ARTÍCULO

Retornos de lo vivo lejano

Anaya / Mario Muchnik, Madrid, 1996
208
 

En los primeros volúmenes de La arboleda perdida, iniciados hace ya cincuenta y seis años, Alberti había recuperado los aspectos más significativos de su vida y había reflexionado sobre algunos de los acontecimientos históricos más notables de este siglo: «Muchas ramas habré dejado olvidadas a lo largo del camino, pero creo que he ido contando aquellas que podían tener más interés con todo el claro esplendor o el desencanto con que las viví».

En esta nueva entrega, que se inicia en 1988 con el entierro de María Teresa León, el poeta alterna sus andanzas en la España de hoy con la recuperación emocionada de un pasado conocido, pero muchas veces revivido con una intensidad desconocida, completado con nuevos e interesantes matices o encarado desde ángulos inéditos. En el volumen anterior precisaba: «Debí de hacer capítulos más detallados sobre nuestra guerra civil, mi ingreso en el PCE, el teatro de urgencia, y mucho más sobre nuestros veinticuatro años de exilio en la República Argentina y el Uruguay, y los catorce años de vida en Italia...». Sin embargo, poco interés demuestra ahora por rellenar huecos y lagunas. Nuevamente adquieren un especial relieve, junto a la variedad de tonos y estilos, que se ajustan con precisión a los asuntos que aborda, lo fragmentario, la trabazón caprichosa entre los diferentes apartados, la aparición imprevista de personajes y escenarios y los saltos bruscos en el tiempo, todo ello motivado en gran medida por el origen periodístico de estos materiales.

También se acentúa aquí el carácter de homenaje que tienen muchas de sus prosas a partir de Primera imagen de... Página tras página, Alberti muestra su agradecimiento a todos aquellos que han contribuido a hacer más agradable y placentero su reencuentro y su asentamiento en unos paisajes permanentemente evocados durante casi cuarenta años desde América y Europa. La aprobación explícita o el guiño cómplice se extiende a los reconocimientos públicos que constantemente recibe (ingresos en academias, premios y doctorados), a las legiones de críticos, recitadores y cantantes que han venido ocupándose de él («pocas veces me han destrozado un poema al cantarlo»), a los proyectos relacionados con su obra (el deseo de Javier Aguirre de transformar en imágenes los poemas de Sobre los ángeles es, sin duda, el más audaz), a los que, como José Luis Pellicena, se han atrevido a suplantarlo en las tablas y a todas aquellas personas, procedentes de campos diferentes, por las que siente admiración y respeto. Los compromisos académicos y profesionales, más que los turísticos, motivan también sus viajes a Italia, a Estrasburgo, a Burdeos y a América y por la mayor parte de la geografía española, lo que da pie para finas pinceladas sobre ciudades y paisajes conocidos o redescubiertos («volver a los lugares en los que no he estado desde mi juventud me produce siempre un estremecimiento alegre»). Los cambios de estaciones y la presencia de unos gorriones cada mañana en su florida ventana madrileña constituyen otros motivos recurrentes de todo el libro.

La visión crítica de la vida social, política y literaria actual apenas se filtra por las ramas de esta arboleda. En este sentido, todo se reduce a unas diatribas contra la programación televisiva y contra el Generalísimo (convertido aquí en el Funeralísimo), a su «rabia más encendida» contra «el hambre, la injusticia y la discriminación» que azota a algunos países americanos, a sus tribulaciones ante «las salvajes ejecuciones de estudiantes en China» y a unos breves comentarios sobre la situación del teatro más reciente.

Pero también Alberti, en estos nuevos retornos de lo vivo lejano, vuelve a aislar, enriqueciéndolo, lo más significativo del tiempo ido, con todas sus consecuencias. A la evocación elegíaca de lo desaparecido y de lo escasamente vivido, motivo central de su obra poética precedente, se une el deseo de fijar y salvar literariamente y de actualizar todo aquello por lo que se ha sentido herido con mayor viveza.

Surgen así, junto a algunos de sus sueños incumplidos o imposibles, sus años gaditanos, sus inicios en el mundo literario, las «conspiraciones» en la Residencia de Estudiantes, la crisis que motivó Sermones y moradas y Sobre los ángeles, algunos acontecimientos de los «terribles y bellos» años de la guerra civil –la visita al desmantelado Museo del Prado en 1936 sigue siendo uno de los recuerdos más persistentes–, su inclinación por los anuncios y los versos aleluyeros, su obsesión por los delfines y los camaleones y su admiración por los caballos cartujanos, etc. La información sobre el origen de algunos de sus poemas y sobre los manuscritos de sus libros tienen un singular interés. El recuerdo cordial de sus amoríos («yo he tenido amores correspondientes a mis libros más conocidos. Algunos viven todavía») da paso una y otra vez a las dos mujeres –María Teresa León y María Asunción Mateo– que han ocupado el lugar preeminente en su geografía sentimental.

Al lector tampoco le importa recorrer con él, una vez más, la larga lista de nombres a los que se ha sentido ligado por vínculos muy dispares. A las inevitables detenciones en Lorca, Villalón, Neruda, Morla Lynch, Santiago Ontañón, Sánchez Mejías, Miguel Hernández, José Caballero, Dámaso Alonso, Roberto Matta, Falla, Buñuel, Rosa Chacel, Pepín Bello, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, se unen las no menos esperadas en los poetas de los siglos XVI y XVII, Bécquer, El Greco, Grünewald, Tiziano, Rubens, Zurbarán y Goya.

Sus vivencias de otros países se reducen al recuerdo de su breve exilio francés, a una visita a Bertolt Brecht, quien, poco antes de morir tuvo la intención de montar Noche de guerra en el Museo del Prado, a unos apuntes sobre sus estancias en Argentina e Italia y a sus viajes a Cuba en 1935 y 1960, lo que origina nuevas protestas contra el imperialismo yanqui, y a Chile en 1946.

En cada página de estas memorias, Alberti deja entrever, junto a algunas decepciones y amarguras, su rebeldía ante lo adocenado y servil, su espíritu de tolerancia y generosidad, no siempre comprendido (su respeto a algunas instituciones y un poema dedicado a la reina Sofía motivaron tiempo atrás las maliciosas reacciones de los que confunden la cortesía con los cambios ideológicos), su pasión por la vida, su fascinación por lo sorprendente y misterioso y la animosidad y el paso firme con que se encamina hacia el siglo XXI . En ese ya futuro inmediato todos esperamos que su centenaria arboleda se convierta, como él quiere, en un drago, ese fantástico árbol que crece olvidado por el tiempo.

01/12/1996

 
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