y en lo ideológico antes de su temprana muerte, y sobre todo al vicario Luis Almarcha, muy ligado al terminar la guerra al nuevo poder, que tasó su ayuda al poeta encarcelado en una adhesión expresa a aquél que no obtuvo y, en consecuencia, se desentendió de su agonía entre rejas.

Un asunto de interés indudable es el de las relaciones de Hernández con los demás poetas de su tiempo, en particular los del grupo del 27. Provinciano y pobre, el de Orihuela completó su aprendizaje con medios precarios, quemando etapas y superando dificultades desconocidas para otros, de modo que en plazo breve pasó de las rimas beatas a los sonetos más perfilados. Y hubo de afrontar también el desapego o la desconfianza de poetas como Lorca, que, según el biógrafo, debía de soportar igual de mal los modales de Hernández y el naciente prestigio de sus versos con olor a chotuno. Luego, el compromiso creciente con la República y la brega en las trincheras suscitó también una trifulca con Alberti y otros comprometidos de retaguardia, a los que Hernández no se privó de expresar públicamente su desprecio. Quizá la muerte lo libró de lidiar con antipatías y distancias que hubieran convertido el campo de la poesía en un lugar particularmente inhóspito para pastorear sus versos. Ferris lo retrata en su humanidad cabal, a veces torpe pero siempre fiel a su destino de poeta.

La obra de Gerardo Rosales, por su parte, se dice novela, pero también crónica rigurosa de la última semana de vida de Lorca, que desvela en particular los detalles que nunca pudieron o quisieron contar los Rosales. Se trata de hacer públicos, pues, los «secretos de la familia». Éstos no son a la postre tan sustanciosos: consisten en reconocer que los hermanos Rosales se afiliaron a la Falange por convicciones ideológicas y buscando resguardo, que fueron incapaces de contener la rueda de la brutalidad y de la sangre cuando ésta les salpicó y que tampoco pudieron abandonar aquella máquina insensata, de la que habían sido fogoneros, por temor a que el engranaje los engullera lo mismo que a Lorca, como suele suceder en los descensos monstruosidad abajo. Nada que importe mucho al conocimiento de los últimos días del poeta.

La forma que inviste ese relato resulta, por lo demás, tan deficiente que su contenido acaba por importar bien poco. El lector que se dispone a leer una novela tropieza con notas al pie que aportan la referencia bibliográfica de citas de textos literarios o históricos, o que advierten de que tal perorata del personaje Lorca «es figurada» (pág. 171), o con prolijas reflexiones, a modo de moralejas añadidas al relato, acerca de lo inútil que es el ejército y lo bien que serviría para apagar fuegos (pág. 71), lo asolador que resultó el turismo de masas (pág. 130) o lo incoherente y desmemoriado de nuestra democracia (págs. 82 y 280). Trasiega diálogos que oscilan entre el realismo cuartelero de los machotes falangistas, por momentos atinado, y tiradas que parece aspiran a la serenidad y la altura intelectual a fuerza de adjetivos antepuestos; valga de ejemplo temprano: «Qué bien, después del interminable viaje, de nuevo en casa, entre objetos preferidos y en esta habitación tan llena de serenos recuerdos» (pág. 16). Claro que quien así se expresa es Luis Rosales, que fue poeta. El lector, en fin, ha de esquivar con demasiada frecuencia incorrecciones sintácticas y léxicas. Flaco favor hace a la memoria de los Rosales, que acaso necesite crónicas más ponderadas, esta ocurrencia pretenciosa, doctrinaria, mal compuesta y escrita.

Aún nos conmueve el destino de los poetas que murieron porque así lo decidieron sus vecinos en nombre de palabras que aún usamos. Ello invita a revisar sus tragedias, pero si esa mirada atrás no las esclarece en su humana complejidad, parece gesto casi obsceno, ajeno a todo lo que importa en su recuerdo.

01/10/2002

 
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